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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Púrpura, o el ocaso

• Domingo 22 de octubre de 2017

A las cuatro de la tarde quedaban pocos clientes en el café. Bebían y fumaban, charlando siempre sobre los mismos temas, acostumbrados ya a la distracción del calor y al silencio vespertino. Los sombreros reposaban sobre las mesas, cerca de las tazas que hacía mucho habían dejado de humear. Las voces casi acompasadas por el sonido exangüe del viejo radio sobre la barra. Escucharon la puerta descorrerse, no necesitaron mirar.

—Aquí viene —dijo uno de ellos.

Una funda de cuero cayó alzando una polvareda. Las cuerdas reverberaron con la insolencia de siempre, aun sin ser tocadas. Era, pensaban algunos, el ímpetu de quien se encuentra ahogado.

—Váyase —dijo el tabernero.

El hombre, de unos setenta años, sostuvo la guitarra sobre el pecho y la afinó. Cerró los ojos. Escuchó la canción que sonaba en la radio. “El jinete”, pensó.

La voz les hizo cerrar los ojos, les hizo bajar la cabeza hasta casi apoyar la frente sobre las mesas de madera. Apretaron el vaso con café y se apuraron a beberlo.

—Váyase —repitió.

Las manos buscaron los acordes. Empezó a tocar. Algunos alzaron la vista del café para mirarlo. Quizás sentían lástima, atravesada acaso por alguna brizna de admiración que no llegaba a convertirse en simpatía. Todos los días, desde hacía meses, ocurría lo mismo. Veían siempre al mismo viejo entrar con una guitarra desvencijada interrumpiendo la conversación impersonal de todos, como si el derecho a fumar y a aburrirse quedara vedado de pronto.

—Por la lejana montaña… va cabalgando un jinete…

La voz les hizo cerrar los ojos, les hizo bajar la cabeza hasta casi apoyar la frente sobre las mesas de madera. Apretaron el vaso con café y se apuraron a beberlo.

—Vaga solito en el mundo… y va deseando la muerte…

El tabernero negó con la cabeza, suspiró y esperó a que terminara. Había tratado de echarlo a escobazos, lo había insultado, lo amenazó con llamar a la policía. El viejo siempre regresaba, con la voz más clara, con las cuerdas de la guitarra siempre prestas.

—Por eso lleva una herida, por eso busca la muerte…

Los dos últimos acordes siempre eran los más tristes sin importar de qué canción se tratase, tal vez fuera un fracaso propio después de tocar, como si algo dentro de la obra se le escapara siempre. Lo vieron agachar la cabeza. Ya no esperaba aplausos.

—Está bien, Salvador, ya es suficiente —dijo el tabernero mientras se pasaba la mano por el cabello—, tome un café.

Salvador, con los ojos mirando las losas sucias, vio las monedas que le arrojaban a los pies. Las tomó y las guardó. Guardó la guitarra después de sentarse. Se desabotonó los tres primeros botones de la camisa. Había sudado. Se quitó el sombrero y se abanicó con él. Miró por la ventana. “Tengo que irme antes de las cinco”, pensó. “Hoy tampoco he podido”.

El tabernero puso la taza con café sobre la mesa. Se sentó.

—¿Qué tengo que hacer para que deje de venir?

Salvador miró la oreja de la taza. Contó las muescas. “Debe haberse caído muchas veces. ¿Cómo es que no se ha roto?”.

—Responda.

El viejo suspiró. Miró al hombre que tenía enfrente. Buscó en el bolsillo de su camisa y sacó una violeta marchita. La puso sobre la mesa y la extendió. El tabernero cerró los ojos.

—Debe verla un médico.

—Es inútil —respondió Salvador— usted sabe que es inútil, todos aquí lo saben, todos en el pueblo, hasta Dios, si es que existe, lo sabe.

El hombre miró su negocio, las paredes llenas de grietas, las vigas apolilladas. Respiró el aroma del café que disimulaba la suciedad y parecía convertirla en nostalgia. Vio a sus clientes. Parecían haber vuelto a sus asuntos.

—¿Cree que venir aquí a molestar va a servir de algo?

—Sí.

Dio un sorbo al café y se marchó.

 

Recogió algunas flores silvestres en el camino. Las comparó con la violeta marchita. No se parecían, tampoco podía nombrarlas. “Ella podrá, sí, ella sí”, pensó. Las llevó con cuidado en la mano izquierda mientras subía la colina. Observó el cielo, faltaba todavía para el atardecer. Apuró el paso hasta divisar la casa. Al acercarse, la vio arrodillada frente a las flores del jardín.

—Silvia —dijo Salvador.

La muchacha no respondió. Parecía no haberlo escuchado.

—Silvia.

Ella extendió las manos hacia las flores. Las acarició.

—Me pidieron un adorno, abuelo, un ramo de nomeolvides.

—No llevas abrigo.

La muchacha rio.

—Hace calor, abuelo, mírate, vienes sudando a mares.

—Silvia.

La muchacha suspiró. Se llevó las manos al regazo y trató de ponerse de pie.

—Silvia…

—No, no te preocupes, yo puedo sola —dijo sonriendo.

Tambaleó un poco hasta lograr erguirse.

—Ya vengo, voy por la chaqueta.

Salvador miró la espalda de su nieta. Cada día la notaba más delgada, como si los huesos devoraran la carne. “Maldita sea”, murmuró. Recordó la sala del hospital, las deudas médicas, el desahucio. “Maldita sea”.

—Ya, ¿qué tal me queda?

El anciano creyó ver una sábana negra sobre el cuerpo lívido de su nieta, como una mortaja por la que se filtraba el aire de la vida sin que pudiera inflarle la carne.

—Bien, te ves muy bien.

La muchacha sonrió y agachó la mirada. Quizás pensó que mentía, quizás ella esperaba que lo hiciera.

Salvador dejó la guitarra sobre la silla mecedora al lado de la puerta. Extendió la mano izquierda y la abrió. Se dio cuenta de que había destrozado las flores.

—¿Qué llevas allí, abuelo?

—Flores.

—¿Qué flores?

—No importa.

—¿Por qué?

—Están muertas.

Las tiró sobre la tierra. Miró la palma de su mano, olía a prado. Se quedó en silencio mirando las flores de su nieta. Él no podía nombrar ninguna, sí acaso distinguía las violetas y las rosas. Decía que no podían hablarle, que ya la vida lo había vuelto sordo.

—Mira, abuelo.

Silvia señaló el cielo, eran los primeros trazos del atardecer.

—El púrpura. ¿Lo ves? Apenas dura un instante.

Salvador miró el sol entre las nubes que parecían cada vez más delgadas. Un atardecer igual a miles. “¿Allí estará el..?”.

—Sí, lo veo.

Silvia suspiró. Cerró los ojos y sonrió.

—Sí, abuelo.

Salvador asintió mirando otra vez la tierra.

—¿Hoy vamos a cantar? —dijo la muchacha.

—Por supuesto.

 

Terminaron de comer. Silvia apenas había probado la comida. Se puso de pie. Salvador miró el ramo de nomeolvides y las guirnaldas de crisantemos que reposaban sobre la mesa. Silvia lavó los platos y regresó al comedor.

El viejo miraba el vaivén de la bombilla que colgaba de un cable. Quiso ir y cerrar la ventana. No fue capaz. Silvia se había quitado el abrigo. Sus hombros desnudos mostraban la carne pálida, amarilla bajo la luz. Pensó, como pensaba todas las noches, que la piel lívida era apenas un efecto odioso de la tenue bombilla, que cuando amaneciera sería distinto. Sin embargo, el débil consuelo de tal esperanza había terminado por desaparecer, similar a quien reza por costumbre.

Recordó la canción que había tocado en la tarde. “Era un Mi menor, no, no sirve, claro que no sirve”. Se puso de pie y buscó la guitarra. La sacó de la funda y abrió la puerta hacia la noche.

—¿Vas a afinarla?

Tardó en responder, quizás no se terminaba de acostumbrar a la mentira.

—Sí.

Cerró la puerta y se sentó en el taburete que usaba su nieta para trabajar el jardín. Recorrió los acordes, intentando variarlos, quizás inventar uno nuevo. Fracasó, como lo había hecho toda la vida. Todo sonaba igual, supo que todo seguiría igual.

Ahogó un grito. “No sirve de nada”, murmuró apretando los dientes. Miró las flores. “A mí no me hablan”.

Pensó en las tardes de su juventud, durante la guerra civil, cuando aprendió a tocar guitarra en las calles. Todos fueron soldados de alguna forma, Salvador no se sintió menos culpable. Creía que una guitarra puede ser más potente que un fusil. Recordó haber tocado para los heridos y moribundos en los hospitales, haber tocado para su madre enferma, para su esposa y ahora para su nieta. Quizás creía, como muchos otros creyeron, que la vida se escondía en todas partes, que sólo hace falta aferrarse a algo intangible, algo que no pudiera verse destrozado. Algo que, en fin, no pareciera del todo mentira.

“Quizás”, pensaba, “si encuentro el acorde, el sonido, ella podría salvarse”. Ya no reparaba en lo absurdo de su cometido, había dejado de hacerlo desde que empezó a tocar en el café del pueblo para pagar las cuentas del hospital, el mismo que había enviado a Silvia a morir a su casa. Después de las humillaciones y rendiciones de todos los días cualquier posibilidad parecía bienvenida, cualquier desenlace que de alguna forma desembocara en la vida.

Repasó las canciones que conocía. Se dio cuenta de que se había vuelto mucho más ágil. Ahogó un grito. “No sirve de nada”, murmuró apretando los dientes. Miró las flores. “A mí no me hablan”. Fraseó sobre el diapasón. No sentía nada, no había encontrado nada.

—Maldita sea —dijo al levantarse.

Entró a la casa. Miraba al suelo. Cerró la puerta y habló mientras ponía el seguro.

—¿Qué quieres cantar hoy?

No hubo respuesta.

—Vamos —dijo apoyando la frente contra la pared—, me está dando sueño.

El silencio lo hizo voltearse. Silvia tenía la cara sobre la mesa, los negros cabellos se habían derramado sobre los pétalos de crisantemo. Al acercarse la vio tiritar. Corrió hacia su cuarto y sacó una gabardina de cuero. Tomó a la muchacha en brazos y la cubrió.

Se arrodilló sobre el tapete, frente a ella. El fragor de la fiebre llegaba hasta él como un vaho. Pensó en ir por su guitarra, en seguir buscando el acorde preciso. Quizás pensó en Beethoven, en la leyenda que decía que una de sus sonatas le devolvió la vista a una niña ciega. “¿Podré yo darle la vida?”, pensaba.

Silvia abrió los ojos, estaban rojos. Salvador los había visto así varias noches, rezando para que fuera resequedad y no muerte. Escuchó truenos.

—Toca algo, abuelo —dijo la muchacha. La voz, pesada y lóbrega, sonaba clara.

Salvador guardó silencio. Miró los ojos apagados de su nieta, quizás tratando de rescatar la luz que todavía quedaba.

—Toca algo.

El hombre suspiró.

—¿Si lo hago te levantarás?

Silvia se quedó mirándolo. Alzó las cejas. Abrió la boca, sin embargo, no habló de inmediato.

—Sí.

Salvador asintió y fue por la guitarra.

—Me temo que hoy no podré cantar, abuelo.

—Ni yo.

Tocó una balada hasta que la muchacha cerró los ojos. El hombre alzó la gabardina y miró el vientre. Asintió al ver que todavía se movía. Dejó la guitarra en el suelo y enterró la cara entre las manos. “Todos han muerto”, murmuró. “Qué violentas son las horas…”.

 

—Dicen que el viejo ese se está volviendo loco —dijo un hombre después de dar una calada al cigarrillo.

—Sí, bueno, es lo normal —respondió otro.

El café tenía más clientes de lo normal, acaso porque era quincena, acaso porque nadie sabía estar solo. Con la lluvia, el calor era insoportable. Los hombres optaron por quitarse los trajes de paño y usar camisilla. Bebían whisky barato. La vieja radio sobre la barra sonaba más ronca que siempre.

—Nadie arregla ese maldito radio… —continuó hablando—. En fin, ¿te parece normal? Yo sólo quiero venir aquí todos los malditos días, beber café o whisky hasta hartarme, fumar hasta que el pecho me arda. Sólo quiero eso, no quiero penas de nadie, ¿entiendes? Nadie quiere penas de nadie, de eso hemos tenido ya bastante.

El hombre escupió. Los demás lo miraron, quizás estuvieron tentados de hacer lo mismo.

—Cuando ese idiota venga, porque vendrá, lo sacamos a patadas, ¿te parece?

—No —dijo su acompañante—, ¿para qué?

—Para que no joda —dijo apurando el vaso con whisky de un trago—. ¿O tienes algún problema con eso?

—Estás borracho.

—Bueno, todos lo estamos.

—No vendrá, no con el aguacero de la mañana. Está viejo y no puede andar por el camino embarrado.

—Vendrá, vendrá. Tiene una nieta enferma, ¿no?

El otro alzó las cejas y negó con la cabeza.

—Hijo de puta.

 

Salvador apareció a las cinco de la tarde. Iba lleno de barro. Atravesó la puerta.

—Váyase, por favor —dijo el tabernero.

El hombre se acercó. Le habló al oído mientras lo tomaba del brazo.

—Vete, debes irte, debes irte ya.

Salvador retiró el brazo del hombre. Descargó la funda embarrada sobre una mesa y preparó la guitarra. Una botella cayó a sus pies seguida de varios insultos.

—¡Largo! ¡Largo, viejo de mierda!

Escuchó el radio, interferido por los gritos y por la decadencia que había terminado por quitarle el sonido. No supo de qué canción se trataba. Empezó a jadear. Se recostó sobre la barra. Tuvo náuseas. “¿Y ahora?”, pensó. Volvió a ver la imagen de su nieta, dormida y febril. La recordó por la mañana, bañada en sudor, sonriente.

—Abuelo, ya casi cumples años.

—Sí.

—¿Viste?, te dije que estaría.

Salvador bajó la mirada como si el sueño de varios días le hiciera descender los párpados.

—Desde luego que sí —respondió el viejo.

Salvador miró la boca de la guitarra. Parpadeó varias veces queriendo nublarse la vista. La fiebre del cuerpo de la muchacha llegaba hasta él y le espesaba la saliva.

—Te mereces un buen regalo, has sido un buen hombre.

Recordó a sus muertos, la imposibilidad total ante las alas que nacen en los moribundos. Los vio de nuevo, lánguidos, casi sonrientes desde las sábanas infectas. Maldijo, como tantas otras veces, la vida que le había tocado.

—Deja de ir a ese antro. Ya no vale la pena.

“Ya no vale la pena”, repitió. No era la primera vez que lo escuchaba. Los médicos dijeron lo mismo, que ninguna medicina podría hacerle efecto, que ninguna camilla de hospital podría alejarla de la sombra que le recorría las venas.

—No vale la pena —dijo en voz alta. Quizás no sabía que todavía seguía pensando.

Silvia se irguió sosteniéndose del borde del mueble. Enterró las uñas hasta poderse sentar derecha. Se quitó los cabellos húmedos de la frente y le puso una mano en el hombro. Se quedaron en silencio, como si la ausencia de palabras fuera un abrazo.

—Mira, debo entregar los ramos. Con eso será suficiente.

Salvador miró la boca de la guitarra. Parpadeó varias veces queriendo nublarse la vista. La fiebre del cuerpo de la muchacha llegaba hasta él y le espesaba la saliva.

—Sí, que vengan.                            

Recostado sobre la barra tuvo la urgencia del vómito. Se contuvo, no quería manchar la guitarra. Puso la mano izquierda sobre el diapasón. Quiso algo triste, acordes de desasosiego. Tocó notas menores. Cerró los ojos. Se dio cuenta de que no sería capaz de cantar.

Los abucheos cesaron. No se dio cuenta de lo que había tocado. Quizás pensó que no había tocado nada, que su música había fracasado, que todo terminaría pronto. Encontró alguna paz en el pensamiento de la rendición. Supo que al abrir los ojos regresaría la esperanza, supo que sufriría. Imaginó las muertes de todos, la de él mismo, la soledad. Entonces alzó los párpados.

Un hombre estaba de pie frente a él. Le dijo algo, no entendió el sonido de sus labios. Vio que el tabernero trataba de alejarlo, que se interponía entre ambos. El aroma del licor, del café, del polvo nostálgico parecía arrebatarle los sentidos. Bajó la mirada. No había monedas. Se dio cuenta de que no las esperaba, de que de nada servirían.

Sintió la vibración de un cuerpo al caer. Alzó el mentón, el tabernero se erguía, parecía gritar. El hombre que lo había derribado se acercó. Salvador soltó la guitarra. Escuchó el quejido del instrumento al tocar el suelo. Creyó que le dolían las cuerdas. Vio el brazo arqueado del hombre cerrarse en un puño. Cayó con los ojos abiertos. Sintió la cara tibia.

 

Era de noche. Silvia lo esperaba en el jardín sentada sobre el taburete. Sostenía varias violetas, estaban marchitas. Miraba los pétalos muertos sobre las manos secas. No se dio cuenta de que su abuelo ya había llegado.

—No llevas abrigo.

Silvia lo miró. La sangre de la cara ya se había secado, dejando surcos que parecían costras bajo la luz de la farola. Vio su ropa llena de barro, la guitarra colgándole del hombro. Volvió a mirar las violetas.

—No entiendo por qué se han marchitado —dijo la muchacha.

—No llevas abrigo — repitió el viejo.

Silvia puso las palmas hacia abajo. Vio los pétalos, los pistilos y los tallos caer sobre otras flores. Se frotó las manos. Se alegró de que todavía podía sentir la tierra.

—Te dije que no valía la pena, abuelo.

Salvador asintió.

—Siempre.

Entraron a la casa. Comieron en silencio. La guitarra reposaba sobre el mueble. La muchacha soltó los cubiertos varias veces. Gemía por momentos, como si algo la quemara, como si algo que hierve se derramara a través de la tráquea. Se quedó dormida sobre la silla. Apenas había comido.

Salvador la cargó y la llevó a la cama. Le pareció que la guitarra pesaba más. La cubrió con una sábana blanca. Se sentó a un lado del cuerpo de su nieta. Pasó la mano por los cabellos, los sintió secos. Suspiró. Se levantó y caminó hacia la ventana. Miró el cielo.

—Te maldigo.

 

Silvia lo vio venir los días siguientes justo para el atardecer. No podía estar en el jardín. Ningún abrigo le quitaba el frío. Salvador había dispuesto una silla junto a la ventana, también había puesto macetas sobre el alféizar.

—No puedo hacer más arreglos, abuelo.

—Lo sé.

—No vayas.

Él iba. Regresaba y ponía una o dos monedas sobre la mesa. No había regresado con moretones. A veces hacía cuentas. Sabía que no podía pagar la deuda. ¿Entonces para qué iba al café, al restaurante, a la plaza? Quizás pensaba que la rendición es un placer al que no tenía derecho, que a un hombre le queda el recurso de lo insensato para continuar una lucha desde siempre perdida. Seguía pensando en su acorde, el estallido de la vida. Había aprendido a no reírse de sí mismo.

Por las noches cubría a Silvia con sábanas, cobijas y chaquetas. La veía tiritar y toser. Salvador asentía y miraba los mechones secos sobre la almohada y el suelo. Se iba a su cuarto. Tomaba la guitarra y tocaba hasta el amanecer.

No había vuelto a pensar en que una vez agotados todos los recursos se había convertido en un hombre ridículo. La medicina y Dios ya habían fallado. También los brujos, las hierbas. Le quedaba la música, después buscaría algo distinto, el agua, el viento, tal vez las flores.

Temía haberse acostumbrado al fracaso de todas las mañanas, al placer de perder, de sufrir. Silvia dormía casi todo el día, apenas levantándose para asearse y para mordisquear las uvas. Cocinaba muy poco, o no lo hacía. Salvador compraba dos barras de chocolate y algo de pan antes de llegar.

—Mira el cielo, abuelo.

El viejo había dejado de mirarlo.

—No te preocupes. Mañana sí que voy a cocinar.

Salvador llegó al ocaso del día siguiente. Era su cumpleaños. Nadie lo había felicitado. Encontró la mesa dispuesta con carne, uvas y ensalada de tomate. La austeridad parecía bella alrededor de los pétalos que rodeaban los platos. Se sentó y probó el vino. Luego dejó la copa.

—Espero que te guste —dijo Silvia con una sonrisa.

El viejo asintió.

—Está muy bien, más que bien —dijo Salvador probando la ensalada.

Silvia cerró los ojos y asintió. Había olvidado la sal.

—Muy bien, sí.

Silvia mordisqueó las uvas. Luego apartó el plato. Esperó a que su abuelo terminara. Tomó su vajilla y la dejó caer.

—No importa —dijo él—, yo lo recojo.

Silvia caminó hasta la ventana. Salvador recogía los trozos y los ponía sobre la mesa.

—Me gustan las flores —dijo ella—, también el cielo.

El viejo había vuelto a sentarse. Miraba el cuello de su nieta.

—El cielo no se enferma. Allí está, abuelo, mira el tono púrpura.

Salvador miró el suelo. Los restos de comida bañados en el aceite de oliva, las semillas de uva flotando sobre él.

—Ya ha sido suficiente, abuelo.

El viejo la miró.

—¿Qué?

—Ya, basta.

Tocó la guitarra hasta escuchar un acorde que no conocía. Miró el cielo y escuchó un sollozo en mitad de la noche.

Salvador puso las manos sobre las rodillas. Las apretó hasta lastimarse los dedos. Silvia alzó la camisa más arriba del ombligo. Su carne era cóncava, insinuaba las costillas bajo la piel curtida y oscura. El viejo cerró los ojos.

—Tienes hambre, ¿verdad?

—Sí.

—Este es mi regalo.

—¿Cuál?

—Mi partida.

La mesa cayó. Se escucharon cristales rotos. El vino derramado asemejaba un charco de sangre bajo la débil luz. Silvia lloraba bajo la lluvia de pétalos, efímera y pobre, como ella.

 

Tocó la guitarra hasta escuchar un acorde que no conocía. Miró el cielo y escuchó un sollozo en mitad de la noche. Era tranquilo, casi placentero. Se acercó a la muchacha. Descorrió las sábanas y abrazó el cuerpo húmedo. Todavía tenía los ojos abiertos. Le pasó la mano por la cara. Creyó sentir alguna lozanía. Ella lo miró, sonreía. La abrazó hasta que murió. Luego salió al jardín, miró las violetas, las rosas, los crisantemos, todas las flores que ya nadie podría nombrar, y las arrancó todas.

Juan Fernando Aguilar Cárdenas

Juan Fernando Aguilar Cárdenas

Escritor colombiano (Cali, 1992). Curso estudios de psicoanálisis. Textos suyos han sido publicados en el diario El Espectador, en las revistas Gaceta, del diario El País, y Red y Acción, y en el blog del taller literario Relata seccional Cali.
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