Después de innumerables agresiones, mi pareja y yo decidimos separarnos. La resolución se había aplazado varios meses; terminamos por aceptar que sólo a través de la distancia y el tiempo dejaríamos de hacernos daño.
Abandoné el departamento que compartíamos y me refugié en casa de un amigo en tanto buscaba una residencia de carácter más permanente. Me dediqué al trabajo de nueve a cinco y a vagar durante las tardes, para impedir que los buenos recuerdos me enturbiaran la razón y me regresaran al cuadrilátero.
Eventualmente, durante algunos de mis recorridos vespertinos, me daba sed. Entraba a la primera cantina o café de cuya marquesina me percatara. Así, una de tantas veces terminé a las puertas de El Refugio de la Luna.
Estaba por empujar sus batientes de madera barnizada cuando un sujeto robusto, de espaldas anchísimas y andar apresurado, se decantó hacía afuera. El coraje le desfiguraba las facciones. No reaccioné a tiempo y me embistió con uno de sus herculinos hombros. Terminé en el suelo. Un mesero se apresuró a reincorporarme. Cuando alcé la mirada, el agresor se había fugado por una esquina al final de la calle. En lugar de perseguirlo y exigirle cuentas, opté por entrar al establecimiento y ocupar una mesa sumergida en la tenue penumbra.
Pronto olvidé el percance, cautivado por los efluvios del café. Pedí un americano bien cargado. Mientras esperaba, la vi sentada a unas cuantas mesas de la mía. Era bajita, delgada y morena. Su cuerpo, doblado sobre el mantel a cuadros, se estremecía por momentos. Deduje que estaba desahogando alguna pena.
Dejándome llevar por un impulso, me aproximé a ella y le pregunté absurdamente si todo se hallaba en orden. Levantó el rostro, me observó con lágrimas y fastidio empañando sus ojos y exigió que me largara por donde había venido. Regresé a mi mesa y estuve mirándola de refilón hasta que el mesero regresó con el americano. En voz baja, comentó:
—Acaba de fastidiarle el día el sujeto que por poco le fastidia a usted las nalgas.
Permanecí callado, estudiándola con sumo interés. No había, esencialmente, ninguna diferencia entre su situación y la mía: se encontraba sola frente a un conjunto de emociones heterogéneas. Yo lidiaba con éstas trabajando y vagando por las calles de la ciudad; ella, llorando sobre el mantel de una mesa.
Pensaba con detenimiento en cosas por el estilo, cuando se incorporó y enfiló hacia mí. No preguntó si podía sentarse. Tomó asiento a mi derecha y se mantuvo en silencio un largo momento incómodo. No me animaba a preguntarle qué se le ofrecía, o si se encontraba mejor. Aventuró una disculpa breve antes de volver a quedarse callada. Entonces le ofrecí una taza de café. Pese al amago que hizo de retirarse, aceptó la oferta y llamé al mesero.
Comentó que su ex novio temía que ella armara una escena y que por esto la había citado en un lugar público.
—Quería ahorrarse el trabajo de tener que consolarme.
Recordé la cólera en el rostro del costal de suplementos alimenticios, mientras la miraba de pies a cabeza. Reflexioné un rato. Finalmente espeté:
—No podías esperar otra cosa.
Levantó una ceja inquisitiva. El camarero regresó con su orden. No me pareció inapropiado pormenorizar:
—Me topé con tu ex novio al entrar. Es de esos sujetos que llegan cinco o seis días por semana al gimnasio, usan pantalones y camisas ajustadas y probablemente se afeitan el pecho, las piernas y algo más. Su relación no da pintas de haber estado sustentada en los sentimientos.
Temí que fuera a arrojarme el café caliente. Contrariando mis sospechas, se arrellanó en la silla y recostó la cabeza. Su risa creció hasta convertirse en tenue carcajada. Me confesó, además, que había querido engañarse muchas veces a sí misma buscándole tres pies al gato. Le dije que no hacía mucho me había encontrado en una situación parecida. Pidió detalles y se los di.
Entre ratos, daba muestras de mirar con nostalgia el álbum de sus recuerdos; yo lo sabía y la dejaba naufragar hasta que retomaba el hilo de la conversación. Por comprensión o compasión, arriesgaba de vez en cuando una incursión de mi mano hasta sus dedos. Lo más natural hubiera sido rechazar las caricias del extraño, como efectivamente ocurrió al principio. Sin embargo, conforme la situación se repetía, la creciente simpatía produjo un cambio en sus reacciones, lo que motivó que mis caricias fueran menos disimuladas.
Se dulcificó su mirada. La mía también debe haber presentado alguna variación. Al ser mi espejo, sólo ella podría confirmarlo. Puedo asegurar, en cambio, que esperaba ansioso el encuentro con su piel.
Una aproximación precipitada hubiera sido catastrófica. Debía conservar la paciencia, aprovechar el momento en el cual, además de complacerme, pudiera transmitirle algún consuelo. Finalmente, conservamos las manos entrelazadas.
Ella declaró en tono de burla:
—Las manos entrelazadas son un síntoma de enamorados.
Afirmé, en tono más serio, que lo nuestro era más perfecto que lo de los enamorados. Ella preguntó cómo podía ser, si desconocíamos aún el nombre del otro.
—El amor es sólo un conjunto de emociones injustificadas, por alguien o por algo, que se prolongan hasta que ese alguien o algo termina por fastidiarnos —le aseguré—. Basta con tener en cuenta lo que nos ocurrió recientemente.
Asintió. Después, continuando sobre la línea de mis reflexiones, dijo:
—Lo que tenemos aquí es mejor, porque no hay nada, aún, que lo corrompa.
Nos miramos. En mi pecho había fuego y yo adivinaba la hoguera que dejaban entrever sus ojos. Comprendimos que no terminaríamos la noche con un hasta pronto, que saldríamos del café y enfilaríamos a un lugar más íntimo. Acordamos no hacer ningún intento por averiguar nuestros nombres, nuestras ocupaciones, o incluso establecer un segundo encuentro, porque parte del encanto de lo que había nacido entre nosotros se debía a la total ausencia del compromiso y el sentido de pertenencia. No existían promesas vanas o esperanzas inútiles. Simplemente un momento, un lapso, un trance, tan breve y ameno como las miradas que eventualmente cruzábamos.
Saldamos la cuenta. Nos dirigimos al estacionamiento en el cual había dejado aparcado su automóvil. Tan pronto me senté en el asiento del copiloto, ella me sujetó fuertemente entre sus brazos. No puedo afirmar si lo hizo por despecho, por una seguridad sustentada en profundos razonamientos o por franco afecto. Parecía obedecer al impulso de ahogar sus penas —yo era el medio para tal propósito—, pero no importaba. Aquello se reduciría al encuentro de la carne con la carne y el recuerdo ulterior de los cuerpos buscándose, hallándose y apartándose una y otra vez en la penumbra de un cuarto de hotel. Sus manos y sus labios mostraban gran adiestramiento para prodigar placer, y su aroma se me introducía tan profundamente en la cabeza que justamente ahí se originó la intención de transgredir lo acordado y confesarle mi nombre, mi ocupación, hablarle más ampliamente de mis experiencias y averiguar las suyas.
Se abstuvo de besarme para encender el vehículo, salir del estacionamiento y conducir a un lugar alejado del centro de la ciudad. Llegamos a un establecimiento de buena pinta, no carente de lujos, a cuya recepción me aproximé en tanto ella estacionaba el auto. Nos registré (bajo una identidad falsa, por supuesto) y la esperé con la llave a las puertas del ascensor. Subimos al quinto piso, besándonos con menos pudor a cada segundo que transcurría. Acariciaba su vientre, su cabellera; ella, a un tiempo, me llenaba de labial la boca, las mejillas y el cuello. No vacilé en recorrer sus caderas y las piernas largas con las que me rodeó la cintura después de encerrarnos en la habitación. La desvestí procurando eternizar el momento. Así como Sacher-Masoch, o influenciado por él, tenía la idea de que son los prolegómenos del orgasmo los que proporcionan al individuo verdadero placer. Su culminación arrasa con el delirio, no deja más que la ausencia de los sueños que nos acompañaban durante el viaje y nos regresa al burdo estado de seres ordinarios.
Hicimos el amor varias veces durante aquella noche. Llenamos con plática el espacio entre arrumacos. Antes de las doce, ordenamos una cena sustanciosa. Hacia las tres de la mañana, ella se durmió sobre mi regazo.
A ratos la observaba: recordaba con ternura sus tenues jadeos, enérgicos movimientos y sutiles caricias. Determiné por ambos que al día siguiente averiguaría su nombre, su edad, su domicilio, y le compartiría mis respectivas señas. Me dormí, inmensamente complacido a causa de la noche que habíamos pasado juntos, convencido de que ella deseaba lo mismo que yo. Lo había advertido en sus ojos anhelantes, ávidos de mi cuerpo y mis palabras.
Cuando desperté, se había marchado de mi vida para siempre.


