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Cuento doméstico

sábado 8 de abril de 2017
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El piso del baño estaba mojado. Fue mi culpa, lo sé, porque siempre me ducho antes de almorzar, apenas llego de la escuela y olvido limpiarlo. ¡Qué se le va a hacer! Y claro, ella solía andar descalza por la casa, no obstante las advertencias que yo y su mamá —que no vive con nosotros, pero nos visita con cierta frecuencia— le hacíamos sobre tan peligroso hábito. Siempre acostumbramos tomar una siesta después de la comida, más o menos por una hora. Así lo hicimos durante los veinte felices años de nuestro matrimonio, porque ambos trabajábamos en la mañana. Por cierto, ese día fui yo quien cocinó: papas guisadas con atún y queso parmesano. ¡Cómo lo disfrutó! La amaba mucho, ¿saben? Yo no reparé en que se había levantado de la cama, para nada, lo normal era que alguno despertara y se quedara al lado del otro, revisando el teléfono, corrigiendo la libretica del presupuesto o leyendo un libro —yo estoy terminando Paradiso de Lezama Lima, ¿lo han leído?— hasta que el otro se incorporara. Quizás sentiría alguna molestia estomacal, imagino, o sencillamente estaría fastidiada. No, no oí ningún ruido extraño; ningún golpe o quejido, digamos. Nada de presentimientos o de esos sobresaltos paranormales que muchos dicen sentir anticipando una tragedia: yo dormía plácidamente. Antes había sucedido, sí, una noche, ahora recuerdo, pues, como dije, era terca en eso de no llevar puestas sus pantuflas. Pero aquella vez no pasó de un susto. ¿Acaso sabe uno cuándo pueden suceder estas cosas? No fue sino hasta el momento en que me levanté a orinar que la vi, bella y pálida, con su blusa tejida en tímidos colores ligeramente desarreglada, con sus cabellos en desorden y ofendidos de roja sangre (la noche previa se había quejado mucho por no hallar su champú favorito), ahí, tirada en el piso, junto a su cepillo de dientes aún empaquetado (lo habíamos comprado la tarde anterior y en la mañana ella había decidido usar por última vez el viejo, cosas de mujeres, rituales raros que ellas a veces tienen o una suerte de acto de despedida, como para formalizarle el pase a retiro). Y eso es todo. Sí. Es lo que diré.

Mi esposa leyó esto y piensa que es un cuento simplón, atiborrado de lugares comunes. Mejor así.

Orlando Yedra
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