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Hablemos, de Octavio Santana Surez

La imagen especular

• Martes 25 de julio de 2017
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Ella apareció de la nada en octubre de 1996. Yo estaba viendo el noticiero matutino de mi canal preferido. Informaban de la firma en París del acuerdo de paz que puso fin al conflicto entre croatas y serbios, y de pronto Ella estaba allí, de pie, como Dios la echó al mundo. La miré y Ella me dijo: “Hola, ¿quieres que salgamos a pasear por la avenida?”. Le dije “No, a menos que te vistas”. No sabía quién era Ella pero tenía un aire familiar y una actitud desenvuelta que me inspiró simpatía. Se necesita confianza en sí misma para presentarse ante otras personas en el mero cuero. “¿Te enteraste de las noticias?”, le pregunté. “¿Cuáles noticias?”, respondió sentándose en el brazo del sillón. “Terminó la guerra en Bosnia”. “Sí, ya lo supe, lo dijeron en el noticiero de anoche”. “Espero que realmente termine la matanza de los bosnios musulmanes por los croatas que son los caínes modernos”. “Dirás uno de los caínes modernos, porque las guerras no cesan en el mundo. Pero dejemos ese cruento tema, vamos a divertirnos”, replicó Ella. “Ya te dije que si vas sin ropa, no te acompaño”. Ante mi negativa, Ella dio la vuelta y se fue a la calle encuerada. Dejé de ver el noticiero. No tengo nada en contra del nudismo. A mí no me avergüenza la desnudez porque yo no he comido la fruta del árbol prohibido. Nunca he entendido el verdadero sentido de esa prohibición. Ni falta que me hace. Esa es una de las cosas que corrijo en mi obra. Rechazo rotundamente la idea del pecado original. Cada quien que se las vea con sus pecados. Allá Adán y Eva, yo no tengo por qué cargar su sambenito. No me azora la desnudez. ¡Ah!, pero cuando una llega a cierta edad no es estético ni digno andar exhibiendo los estragos que el paso de los años hace sobre las carnes antes firmes. No es, entonces, por prejuicios morales ni religiosos que no estoy dispuesta a mostrarme en público como si fuera un maniquí de tercera mano que espera lo vistan: es por puro recato estético.

Mi vida era apacible hasta que Ella se hizo presente.

Ese fue el primero de muchos episodios. Ella se presenta de repente y quiere que la secunde en la ejecución de sus planes. Me hace reír porque actúa como una adolescente. Ese día se fue a pasear desnuda por la ciudad. La devolvieron a casa unos policías de tránsito que patrullaban la autopista interurbana. La habían encontrado dando saltitos sobre la calzada en plena canícula que ese día era insoportable. Se le ampollaron las plantas de los pies y sufrió una insolación de cuidado. Cuando le pregunté sobre lo que había pasado, Ella respondió que los policías la habían sorprendido bailando el calipso El Callao tonight, Tumeremo tomorrow night, cuando se dirigía por la autopista hacia el lago donde pensaba zambullirse. Ella me contó que había abierto las piernas y brazos como el Hombre de Vitrubio de Da Vinci y los mantuvo rígidos mientras los policías intentaban meterla dentro del vehículo. No pude menos que sonreír al imaginarme a los agentes tratando de hacerla entrar en el carro de patrulla. El espectáculo hizo congestionar la autopista por más de una hora. Una vez dentro del automóvil policial ella continuaba cantando a todo pulmón “El Callao tonight, Tumeremo tomorrow night…”.

Mi vida era apacible hasta que Ella se hizo presente. La mayor parte de mi tiempo la dedico a escribir mi versión moderna de la Biblia. Llevo escritos ciento cuatro cuadernos y medio. Me gusta escribir a mano y con lápiz. Es por la mano por donde mejor fluyen las ideas al papel. El lápiz es un instrumento noble porque, si se comete un error, el borrador de goma hace desaparecer el disparate y los manuscritos quedan pulcros. Rescribir la Biblia es un proyecto que puede llevarle a una toda la vida. Lo comencé como tema de mi tesis doctoral cuando estudiaba en La Sorbona, donde me especialicé en Historia comparada de las religiones. El problema es que mi tutor, el profesor Jean Pierre Racourt-Dupré, no aprobó el proyecto y nunca pude obtener mi título doctoral. Pero yo sé que cuando termine mi Biblia revisada desde la perspectiva del mundo de hoy será una gran contribución a la literatura religiosa. La historia nos muestra que algunos de los grandes genios en la literatura, la pintura y la ciencia no han sido comprendidos por la gente de su tiempo. Allí están de ejemplos el Marqués de Sade, Van Gogh y Galileo. Por mi parte, no espero verme recompensada por mi trabajo mientras viva, una generación futura aquilatará mi obra.

Ella hace cada vez más frecuentes sus apariciones y no me deja avanzar en mi trabajo. Con el tiempo, he dejado de considerarla tan simpática como lo hacía al principio. Me disgusta que Ella me llame La Otra. A veces Ella entabla conversaciones con las múltiples voces que escucha y se refiere a mí como La Otra. Pienso que es una falta de respeto. Decir la Otra es decir advenediza, es decir extraña. Yo la he acogido como si la conociera de siempre y lo menos que espero es que Ella me corresponda. Trato de aconsejarla porque su anómala conducta me está perjudicando, pero Ella es un espíritu libérrimo que en cierto modo admiro, pero sus actuaciones se están haciendo lesivas. Le digo que no admita la conversación con múltiples voces, porque eso confunde. Que tome ejemplo de mí que sólo atiendo a la voz del Señor y a la de Ella, por supuesto. Hace tres semanas tuvieron que operarla de emergencia por una obstrucción intestinal. Se le ocurrió la idea de probar el relleno del colchón. Parece que le gustó porque se comió varios pedazos. No está consciente de que el relleno del colchón no proviene del reino vegetal ni del reino animal, sino de sintéticos a partir de hidrocarburos. Me sentí muy mal cuando vi la cara de angustia de mi hijo Carlos mientras lo acompañé en la ambulancia camino del hospital: “Mamá”, me dijo, “esto no puede seguir, no hagas cosas así”. “Es que tú no entiendes”, traté de explicarle, “es Ella quien hace cosas extrañas. Es Ella quien me atormenta la vida y tiene esas conductas. Lo hace para presionarme a que la acompañe en sus delirantes planes. Si le hiciera caso, nunca terminaría mi proyecto. De una manera u otra, Ella se las arregla para interferir en mi vida. Es una sanguijuela a la que no puedo despegar de mí”. Carlos se solidarizó conmigo y echó a llorar. El lunes pasado, yo estaba en la terraza trasera haciendo mi entrenamiento para prevenir el alzhéimer. Acostumbro recitar en voz alta versos de El cantar de los cantares para ejercitar la memoria. Apenas había comenzado, iba en el cuarto verso: “Atráeme; en pos de ti correremos. / El rey me ha metido en sus cámaras; / Nos gozaremos y alegraremos en ti; / Nos acordaremos de tus amores más que del vino; / Con razón te ama”, cuando se me acercó Carlitos lloriqueando a pedirme galletas. Le dije que esperara a que terminase mi ejercicio, pero él siguió berreando mientras tiraba de mi falda. Le di una nalgada que lo hizo caer de bruces. Mi intención era disciplinarlo. Mi nuera Isabel vino corriendo a averiguar qué pasaba cuando oyó llorar a Carlitos. Lo levantó, el mocoso tenía el labio superior partido, se le habían desprendido los dos incisivos centrales superiores y tenía la franela empapada en sangre. Isabel me dio una mirada de serpiente. La furia hizo que sus ojos castaños se tornaran amarillos. Tomó en brazos a Carlitos y se lo llevó al hospital. El cirujano plástico le recompuso el labio a Carlitos, pero el portillo entre los dientes espera por sus reemplazos que demorarán al menos un año en aparecer. Ahora el niño huye cuando me ve y su madre, cuando nos tropezamos, monta en cólera y masculla que su hijo quedará como si hubiera nacido con labio leporino. Al día siguiente, Carlos vino a hablarme a mi cuarto. Yo estaba en el baño tomando una ducha y mi hijo se encontró con Ella. Escuché la conversación mientras me vestía. “Mamá”, le dijo, “tú necesitas atención especial. He hecho arreglos para llevarte a un sitio donde te cuidarán”. Caí en cuenta de que mi hijo nos estaba confundiendo, así que me apresuré a salir. Ella se esfumó cuando regresé a la habitación. Era una manera de decirme: “No fui yo quien mandó a Carlitos al suelo. Es tu culpa, fuiste sorprendida infraganti”. Carlos siguió; “Ponme atención, por favor, mamá. Es un sitio especial con un gran jardín y un patio lleno de árboles frutales; tendrás un cuarto para ti sola y no habrá niños que te perturben en tus ejercicios de prevención del alzhéimer. La ventana de tu cuarto da al patio. Las frutas atraen a cientos de pájaros que en las mañanas alegran con sus cantos a quienes los escuchan”. “Tengo que pensarlo”, le respondí. “Ahora no se trata de que lo pienses. Se ha hecho perentorio por tu tranquilidad y la de mi familia. Si seguimos así lo próximo para mí es el divorcio. Así que, por favor, déjame ayudarte y tú me ayudas. Siempre me has dicho que quieres verme feliz. De un tiempo a esta parte soy muy infeliz por las cosas que haces”.

Sólo tengo un problema. No sé cómo Ella vino a dar aquí porque este refugio está a veinte kilómetros de la ciudad.

Le interrumpí: “Hijo, no entiendes nada, es Ella la que hace cosas”. “Lo sé, lo sé, pero no puedes negar que quien golpeó a Carlitos fuiste tú”, alegó Carlos. Bajé la cabeza y le dije: “Está bien, me voy con una condición: que me lleves mis cuadernos, materiales de escritura y libros de consulta. Debo continuar con mi trabajo que va muy adelantado”. “Te llevaré todo lo que necesites para que te sientas cómoda y puedas continuar tu proyecto. Te visitaré todos los fines de semana”, respondió Carlos.

Ya tengo una semana en la casa de reposo. En realidad es una granja convertida en posada permanente para gente especial. Me gusta. Sólo tengo un problema. No sé cómo Ella vino a dar aquí porque este refugio está a veinte kilómetros de la ciudad. Al día siguiente de haber llegado, Ella apareció. Le pregunté: “¿Cómo llegaste aquí?”, y respondió: “Contigo”. Siempre inventa cosas así.

Ana Irene Méndez Peña

Ana Irene Méndez Peña

Escritora venezolana (Cúcuta, Colombia, 1938). Es comunicadora social egresada de la Universidad del Zulia (LUZ), con estudios de posgrado en comunicación (Cornell University, Ithaca, Nueva York, EUA) y doctorado en ciencia política (LUZ). Profesora titular de LUZ. Ganadora del Premio Nacional de Periodismo (2001), mención Docencia e Investigación. Ha publicado numerosos artículos. Autora del libro Democracia y discurso político. Caldera, Pérez y Chávez (Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2004, 2006), del manual Metodología y técnicas de investigación aplicadas a la comunicación (Ediciones del Vicerrectorado Académico, LUZ, Maracaibo, 2007) y, en coautoría con Elda Morales, de Sin comunicación no hay democracia (Ediciones Correo del Orinoco, Caracas, 2012). Es investigadora del Centro de Investigación de la Comunicación e Información (Cici-LUZ) y coeditora de la revista Quórum Académico. Actualmente jubilada, trabaja freelance como editora y asesora metodológica de tesis, trabajos de grado, trabajos de ascenso en la academia y traducción de documentos académicos español-inglés e inglés-español.
Ana Irene Méndez Peña

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