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Aquélla

sábado 27 de mayo de 2017

Mientras la armonía perduró entre Rocío y yo, se mantuvo alejada, pero volvió tan pronto nuestra primera gran disputa me relegó un par de noches al áspero sillón de la estancia. Paloma fue la primera en percatarse de su presencia. A mis pies, la niña comenzó a gruñir. La subsecuente explosión de ladridos dirigió mi atención hacia el balcón. Con la cabeza y uno de los flancos adoloridos, vi la silueta de aquélla sesgando la claridad que se introducía por la puerta corrediza; me sentí observado y escuché su respiración ahogada. Cerré los ojos víctima del aturdimiento. Al abrirlos, se había marchado.

Junto a la voz atropellada de Rocío me llegaban los ladridos de Paloma.  

Al día siguiente, realicé mis actividades de la manera acostumbrada: me levanté temprano, preparé desayuno para dos, calenté agua para dos, coloqué el plato y la taza de Rocío en el micro, caminé hasta el trabajo, encendí mi computadora y esperé leyendo a que los reporteros enviaran por e-mail sus notas, para corregirlas y subirlas a las plataformas del periódico. Regresé a casa a la hora de la cena. Como Rocío siguiera un poco disgustada, no hablamos mucho; decidí aguardar su propuesta de tregua y volví a dormir en el sillón. Mi rendición fue incondicional: me atribuí la culpa y firmé con un beso y un abrazo, porque esas dos noches habían sido frías y desoladoras.

 

La paz nos duró poco. Una engorrosa visita matinal de la casera degeneró en disputa doméstica. Eché madres un par de veces y abandoné el departamento con un azotón de puerta. Estuve a punto de regresar, pero un principio de dignidad me impidió hacerlo. Bajé las escaleras, el oído atento a cualquier atisbo de pasos sobre los peldaños. En una ocasión me detuve; dándole la espalda a los pisos superiores, esperaba sentir alrededor del cuello los cálidos brazos de Rocío. Sólo vi al vecino del 412 rebasarme por la derecha, articular una disculpa rudimentaria y continuar su descenso hacia la avenida. Apresuré la marcha decepcionado. Caminé sobre las aceras grises de Héroes de la Revolución, bajo un cielo gris: el mundo parecía haber cobrado las tonalidades y dimensiones del que siempre había supuesto para Paloma, agravado, atiborrado, y por consecuencia amenazante: quizá por esto la niña siempre ladraba. Subí una pendiente cargando más peso que el de algunas semanas atrás. Tuve que detenerme un par de ocasiones. La efervescencia de los primeros meses de matrimonio estaba cediendo paso a la deslucida trivialidad. Encogí los hombros, continué mi camino, doblé a la derecha sobre Periodista Provinciano. Frente a la fachada del periódico, me pregunté qué caso tendría realizar estas actividades que no me complacían si las cosas entre Rocío y yo llegasen a empeorar. La mañana transcurrió con el humo de esta duda extendiéndose a mi alrededor. Tan pronto Galmiche lo advirtió, se encargó de interrumpir un momento el flujo de la corriente fétida.

—Francisco, ¿te encuentras bien?

—¿Recuerdas lo que dijiste del payaso? —dije, adelantando el anular de mi siniestra. Las mejillas de Galmiche se encandilaron tenuemente. Procedí a detallarle la primera disputa que tuve con Rocío. Omití cualquier alusión al altercado de esa mañana.

—Algunas mujeres son así: quieren ser el norte de la brújula. No toleran que la aguja señale otras direcciones.

Siempre me ha gustado su manera de hablar. Me pidió que mantuviera la calma:

—Depositaste tus esperanzas en una idea que no existía. Conforme transcurra el tiempo, Rocío se alejará más de aquélla, y deberás tener presente que con cualquier otra persona ocurriría lo mismo. La única herramienta con la que cuentan es el diálogo.

Vacilé un momento. Llevarle la contraria podría haber hecho la diferencia entre lo que más tarde aconteció, pero nunca había dependido de mí conjurar o ahuyentar a la que me acechaba. Galmiche se despidió con la convicción de quien ha realizado una acción caritativa, no sin antes ponerse a mi servicio:

—Para lo que se te ofrezca, ya sabes, mi puerta se mantiene abierta.

Un par de horas antes de abandonar el periódico sonó mi celular:

—Te lo juro, Francisco, la vi frente al edificio cuando volvía de la oficina —junto a la voz atropellada de Rocío me llegaban los ladridos de Paloma.

—¿Estás segura?

—¡Sí!

 

Llegué a casa y la niña se encontraba aún en el balcón. Observaba la calzada en silencio. Se alteraba un poco tan pronto divisaba a un transeúnte, pero nada cercano a la agitación que había advertido a través del teléfono. Al verme entrar, Rocío se encajó en mi pecho con los brazos cruzados, en un vano intento por reprimir el ostensible escalofrío de un cuerpo que a estas alturas ya reconocía como desamparado. La estreché con fuerza, reiteré mis promesas y nos fuimos temprano a la cama. Acurrucados los tres, Paloma interpuesta entre Rocío y yo, hablamos largo rato de la mañana en que nos conocimos y de aquella que siempre vagaba a nuestro alrededor, en actitud de tensa y recelosa vigilancia. Por aquellos días, yo le decía a Rocío Ya se marchará. ¿Cómo puedes estar tan seguro?, me respondía, su terso rostro contraído en una mueca patética. Me limitaba a sonreír. Sentía que todo estaría bien y que lograríamos ahuyentarla en base al trato cálido y la armoniosa convivencia. Pero la obstinada se aferró a nuestra cercanía hasta el último instante, cuando supusimos que vio todo perdido entre familiares y amigos durante la firma del acta.

—¿Habremos sido demasiado optimistas? —planteó Rocío a punto del llanto.

—Me parece que ahora somos demasiado apocalípticos.

—¿Por qué hasta ahora? ¿Por qué no antes? ¿Por qué ausentarse y volver?

Recordé secretamente nuestros últimos dos conflictos. Con toda seguridad, jamás se había marchado, sólo había mantenido la distancia apropiada para observar sin ser vista. Pensé en Paloma, en sus paseos y en el silencio apostillado por súbitas advertencias del acecho. Nosotros le habíamos proveído el recurso auditivo para discernir la frontera entre la luz y la sombra. Sólo había esperado hasta percatarse de fisuras en el andamiaje de nuestra felicidad para manifestarse.

Escogí a Rocío por una razón: de todas las mujeres de mi generación, no era la más bella, pero sí la más perspicaz. Llegó a la misma conclusión que yo y mantuvo su mirada fija en mí antes de estamparme una bofetada. Me llamó inmaduro, inconstante, cabrón, hijo de puta y otras cosas:

—Nomás porque siempre te gusta salirte con la tuya­ —espetó antes de hacer a un lado sus temores y echarme una vez más del cuarto.

En la cama estaba aquélla, recostada en una postura insinuante. Sus siluetas habían adquirido la consistencia y definición de los cuerpos rígidos.  

Permanecí un rato contra la puerta; ofuscado a causa de su comportamiento, le dije lo mismo que la noche del regreso de aquélla:

—Deberías entender que si consigo trabajo en un banco no tendré suficiente tiempo para escribir.

—Tampoco tendrás mucho tiempo si debes guarecerte de la lluvia y los ladrones en la calzada, ¡cabrón!

La dejé insultándome y ocupé el sillón.

Los ladridos de Paloma me despertaron por la mañana. En la cama estaba aquélla, recostada en una postura insinuante. Sus siluetas habían adquirido la consistencia y definición de los cuerpos rígidos. Se parecía tanto a Rocío, lo cual me llevó a inquirir sobre su paradero. Dirigiendo el mentón hacia una esquina del cuarto, indicó la ubicación de mi esposa: se encontraba agazapada y era apenas una leve sombra de lo que había sido durante nuestros meses felices. Incapaz de discernir sus facciones, desvié la mirada y me aproximé al lecho: ella extendió sus brazos para recibirme y acepté su invitación porque parecía ser más complaciente y dócil que la otra.

Paloma continuaba ladrándole. Con los dientes expuestos, se mantenía a cierta distancia de nuestros cuerpos enrevesados. Acercándome a su oído, le dije:

—No te apures, con el tiempo aprenderá a ladrarle a aquélla.

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