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Sin on wheels

sábado 11 de febrero de 2017
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Yo no soy como la Marilyn esa de sin on wheels, Fabián. Nunca entendí cómo se puede lucir un póster en la pared sin saber lo que dice. Últimamente, unos cuantos como vos creen que hablan inglés. Deben de suponer, por esto, que la gente es feliz en el país del norte. ¡Marilyn!, la pobre de tan linda se pasaba, aunque ninguno supo valorarla, pero el mundo (y vos) la tienen en un altar. Yo no aparezco en la tele como ella, ni me llaman del cine. Y vos, cuando estás en casa, ves fútbol o a Tinelli. Por eso, te habrás vuelto un fanático de esas modelos desabridas que visten ropa de marcas, siempre fuera de nuestro alcance. Tengo piernas sólidas y dedos con uñas felinas. Así somos las latinas, no sé si te diste cuenta. Y bien que la Marilyn también tenía sus curvas. Ya que te gusta tanto Norteamérica, apreciala a ella tal cual era, ¿no? Vaya a saberse si, debido a tus negocios, no estarás pensando en huir a Miami. Algo de eso oí al pasar: los muchachos que invitaste a beber, una tarde húmeda en casa, conversaban en lo bajito sobre ese viaje. Tengo oídos de tísica y te he visto tomar clases; mientras duermo, practicás los verbos con esmero. No soy tonta, Fabián. Mirá que te encanta fanfarronear, pero al hablar, parecés un extranjero berreta. Lo dice mi patrona que es profesora de inglés y, de sólo haberte oído dos veces, te describe con precisión radiológica. Ay, Fabián, qué loco estás. Cambiaste, parecías más lúcido de chico: compartíamos puro goce durante esos amaneceres cuando el sol mata la noche y sus rayos se desparraman sin pudor, como la savia en mi cuerpo. El señorito, sin embargo, desde que habla inglés, prefiere a las mujeres que bailan como en la tele. Swing o tango, bachata o milonga; da lo mismo. Nosotras, en el barrio, sufrimos más que vivir como en una fiesta: aguantamos a las bandas de la merca y hasta los hijos a veces golpean a sus madres, a sus abuelas. (Menos mal que vos y yo no hemos sido padres. Imaginate mi cuerpo: los chicos hubiesen salido a vos, ¿no?; cuando enloquecés, me sacudís como si fuera un trapo.) Cuesta quererte, pero no sé qué otra cosa hacer. A menudo, al regresar del trabajo en las noches cerradas y bajo la atenta mirada de gatos nómades y chorros, debo cruzar las vías del tren. El silencio pega un silbido insoportable y cuando se oyen los pitidos del tren, intento mirar la luna para no arrojarme. Cruzo al fin, muerta de miedo. Y entonces pienso: de qué me sirvió estudiar inglés. Yo no quería ser como la Marilyn, sino maestra. Estudié para ser alguien, que los demás me respetaran. Nos decían en el gobierno que la educación incluye, en fin. Pero ahora acepto sin chistar mi destino, y gracias a la Virgencita, mi patrona paga religiosamente mis horas de trabajo y zafamos. Aunque me cosquillea el cuerpo cuando pienso en nuestros fracasos, en que los más tontos suelen conseguir buenos trabajos. A diferencia de mí, a vos, como tenés piel de elefante, todo te resbala. Será como repetís: nadie tiene lo que merece. Con esa manera de razonar, ignorarás cualquier forma de dolor. En cambio, mientras estás no se sabe dónde los sábados por la tarde, las mujeres nos juntamos para hablar de nuestras penas; sobre los hijos descarriados, el marido violento y los patrones que se olvidan de nuestros aportes. El otro día el curita de la parroquia, que a menudo también asiste, nos comentó que en el país del norte los impuestos se pagan: su gobierno persigue a los poco memoriosos. Debe de ser un paraíso entonces, aunque la Marilyn no terminó bien, ¿viste? Y después, las vecinas y yo volvemos a casa, cada una a nuestra inquebrantable rutina. Lástima que con tanta televisión, ya no matizamos el aburrimiento de las tardes dominicales con el chamamé, alguna cumbia. La verdad, después de que a nuestra Gilda la bailan hasta los ricos, nos da pudor ofenderla: mis amigas y yo no danzamos como esas profesionales que tanto atrapan tu mirada. Mi patrona me habló el otro día acerca de unos periodistas convencidos de nuestra integración al mundo. A mí me bastaría con que se respetara a la Gilda. Y, aunque la noticia parezca objetiva, no me la creo. Será que, como estudié, tengo algo de cabeza. Así que cuidate, Fabián, quién sabe lo que te espera en Miami. Los americanos no se llevan puestos los mejores premios; allí, los vaqueros desocupados son también borrachos e ignorantes. Transpiran como los lobos y tienen una mirada filosa como el vidrio —dicen. Y un país en que la Marilyn sufrió tanto y cuya muerte todavía no se devela, de “mundo” tiene poco. ¿Te molesta, Fabián, esto que pienso? Hay que adaptarse —andás pontificándome. Para mí, estás a punto de huir: de pronto, me han contado que vas por ahí haciéndote el bilingüe y que escondés unos verdes. Y, claro, con esa plata, ahora no te debe de gustar mi piel azucarada. Si ya no te deslizás casi por ella… Siempre, tras jóvenes tatuadas con inscripciones como Winner, Carpe diem, que no comprenden ni ellas, ni el tatuadorY, apurado, ¿eh?… ¿Debido a qué?, me pregunto, pues a mí nunca me llega un peso de tu parte. Y te lo pasás observando polleras y bombachas que apenas tapan lo que mi pudor no menciona. Me despreciás, no te creas que no me doy cuenta. Sos un sinvergüenza, Fabián, si habré hecho todo lo que me urgías en la cama. Vos tampoco olías a perfume, y más de una vez me molestaba contornear mi cintura para atraerte mientras, de reojo, seguías en la tele tu fútbol y se expandía por el dormitorio un ingrato olor a tufo. No hay caso, las mujeres seguimos aferradas a ustedes… Será que somos burras (como repite mi sobrino, que estudia en la universidad: por obra y gracia del espíritu santo, heredó la inteligencia del viejo y lo dejaron entrar) y, consiguientemente, nos tragamos el cuentito de que los hombres son nuestros proveedores. ¿De qué?, me pregunto, porque todas terminamos limpiando casas ajenas con un escobillón venido a menos y unos plumeros que han perdido hace rato sus mañas. ¿De qué te quejás bajo el edredón descuartizado por las polillas? Si no me entrego a vos, durante alguna noche perdida, será porque tomás cerveza, peleás por tonteras y me tocás cuando te viene en gana. Y desde que me he vuelto vieja, tenemos poco sexo. ¡Rápido!, Fabián, sexo en matrimonio y sin pecado, como gusta en aconsejar el curita… Bah, sexo very fast, ¿ves que sé inglés? A mí no me engañás con esta clase de amor. Si el que hacíamos era pura felonía y debo convencerte de cometerla nuevamente, yo me transformo enseguida, por vos, en la Marilyn esa del póster. ¡Pecado sobre ruedas! Pero los vecinos se enteraron el otro día de que andás con Abril. La Abril vive a tres cuadras de casa, te queda cómodo. ¡“Abril”!, nombre de cáscara sin nuez. Los vecinos la rebautizaron “domadora”, a secas. Tiene lolas y caderas postizas para ejercer sus malas artes mientras yo me deslomo lavando ropa y vajilla. Y vos, conmigo, preferís sexo rápido o abstenerte (qué palabra fea, “abstenerse”). Total, vas a misa los domingos a disculparte y después, andás con ella. Te relacionás con delincuentes, ay, Virgencita, qué me va a esperar si envejezco a tu lado. Pero sería duro olvidarse de tus caricias si te vas. A menudo, me dan ganas de traicionarte con unas cuantas cuchilladas de odio, olvidarme de preparar tu cena. Me pregunto qué experimentaría sin mí tu estómago, el único leal a mis recetas. Pero no soy resentida, Fabián, ni sé de venganzas. Y aunque ahora mismo, cuando temo por lo que te toque en suerte en Miami (ignoro si te marchás con la Abril), oigo los reproches de la patrona pues me olvidé de regar el jardín y querría reducirte de por vida, por tu infidelidad, a estos trabajos forzosos, el deseo se apodera de mí. El recuerdo de tus caricias me quema el cerebro. Qué harías vos, solito, trabajando para la señora, que se lo pasa controlando. Qué rabia depender de un hombre como vos. Qué sé yo, a mí también me gustaría irme lejos a ver el mar y meternos, desnudos, entre sus olas furiosas que nos lanzan hacia la costa. Sin embargo, lo único hot que se me ocurre por ahora es un trago a compartir los dos. Tal vez, si llegás a diferenciar mi cuerpo del de la Abril, desistís de ese viaje y nos construimos un santuario que evoque a la Gilda en casa, hasta bailaríamos un chamamé y una cumbia, como los de la tele. Entre copas volveríamos a ser felices, ¿no? Sin partidas ni la Abril, disfrutando de la polca lenta de un antiguo chamamé… Como aprendí algo de inglés, el trago se llamaría “Dirty” (vaya que lo sería…). Si dejás de llenarte el hígado con cerveza recalentada y decidís olvidarte de quimeras, Fabián, acaso acepten el trago en el vecindario entero y nos hagamos los dos famosos. Mirá que su nombre es en inglés…

Tres partes de vodka / una de vermú seco, / agregar aceitunas / y disponer en copa ancha / meneando caderas como la Marilyn / aunque las piernas sean como un ombú / y no se peque, elegante, como ella.

Paula Winkler
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