“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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El sombrío horizonte del mar

jueves 23 de marzo de 2017

Forajido tormento, entra, sal…
¡Pero algún día no podrás entrar,
Ni salir, con el puñado de tierra
Que te echaré a los ojos, forajido!
César Vallejo, Trilce.

El sol se fue escondiendo mansamente en el sombrío horizonte del mar y la ciudad comenzó a verse desde la larga y solitaria franja de arenas grises de Playa Lipe: distante, inquieta, rutilante.

Caminaba de regreso a casa, ensimismado, quizás rememorando (en su mente se iban configurando miles de imágenes producto del impactante encuentro inicial con los bellos y duros versos del poeta César Vallejo, que había estado leyendo, sentado en el perfil del cerro frente al mar); sin importarle lo rápido que se le había pasado el tiempo y lo tarde que ya era, junto a un cielo naciente de pequeños luceros que se iba presentando al ir colocando paso a paso sus botas en las húmedas arenas y sobre los verdes brotes vegetales de la solitaria playa, como si fuera balanceándose por una fina línea imaginaria, apoyado en la lejana guía de las luces multicolores de la ciudad y la delgada luz de la luna menguante, allá arriba, entre los cerros, abrazada por cúmulos de nubes grises.

No sólo caminaba… levitaba solitario por la playa en la fría noche del mar…

Repentinamente en ese andar apareció fuerte, ominoso, solitario, ahí, solitario, a corta distancia, un haz de luz que, como una señal naval, dividía abruptamente la oscuridad y rastrillaba, escudriñando insistente, igual que luminoso cíclope en la noche, sectores cercanos de la playa, para luego retornar a los lugares iniciales, como si fuese una obligada tarea el tener que tantearlas, buscando esclarecer, verificar en cada metro, corroborar que cada pequeño espacio ya había sido escrutado, registrado.

Pero al notar que sorpresivamente la intrusa y siniestra luz cambiaba de curso y dirigía el haz de luz hacia él, se volcó rápido sobre la ondeante duna y recostó el enjuto cuerpo contra las largas y salientes raíces de las eneas. Desde allí empezó a observar en silencio, pero angustiado, el lento acercar de otras luces que iban bordeando y marcando débilmente los contornos y el asfalto.

El tropel del grupo al bajar hacia la playa alteró el efímero encaje de las olas que en un orden continuo iban cubriendo la bahía.  

Enconchado recibe la abrasante y fina arenilla que corría rastrera, y desesperada pasa lamiendo la playa, jugueteando y desordenando sus largos cabellos, haciéndolos golpear en su rostro. Instintivamente hunde la cabeza en el pecho y los hombros, y enconcha lo más que puede su cuerpo, anidándose, enroscándose en la oquedad de la alta duna para resguardarse de la brisa y evitar que la persistente e inquietante luz llegue a él. Esperó, con más ansiedad que temor, a que pasara el tiempo y pudieran irse los siniestros visitantes. Agazapado escuchó el aleteo de gruesas y violentas pero entrecortadas palabras que volaban en confusión, y al instante, casi encima de él, escucha un sonido seco y la detención inmediata de un vehículo, obligándolo a llevarse las manos a la boca y nariz para aguantar su conmocionado y entrecortado respirar. Desde allí observa cómo el obsesivo haz de luz tercamente va persiguiendo cada golpe de ola, cada rumor que bañe la playa, como si quisieran hallar en ella el más mínimo sonido delator de su inseguridad. De pronto, en escasos segundos, como si desconfiaran de lo solitario que pudiera encontrarse el lugar, observa el retornar del inestable, inseguro haz de luz hacia los mismos lugares, como si ello fuera parte de la imponderable tarea a repetir, multiplicar hasta el cansancio, y al final, después de un insistente y agotador reconocimiento, nota que las luces se apagaban una tras otra, sucesivamente, y todo vuelve a la oscuridad y al silencio aparente de la playa.

Al rato, por encima de la oquedad, escucha sobre él un fuerte abrir y tirar de puertas metálicas. Temeroso, casi que desesperado, quiso asomarse, pero al recibir en plena cara el ligero y punzante rozar de la esporádica y fina arenilla que traía la brisa y le golpeaba, se contiene. El tropel del grupo al bajar hacia la playa alteró el efímero encaje de las olas que en un orden continuo iban cubriendo la bahía, mientras que la perturbada arena de la playa volvía a levantarse alborotada por las alteradas y confusas pisadas, y la arenilla iba cayendo y se acumulaba frente a sus pies. Rápidamente, para evitar que le molestara sus ojos, tomó, abrió, antepuso y cubrió su rostro con el pequeño cuerpo del libro de poemas de Vallejo que había estado leyendo encima del risco, frente al mar.

Entonces fue cuando los vio venir y pasar desesperados. Los de adelante eran llevados a empellones, descamisados y descalzos, y los otros, los custodios, detrás en su definida marcha, con sus altas y ceñidas botas media caña, hundiéndolas en la playa, muy agresivos, llevándolos a empellones, hasta cuando lo vio alejarse como luciérnagas en medio de las dunas y los lánguidos y pisoteados retoños de las eneas; mostrándose por allá, al final, en el corte del horizonte marino, como una oscura silueta de contornos lumínicos, en alterados movimientos chinescos, brincando por andar a ciegas. Quiso aprovechar el momento y el espacio que comenzaba a distanciarlos para salir del improvisado resguardo, y huir, mientras ellos se iban alejando. Segundos, ínfimos instantes, después algo en su interior lo intimidó y prefirió seguir allí ovillado, recogiéndose un poco más entre la alta duna y las secas e hirsutas raíces de las eneas, asomadas al techo barroso del compacto borde marino. Se detuvo no sólo porque se percatarían de su presencia quienes andaban como perros ariscos por la playa, pensó, sino por aquella posibilidad de encontrarse con quien hacía guardia y mantenía el motor del vehículo en marcha, a la espera.

 

II

—¿En dónde fue que la perdiste, ah..? —escuchó leve, lejana, la voz que le llegaba y creía provenía desde muy lejos, débil; que inicialmente le preguntaba por su llegada tarde y después, pasados algunos segundos, ya un poco más cerca, en un tono definido y seguro, le insinuaba:— Mira… ¡levántate, que es muy tarde..! —para terminar, como si esas palabras se fueran construyendo, rehaciendo en el tiempo, mientras regresaban o buscaban alejarse de la habitación:— ¡El tinto debe estar frío, ya parecerá hocico de perro..!

Se removió perezosamente en el desorden que hacía con la funda del colchón y las sábanas de la cama, estirando el largo y enjuto cuerpo. Pero de inmediato, impulsado por algo interior desde las plantas de los pies hasta el cogote, brincó y se levantó, haciéndolo recostar, pegarse temeroso al espaldar de la cama, pegado a la pared, como si ese algo o alguien lo lanzara contra una muralla o le hubiesen estado persiguiendo hasta encontrarse en una calle ciega, sin salida, sin retorno, sin respiro ni escape, y allí lo acorralaran. Viró la cabeza (con esos grandes ojos desbordados, insistentes) hacia la ventana que da al patio, a las paredes de la habitación cargadas de carteles de cine, afiches y recortes de fotos de grandes músicos del Caribe, intentando encontrar en ellos la seguridad perdida. Se sintió los pies sucios, pegajosos, y mientras los levantaba los iba observando con cautela, como si se estuviera asomando a un lugar prohibido o presintiese que algo escondido le asaltaría al mostrarse pleno. Por un rato mantuvo el cuerpo en balance, igual que un gimnasta inmóvil y pensativo, buscando en los caminos y surcos de la memoria cosas que borrasen al instante esos recuerdos; el permanente hostigamiento de los momentos pasados la noche anterior, cuando la oscuridad se llenó de rápidos vuelos y silbantes sonidos, como una explosión de puntos luminosos parecidos a un montón de chispas que se dispersaban imprecisas, raudas en el horizonte. De pronto, en un movimiento convulso, sacudió la cabeza buscando reubicar en los vericuetos de su mente cada uno de esos pensamientos. Volvió a mirarse los pies para comprobar que estaban empañetados de una leve capa seca de arenilla blanca. Más, mucho más se intranquilizó. Se los sacudió y limpió con prontitud, como quien deseara, a propósito, evitar, borrar, en lo posible, la evidencia de algo que más tarde lo fuera a comprometer con lo que él no ha hecho. Se acercó al borde del colchón y dobló, contorsionó su cuerpo hacia adelante para buscar por debajo de la cama sus amadas botas. No las halló en el lugar acostumbrado. Se puso más inquieto al recordar y no hallar allí tampoco el pequeño libro de poemas de Vallejo: Los heraldos negros. De inmediato, en un caos repentino, se levantó y se puso como loco a buscarlo por el cuarto. Observó, después de darle vuelta y vuelta a todos los lugares y rincones, una de las botas debajo de la mesita de trabajo, entre un montón de revistas y suplementos literarios, y después la otra, distante, como si al llegar, antes de tirarse a la cama, ellas le pesaran y así mismo, al zafárselas, las lanzara desesperado para cualquier lugar, muy cerca de las mesitas de noche, o hacia algún rincón del cuarto, cayeran donde cayeran. “No debió ser así —pensó instintivamente— porque nunca lo he hecho”. Se agachó; indeciso las recogió. Claramente alterado las fue revisando, deseando no hallar lo que ya presentía podría encontrar en su interior. Expectante las volteó y comenzó a sacudirlas. La fina arenilla gris/blanca, el fino polvillo con ese olor característico y profundo a sentina brotó a montoncitos desde el interior hasta caer en la palma de su mano. Al sentir la humedad de los diminutos granos de la arenilla marina quiso aventarlos, lanzarlos al viento por la ventana lo más rápido posible como si ellos le estuvieran quemando, pero se contuvo.

Callado, prefirió entonces observarla con suma atención.

Algo retornó de inmediato a su mente y volvió a ver esos cuerpos con sus torsos desnudos y esos rostros asustados, aterrados, amordazados; prefigurados en la noche por el débil haz de luz amarilla que mantenían sobre sus cuerpos mientras levantaban, indecisos, una y otra vez, ante el horror de la muerte, de ser asesinados, las manos, los brazos, para pedir clemencia, piedad.

Se quedó al borde de la cama, más que resignado, sin respirar, y fue reconstruyendo en silencio, minuciosamente, lo sucedido en la noche, antes de llegar a las carreras y presentarse, tal vez, sobresaltado a la casa, sintiéndose perseguido por la persistente cinta de luz que escarbaba como sabueso la playa, y algunas veces se proyectara vacilante hacia la profunda oscuridad de la noche en el horizonte del mar, y el obsesivo martillar de las agresivas voces en su mente, que a empellones dirigían al grupo de jóvenes hacia un alejado y solitario lugar de Playa Lipe. Ante su inestabilidad, se estremeció como si repentinamente le dieran escalofríos, y los volvió a ver una y otra vez, sucesivas veces con sus rostros cegados por la fuerte luz artificial que sus captores dirigían permanentemente hacia ellos para evitar ser reconocidos, llevados a empellones y a los tropezones.

—Entonces… dime, ¿en dónde fue que perdiste la noche, muchacho? —le insinuó la mujer (quien había regresado más silenciosa, y ahora se hallaba a la espera, recostada al marco de la puerta; observándolo, como queriendo saber más de él y de por qué ayer había llegado tan tarde a la casa), sacándolo del extravío en que se encontraba. Levantó de inmediato la vista. Era la Mamabuela. Una mujer alta, morena miel, de esbeltos senos, pelo rizado y peinado a ras, de ojos grandes, ámbar; quien en su juventud debió ser muy atractiva y fuerte, pero que sólo hoy retenía en ese adusto rostro, como un antiguo retrato conservado por los años, ese hermoso y cercano pasado.

—¿En dónde crees que la pude perder, Mamabuela..? —le contestó con preocupación y desgano—. ¿En dónde crees tú que la he perdido..? Dímelo entonces tú, Mamabuela…

—¡Eso es lo que quisiera saber yo, pero dicho por ti! —le dijo determinante. Como si ya lo supiera o se imaginara en dónde había estado hasta tan tarde, hasta muy entrada la noche.

—¿En dónde pude haber estado..? Dime, por favor —le investiga—. ¿En dónde crees tú, Mamabuela..? ¡En la universidad, con mis compañeros, mis amigos..!

Ella se lo queda mirando por un rato, construyendo en su largo silencio una muralla, sin decir nada.

—¿Y allí, en la universidad, hay alguna playa, hay arenilla de mar..? —le pregunta entonces—. ¡Mira..! —le señala—. ¿Ya te diste cuenta de que tienes las botas y los pies sucios de arena de mar, ah? ¿Y qué me dices a eso..?

—¡Nada, Mamabuela! ¡Nada, entonces..! —le dijo serio, alzando un poco la voz, intentado ocultar y evitar con ello que le siguiera haciendo tantas preguntas. Se estruja los ojos con sus dedos.

—¿Y ahora, a estas horas de la tarde, para dónde vas? —le volvió a preguntar—. ¡Sin bañarte y sin desayunar..!

—Vuelvo a la universidad, Mamabuela —le contestó quedamente, como avergonzado—. Tengo que volver… debo asistir a una reunión, Mamabuela…

—¿A cuál universidad? —le contestó seca y cortante—. ¿A cuál? ¡Si no estás en ninguna! ¡Este año no hubo plata, ni prestada, para tu semestre, ni para nada..! ¿Entonces a qué universidad vas… dices ir? ¿A quién intentas engañar..? ¡Sales dizque para allá, y sé que nada de eso es verdad..!

Entristecida, con esos hermosos ojos, ahora húmedos, lo detalla.

Ella, después de enderezar, como pudo, sus angustias, lo miró con ese sentimiento más que noble que crece en las Mamabuelas.  

—¡Tú sabes que es así! ¡No sé qué haces ni nunca dices para dónde vas, ni en qué utilizas el bendito tiempo..! ¿Para qué te engañas, y de paso me engañas, ah? —fue lo último que le dijo, moviendo las manos con imprecisos, alterados y nerviosos gestos.

Al escuchar sus últimas palabras, rápidamente volvió, levantó el rostro y detuvo sus ojos en ella. Se la quedó mirando como si la desconociera. Él sintió en sus adentros que esos hermosos y cansados ojos amarillos ámbar lo escudriñaban sobremanera. Dejó de observarla. Avergonzado agachó la cabeza, hundiendo su rostro y mirada entre las manos. Al rato comenzó a jugar, haciendo torbellinos con sus dedos.

Ella, después de enderezar, como pudo, sus angustias, lo miró con ese sentimiento más que noble que crece en las Mamabuelas y levantó con orgullo la frente hacia cualquier lugar del cuarto.

Con los ojos ya húmedos por el desgaste y descontrol de los años, hizo un lento recorrido por las cuatro paredes del cuarto. No se detuvo en ningún cartel ni fotografía, ni en ninguno de los poemas que él había copiado en letras grandes, y que muchas veces él leía en voz alta para que ella, en la distancia, también los escuchara, ni nada. Era como si comenzara a vagar en el tiempo, perdida en las sucias calles del sueño de un sueño. Decidió salir de la habitación.

—¡Tú eres quien te engañas! —atinó a decirle antes, y salió afanada del cuarto. La larga pollera, usada hasta más abajo de sus rodillas, por el impulso, en su afán de salir, dio vueltas, se elevó y amplió su esplendor como falda de cumbiambera para terminar enrollándosele en la fuerte y esbelta forma de su cuerpo.

Al sentirla ir, levantó la cabeza con pesar y recorrió pausadamente, mirando sin mirar tal vez, observando con desenfado las cosas que en el trasegar del tiempo ha estado recogiendo, llevándolas hasta el cuarto, amontonándolas como ave que prepara y hace su nido; armando un sitio que lo cobijara, en donde pudiera dar rienda suelta a sus pensamientos, a sus sueños y a sus secretas lecturas.

Desde allí, a través de la amplia ventana que da al patio, podía ver salir el sol entre las crestas de la alta montaña; el llegar a sus oídos desde muy temprano el canto de los mirlos, ver zigzaguear las fantasiosas cometas de mil formas y colores sobre los techos de los otros patios (en el fondo ellas eran su mayor alegría, porque verlas desplazarse, surcando, jugar con el viento en los cielos, lo llena de grandes emociones); y creó, allí, en ese pequeño cuarto, un refugio contra los aconteceres y los afanes diarios.

“Es verdad… que tengo que ir a la universidad, Mamabuela”, le repitió un poco más fuerte, afianzando su decisión. “Debo presentar un trabajo…”.

Antes de salir de la habitación descolgó la toalla, tomó el jabón, su cepillo de dientes y se dirigió al lavadero de ropa, en la parte trasera, el traspatio de la casa, donde tiene por costumbre bañarse.

Ella desde el cancel de la cocina lo vio pasar cabizbajo para el traspatio. Al verlo así no pensó en nada. Sólo movió con desaliento la cabeza mientras limpiaba la loza.

Los perros, al sentirlo, salieron de su rincón del patio de los geranios, los nísperos y los heliotropos y se fueron saltando, moviendo sus rabos, haciendo cabriolas, a saludarlo. Los vio venir y antes de que saltaran hacia él se agachó, los mimó y los acarició, a cada uno en su momento. Cuando se levantó, ellos se alejaban retozando, mordisqueando sus cuellos; él abrió la llave del lavadero y puso a correr el agua dentro de la ponchera plástica. El cascajoso sonido de la caída del agua sobre el recipiente le hizo recordar el chocar de las fuertes olas del mar contra los acantilados. Al instante volvieron a su cabeza el libro extraviado y los duros y hermosos versos del poeta César Vallejo, que estuvo leyendo toda la tarde hasta entrado el inicio de la noche, y cómo, ante la aparecida y persistente luz, pudo volcarse y guarecerse en la honda duna y las largas raíces de las eneas. Bajó la vista entonces y revisó una a una sus uñas y las halló sucias de tierra seca de mar. Mientras las iba limpiando, también fueron apareciendo en su mente esos asustados rostros y cómo sus cuerpos y brazos agitados, desesperadas alas cautivas, buscaban, intentaban encontrar una salida ante lo desconocido, a lo que se enfrentaban, y al tener sus ojos vendados, tal vez el miedo y el terror debió crecer en ellos, y al instante, después que sus raptores apagaran las fuertes y enceguecedoras luces de sus linternas, cuando menos se lo imaginó, brotaron en la oscuridad finos destellos lumínicos igual que ahuyentadas, rápidas, fugaces luciérnagas en la noche.

Ante el sorpresivo y monocorde tableteo metálico y los esporádicos escupitajos de fuego, volvió a acurrucarse, ahora tal vez más que nervioso, como si fuera un niño que frente a lo desconocido se mueve en busca de la seguridad que le ofrecen el pecho y los brazos maternos. Retrocedió en el lecho arenoso y buscó pegarse contra la tierra salina lo más que pudo y cerró suavemente sus párpados, como esperando, pasare lo que pasare. Al rato, por la presión que ejercían esos cuerpos contra el oscuro pavimento, escuchó, al sentirlos pasar muy cerca de él, un rápido y metódico trote, y después, de nuevo, el abrupto abrir y cerrar de puertas metálicas, junto al precipitado rugir del motor del vehículo que estuvo en espera, y que en su inmediata estampida chirreaba las llantas sobre el cascajoso asfalto.

Sólo más tarde, al abrir los ojos para asegurarse de que todo ya había pasado, pudo observar que arriba, en la distancia, parecido a un sucio eructo, el ojo cíclope dejaba escapar un huidizo y lánguido haz de luz hacia lugares indeterminados en la sombría noche.

 

Al caer el agua fría sobre la cabeza y correr por su cuerpo pudo establecer y confirmar que eso no había sido una pesadilla y que su mente ha estado reconstruyendo en forma metódica esa realidad. Tomó de nuevo el tarro plástico y lo llenó con el agua fría que caía a la ponchera, lo alzó sobre su cabeza, cerró los ojos, y fue dejándolo caer pequeños chorros en su frente, como si fuera un profundo ritual de limpieza. Mientras lo hacía, pensó: “Tengo que ir, Mamabuela… tengo que ir, Mamabuela… Debo volver, vieja”. Después sintió y escuchó que el viento fresco del final de la mañana traía y llevaba, retozando por los patios y techos de las casas del barrio, los sonidos ancestrales del seco repiquetear de muchas manos en los curtidos cueros de una tambora. Sonrió de satisfacción, dejando entrever, puntear un leve cambio en su rostro.

 

Ella, al sentir el insistente ladrar de los perros, levantó la vista y a través de los espacios dejados por las celosías lo vio venir del traspatio. Evitando que se percatara, bajó, tal vez avergonzada, sentida, un poco más su cabeza de cabellos blancos, y siguió en su quehacer. Se cargó las manos con jabón y dejó correr el agua sobre ellas. En su rostro apareció un rastro de preocupación al observar que los perros, pegados a la malla del portón, seguían ladrando, sofocados, detrás de él.

Al rato, cuando lo creyó prudente, volvió a levantar la vista y callada, como si lo espiara, lo observó pasar; sólo en ese pequeño instante sus miradas se cruzaron.

Los perros seguían ladrando, y rabiando alterados, cada uno por su lado y después, al unísono, se pusieron a aullar. Ella, al no soportar el escándalo que habían formado, golpeó con firmeza las tablillas de las celosías y los espantó. “¡Ya esto es el colmo!”, pensó. “Perros locos…”, terminó por decir.

“Tengo que volver, Mamabuela. Debo volver por otras cosas”, se decía mientras se colocaba, después de ponerse el jean, ajustar la correa, y estirar la franela negra de algodón estampada sobre su pecho, las botas. Se las quedó mirando tercamente.

Apretó fuerte como con rabia los cordones.

—¿Vas a desayunar o no..? —alcanzó a escuchar las palabras de la Mamabuela antes de levantarse para salir.

—¡Tápelo y guárdemelo en el hornillo, Mamabuela, para cuando vuelva más tarde! —le sugirió al pasar por el comedor para irse. “Para esta tarde cuando regrese… si…”. Abrió con cautela una de las hojas de la puerta de la calle y con prudencia, como si temiera algo, se asomó. Se dio cuenta de que el sol ya declinaba hacia el mar, pensó en lo mucho que durmió y lo tarde que era al salir.

Los perros en el patio continuaban ladrando en sordina de vez en cuando.

“Ya a estas horas las gaviotas grises, los gallinazos, o cualquier otro animal carroñero, habrá picoteado, destrozado los cuerpos de esos jóvenes”, se imaginó. “Lo extraño es que por aquí todo sigue igual, como si nada hubiera pasado. O los tiraron al mar. Pero no —se dijo—, porque después del tiroteo, a los pocos minutos, pasaron al trote y se fueron. Sea como sea, ellos están muertos, ellos fueron asesinados. Y a nadie le importa un pito eso”. Levantó un tanto la cabeza y se orientó. “Primero debo ir a la universidad, y después que logre hablar, dar la charla, la busco y me iré tras ella. Sé que lo primero que me irán a preguntar es si declamaré los poemas de Vallejo, que muy sugerentes los organizadores del evento me solicitaron”.

“Al verme cerca, a su lado, me volverá a decir, si no es capaz de gritarlo antes, como lo ha hecho en días anteriores: ‘¿Para qué me sigues, si no quiero nada contigo..?’. Y haré caso omiso a sus histéricos gritos, y la seguiré como siempre, hasta verla entrar a su casa, y cerrar la puerta, indiferente. Haciéndome creer que nada le importo. Algún día caminaremos por la playa y le podré leer a solas, en los riscos del cerro, frente al mar, mirando el reventar de las olas, los poemas de Pessoa, de Neruda, de Valery, de Lezama, de Borges, de Mutis, Aurelio Arturo y del insigne poeta peruano: César Vallejo, que sé más le gustan y a mí también. Y lo peor, se reirá a carcajadas como se ríe delante de los demás, sabiendo que yo estoy cerca, que estoy detrás de ella, muy a su lado”.

Avanza rápido, cruzando las calles y las carreras alteradas por la bulla, los sonidos, los colores y los olores, el huepajé de la ciudad. El tiempo se acorta y hay que cumplir, llegar puntual al recital, como siempre lo ha sido.

“Primero hablaré de la vida paria de Vallejo, para que se vaya acortando el tiempo, y después recitaré algunos de los poemas que ya conozco de Los heraldos negros y otros de Trilce, hasta cuando vengan las preguntas. Antes debo averiguar entre los asistentes sobre quién tiene el libro Los heraldos negros, y lo prestaré como guía. El mío, el que toda la semana había estado estudiando y subrayando y que estuve leyendo ayer y que no encontré esta mañana, lo tengo repleto de notas en los márgenes. Era mi bitácora. Ahora hay que cumplir con él o sin él”.

Lamentó profundamente el haber estado allí sin poder hacer algo que los contuviera, que evitara esos asesinatos.  

Quiso meterse por una de las avenidas, y salir, atravesando unas pocas cuadras, por los lados del campus de la universidad, cuando cayó sobre los transeúntes el sonido estridente de una ambulancia y el eco de las sirenas de los motorizados, irrumpiendo, violentando el sector. Casi como un reflejo continuo, los demás conductores repitieron histéricos sus pitos para apartar los vehículos. De inmediato la gente comenzó a levantar la voz.

El sonido no se sabía si iba o regresaba; pero cabalgaba con su drama y con sus muertos.

“¿Qué estará pasando?”, pensó; pero a la vez consideró la posibilidad de que los cuerpos de esos jóvenes los hayan encontrado tirados y picoteados en Playa Lipe.

Decidió continuar con un paso más rápido, de pronto más apurado. Volvió a meter, como si fuera una manía o un estilo, sus manos en los bolsillos traseros del jean, y bajó, tal vez apesadumbrado, un poco la cabeza, buscando pegar la barbilla al pecho y a su malestar, y en el andar, después de reconocer que el vehículo que llegó y pasó con tanta estridencia era la destartalada y oscura camioneta de medicina legal. Fue cuando lamentó profundamente el haber estado allí sin poder hacer algo que los contuviera, que evitara esos asesinatos. Asesinatos que quedarán igual que los otros, impunes con los días, pero lo peor era el haber sido testigo, y hasta cómplice de esas muertes. “Que tristeza, nunca se sabe quién cae, y cada día el dolor crece y crece más en nosotros”, se dijo. Porque el haber estado allí escondido, evitando que también le dieran “viaje”, lo colocaba como un actor tácito y cómplice de ese crimen.

“¡Qué vaina! ¡Qué vaina, nojoda! Si en algún lugar del mundo hay un muerto, tú también tienes la culpa…, se dijo, recordando a Dostoievski, mientras caminaba.

Al ingresar a los predios del campus de la universidad, se acercó agitado y sudoroso a un vendedor ambulante, le pidió un Camel y un fósforo. Lo encendió y aspiró una bocanada. Al bajar la vista, buscando reconciliarse con el presente, reflexionó y, antes de dejar al vendedor, lo detalló y le preguntó:

—Hey, man… —botó una gruesa bocanada de humo—, ¡tú que lo sabes todo..! ¡Cuéntamelo, lo de hoy, y lo de ayer, llave!

El vendedor al escucharlo levantó la vista, movió insistente la caja de chicles que llevaba en la mano, como si con ese sonido de maracas le insinuara muchas cosas, mirándolo “sabelotodo”, para todas partes. Le ofreció unas mentas y le dijo, mascullante: “Por ahí andan unos parlantes. Esos parecen importados”. Le dejó las mentas en la mano y se fue hacia otros lugares. Él lo vio perderse, desaparecer entre las primeras bocanadas de humo que lanzó. No podía hacer nada por retenerlo. Se dejó el cigarrillo entre los labios. Volvió a meter las manos en los bolsillos traseros del jean y caminó, fingiendo tranquilidad y bacanería, hasta los prados interiores de la universidad, que se observaban tranquilos, pero en el fondo sabía que contenían un mundo febril, una permanente lucha de contrarios. Chupó lo suficiente y retiró el cigarrillo de sus labios. Exhaló aire nuevo y lanzó una profunda y definitiva bocanada de humo como un suspiro. Antes de pasar por el parqueadero de las bicicletas sintió por un momento ese latigazo cálido que siempre le cruza el estómago, acompañado por el leve bajón frío de adrenalina que siempre le aparece cada vez que se enfrenta a situaciones extrañas, desconocidas.

Se detuvo ante las primeras escalinatas; volteó un poco hacia la caída del sol y se le vino a la mente uno de los poemas del gran Vallejo que mayor impresión le han causado. Se imaginó al poeta caminando en una tarde gris plomo bajo la pertinaz lluvia por las encharcadas calles de París, los sucios bordes de los canales del Sena, o aguantando el frío de los bosques de la ciudad, con su rostro adusto, pétreo, dividido por la sombra bajo las alas de su sombrero, cerrado en su gabán negro. Levantó la mano, observó, sólo por mirar, la marca del cigarrillo algunos instantes y lo que le quedaba entre sus dedos; se llevó la colilla a los labios, la apretó y la chupó con suave morbosidad. Retiró la pavita de sus labios, la ajustó entre sus dedos y uñas y la lanzó para cualquier lugar, tal vez emulando al poeta de esos ojos negros y profundos colocados al lado y lado de esa alta y fuerte nariz. “Él también era un solitario”, pensó. Pero ella no lo entendía así. Donde muchas veces es necesario callar hay que callar, vivir en silencio para retomar el rumbo de la vida y del amor. No levantar palabras que la fueran a herir. Sólo él sabía lo que podía entregarle para compartir y vivir. No dejar que su actitud desafiante, al verlo a su lado, los apartara. Sabiendo que sus rechazos eran parte del cortejo, de la aventura del amor.

La luz amarilla del sol desdibujaba, alargando diagonalmente, en un juego cinético, las fuertes sombras creadas segundo a segundo en los salientes de las paredes y las ventanas de los salones del edificio. Se dirigió al salón anexo a la biblioteca central, donde se realizan los actos culturales.

Al asomar al pasillo central la vio apostada cerca de la exposición de libros de Vallejo y de otros poetas latinoamericanos que habían acordado realizar antes del recital. Ella lo vio llegar. Leía los textos vacíos que les colocan a las carátulas. Quiso acercarse para saludarla antes de ingresar al recinto, pero ella se le anticipó. Volvió delicadamente su cuerpo, dándole la espalda, y continuó leyendo, o haciendo que leía. Hoy estaba con su hermosa mata de pelo crespo rizada y más alborotada que nunca, como crispada, electrizada; una blusa larga cargada de colores primarios sobrepuesta a una franela negra que caída más abajo de su cintura; un jean índigo ajustado que acentúa la esbeltez de su hermoso cuerpo, y lo más extraño y agradable, lo que decía que ella iba a escuchar el recital y en el fondo entraba al juego del amor, eran sus elegantes y finas botas negras que calzaba, por dentro de la botamanga del jean.

En vez de llegar hasta ella se detuvo en medio del pasillo y, después de pensarlo, regresó prefiriendo ingresar al salón del recital, no antes; ella volvió sus ojos cafemiel y lo miró en silencio.

Él se dijo lo hermosa que estaba, le sonrió. En el corto trayecto hacia la puerta observó el entusiasmo de los asistentes, más que todo jóvenes rebeldes, enemigos de lo impuesto, amantes pasajeros, algunos, de la poesía.

Antes de comenzar, ya entrada la noche, sentado a la mesa central en el escenario, con los organizadores, acordaban, daban el toque final de cómo conducir la velada. Al momento de alzar la vista la vio a la distancia entrar y ubicarse en la parte alta y lateral del escenario, como evitando ser muy visible; pero no, ella no pasaba desapercibida. Su atracción es inevitable. Para mí y para aquellas personas que no la pueden evitar. A veces pienso que son esos ojos de puma al acecho, de águila en vuelo. No por lo que ven sino por lo que transmiten, por lo que dicen cuando miran. Eso pasa con los poemas de Vallejo. Son más hacia adentro, en el pecho, tocan el alma, llegan y te estremecen con su cargada aridez y realidad.

Su crispado, ensortijado pelo, se batía y alteraba con la brisa que llegaba del mar. También ese viento traía olor a marisma, a algas y caracoles.  

Entonces, al momento de empezar, de hacer la presentación, apagaron las luces generales y repentinamente encendieron varios reflectores que, al llegar directo a él, lo encandilaron, cegándolo. Agachó instintivamente la cabeza y se sintió perseguido, corriendo solitario en la noche, asaltado por el haz luminoso en su incansable rastrillar por Playa Lipe. Pero en vez de lanzarse a las dunas, impulsado por los recuerdos se levantó de la silla, tapándose, cubriéndose el rostro, los ojos, con parte de la mano y el antebrazo; buscando defenderse, apartarse, sin saber de quién, delante de todos, de esas temibles sombras que arrastran, trituran y despedazan, como hienas en la noche, sus presas. Levantó sus brazos clamantes. Quiso gritar, lanzar improperios, decir ante todos que los vio matarlos, que ellos eran unos asesinos. Se contuvo sosteniéndose la cabeza con las manos, intentando aplacar su caos interior, a falta de un mañana sin mañana, más allá de los días ineluctables que lo apremian, una noche indebida, pero que tal vez signifique, en una u otra forma, alguna ruptura en la fatal consecuencia crónica de los días. Como pudo entreabrió los ojos, y con gran esfuerzo miró y creyó ver que ella salía, que se iba, que buscaba evitarlo; y con su fuerte voz comenzó a declamar el primer poema de Vallejo que se le vino a la mente: “Los nueve monstruos”.

Todos comenzaron a aplaudir y él siguió y siguió…

 

III

Tomados de las manos unas veces, y otras abrazados, caminaban en la noche. Su crispado, ensortijado pelo, se batía y alteraba con la brisa que llegaba del mar. También ese viento traía olor a marisma, a algas y caracoles para confundirse, incrementar el de ella, y las olas, conocedoras de su presencia, chocaban con fuerza contra el malecón tajamar. Mientras caminaban, él, más que sonriente, recordó lo que le contestó en ese momento al hombre colocado, recostado a un lado de la puerta de entrada al paraninfo, quien lo abordara con el pequeño libro de poemas de Vallejo en sus manos, antes de salir. Al reconocer su libro, lo primero que se le vino a la cabeza fue aquella vieja canción, el fantástico son montuno de Charlie Palmieri: “Vámonos pal monte… al monte… pa’guarachar… Vámonos pal monte… el monte me gusta más…”, pero no le dijo nada, sino que después, al ir alejándose con ella por el pasillo central, le contestó, casi que gritando: “¡No! No…, ese libro no es mío. Los libros, después que los leo, los regalo o los dejo en algún sitio para que otro se los lleve. La función del libro no es morir olvidado en las bibliotecas, es estar vivo, presente entre los lectores”.

Gustavo R. Cogollo Bernal
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