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De mis conversaciones con Francisco
Diálogo sobre visiones celestiales

domingo 9 de abril de 2017
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De mis conversaciones con Francisco: diálogo sobre visiones celestiales, por Rubén Monasterios

El coloquio es en el jardín íntimo de Villa Fontanarosa; tres de los participantes, sacerdotes; los otros dos, laicos: el Jardinero y Yo. Los consagrados, padre Francisco, monseñor Angélico —experto en asuntos coránicos—, y padre Vittorio, internacionalista.

El Jardinero no cabe en sí del orgullo de haber sido invitado a compartir con nosotros un mate —característico gesto del cordial y sencillo Francisco—, pero, como es comprensible, luce un tanto cohibido. Disimuladamente lo observo; se mantiene en disposición atenta y respetuosa, sentado al borde de su silla; también noto en él una vaga expresión de repugnancia cuando le corresponde sorber la infusión valiéndose de la bombilla común; intercambiamos una mirada de complicidad, sonrío y lo animo con un gesto. Por haber pasado varias veces por idéntica circunstancia, yo me someto sin angustias a la tradición gaucha. Una vez me tocó compartir el mate en un grupo en el que figuraban un par de damas mocosas, y nadie tomó en cuenta el detalle. El hombre hace de tripas corazón y chupa.

El tema de conversación es el terrorismo islámico.

En el Corán hay decenas de aleyas consagrados a la Guerra Santa; de hecho, es el asunto que recibe mayor relevancia en el Libro.

P. Vittorio: Como diría el Constructor de Puentes, con todo respeto, las declaraciones de Mohamed El Baradei son un puñetazo al ojo del mundo occidental y cristiano; eso de que el Occidente es “disfuncional y miope” ante la realidad de los mahometanos, es una crítica dura; fácilmente deja entrever su comentario una disposición a justificar el terrorismo; según él, su incremento se debe a que muchos musulmanes se sienten tratados “como basura” y a que los radicados en Europa están mal integrados…

P. Francisco: Lamentablemente, es una opinión muy influyente, tratándose de una personalidad de relevancia internacional, Premio Nobel de la Paz y todo eso…

P. Angélico: Están mal integrados porque ellos mismos se aíslan. Las culturas islámica y cristiana tienen muy pocos puntos en común, y nada hacen los musulmanes que viven entre los cristianos por adaptarse; en cambio, lo imponen a los occidentales que hacen vida entre ellos. Pretenden que sus niñas lleven el velo islámico en las escuelas francesas, donde la ley de laicidad prohíbe la exhibición de símbolos religiosos, pero a una enfermera sueca que tuvo la mala idea de salir con una blusa sin mangas la condenaron a latigazos por violar el código moral. Los musulmanes pueden tener mezquitas y promover su fe en cualquier parte; los cristianos, no en los dominios islámicos.

P. Vittorio: Claro, como la generalidad de las personalidades musulmanas que opinan sobre los actos de terrorismo…

P. Angélico: …Que tampoco son muchas, ni exponen sus opiniones con mucho énfasis… ¡Son muy poco convincentes de su sinceridad!

P. Vittorio: ¡Exacto! A eso iba: es lo que se deja sentir en las declaraciones de El Baradei. Sus comentarios condenando al terrorismo como “actos de barbarie” lucen como un saludo a la bandera.

P. Angélico: Esa actitud es lo que lleva a algunos extremistas a decir que en todo musulmán hay un yihadista en potencia.

Yo: Bueno, si no acepta la Yihad, no es un buen musulmán, porque estaría distanciándose del Sagrado Corán.

P. Angélico: ¡Tiene toda la razón! En el Corán hay decenas de aleyas consagrados a la Guerra Santa; de hecho, es el asunto que recibe mayor relevancia en el Libro. Hasta donde recuerdo, en la sura 2, aleya 191, ordena: “Matadles donde deis con ellos, y expulsadles de donde os hayan expulsado”… “Así que, si combaten contra vosotros, matadles: esa es la retribución de los infieles”. Y en la 192, “Pero, si cesan, Dios es indulgente, misericordioso”; y sigue en la sura 193: “Combatid contra ellos hasta que dejen de induciros a apostatar y se rinda culto a Dios”… Y sigue con idéntico tenor; hay otra cantidad de alusiones a la Guerra Santa a todo lo largo del Libro…

P. Vittorio: Aprecie un detalle, Angélico: el Señor impone condiciones. Se justifica la Guerra Santa si “vienen contra vosotros”… Si intentan inducirlos a apostatar… Hasta donde yo sé, en el mundo occidental y cristiano nadie se ha fijado esos propósitos. Entonces, ¿cómo justificar la Yihad que prácticamente han desencadenado?

P. Angélico: Es que hay distintas interpretaciones…

Jardinero: Si los señores me permiten…

P. Francisco: ¡Claro, hijo mío!, diga nomás…

Jardinero: ¡Eso es lo que yo no entiendo!: ¿qué les hemos hecho a los musulmanes?… Esa guerra, tanto odio, las matanzas y ese empeño en volverse mártires… ¡Claro!, los cristianos también tenemos mártires, pero una cosa muy diferente es que a uno lo hagan mártir por su fe, y otra salir corriendo vuelto loco por ahí a suicidarse, llevándose en los cuernos a unos cuantos infelices inocentes.

P. Vittorio: Se inmolan, hijo mío; así se dice: se inmolan.

P. Angélico: Hay varias razones entrelazadas… Una de ellas es la ignorancia primitiva; otra, que va con la primera, es el fanatismo religioso ciego; otra la miseria en la que vive esa pobre gente, y otra, la más poderosa, a mi entender, la promesa.

Jardinero: ¿La promesa?

Ahmadineyad no vive en la miseria de un “ratón de ferretería” ni es un hombre ignaro; tampoco el ayatolá Jomeini, ¡ni ninguno de los jerarcas islámicos!

P. Angélico: Sí, la promesa de una recompensa de gratificación inconmensurable por sacrificarse voluntariamente por su fe. Es el Paraíso islámico, el Yanna. Las descripciones del Paraíso convencen a cualquiera; se detallan en el Corán y en los hadices. Tiene siete niveles, el más alto se conoce como Firdaws; los que vivieron con humildad y los piadosos, los que se inmolan por su fe, serán recibidos por los ángeles con saludos de paz. Los textos islámicos describen una vida inmortal para sus habitantes, feliz, sin daño, dolor, miedo o vergüenza, donde se satisface cada deseo. Las tradiciones aseguran que todos serán de la misma edad, de treinta y tres años, y de la misma estatura. Su vida estará llena de venturas incluyendo trajes lujosos, joyas y perfumes, participando en banquetes exquisitos servidos en vajillas de valor incalculable por jóvenes inmortales; descansarán en divanes adornados con oro y piedras preciosas. Los alimentos mencionados incluyen carnes y vinos aromáticos que no embriagan ni inclinan a las peleas. Los residentes en el Yanna se regocijarán con la compañía de sus padres, esposos, e hijos —siempre que hayan sido admitidos al Paraíso—, conversando y recordando el pasado. Las viviendas serán agradables, con amplios jardines, valles sombreados y fuentes perfumadas con alcanfor o jengibre; habrá ríos de agua, leche, miel y vinos, frutas deliciosas de todas las estaciones sin espinas. Un día en el Paraíso se considera igual a mil días en la Tierra. Los palacios serán de oro, plata y perlas, entre otros materiales, y también habrá caballos y camellos de “blancura deslumbrante”, junto con otras criaturas. Se describen grandes árboles y montañas hechas con almizcle, entre las que los ríos fluyen por valles de perlas y rubíes. El Corán les asegura a los mártires un lugar en el Firdaws, un lugar idílico pleno de placeres. Los textos también mencionan a las hurun ein, o sea, las huríes, creadas en la perfección, con las cuales compartir las alegrías carnales, logrando “un placer cientos de veces mayor que el terrenal”; están al servicio de los creyentes y son muchachas núbiles de piel muy blanca, bocas rojas de labios melados, como apetitosas manzanas del Shabit-al kaal y ojos grandes y muy negros; de cinturas delgadas y esbeltas, vestidas con colores vivos con sus gargantas adornadas y su perfume característico apto para todas las naturalezas; mujeres jóvenes y bellas de movimientos suaves, espíritus nobles, ademanes amables, pechos altaneros, vulvas húmedas, besos suaves y nariz recta. El número de huríes disponible para cada varón muerto en la fe no aparece especificado en el Corán, pero estudiosos modernos de ese libro sagrado creen que son como entre setenta o setenta y dos. Las huríes son doncellas vírgenes…

Jardinero: ¿Vírgenes? Con el perdón de sus reverencias, quiere decir, entonces, que no hay sexo…

P. Angélico: ¡No, no; todo lo contrario! Ocurre que la virginidad se les regenera milagrosamente; las huríes tienen como principal cualidad la de regenerar su virginidad luego de cada desfloración. Desflorar doncellas es una de las mayores pasiones de los musulmanes. Alá también les garantiza a sus mártires un montón de efebos, que no están con ellos exactamente para hacer mandados… Combine usted los elementos: la oferta del Paraíso consagrada en un libro que es palabra de Dios y refrendada por todas las autoridades religiosas y civiles, hecha a un individuo ignaro e indoctrinado en esas creencias desde su nacimiento y que, además, vive en la miseria y se siente “humillado” por los occidentales, como dicen Mohamed El Baradei y otros voceros del Islam… ¿Qué puede esperarse? Para decirlo con un proverbio popular, inmolarse es pasar de vivir como ratón de ferretería a ser un jeque con todos los beneficios principescos, de un solo salto, en un instante.

P. Vittorio: Está bien, mi respetado padre Angélico; su lógica es implacable, pero no aplica en ciertos casos. Ahmadineyad no vive en la miseria de un “ratón de ferretería” ni es un hombre ignaro; tampoco el ayatolá Jomeini, ¡ni ninguno de los jerarcas islámicos!

Yo: Pero esos no se inmolan, ¡ni por asomo!

P. Angélico: En efecto, professore Monasterios, pero mandan a otros a hacerlo valiéndose de la promesa. ¿Sabían, mis apreciados amigos, que los mencionados fueron los de la idea de los basij? Era un cuerpo paramilitar compuesto por niños de hasta doce años. Su misión consistía en barrer los campos de minas cuando la guerra entre Irán e Irak. Los muchachos cumplían su cometido llenos de alegría porque los habían convencido de que al ser mártires irían derecho al cielo… Llevaban una llavecita de plástico colgada al cuello, para abrir por sí mismos las puertas del Paraíso. Los mandaban envueltos en una alfombra a propósito de que sus miembros no se dispersaran, porque el espectáculo era demasiado horrible… ¡No me vengan a decir que Ahmadineyad y Jomeini creían con la fe del carbonero que esos niños irían directo al cielo!

Yo: Y el ejemplo ha prosperado. El colectivo islamista Boko Haram, en Nigeria, se vale de niñas en atentados con bombas. ¡Quiera Dios que la práctica no se vuelva una moda entre los musulmanes!

P. Francisco: ¡Amén!

P. Vittorio: Son casos de manipulación política de la fe de las almas cándidas, animada por una maldad atroz; yo me refiero a la generalidad, a la masa.

Yo: Con el debido respeto, y no es por defender al repugnante Ahmadineyad, sino para actuar, digamos, como abogado del diablo…

P. Angélico: ¡Vade retro, Satana!

Pp. Francisco y Vittorio (al unísono): Numquam Suade Mihi Vana / Sunt Mala Quae Libas, / Ipse Venena Bibas.

Yo: ¡Amén!… (Er…) Lo que pretendo es entender… Buscar alguna justificación a lo inhumano… ¿No sería posible que Ahmadineyad creyera “con la fe del carbonero” en la promesa celestial? ¿Acaso no fue él quien declaró Urbi et Orbi que en su país no había homosexuales?

Al unísono, todos responden: “¡El mesmo!”.

Jardinero: ¿Y cómo es el cielo de nosotros, los cristianos? Me da curiosidad; apenas tengo la idea de que el cielo está “allá arriba”, tanto como el infierno está “allá abajo”; sé que es un lugar pleno de beatitud, armonía, felicidad, paz y amor; bueno, de todo lo inexistente en la Tierra; pero lo único que he visto del cielo es una estampa en una revista de los Testigos de Jehová llamada Atalaya. El dibujo mostraba un paisaje semejante al descrito por monseñor Angélico, con unas personas vestidas con batolas blancas; parecían una familia, jugando con unas ovejas y unos leones de lo más cariñosos…

Visionarios han tenido revelaciones del cielo. Según esos iluminados, las almas de quienes logran la salvación eterna en el más allá conforman un inmenso conjunto de entes desprovistos de atributos materiales y de apetitos terrenos.

P. Francisco: Una pregunta difícil. El cielo existe, es un dogma de la Santa Madre Iglesia, ergo, lo creemos sin entrar en cuestionamientos de ninguna naturaleza; pero los teólogos no están de acuerdo respecto a dónde está ni cómo es. En el marco de la Revelación sabemos que el cielo o la bienaventuranza no es una abstracción, ni tampoco un lugar físico entre las nubes, sino una relación viva y personal con la Santísima Trinidad. Es el encuentro con el Padre, que se realiza en Cristo resucitado gracias a la comunión del Espíritu Santo.

Jardinero: ¿Y en la puerta está san Pedro?

P. Vittorio: ¡No sea simplicio! ¿¡Cómo va a estar san Pedro de portero!? A usted como que le habla un pajarito.

Jardinero: Pero eso dicen… Él carga las llaves…

Francisco: No sea rudo, monseñor Vittorio. Recuerde que aquel que tiene el privilegio de ser ilustrado / en el deber está de educar al iletrado… Se trata de una metáfora, hijo mío.

Jardinero: ¡Ah!

Francisco: Todo cuanto se dice del cielo, a partir de revelaciones de espíritus iluminados, lo aceptamos como ex suppositione, no como absolute. Algunos dicen que es un estado, no un lugar; un estado del alma, que, como todos sabemos, sobrevive al cuerpo. Otros creen que hay razones para suponer que sí es un lugar concreto; ¿dónde está?… “Más allá”, dicen. ¿Más allá de qué? Probablemente más allá del Universo, de todo cuanto puede percibir o llegar a ser percibido por el hombre. Visionarios han tenido revelaciones del cielo. Según esos iluminados, las almas de quienes logran la salvación eterna en el más allá conforman un inmenso conjunto de entes desprovistos de atributos materiales y de apetitos terrenos; tal masa infinita de los absolutamente purificados, espíritus prístinos libres de toda mácula, yace en disposición reverencial después de los ángeles, arcángeles, tronos, querubines, serafines y demás entes celestiales organizados en círculos en torno a Dios; giran en torno a la Sacrosanta Trinidad; son como anillos de movimiento sereno y majestuoso, todos los seres celestiales; o sea, los integrantes de la llamada Corte Celestial. Después, en otro anillo inconmensurable, las almas bienaventuradas, y en primer lugar entre ellas las de los santos y mártires; giran y giran siguiendo un solemne tempo de adagio. En el centro de ese espacio sin ubicación, sin dimensiones, sin límites, está el Supremo Misterio Divino, la Santísima Trinidad; solemos representarla a propósito de facilitar la comprensión de las mentes sencillas, como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; no pasa de ser un simbolismo, en realidad son esencia espiritual pura. Es ese espacio no hay gente ni animales, sino almas, espíritus; tampoco hay cosas, sino emociones puras, y estas son de inconcebible felicidad. Sólo en Él piensan, a Él aspiran, fusionados con Él están. Él los ha hecho parte de su esencia; están ciegos por la luz deslumbrante emanada de Él y no ven porque no tienen necesidad de ello: a Dios lo miran con el alma, no con ojos mortales; tampoco tienen necesidad de oír; hablan, pero dicen una única palabra salmodial: ¡Santo! al mismo ritmo de su austero movimiento, y la repiten sin variación alguna por toda la eternidad.

En tanto los sacerdotes entran en un estado de ánimo semejante al trance místico a partir de las inspiradas palabras de Francisco, el Jardinero y yo intercambiamos una furtiva mirada con la que nos damos a entender que compartimos similares sentimientos. Eso de pasar la eternidad, ¡la eternidad!, convertido en una especie de nebulosa, dando vueltas y recitando una sola palabra, resulta demasiado intenso.

¿No será mejor volvernos musulmanes?

 

Referencias

A propósito de verificar las fuentes de la información expuesta en la crónica, consúltese el Sagrado Corán, versión castellana de Julio Cortés, aprobada por diferentes instituciones islámicas. Sobre el Cielo 56:17-22; 76:19. Sobre la Guerra Santa 2:190-195: 3:142; 4:71-78, 94-96; 8:59-66, 72-75: 9:5-15, 29-31, 38-52, 81-89; 16:110; 22:39-41; 29:6; 47: 4-13, 35-38; 49:15; 61: 10-13. No se pierda de vista que “cualquier traducción del Corán sólo puede ser considerada como un comentario del mismo, nunca como el Corán”.
Rubén Monasterios
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