“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Viejos boleros

martes 5 de septiembre de 2017

1

Muy temprano del día, antes de abordar su automóvil hacia el trabajo, a Fernando lo ven sus vecinos despidiendo a sus hijos que van al colegio en tanto que a esa misma hora Alberto se está afeitando mientras escucha en la radio las últimas noticias de la ciudad y el país. El expediente registra que ambos salieron de sus respectivos hogares el mismo día, aunque a diferentes horas.

Prudentes, juiciosos, padres afectuosos y ciudadanos ejemplares en aquella ciudad cuya fama, se solía decir, consistía en exportar las más bellas mujeres y el más delicado café del mundo.

Eran amigos de juventud y vivían distantes, pero sus actividades profesionales no les permitían verse a menudo o, por lo general, únicamente durante las fiestas anuales de la ciudad. Fernando ejercía de abogado con enorme éxito, consolidado por varios triunfos en el estrado y además de algunas incursiones positivas en la política. Inteligente y perspicaz, poseía un envidiable sentido del humor y unas notables relaciones interpersonales que, a la par con su estrepitosa carcajada, lo hacían el centro de atención en poco rato. Durante aquellos breves encuentros ocasionales en aquellos jolgorios municipales, ambos se complacían en recordar los años comunes del bachillerato y se sorprendían repitiendo las mismas historias con las mismas chicas en los mismos lugares y en los mismos bailes del club social donde los coqueteos y malicias de la juventud se juntaban con la iniciación a las más maliciosas aventuras de la adolescencia.

Alberto, menos educado, era un empresario agrícola hecho a pulso y su incursión en los negocios de semillas, arados y otros utensilios le habían dado notables bienes de fortuna y una muy alta consideración social. Sin ser calificado de tímido, no era muy osado en su acercamiento a otros, tal vez retraído mas no vacilante; pero, por otra parte, se lo veía dotado de una capacidad decisoria tenaz y con toda la astucia necesaria para los riesgos que todo emprendedor debe poseer. Ninguno de los dos había recibido de modo gratuito esos dones, y más bien ellos se habían realizado a partir del propio esfuerzo —como cabía esperar gracias al ejemplo de sus mayores. Prudentes, juiciosos, padres afectuosos y ciudadanos ejemplares en aquella ciudad cuya fama, se solía decir, consistía en exportar las más bellas mujeres y el más delicado café del mundo.

 

2

Por supuesto que el pueblo les había permitido, por apuestos y por vivaces, que fuesen a veces unos chicos impertinentes, pues se destacaban entre los demás como los mejores estudiantes del colegio y los más ágiles bailarines de la escena social: una mirada a una chica, desde lejos, insinuando que salieran a bailar, usualmente era respondida sin titubeos; de inmediato ellas disfrutaban (en una época romántica, ingenua casi, y gracias al poder disuasivo de las varias capas de enaguas almidonadas que sus madres les imponían para desechar los atrevimientos de los varones), disfrutaban de la mejilla-con-la-mejilla, bailando aquellos viejos boleros que no disuadían del todo los arrojos de los muchachos buscando la entrepierna.

De vez en cuando Fernando y Alberto recordaban con alegría todos esos episodios de la juventud, que los hermanaban aún más cuando —al evocarlos— se envanecían de que por bailar bien siempre se les recordaría. Fue el azar el que les permitió estar juntos de nuevo, años después, en una ocasión en la cual ellos ya sabían descifrar el sentido de sus vidas de una manera sustancialmente adulta. La sensibilidad de Alberto había recibido un duro golpe que, sin embargo, no logró romper su tradicional optimismo pese a la conmoción recibida. Fernando, por su parte, encajó con tranquilidad esa lluvia de sensaciones que se le vinieron encima por causa de una modernidad a la cual nunca había tenido acceso de modo directo. En el cruce de caminos de la historia, uno y otro pasaron la prueba de una existencia ordinaria a una menos peculiar.

 

3

Un día, sentados en una cafetería en las afueras de su ciudad, donde podían discurrir sin interferencias frente a unas cervezas, de repente se vieron cara a cara con dos relatos paralelos que una inesperada confidencia —enganchada a una anécdota sin sustancia— se había arrojado sobre la mesa. La infamia del secuestro padecido por Alberto era una ignominia al compararla con el viaje simultáneo de Fernando por el Japón. Pero ahí estaban, en una mesa de café, a la vez descubriendo que sus relámpagos de recuerdos eran simples complementos a esa contradicción vital y acaso vislumbrando fuegos de rencor para el uno así como lecciones de aliento para el otro. El mundo se les antojaba un mosaico de sorpresas y ahora, bajo el disfrute de esa amistad recobrada año por año, todo el relato prometía un desconcierto sin límites.

Los sanitarios del hotel le parecieron muy estrechos a Fernando, pero se complacía con la limpieza que mostraban, mientras Alberto tenía que hacerlo acurrucado.

Alberto no alcanzó a llegar a su oficina de negocios porque tres hombres le pusieron la mano encima, se lo llevaron casi a rastras a un automóvil que los esperaba y se perdieron con él en los alrededores misteriosos de un monte donde estuvo la mayor parte del tiempo atado a un poste, bajo una tienda de plástico, maloliente y oscura, durante aquellos veintidós días más miserables de su vida. La llegada de Fernando y su esposa a Los Ángeles, su recorrido por los Estudios Universal, por Beverly Hills y por las calles de los famosos, fue una percepción inolvidable donde recordó vivamente a todas esas actrices que le quitaban el sueño y no pudo escapar a los jadeos de asombro cuando descubrió los trucos y decorados de Cecil B. DeMille que le fueron enseñando durante la gira por Hollywood, al comienzo de los primeros días (imborrables, como decía el folleto promotor) que les facilitaba la excursión al Lejano Oriente.

Al día siguiente volaron de California a Tokio, en un prolongado recorrido durante el cual cambiaron de huso horario hasta el punto en que creyeron haber ganado un día más en sus vidas. Desde el avión alcanzaron a ver el tamaño del archipiélago y se sorprendieron de la abigarrada concentración de arrozales, montañas bajas, líneas de tren, pueblos y ciudades. Alberto entretanto comenzaba sus primeras etapas del cautiverio bajo una tienda nauseabunda, vigilado de cerca por un guerrillero que se negaba a decir una palabra más allá de la necesaria. Los sanitarios del hotel le parecieron muy estrechos a Fernando, pero se complacía con la limpieza que mostraban, mientras Alberto tenía que hacerlo acurrucado como en los sanitarios públicos de los japoneses cuando acaso lo dejaban ir al matorral cercano, atado a una larga cuerda que el faccioso halaba con frecuencia sin consideración a la diarrea que el pobre estaba padeciendo.

 

4

Hacia el sexto día de confinamiento, la lluvia no amainaba ni un instante en ese pequeño rincón del bosque donde Alberto se encontraba inerme, como un botín a la espera del rescate; y aunque reconoció algunos cultivos que le eran familiares (el pasto kikuyo que sólo él sembraba en sus predios del lado de la cordillera), no le dio por el momento mucha importancia al asunto mientras trataba de convencer al comandante, quien había regresado del pueblo después de entregar la nota de rescate, para que lo dejara libre.

El tren bala se precipitó por la llanura en dirección a Osaka, pero nada adentro de ese lujoso vagón le indicaba a Fernando que estaban viajando a mas de 300 kilómetros por hora; cuando pasó el conductor pidiendo los tiquetes —un hombrecillo frágil y amable, que hablaba el inglés con acento indescifrable—, no pudo indicarles el sitio por el cual pasaban y decidió seguir de largo con su oficio mientras veía de soslayo a esos extranjeros embelesados con la experiencia de tan velocísimo artefacto.

Arroz, sólo arroz con algunas papas casi todos los días; al noveno ya sabía que el comandante se llamaba Carlos, que sólo ocho hombres pertenecían a esta escuadra del frente 22 y que las provisiones venían de su propio pueblo en un vehículo cuyo conductor alcanzó a observar de lejos en una fracción de segundos —este es muy amigo, pensó rápidamente Alberto, de ese mayordomo descomedido y soez al que había despedido por su talante de pendenciero y respondón.

Arroz, arroz casi todos los días, pero cocido de mil formas y sazonado con pescado porque millones de japoneses lo prefieren a la carne y además lo comen apelmazado para que los palillos dobles puedan agarrar bien el bocado necesario: menos mal que un desayuno en un hotel de varias estrellas se componía de un buffet con ribetes occidentales, pero sólo agua de panela y otro poco de arroz en la mañana eran los escasos alimentos para mitigar el hambre que Alberto soportaba en aquella carpa de plástico que apenas lo protegía de la humedad mas no del frío de la neblina, un manto permanente en esa ladera de kikuyo y de matorrales que finalmente fue reconocida como propia porque en definitiva ese lugar donde estaba retenido, paradójicamente a Alberto le pertenecía.

 

5

El regreso de Singapur a Kyoto, en uno de los vuelos con mayores atenciones personales que Fernando había conocido, le dio fuerzas para continuar la gira y conocer de paso los volcanes y pueblos de pescadores y sentir luego en la playa de Choshi las frescas ráfagas del monzón que revienta en los arrecifes de aquel balneario; tampoco dejaron de observar las inmensas autopistas, el suave discurrir de los barcos por la bahía, las imágenes de la televisión para no japoneses, las calles llenas de gente y de luces de neón; conoció los templos budistas y los baños calientes, condujo un auto por la derecha como lo hacen los ingleses y se hizo el zopenco cuando lo convidaron a conocer geishas para no abandonar a Nubia en su visita inaplazable a las tiendas de compras y a los grandes almacenes que anunciaban precios de sale por todas partes.

Alberto, acostumbrado ya al frío y al hambre, trataba de catequizar a ese vigilante al que llamaban el Negro para que abandonara tal vida y se fuera a trabajar con él en un pequeño plantío de soya que tenía al otro lado de la montaña con la secreta esperanza de que bajara la guardia lo necesario para intentar un escape; el hombre, rudo e impávido, le contestó que nada podría hacerle olvidar su compromiso con la revolución y que si continuaba con esas promesas le descerrajaría un tiro en una pierna para que nunca lo olvidara.

 

6

Desde el día veinte se prepararon para el regreso.

Cuando la noticia del regreso de Alberto se esparció por todo el pueblo, Fernando ya estaba desempacando aquel dibujo lacado (horrible) que su suegra estaba esperando con anhelo.

Mientras el uno hacía una larga fila en el aeropuerto, plagado de turistas occidentales y de orientales semejantes (blanco el japonés, alto el norcoreano, grueso y moreno el hawaiano, menudo el chino, pero todos parecidos), el otro vio llegar a lo lejos una mula vieja, la Cacica, de la cual bajaron unas bolsas con dinero que el comandante procedió a contar minuciosamente hasta que sonrió satisfecho por el rescate. Pese al largo viaje de dos días, entre Tokio y Bogotá, la tardanza del vuelo nacional en la capital, antes de embarcar a su destino en casa, fue insufrible: la añoranza del hogar ya les dolía demasiado y los niños (los del uno y los del otro) aún se preguntaban por qué papito no regresaba de la finca, o por qué no los dejaban ir a la oficina para saludarlo.

Al descender del jeep Alberto, ya liberado, suspiró con alivio pues en la figura del teniente de bomberos que realizaba el turno de la noche reconoció a Jahir, su viejo amigo de escuela, mientras Fernando se disponía a recibir a toda esa parentela que venía hacia ellos haciendo ruido por los largos pasillos del aeropuerto local; los bomberos de guardia saludaron a su capitán voluntario que había llegado después de haber caminado por cerca de seis horas por el descampado hasta encontrar la carretera central donde una camioneta ocasional lo llevó, luego de identificarse, a la estación de bomberos que le serviría de pausa y descanso en tanto que llamaba a María Teresa para decirle que allí estaba y que la esperaba sin avisar a los niños a objeto de no despertarlos tan temprano aunque también los sobrinos de Nubia estaban allí para mirar a sus tíos que venían del otro extremo del mundo y habían sobrevivido ilesos a tamaña aventura. Cuando la noticia del regreso de Alberto se esparció por todo el pueblo, Fernando ya estaba desempacando aquel dibujo lacado (horrible) que su suegra estaba esperando con anhelo porque las tinturas orientales le parecían una maravilla.

 

7

Ambos habían salido de sus casas el mismo día y ambos llegaron a ellas el mismo día, cada uno por su lado y a diferentes horas, terminando su periplo en aquella misma ciudad donde se come el arroz sin palillos y se siente el peso de la traición de los menesterosos. Alberto y Fernando, delante de mí, que fui su genuino testimonio durante el lapso de la conversación, culminaron su grato reencuentro añorando, como siempre, los viejos boleros con los cuales la barra danzarina del colegio solía abrazar las mejores cinturas femeninas de este pueblo inacabado, mientras se acompañaban con los pies la exquisita cadencia de Gregorio Barrios o de María Luisa Landín.

Jaime Lopera
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