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El taumaturgo

sábado 4 de noviembre de 2017
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Un taumaturgo no se hace de la noche a la mañana. Toma, primero que todo, una personalidad especial, una capacidad de comunicación y de inspirar confianza a toda prueba, una tenacidad rayana en la terquedad y tiempo para desarrollarse. En Daniel esas condiciones se conjugaron ayudadas por su carta astral, que —así lo explicaba Azucena muchos años después— el día de su nacimiento mostraba la alineación de la luna con Mercurio y Plutón, fenómeno que sólo ocurre cada mil doscientos años.

A los dieciocho años, Daniel llegó a la residencia estudiantil de la universidad capitalina vistiendo ropa y portando una maleta que parecían heredadas de su abuelo. Tenía a su favor los rasgos faciales que le acreditó su madre: la sonrisa que dejaba al descubierto una dentadura envidiable y unos ojos grandes, color castaño, salpicados de puntos esmeraldinos alrededor del iris.

Se graduó sin pena ni gloria y les dio a sus padres la satisfacción de ser el primero —tras muchas generaciones de Maldonados— en tener un título de doctor.

Más allá del aspecto físico, lo que en buena parte contribuyó a que Daniel labrara su futuro fue la impresión que causaban esos rasgos: reflejaban una candidez que nunca le abandonó, ni siquiera un año después, cuando había sido despojado de ella por el trato despiadado que suelen dar las citadinos a los paisanos del interior. Así, doce meses después de su arribo a la agitada e inclemente capital, Daniel había perdido la candidez junto con la virginidad, pero la fachada de la primera permaneció intacta de por vida.

Daniel se decidió por inscribirse para estudiar historia en la Escuela de Educación. Le hubiera gustado hacerlo en Medicina pero no logró pasar el examen de ingreso. Pensó luego en orientarse por la enseñanza de las matemáticas porque los profesores en esa especialidad tenían gran demanda. Sin embargo, hubo de reconocer que para los únicos números para los que era bueno eran las fechas de historia patria.

Se graduó sin pena ni gloria y les dio a sus padres la satisfacción de ser el primero —tras muchas generaciones de Maldonados— en tener un título de doctor. En realidad no era doctor en términos académicos, pero, para las expectativas de su aldea natal perdida en las montanas andinas, cualquiera que fuera a la universidad era doctor y punto.

Tres años después, a fuerza de intentarlo en diez concursos, ingresó a la Academia como instructor auxiliar. La virtud de la tenacidad le venía de su padre. Ezequiel se llamaba su padre: era un campesino semianalfabeta, a quien Daniel admiraba por su fuerza hercúlea. Él no disponía de maquinarias para trabajar la tierra. Sin embargo, con la ayuda de un buey y una palanca era capaz de mover piedras que bien servirían para construir pirámides y que él, junto con un vecino, partía a mandarriazo limpio. Con técnicas semejantes a las usadas en Egipto, los picapedreros autodidactas fabricaron terrazas y dejaron la ladera de la montaña lista para arar y sembrar la papa.

En la infancia y adolescencia, durante la época de vacaciones escolares, Daniel acompañaba a su padre al campo de labrado:

—¡Arre!, ¡arre! —gritaban al unísono para animar al buey a arrastrar el arado.

En el camino de regreso a casa Daniel se montaba sobre la cerviz de la bestia y le golpeaba rítmicamente el cogote con los talones, soñando con que el animal se convertiría en un Pegaso y los llevaría velozmente a él y a su padre al hogar donde Victoria, su madre, les esperaba con un potaje de frijoles acompañado de arepas recién asadas y cuajada fresca de leche de vaca.

En el trayecto, Ezequiel le decía:

—Hijo, repite de nuevo algo de lo que aprendiste este año en la escuela.

Y Daniel repetía de memoria lo leído en los libros o escuchado del maestro. Era capaz de retener hasta textos que no comprendía. Ezequiel sólo quería comprobar los adelantos de su hijo quien de tanto orgullo le llenaba. No importaba al padre no entender del todo lo que repetía Daniel, le daba gusto escucharlo porque la suya era la voz de todos sus hijos: este era el único, de los ocho que habían tenido él y Victoria, que sobrevivió a las enfermedades de la infancia.

En el aspecto intelectual Daniel nunca superó la mediocridad, pero su don de gentes y su memoria fotográfica funcionaban como los comodines en los juegos de baraja. De él nunca se dijo que destacara como profesor, pero cumplía a cabalidad las exigencias mínimas de la Academia y nunca se quejaba cuando su cuota de estudiantes rebasaba lo aceptable. A lo largo de su carrera docente no mostró méritos suficientes como para ser calificado más allá de “es una buena persona”, muletilla usada cuando no se tiene nada mejor que decir. Era penoso ese calificativo sobre todo para un académico. La verdad es que había sido incapaz de subir en el escalafón porque en su carrera no llegó a someter un trabajo de ascenso y menos publicó artículos científicos o asistió a congresos donde sus pares presentaban los resultados de sus investigaciones.

Daniel no se casó sino hasta pocos años antes de su jubilación. Azucena, una alumna pizpireta de los primeros semestres, que podía pasar por su hija, le sorbió los sesos y le hizo llevarla sin dilaciones al altar cuando le confesó a boca de jarro:

—Estoy embarazada.

A los seis meses, Azucena dio a luz un varón que no acusaba ningún rasgo de Daniel. Las lenguas corrosivas de la Facultad se regodeaban en difundir la noción de que la paternidad de la criatura debía de buscarse en el grupo de hippies trasnochados del que Azucena había formado parte hasta justo antes de casarse. Ella también era asidua de un Ashram donde practicaba yoga y adelantaba estudios esotéricos bajo la dirección de un gurú de dudosa procedencia. Esos rumores malévolos no alcanzaron los oídos de Daniel, quien encontraba en su hijo semblanza con su padre y lo bautizó con el nombre de éste: Ezequiel, apelativo que parecía quedarle grande a un bebe recién nacido, pero que con el tiempo y el amor de la pareja se fue llenando con una fuerte personalidad hasta el último intersticio.

La jubilación de Daniel se hizo efectiva cuando el pequeño Eze tenía siete años. En el ínterin, Azucena había iniciado a Daniel en sus creencias nada ortodoxas relacionadas con la sanación y conservación de la salud. Ella defendía dogmáticamente una elaborada mezcolanza de medicina cuerpo-mente, basada en la interconexión del cuerpo, la mente y el espíritu, y que parte de la premisa de que la mente afecta al cuerpo más de lo que la medicina occidental está dispuesta a aceptar. Otro principio se refería al poder de las prácticas de sanación por manipulación corporal. Paradójicamente, Azucena se constituyó en mentora de Daniel y lo introdujo en los estudios esotéricos y prácticas no convencionales de sanación, a cuyo estudio se dedicó Daniel con mayor entusiasmo del que había mostrado en su carrera universitaria. Repasó todos los libros a su alcance sobre medicinas alternativas, sin profundizar en ninguna. Llegó a decir a quien quisiera escucharle:

—Las manos desencadenan fuerzas físicas y espirituales que no conocemos del todo, pero que, sin embargo, pueden ser controladas.

Lo que hizo famoso el sitio fueron las habilidades de sanación de Daniel. Al principio se limitaba a frotar sus manos por varios segundos e imponerlas sobre las partes adoloridas.

Con ese bagaje, después de su retiro de la universidad Daniel se sintió preparado para iniciar la empresa de su vida. Vendió su apartamento en la ciudad y adquirió diez hectáreas de tierra en las montanas andinas, en una cota más baja que la de su aldea de origen. Desde ese sitio, en tres horas se podía cubrir la distancia caminando ladera abajo por un serpenteante sendero y llegar a la población más cercana. El terreno albergaba un viejo hotelito venido a menos y era atravesado de norte a sur por un riachuelo que aquí y allá desaparecía entre las piedras para emerger más abajo. Cerca del límite oeste de la propiedad manaban unas providenciales aguas termales.

Dijo Daniel a Azucena:

—Con el dinero de mis prestaciones sociales, rescataremos la estructura del hotel, construiremos pequeñas cabañas alrededor del edificio principal en forma de media luna y haremos empedrar un acceso que descienda en zigzag al camino que conduce al pueblo.

Azucena agregó:                  

—Rodearemos el conjunto con árboles frutales, mayormente naranjos, y sembraremos macizos de hortensias, geranios, jazmines y claveles de múltiples colores. En el resto del terreno plantaremos maíz y ya sueño con ver el color dorado de las mazorcas maduras.

—Construiremos una piscina para aprovechar las aguas termales, y al lado una cabaña para operar una sauna —completó Daniel.

—Instalaremos desde la salida del pueblo carteles que indiquen: “Refugio y Spa La Azucena”, e informen sobre la distancia a recorrer para llegar aquí. Diseñaré volantes que repartiremos los domingos a la salida de la iglesia y en las intersecciones de caminos en cincuenta kilómetros a la redonda. Haremos llegar los volantes a las asociaciones de profesores y de estudiantes de la Facultad.

Dos años más tarde, los sueños sobre los jardines y la pequeña plantación de maíz se habían cumplido y Daniel y Azucena vieron prosperar su empresa. Poco a poco fueron llegando e incrementándose los huéspedes, quienes recibían los beneficios del yoga, masajes, baños termales y de la sauna. Sin embargo, lo que hizo famoso el sitio fueron las habilidades de sanación de Daniel. Al principio se limitaba a frotar sus manos por varios segundos e imponerlas sobre las partes adoloridas: las piernas, los brazos, la espalda, la cabeza, el cuello de los pacientes, y los dolores y males se desvanecían.

Una noche, Daniel, que había ganado confianza en sus poderes, dijo a Azucena:

—Vienen muchos pacientes diciendo que tienen hernias y los médicos que consultan no los atienden.

Se atrevió entonces a ensayar “operaciones” mediante las cuales reparaba las hernias no diagnosticadas por los médicos. En el proceso se acrecentaba su confianza hasta alcanzar el cenit de su carrera taumatúrgica. Daniel curó hernias discales, extirpó vesículas, y practicó reparación de válvulas mitrales a corazón abierto sin dejar cicatrices visibles. Sus pacientes tenían en común que los médicos habían sido incapaces de diagnosticar sus males; los galenos se habían negado a practicar los exámenes y conductas terapéuticas que les exigían sus pacientes para determinar y curar dolencias o enfermedades imaginarias.

El aire de candidez de Daniel inspiraba en sus pacientes una fe ciega. Con el tiempo y la práctica había ganado una injustificada pero firme confianza en sí mismo, la cual exhibía como una coraza de hojalata pulida.

Daniel hablaba con mal disimulada modestia de sus logros, los atribuía a un don de origen místico. Más que creer, estaba convencido de que Dios le había deparado una misión, que era una especie de elegido. Un día en que los pasillos del refugio estaban atestados con gentes que llegaban de todas partes del país, Ezequiel amaneció con una fiebre tan alta que deliraba y se quejaba de dolor abdominal. Azucena le dio una pastilla para la fiebre y una infusión de anís estrellado para el dolor. El adolescente se durmió hasta la noche, cuando volvió a delirar a causa de la fiebre.

Azucena fue al despacho de Daniel, se acercó y le susurró:

—Eze sigue con mucha fiebre.

—Dale de nuevo la tableta.

A eso de las diez de la noche, cuando atendió al último paciente, Daniel, de pie al lado de la cama de su hijo, impuso sus manos sobre el vientre de Eze. Con el leve roce, Ezequiel dio un grito de dolor y tomó las manos de su padre y le suplicó:

—Por favor, papá, ¡cúrame!

Aquello resonó como una clarinada de alarma en la mente de Daniel.

—Vamos, vamos —dijo a Azucena.

Levantó en brazos a su amado hijo y corrió seguido de Azucena hacia su auto estacionado al frente del hotel y depositó con sumo cuidado a Eze en el asiento trasero. Se lanzó cuesta abajo hasta el camino vecinal que le llevaría al pueblo. Les tomó cuarenta minutos recorrer el serpenteante camino. Fue directo a la casa del médico del pueblo y golpeó con ambos puños su puerta.

Daniel, presa de la desesperación, puso a Eze de vuelta en el auto y enfiló éste a la salida del pueblo para seguir a la ciudad, mientras Azucena gritaba su dolor.

El médico, en sus sesenta, abrió y, al ver quien le solicitaba, le espetó:

—Y ¿para qué me quiere a mi Daniel Maldonado a estas horas de la noche?

—Se trata de mi hijo, doctor Saavedra. Tiene mucha fiebre y dolor abdominal —respondió Daniel mientras sacaba a Ezequiel del auto y se precipitaba hacia la puerta empujando al médico mientras cruzaba la puerta.

Saavedra examinó al adolescente e hizo el diagnóstico sin vacilación:

—Es una apendicitis, debe ser operado de inmediato. Llévelo al hospital, el más cercano es el de Valera. Debe apresurarse.

Daniel, presa de la desesperación, puso a Eze de vuelta en el auto y enfiló éste a la salida del pueblo para seguir a la ciudad, mientras Azucena gritaba su dolor. Daniel le dijo:

—Por favor, Azu, necesitamos conservar la calma. Es la vida de nuestro Eze la que está en juego.

Azucena refrenó sus manifestaciones de dolor. Demoraron hora y media en llegar al hospital. Cuando lo hicieron era demasiado tarde. Ezequiel murió en la mesa de operaciones.

Daniel perdió la razón con la muerte de su hijo. Su mente parece deslizarse sobre una delgadísima línea cuyo traspaso lo sume en un estado catatónico en el que puede permanecer por semanas. Azucena lo internó en una clínica mental. Ella sigue atendiendo los enfermos imaginarios que siguen copando el centro de sanación.

Daniel tiene momentos de lucidez cada vez más escasos. Ayer lo visité en la clínica y me dio un abrazo que por poco me fractura las costillas. Afortunadamente estaba lúcido, así que pudimos conversar. Casi no recibe visitas, ni de Azucena.

—Está muy ocupada —me confía con resignación.

Daniel tiene la espalda encorvada como quien lleva un gran peso, sus escasos cabellos blancos le caen sobre los hombros. Sus ojos se humedecen y su mirada cándida se fija en los míos:

—Amigo, he tenido tiempo para reflexionar y debo admitir que toda mi vida ha sido una farsa. En el fondo soy más ignorante que mi padre. Él no pretendía ser lo que no era y sabía tan bien o mejor que cualquier otro campesino los secretos de su oficio y trabajaba la tierra cosecha tras cosecha. Tenía un ojo experto para los suelos, sabía qué y cuándo sembrar, conocía los momentos idóneos para quemar controladamente el monte, desbrozar, fertilizar y controlar las pestes que arruinan los sembrados. Acertaba con el tiempo de cosechar y con el manejo de los frutos de su duro trabajo. Por el contrario, yo nunca fui un buen profesor.

—No digas eso —lo interrumpo—, tú siempre cumpliste con tu trabajo docente.

—Yo me entiendo. Después que me jubilé, llegué a convencerme de que sanaba el cuerpo y el alma. Hice creer a la gente ingenua que me buscaba que les operaba y extraía la causa de sus males. Esa fue una actuación perversa. Soy un repugnante impostor. Envanecido con mis supuestos poderes, ni siquiera fui capaz de comportarme simplemente como un buen padre. Si hubiera acudido al hospital la mañana que mi Ezequiel amaneció con fiebre, hoy mi niño estaría vivo.

Ana Irene Méndez Peña
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