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Los sueños ajenos

jueves 9 de febrero de 2017
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Nada en común tenían los Romero y los Ramanujan, excepto los sueños que abrigaban los padres sobre el futuro de sus hijos. En el pasado, los Romero fueron hacendados con una tradición de cría de ganado en propiedades bañadas por el río Apón en las que la cercana sierra de Perijá era el único límite visible. Los Ramanujan llegaron a Maracaibo después de atravesar medio mundo para vivir en una tierra donde el man-kay —que aquí llaman mango— se da igual que en la suya. Srinavasa Ramanujan y su esposa Malini nacieron en Madras, ciudad situada en la costa de la Bahía de Bengala al sureste de la India. Los Ramanujan no eran ni habían sido grandes propietarios como los Romero, pero se preciaban de tener un genio matemático entre sus ancestros.

Augusto Romero era el único hijo de doña Agustina Romero de Romero y a los diez años abandonó de la mano de su madre la población de Machiques de Perijá y se fueron a vivir con la tía Raquel, quien les dio solidario arrimo en su casa en Maracaibo. Las jóvenes hermanas, ambas viudas, sacaron provecho de sus habilidades culinarias e iniciaron un negocio de preparación de comida que despachaban a domicilio. En poco tiempo el negocio creció y distribuían almuerzos en oficinas. El niño Augusto creció hasta convertirse en un gigante con voz estentórea, el pelo negro, ondulado y un mechón rebelde que le caía sobre la frente. Era característico en él el gesto con que apartaba el grueso tirabuzón cada vez que éste descendía de lo alto de la cabeza para balancearse sobre su ojo derecho. En esa época, las mujeres le consideraban un hombre muy apuesto con un cierto aire de niño indefenso. Entonces tenía una piel blanca y sonrosada que, con el pasar del tiempo y los excesos en la mesa, se tornó amarillenta, gruesa y sudorosa. A los cuarenta años ostentaba una fenomenal papada, antesala de su generoso vientre. Para entonces sus ojos se habían hecho saltones y cuando se estaba a cierta distancia suya se podía escuchar su resuello.

En su mocedad, Augusto Romero había inspirado admiración y respeto no sólo por su imponente físico y por la potencia de su voz, sino también, entre sus camaradas, por su indoblegable condición de militante comunista. En la época de la dictadura de Pérez Jiménez la casa de su madre fue refugio de perseguidos políticos del régimen. Era un secreto a voces en el vecindario que en una ocasión un dirigente de Acción Democrática en la clandestinidad se había “enconchado” en casa de doña Agustina. Al cabo de varias semanas, un domingo el fugitivo salió elegantemente vestido, entaconado y empolvado con rumbo a la iglesia de la parroquia y de allí al exilio en Costa Rica. Luego de la caída de la dictadura, el primer presidente electo de las filas de su partido lo designaría gobernador del estado. Doña Agustina se quedó esperando que el futuro gobernador le devolviera sus atavíos favoritos para ir a la iglesia los domingos: el vestido negro de lunares blancos, los zapatos negros de gamuza y su mantilla andaluza, testimonio de mejores tiempos. Era el atuendo que le había prestado para escapar al exilio.

De un salto acrobático descendía de la mesa y, con aire de gran humildad, recibía los abrazos y golpes en la espalda que en emocionado silencio le propinaban uno a uno los miembros del enfervorizado auditorio.

Las reuniones de la resistencia a la dictadura tenían lugar los sábados por la tarde a pocas calles del comando de la Seguridad Nacional en un viejo galpón cerca del puerto. Salón de baile era la función declarada del galpón y la puesta en escena se iniciaba a la menor señal de peligro. Una atalaya improvisada en la copa de un gigantesco níspero que cubría el patio de una casa vecina protegía a los conspiradores de allanamientos inesperados. En caso de alarma, entraba en funcionamiento la radio, cuyo sonido se ampliaba con dos altoparlantes. Siempre estaba la radio sintonizada en el programa “A gozar muchachos” que transmitía Radio Caracas a las cinco de la tarde con la famosa orquesta Billo’s Caracas Boys. Era asunto de subir el volumen a la radio, poner sobre la mesa del presídium unas botellas de ron, gaseosas, una caja con un bloque de hielo, un puyón para picar el hielo, unos vasos y de que la concurrencia le entrara al baile. El servicio de inteligencia integrado por un solo hombre, Juan Lozano, atisbaba desde lo más alto de la copa del níspero a quienes se dirigían al galpón y determinaba si se trataba de un esbirro, un camarada, un compañero o algún novato que quería unirse a la cofradía. Lozano vendía café y cigarrillos a las puertas de la SN y podía identificar a los esbirros pues les conocía a todos por nombre y por apodo. Desde la atalaya, con un sistema de señales como las del béisbol, daba aviso al portero de quiénes se acercaban y el portero oportunamente simulaba cobrar la entrada al baile. A su llegada al galpón en plan de allanamiento, los esbirros identificados por Lozano encontraban un gran jolgorio. Si no fuera por el sentido del deber que les dictaba su fidelidad al régimen, más de uno de esos abyectos sabuesos se hubiera quedado echando un pie al son de la sabrosa música como la de aquella guaracha de moda cuya letra decía: “Camilo se está muriendo, Camilo se está muriendo, ¡ay, Dio! ¡Vamo a rezá!”. A esa plegaria bailable no había quien se resistiese y a ella se unían todos los asistentes con fervor revolucionario. Todo funcionó a la perfección hasta que la SN infiltró entre los conspiradores a una agente venida de Caracas. Muchos cayeron en la redada que les tendió la policía; algunos, entre ellos Augusto, huyeron hacia las instalaciones del puerto y otros se refugiaron en el cercano Hospital Central. Fue entonces cuando Augusto se exilió en Colombia y permaneció allá hasta la caída de la dictadura en 1958.

A las reuniones asistían hombres y mujeres, curtidos activistas y aspirantes a sumarse al movimiento. Con su verbo, Augusto, que para esa época tenía veinte años, ganaba para la causa a los novatos y renovaba el coraje y las convicciones tanto de sus camaradas de partido como de gente proveniente de corrientes ideológicas afines. Con frecuencia utilizaba un artificio harto sencillo: si no tenía otra cosa preparada, le bastaba recitar de memoria su versión condensada del Manifiesto Comunista encaramado sobre la mesa del presídium. Intuitivamente adaptaba el discurso a su audiencia, porque, ¿qué sentido habría tenido nombrar el fantasma recorriendo Europa, un lugar del cual muchos de sus oyentes no tenían otra referencia que la de saber que, desde Colón, los italianos, portugueses y españoles venían de allá? ¿O mencionar al Zar, a Metternich y a Guizol? “Uno tiene, pensaba Augusto, que hablarle a la gente de lo que entiende y decírselo de manera que la conmueva”. Su voz, con prescindencia de micrófonos, hubiera podido llegar y animar hasta el último espectador en una reunión multitudinaria a cielo abierto, pues tenía innata habilidad para impostarla. La suya no era la voz gangosa de algunos de los oradores que le precedían en la palabra; éstos trataban de imitar a un dirigente adeco a quien luego sus correligionarios proclamarían padre putativo de la democracia. Augusto pasó a ser la atracción principal del acto. Tomaba la palabra al final y arrancaba con su propia versión del Manifiesto. Lo recitaba en un tono cálido que atrapaba a los miembros de la audiencia al experimentar éstos la sensación de que ese joven gigante con cara de niño y de reposados gestos era un viejo amigo en plan de confidencias: “Un fantasma recorre el mundo: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas del Capitalismo se han unido en santa cruzada para acosar ese fantasma: el Papa y Pérez Jiménez, la Seguridad Nacional, las más rancia burguesía criolla y la nueva burguesía…”, y seguía para dar renovada vigencia a las treinta páginas del documento que había memorizado de las Obras completas de Marx y Engels. Nunca ahuyentaba a los asistentes repitiendo el texto completo: en apretada síntesis lo reducía, a lo sumo, a unas diez páginas, quitando hoy unos cuantos párrafos aquí, la próxima semana otros más allá, y así lograba su propósito de mantener el interés del auditorio. Considerando la presencia de militantes de Acción Democrática, terminaba su actuación como había visto hacer a Mario Lanza al cantar “O sole mio” en una película cuyo nombre no recordaba. Expandía su pecho a plena capacidad y remataba: “En fin, los comunistas trabajan en todas partes por la unión y el acuerdo entre los partidos democráticos de todos los países. Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Las clases dominantes pueden temblar ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella, más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar. ¡PROLETARIOS DE TODOS LOS PAÍSES, UNÍOS!”. Después de ese gran final, de un salto acrobático descendía de la mesa y, con aire de gran humildad, recibía los abrazos y golpes en la espalda que en emocionado silencio le propinaban uno a uno los miembros del enfervorizado auditorio, ninguno de los cuales sobrepasaba en altura su hombro.

El Manifiesto no era el único texto que Augusto podía recitar de memoria. También se sabía con puntos y comas los versículos de la pasión de Cristo en las versiones de los cuatro evangelistas; podía, así mismo, repetir impecablemente el Apocalipsis. Su santa y devotísima madre, doña Agustina, a fuerza de mantenerlo arrodillado sobre piedras de ojo en el patio de su casa durante la Semana Santa en que Augusto tenía ocho años para que se aprendiera el Vía Crucis del Salvador, había descubierto su habilidad para memorizar páginas enteras de la Biblia aunque no entendiese muy bien el contenido de lo que repetía. Con su conversión al comunismo esos textos fueron relegados al cuarto de trastos de la memoria.

La mala suerte de su padre, don Gregorio Romero, había torcido el destino de Augusto, según contaba su madre. Don Gregorio tenía gran afición por la cría y las peleas de gallo, y por las apuestas que giran en torno a ellas. Los gallos de otros apostadores fueron desangrando los suyos y, con ellos, su patrimonio; pero él persistía en tentar la fortuna ya que cada día que iba a la gallera lo hacía inspirado en la premonición de que ese sería su verdadero día de suerte. La huidiza suerte hizo que las dos grandes haciendas heredadas de su padre quedaran reducidas a una pequeña propiedad: la matera “La Esperanza”. En medio de una borrachera Gregorio apostó “La Esperanza” y, cuando la perdió, se jugó el resto: la casa familiar, su noble y viejo camioncito Chevrolet, y hasta el anillo de matrimonio lo perdió ese domingo por la tarde. Un fogonazo de vergüenza entre las brumas del alcohol lo llevó a dispararse sobre el costado izquierdo de la garganta con una escopeta recortada. La vida se le escapó sin dolor, a borbotones por la abertura de la yugular. Los dos peones a su servicio lo encontraron al día siguiente en la casa de la matera. Su único hijo, Augusto, cumplió siete años dos semanas después.

A los quince años, cuando ya había alcanzado la talla que le acompañaría el resto de su vida, Augusto Romero comenzó a trabajar como ayudante de carnicería y tuvo su primer contacto con el abogado Guillén, quien lo ganaría para la causa comunista. En ese tiempo, Augusto era capaz de cargar de un envión con el brazo izquierdo media res sobre sus espaldas y llevar en la mano derecha un saco lleno con las vísceras del animal. Diez años después había comenzado su propio negocio de carnicería en un local en el Mercado Principal y con el tiempo se dedicó a la compra de ganado para beneficiarlo y distribuirlo a carnicerías en la ciudad. Nunca, ni siquiera cuando su tesón le convirtió en un pequeño burgués —como él mismo admitía—, dejó de ser un blindado comunista, tanto como antes había sido devoto católico bajo el ala de doña Agustina. Cuando ésta le había reprochado:

—Hijo, ¿qué es eso de que ahora tenéis ideas comunistas? ¡Eso es contrario a la doctrina de la Santa Madre Iglesia!

Augusto, con respetuosa paciencia, respondió:

—No hagáis caso de habladurías, Mamá. Se trata de la resistencia que lucha contra la dictadura.

—Pero me han dicho que asistís a reuniones secretas y que en ellas repetís el Manifiesto Comunista.

—Eso es cierto: debo contribuir a impulsar la lucha del proletariado.

—¿Cómo es posible que vos hayáis apostatado de tu fe? ¡Que hayáis cambiado el Evangelio por ese maldito comunismo! Pero, lo peor, es que andáis por allí, predicándolo. ¿Acaso no se cansa la gente que te oye de que repitáis siempre lo mismo?

—Por supuesto que no, Mamá, así como la gente que va a misa los domingos y vos misma, que vais todos los días, no se cansan de que les repitan siempre lo mismo.

—¡No es siempre lo mismo! ¡Además, son dos cosas muy diferentes!

—Si consideráis que la gente necesita creer en algo, sea en Dios, en una idea o en un líder, caeréis en cuenta que no hay diferencia entre lo que hace el cura en la iglesia y lo que hacemos nosotros en las reuniones del partido. Fijate que hay gente ambidiestra: van los sábados a nuestras reuniones y los domingos, a la iglesia. Pero, Mamá, no discutamos más. Dejame tranquilo, que no le estoy haciendo mal a nadie sino luchando por un mundo mejor.

Y así quedó zanjada esa discusión. Otras explicaciones fueron necesarias cuando Augusto se negó a bautizar a sus hijos.

—No puedo creer —le dijo doña Agustina— que vayáis a dejar a mis nietos sin bautismo. ¡Dios te ha de castigar si no los hacéis cristianos!

—Mamá…, ser cristiano es un gran compromiso y creo que mis hijos tienen derecho a hacer una elección consciente. Vos bien sabéis que el Bautista estaba tamaño cuando Cristo lo bautizó. Así que, cuando crezcan y tengan capacidad para asumir ese compromiso, serán ellos quienes decidan ser bautizados o no.

Esta decisión de Augusto dio motivo para que doña Agustina tomara para sí la salvación del alma de sus nietos y la añadiera a su lista de rogativas y ofreciera por ellos todas las misas a las que le faltaba por asistir. El no bautizarse fue la única decisión que tomaron los hijos en vida de Augusto. Después de la muerte de éste tomarían otras no menos trascendentales.

El 16 de julio de 1959, Augusto había conocido a Victoria Sandoval en casa de sus primos durante las fiestas patronales de la Virgen del Carmen que Machiques celebra con gran pompa y que reúnen anualmente a los perijaneros dispersos por el país. Victoria era una hermosa morena con negrísimos ojos almendrados y una mata de pelo ensortijado que en su juventud ella domeñaba con pañuelos y cintas de colores. En ese entonces, Victoria, gran amante del cine, sentía que su vida transcurría en tecnicolor, como una película de Hollywood rodada en los mares del sur con polinesias dando la bienvenida a los turistas con collares de flores. Personificaba la esposa ideal, a la medida de Augusto. Su suegra, doña Agustina, la describía como una mujer llena de vida, hacendosa, dedicada enteramente a su casa, su marido y sus hijos. Lo que más apreciaba Augusto en Victoria era que jamás le alzaba la voz, acataba sus decisiones sin discusión y tenía el don de adivinar sus deseos. Con el pasar de los años la película de Victoria perdió colores y devino en un drama sueco en blanco y negro sin banda musical. No eran problemas económicos ni conyugales los que desteñían los colores de su vida, sino que Augusto, fiel a su propósito de levantar unos hijos perfectos, fue construyendo para ellos un código de vedas, prohibiciones, interdictos, negaciones, proscripciones, ilícitos, tabúes, vetos, inhibiciones y confinamientos en tu cuarto. Si no llegó a dictar un destierro en un internado, fue porque eso hubiera significado renunciar a su propósito de ocuparse personalmente de su misión. Victoria en su corazón rechazó ese código despiadado desde un principio, pero no se atrevió a expresarlo para no romper la armonía conyugal; y el código se hizo corpóreo, se inscribió en las tablas de la ley doméstica y, de hecho, la hizo su guardiana.

Ramanujan, no obstante su limitado dominio del español, se convirtió en miembro de la academia en la Universidad del Zulia.

La pareja tuvo dos hijos: Antón y Natasha, nombres inspirados en la gran admiración que tenía Augusto por todo lo ruso: por las novelas de Dostoievsky, por los cuentos de Chejov, por la Revolución Bolchevique y, muy en especial, por Joseph Djugashvili, alias Stalin. Le parecía un acierto histórico que su admirado líder hubiese adoptado el alias de Stalin por lo que significa: hombre de acero. Habiendo leído acerca de las purgas que éste había iniciado en la Unión Soviética a partir de 1935, se oyó decir a Augusto que, con la conquista del poder por el Partido Comunista, se iniciaría la dictadura del proletariado y la creación de un nuevo orden social, libre de las lacras del pasado. Para eso sería necesario emprender purgas semejantes a las estalinianas que librarían a Venezuela de vagos, de vividores, de todos los opositores y enemigos de la revolución y, sobre todo, de los odiados esbirros de la Seguridad Nacional.

Dada la discreción rayana en la invisibilidad con que vivía la familia Ramanujan desde que llegó al vecindario de la avenida San Martín, hubo de pasar un tiempo antes de que el hijo de Arquímedes, el de la casa amarilla en la esquina de la calle Caracas, descubriera que el señor Srinivasa era profesor universitario cuando vio su nombre en la puerta de un cubículo en el departamento de Matemáticas de la Facultad de Ciencias de la universidad. Srinivasa Ramanujan había estudiado matemáticas en la Universidad de Madras y completado su doctorado en Cambridge, en el mismo claustro donde un tío abuelo suyo había deslumbrado a la élite académica cuarenta años antes. Cuando su primo Janardan, quien tenía una tienda en Caracas, le invitó a pasar unas vacaciones en Venezuela, vino a este país y se enamoró de Malini, la hija de su primo. Una circunstancia providencial decidió su destino. En respuesta a un aviso de prensa sometió sus credenciales a un concurso para una posición como profesor de matemáticas de la Universidad del Zulia. En la época del “boom” de los precios del petróleo, todas las familias querían que sus hijos tuviesen un título y las universidades debían satisfacer la demanda estudiantil que crecía indeteniblemente. Se hizo entonces necesario contratar cada vez más profesores para atender a tanto estudiante. Profesionales y académicos de todas partes llegaron a la universidad venezolana que abría sus puertas a todos. Algunos vinieron huyendo de la persecución de las dictaduras del Cono Sur al sentir amenazada su vida y la de sus familias. Otros emigraron de Europa y Asia. Fue así como Ramanujan, no obstante su limitado dominio del español, se convirtió en miembro de la academia en la Universidad del Zulia. Un año después se casaría con Malini y tendrían dos hijos: Shekar y Makhan y una hija, Ajita.

Malini había estudiado música y danza. Se había educado en Kalakshetra, la escuela de danza, y en el Colegio de Música Carnática en Madras. Mientras vivía en Caracas, había hecho presentaciones y dictado talleres de música y danzas hindúes en el Ateneo y en algunas ciudades del interior, con el patrocinio de la Embajada de la India. Luego que se casó con Srinivasa se dedicó enteramente a su hogar. Para mantener vivo el recuerdo de su cultura y de su lejana y amada tierra, su exquisita danza y sus cantos ancestrales que acompañaba con el sitar (especie de laúd grande) pasaron a ser actividades practicadas en su sala de música con su familia y algunos amigos por público. Malini siempre usó el sari, porque quería mantener la tradición del traje femenino hindú cuyo diseño —explicaba a su hija Ajita para convencerla de que también lo usara— no ha cambiado mucho desde el siglo XII.

Srinivasa había sido nombrado así por su padre en honor de un tío abuelo, un genio matemático a quien Robert Kanigel, uno de sus biógrafos, llamó “el hombre que conocía la infinitud” y cuya historia sería repetida por el profesor Srinivasa innumerables veces alrededor de la mesa familiar:

“A los 16 años, en 1903, el tío Srinivasa ganó una beca para estudiar en la Universidad de Madras pero la perdió el año siguiente porque era tan grande su amor por las matemáticas que se dedicó exclusivamente a su estudio y descuidó las otras asignaturas. Sin oportunidad en la universidad y sin empleo, continuó su trabajo matemático mientras vivía en condiciones de extrema pobreza. A los veintidós años, después de casarse en 1909 con una niña de nueve años…”.

Cuando el profesor Srinivasa llegaba a este punto de la historia, su hija le interrumpía:

—¿Cómo pudo casarse con una niña de mi edad?

—Eso es común en la India, como lo fue en Europa en tiempos pasados y no es extraño en otras partes del mundo. Pero sigamos con la historia…

“Después de casarse, el tío comenzó a buscar empleo permanente y finalmente lo obtuvo en la Administración del Puerto de Madras. En adelante, dedicaba todo su tiempo libre a las matemáticas. Sin éxito trató de interesar en sus cálculos a matemáticos notables, pero éstos estaban demasiado ocupados en sus investigaciones y publicaciones para dedicar atención a las cartas de quien consideraban un infatuado autodidacta. Pero eso no desanimó al tío Srinivasa porque él tenía tal confianza en sus especulaciones numéricas que no se tomaba la molestia de probarlas. Al fin tuvo éxito en la búsqueda de reconocimiento a su trabajo con los números cuando Godfrey Harold Hardy, un eminente académico de Cambridge, se aplicó a descifrar los garabatos de la carta en que el tío le comunicó cerca de cien teoremas. Hardy se dio cuenta de que un genio había entrado en contacto con él. Coincidiendo con el inicio de la Primera Guerra Mundial, por gestiones de Hardy, la Universidad de Madras concedió al tío Srinivasa una beca especial y entonces viajó a Inglaterra con su esposa”.

En este punto fue Shekar quien interrumpió a su padre:

—¿Acaso tuvo que venir un británico a decirles lo que valía el tío?

—En este país hay un refrán que dice “nadie es profeta en su tierra” y creo que se aplica muy bien en la historia del tío Srinivasa.

—Sigue, sigue, padre —dijo Ajita.

“Los tíos permanecieron en Inglaterra los cuatro años que duró la guerra; por una asignación del Trinity College de Cambridge, Hardy fue tutor privado de mi tío y trabajó con él para probar sus brillantes conjeturas matemáticas. A pesar de sus deficiencias de conocimiento en ciertas teorías matemáticas y su nebulosa idea de lo que constituye la prueba matemática, entre 1914 y 1917 mi famoso tío publicó 21 investigaciones —algunas de ellas junto con Hardy— sobre ecuaciones y funciones modulares, la función zeta de Riemann, series infinitas, teoría numérica y análisis combinatorio”.

—¿Qué quieren decir todas esas cosas? —preguntó Ajita.

—Cuando seas mayor quizás las entiendas; ahora no creo necesario explicarlas pues no agregan nada a la historia. Sigo. En 1918 el tío Srinivasa se convirtió en el primer hindú en ser admitido como miembro de la Royal Society de Londres. En parte por sus hábitos vegetarianos, él nunca pudo acostumbrarse a vivir en Inglaterra, donde no podía tener una alimentación adecuada. Le retenía en Europa la posibilidad de continuar el desarrollo de sus investigaciones en las series hipergeométricas, entre otras. Dos años después que terminó la guerra, el tío Srinivasa regresó a Madras y poco tiempo después perdió la batalla contra un enemigo que había invadido insidiosamente su organismo y al que había considerado un contrincante menor. Murió de tuberculosis a la edad de treinta y dos años. Todavía hoy, matemáticos de todo el mundo tratamos de probar los cerca de cuatro mil teoremas planteados por él, los cuales se recogen en sus “Cuadernos”, publicados en cinco volúmenes hace pocos años. La Universidad de Madras, en reconocimiento a su genio, puso su nombre al Instituto Ramanujan para el Estudio Avanzado de las Matemáticas.

—¿Es por el ejemplo del tío que tú estudiaste matemáticas, papá? —preguntó Makhan.

—Por eso, porque me gusta trabajar con los números y porque creo que es la mejor manera de desarrollar el pensamiento lógico.

—Creo que eso es muy complicado. Yo prefiero la música, como mamá —dijo Ajita.

Los otros dos hijos del profesor callaron acerca de sus preferencias.

Los Romero y los Ramanujan vivían a pocas cuadras de distancia, pero nunca llegaron a conocerse. Como dije al comienzo, los jefes de estas dos familias compartían el mismo sueño. Tanto el señor Augusto como el profesor Srinivasa ambicionaban que sus hijos les superaran, que desarrollaran todo su potencial, que fueran mejor que ellos en todo sentido. Coincidían, así mismo, en que esto sólo era posible a través del estudio y una rigurosa disciplina. Ambos estaban convencidos de que además de proveer lo necesario para la educación de sus hijos debían velar con celo nunca excesivo para que ese sueño se cumpliera. De allí que procuraran para sus hijos la mejor educación posible y que la vida en sus hogares se basara en una disciplina inquebrantable.

 

Con Ajita, su hija menor, los ojos de Srinivasa adquirían el aspecto de pozos de aguas mansas en los que su preferida podía adentrarse sin temor.

Anton y Natasha Romero asistieron a partir de los tres años a una escuela experimental que aplicaba el método Montessori. A partir de los cinco años, cuando comenzaron la primaria, para asegurarse de que fueran siempre los primeros de la clase, Augusto contrataba profesores privados que en las vacaciones les adelantaban en los programas de estudio del grado al que habían de ingresar el siguiente período. Después de su jornada cotidiana en la escuela, los niños tenían clases de inglés, francés y ajedrez para ayudarlos en el desarrollo del pensamiento. Los regalos que Augusto les hacía de cumpleaños sirvieron para llenar las paredes de sus habitaciones con enciclopedias de todo género. En casa de los Romero la televisión estaba vetada, pues Augusto no quería que la programación televisiva ocupara el tiempo de sus hijos ni que colonizara en su cerebro un espacio reservado para el “verdadero conocimiento”. En las fiestas familiares, para complacer a su padre, desde los siete años Antón demostraba su habilidad para resolver de memoria operaciones matemáticas progresivamente complicadas. Natasha, por su parte, a los ocho años ya recitaba de memoria la “Silva a la agricultura de la zona tórrida” de Andrés Bello. En esas ocasiones, al terminar la niña, Augusto pregonaba orgulloso: “Tiene mejor memoria que yo”. Cuando estaba en cuarto año de bachillerato, Natasha seguía honrando a su padre ante familiares y amigos: repetía la tabla periódica de memoria en cualquier orden en que se le solicitase (de arriba a abajo, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y hasta en diagonal, como suelen establecer las reglas de juego del bingo). Augusto se llevó a la tumba la satisfacción de que sus hijos iban camino de superarlo. Murió a los cuarenta y cinco años cuando Antón y Natasha aún no habían completado su educación universitaria. En los breves minutos en que sobrevivió después que su corazón dio aviso de hasta aquí, como buen comunista no encomendó su alma a Dios. Sólo lamentó no poder ver coronada su obra como padre e hizo jurar a Victoria que se encargaría de completarla.

El profesor Srinivasa Ramanujan era un hombre pequeño, enjuto, con la piel olivácea. Sus ojos tenían el fuego de carbones encendidos con llama negra. Cuando el profesor Ramanujan clavaba sus ojos en otra persona generalmente la hacía sentirse inferior. Al menos esa era la manera como sus dos hijos varones y su esposa Malini se sentían cuando el jefe de familia les atravesaba con los ojos. Con Ajita, su hija menor, los ojos de Srinivasa adquirían el aspecto de pozos de aguas mansas en los que su preferida podía adentrarse sin temor. Srinivasa, movido por la idea de que sus hijos debían superarlo superándose a sí mismos, se ocupó personalmente de prepararlos. Llenaba su tiempo después de la escuela con tareas cuidadosamente planificadas. El profesor dedicaba casi tantas horas a la preparación de esas tareas como las que le tomaba preparar sus clases de la universidad. Los niños estudiaron en un instituto donde la enseñanza de los idiomas (inglés, francés y alemán) era obligatoria desde el kínder. En el hogar se hablaban el tamil y el inglés, tal como se había hecho en casa de los padres de Srinivasa en Madras. Shekar, Makhan y Ajita competían en la escuela por satisfacer las expectativas de su padre. Shekar, quien parecía el mejor dotado para las matemáticas, recibió especial dedicación de Srinivasa, lo cual dio sus frutos. De niño primero y luego de adolescente figuró sin falta en el cuadro de honor de la escuela. Era una pequeña celebridad entre la comunidad del colegio, tal como lo había sido su famoso antepasado en su niñez. Esto se repitió en sus años universitarios cuando una calificación de 19 era motivo para que Shekar cayera en espantosos estados de depresión. En esos días en que su padre no quería ni verlo, su madre trataba de reanimarle.

—Ven, querido Shekar. Te he preparado tu comida favorita.

—Gracias, mamá, pero no tengo apetito.

—Hijo, recuerda lo que dicen nuestros maestros: la vida terrenal no es nuestra existencia verdadera. No te desanimes por un tropiezo, a veces el karman tiene influencias indeseadas en nuestras vidas.

—Lo sé, lo sé.

—Entonces, dirige tus esfuerzos para tratar de interrumpir el mecanismo del karman. Es necesario que pienses en librar tu alma de ataduras. Piensa en el mokşa, la emancipación final al alcanzar la perfección. Ese es el más alto propósito al que podemos dirigir nuestras energías. Sólo así escaparás para siempre del vacío que caracteriza sin remedio nuestra existencia mundana y que empaña la alegría de vivir. ¡Vamos, querido!, medita conmigo.

Shekar y su madre meditaron sentados en posición de loto por espacio de media hora. Al terminar la meditación, Shekar recobró en algo el ánimo y dijo:

—Gracias, Madre, por tu apoyo. Ahora me deleitaré con tu comida.

A los veintidós años, Shekar obtuvo summa cum laude su diploma de ingeniero de sistemas y este logro abría las puertas para su futuro desarrollo: primero, le valió una beca del Instituto de Investigaciones Científicas para continuar un doctorado en el área. Por otra parte, su solicitud de una beca a través de la Embajada Británica también le fue concedida, al tiempo que fue aceptado para entrar en el programa de Doctorado en Matemáticas de la Universidad de Cambridge. Abrumado por la decisión a tomar, Shekar consideró que debía recurrir a su padre, pero temía hacerlo pues nunca se sentía totalmente digno de su aceptación. Se armó de valor: provocó un tropezón con él en los escalones de entrada a la casa cuando salía para su trabajo y, rehuyendo sus ojos, le pidió:

—¿Qué debo hacer, padre? No sé si quedarme a estudiar en Venezuela o irme a Cambridge.

Srinivasa adoptó su aire de catedrático empedernido que le hacía sentirse más alto de lo que era frente a su hijo, cuya estatura le superaba casi por un palmo, y le dijo, tratando de darle un tono de bajo a su voz atiplada:

—Esa es una decisión tuya, ya tienes veintidós años. Creo que debes viajar a Caracas y visitar el instituto para entrevistarte con quienes han de ser tus profesores.

—Es lo que pensaba hacer…

—Aprovecha el viaje para completar los requisitos de la beca de estudios en Inglaterra. Yo mismo te he hablado muchas veces de la vida en Cambridge y el reto que significa llevar el apellido de tu tío bisabuelo. Debes revisar concienzudamente la información que tienes sobre el programa de ese doctorado. De este modo estarás en capacidad de tomar la decisión acertada.

—Así lo haré, padre.

—Eso sí, te advierto, una vez tomada esa decisión no debes volver atrás porque tal desafuero sería sólo aceptable en un espíritu débil.

Esta advertencia hizo que una ráfaga de aire que sólo podía venir del Ártico atravesara la garganta de Shekar y descendiera hasta su estómago. Él, que había anhelado que su padre le hablara como padre, esperaba le dijera que si partía lejos le echaría mucho de menos y que, en última instancia, contara siempre con él, hasta en el caso del tan temido fracaso. Pero este término no figuraba en el vocabulario de Srinivasa. Al día siguiente, con el corazón apesadumbrado, Shekar viajó a Caracas.

A la muerte de Augusto, la vida de los Romero no fue la misma. El hecho fue que Antón y Natasha por primera vez en su existencia descubrieron el placer de decidir. Para empezar, Antón abandonó los estudios de ingeniería y estuvo un año vagando por los pasillos universitarios en una especie de borrachera libertaria mientras reflexionaba sobre su futuro. Finalmente resolvió hacer lo que siempre había querido: estudiar arte. Se inscribió en la Escuela de Arte; allí conoció a Ramiro y al poco tiempo estaban compartiendo un apartamento cercano a la universidad. A Victoria no le gustó mucho ese cambio, pero pensó que era tiempo de que su hijo viera de sí mismo. El arreglo resultó muy cómodo para Antón porque Victoria pagaba sin reparos todas las cuentas pues Augusto había asegurado suficientes recursos como para que ella y sus hijos vivieran sin estrecheces económicas.

Otros cambios le gustaron menos a Victoria. Cuando Antón —que en lo físico tanto le recordaba a su esposo— se apareció un día con zarcillos en las orejas le dio un patatús. Cuando un sábado por la noche, después de celebrar en su casa la fiesta de cumpleaños de Antón, sorprendió a éste sobre la alfombra de la sala retozando en cueros con Rodrigo, le atacó un soponcio de hospital: permaneció dos días en una clínica con la tensión arterial en cifras de alerta roja. Cuando Rodrigo, terminada su carrera, obtuvo una beca del gobierno para hacer una maestría en el Instituto de Arte de la Universidad de California en San Francisco, Antón, que no había terminado el pregrado, dijo que se iría con Rodrigo. Esta vez, Victoria, vacunada contra las sorpresas, hizo uso de todas sus reservas de entereza y al partir su hijo le dio la bendición junto con una chequera de una cuenta que alimentaría hasta que terminara su carrera.

Natasha completó sus estudios en la Escuela de Sociología y consiguió una beca para hacer su doctorado en Francia. A París viajó junto con Emilia Sangronis, quien había sido su profesora de Sociología Rural. La doctora Sangronis, destacada catedrática con enjundiosas publicaciones en revistas internacionales, era una mujer de pelo en pecho, tenía la espalda de un jugador de fútbol americano vestido con todos sus arreos y remedaba el caminar despreocupado, de perdonavidas, de John Wayne. En uso de su año sabático, viajó junto con Natasha como profesora invitada de la Sorbona. Pasados cinco años, de vuelta a casa, Natasha ingresó como profesora a la Universidad. A mediados de la década de los ochenta, Natasha y Emilia desembozaron su relación la que desde hacía tiempo era tema obligado en los corrillos de la Escuela de Sociología. Se mudaron juntas y Emilia se ocupó de tender un cerco para mantener alejados a los hombres que se sentía atraídos por la belleza de Natasha. En realidad, ese cerco era innecesario porque Natasha sentía verdadera repugnancia por la piel masculina. Pero Emilia persistía en él, sólo por si acaso. La pareja vive tan felizmente como es posible en una sociedad que condena al ostracismo a las parejas desemparejadas.

Esta relación hacía muy infeliz a Victoria, que había visto llegar la vejez con una sensación de aridez: nunca podría dormir en su regazo a los nietos que soñó. Pero aún habrían de ocurrir otros hechos y ella diría a sus amigas haber sufrido en ese tiempo un suplicio tantálico. Tales hechos, describía Victoria, como jauría de feroces mastines, a diario consumían a dentelladas sus entrañas, que se regeneraban en la nocturnidad sólo para que el suplicio pudiese continuar.

Antón, a dos años de su partida, regresó a Venezuela luego de su rompimiento con Rodrigo y de vagar por la costa californiana por varios meses. Llegó a casa de Victoria en un estado depresivo del que no habría de recuperarse. Se encerró en su habitación y en adelante se negó a ver a nadie excepto a su madre. Se quejaba constantemente de frío y de molestias estomacales intermitentes. Ante su negativa de aceptar atención médica, Victoria le preparaba infusiones de tilo, de manzanilla, de anís estrellado, y le hacía preparados con cristales de zábila, que le proporcionaban un alivio momentáneo pero que, a la larga, en nada contribuían a mejorar su estado. Victoria dedicó a Antón la más amorosa atención en su enfermedad. De cierta manera pretendía resarcirlo del desapego que le había impuesto Augusto, quien, bajo ninguna circunstancia, había permitido que su mujer “malcriara” a sus hijos con apurruñamientos capaces de debilitar la observancia de su código draconiano.

Trató de tragar, pero sus músculos no le respondían. Se puso de pie y dejó vagar la vista por entre las estrellas. Varias respiraciones profundas contribuyeron a tranquilizarle.

Cuando los accesos de escalofrío hacían crujir la cama del enfermo, Victoria le envolvía en mantas y abrazaba su corpachón para darle calor, pero ese frío que venía de adentro derretía sus tejidos y Victoria cada nuevo día comprobaba que con ese derretir se esfumaba la vida de su hijo. Después comenzaron a aparecer unas pápulas que se reproducían y crecían de noche. Ella suplicaba a Antón que aceptara ir al médico, pero él se aferraba a su resolución de no ver a nadie y de que nadie le viera. Seis meses más tarde, sus pulmones colapsaron y Antón hacía desesperados esfuerzos en busca de aire, pero apenas un delgado soplo iba más allá de su garganta con un silbido agorero. Pensando que tenía un ataque de asma, Victoria logró arrastrarlo casi inconsciente al hospital. El médico que lo atendió, con aséptica pericia, necesitó sólo de un examen de sangre para confirmar el diagnóstico de sida que revelaban su estado físico y sus síntomas. El tratamiento médico hizo concebir esperanzas a Victoria. Antón mejoró ligeramente de su neumonía y ella tenía una fe ciega en que la juventud de su hijo triunfaría y él volvería a ser el de antes.

Habiendo llegado a Caracas, Shekar se dirigió al apartamento de su abuelo Janardan, quien le había dicho por teléfono:

—Dame el gusto de alojarte en mi casa, mi querido Shekar.

—Abuelo, lejos de mí está pensar en quedarme en otro sitio.

—Quiero que sepas que estoy muy orgulloso de ti y deseo que todos mis amigos te conozcan. Para mañana por la noche he organizado una fiesta en tu honor.

Al recibirlo en su casa al día siguiente, el tembloroso anciano Janardan retuvo a su nieto contra su pecho en un caluroso abrazo. Era el tipo de abrazo que Shekar había deseado que su padre le diera, pero éste consideraba que esas manifestaciones sólo servían para ablandar el carácter. Dijo el abuelo mientras tomaban té verde de Ceylán:

—Shekar, ya sé de las oportunidades que te han ofrecido para proseguir tus estudios, pero quiero escuchar de tus labios todos los detalles.

Y Shekar contó a su abuelo cuanto quería saber. Janardan quería asegurarse de conocer los pormenores para poder responder apropiadamente a sus invitados cuando indagaran sobre el futuro que esperaba a su querido nieto. Al caer la noche Janardan dijo:

—Shekar, es hora de que te prepares pues de un momento a otro comenzarán a llegar los invitados.

El joven fue a la habitación que le había asignado su abuelo y se acicaló cuidadosamente. Vistió su traje de algodón blanco preferido y cuando se presentó ante su abuelo, juntó las palmas de las manos y le saludó con la venia a la manera hindú. Dijo el abuelo:

—¡Cómo te pareces a tu madre!

—Excúsame, abuelo, pero quisiera salir a caminar por unos minutos.

—Como quieras, Hijo, pero no demores, pronto estarán aquí mis amigos y sus familias: todos desean conocerte.

Shekar salió del apartamento, entró en el ascensor y marcó el vigésimo piso, el último del edificio. Se miró en el espejo del ascensor y tuvo la impresión de que la imagen del joven alto de tez oscura y vestido de blanco que veía reflejada no era la suya. Parecía la de alguien venido del pasado. “Es el karman”, pensó. Cuando se detuvo la máquina, salió al pasillo y se dirigió a la escalera que llevaba a la azotea, la escaló y empujó hacia arriba la puerta de hierro que daba acceso al exterior. Salió y levantó la mirada al cielo. En Caracas, a causa de la contaminación, el firmamento no suele verse como se veía esa noche. Esa era una noche especial: después de una copiosa lluvia, el cielo estaba límpido y Shekar podía ver el esplendor de las estrellas. Se sentó en una caja de madera que alguien había abandonado allá arriba, se oprimió las sienes con las manos y se puso a reflexionar sobre su pasado. Desde que tenía memoria, su vida había transcurrido en un esfuerzo sostenido para hacerse digno de las expectativas de su padre. Pensó que hasta ese momento lo había logrado a costa de sentirse permanentemente cual cuerda de violín tensada al extremo. Pero ese logro lo había dejado vacío, como el recipiente superior de un reloj de arena al que nadie le da vuelta. Él no se sentía capaz de darle vuelta. La angustia le estrangulaba. Trató de tragar, pero sus músculos no le respondían. Se puso de pie y dejó vagar la vista por entre las estrellas. Varias respiraciones profundas contribuyeron a tranquilizarle. Por su mente desfilaron episodios que él contemplaba como el videoclip de una extraña biografía. Cuando la cinta quedó en blanco, como esperando por la próxima secuencia, experimentó la sensación de que su sangre efervescía. En un ritual que pensó le liberaría de su pasado opresor y de su karman, se despojó de sus prendas de vestir una a una hasta quedar desnudo frente al universo. Se sintió uno con el infinito. Y entonces se sintió bien. Sintió como si su cuerpo flotara y se diluyera en la fresca brisa que corría sobre el edificio mientras giraba sobre sí mismo con los brazos extendidos. Subió sobre el antepecho de la azotea, dio una última mirada al firmamento, cerró los ojos y se lanzó en pos de su mokşa. En el trayecto hasta lo que creía sería su emancipación final, pudo ver con los ojos de su mente cómo, en un tablero luminoso, al fin lograba desarrollar paso a paso uno de los teoremas más complejos de los aún no probados de su antepasado. En secreto, había estado tratando de resolverlo infructuosamente durante los últimos tres años.

Victoria veló hasta por el último aliento de Antón. Sentada en una mecedora al lado de la cama desgranaba un interminable rosario, mientras su hijo querido se consumía hasta convertirse en una esmirriada sombra del vigoroso joven que un día había viajado a California. Viaje que seguramente Augusto habría desaprobado, pues él había soñado que sus hijos estudiaran su posgrado en la Universidad Patrice Lumumba en Moscú. Durante sus trasnochos, cuando estaba a punto de dejarse rendir por el sueño y el cansancio, Victoria, que esperaba un milagro divino, repetía sin cesar: “Señor, devuélvele la vida a mi hijo”. Una madrugada a finales de diciembre, mientras la ciudad celebraba las fiestas navideñas, la vida abandonó sigilosamente a Antón.

Victoria visita las dos tumbas, como había venido visitando la de Augusto todos los domingos desde su muerte. Desde la partida de Antón, lo más importante de su vida es sentarse sobre ese mármol con los nombres de los dos hombres que más ha amado tallados en letras doradas y entablar monólogos intercalados con silencios como si fueran diálogos y dar gracias al buen Dios porque Augusto no vivió lo suficiente para ver sus sueños convertidos en pesadilla.

Ana Irene Méndez Peña
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