Saltar al contenido
Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

El detalle

sábado 27 de enero de 2018
¡Compártelo en tus redes!

Hace año y medio que estoy desempleado. He perdido la cuenta de las hojas de vida que he entregado sin resultado. En algunos casos he logrado, al menos, que me citen para una entrevista. Para ser preciso, en dieciocho meses me han entrevistado dos veces. En la primera, el jefe de recursos humanos de un banco me ofreció una posición como mensajero. Consideré humillante el ofrecimiento para alguien que terminó un doctorado en finanzas con altas calificaciones con una beca del gobierno. Hubiera preferido que me dijeran de plano que estaba sobrecalificado. Así lo manifesté al entrevistador. “En primer lugar”, me dijo, “es la crisis, y segundo, en estos tiempos hemos vuelto a las antiguas prácticas: para entrar al banco hay que empezar desde abajo…”.

Hoy me dispongo a atender una tercera entrevista. Ayer me convocó la secretaria del presidente de una empresa de contadores y auditores.

La segunda entrevista resultó más decepcionante. Se trataba de esas ofertas de trabajo a las que uno debe responder enviando su currículo a un apartado postal y no existe ninguna referencia acerca del tipo de empresa a la cual uno se está dirigiendo. A la semana de haber enviado el currículo me convocaron para la entrevista. Ésta tuvo lugar en lo que resultó ser un salón alquilado en un hotel del centro. De entrada, este hecho quitó algo de brillo a mis expectativas, las cuales se fueron esfumando a medida que avanzaba la conversación. El entrevistador me mostró los planos de un hotel, próximo a inaugurarse, donde me ofrecían una posición. Resultó ser como cualquier otro hotel, sólo en apariencia, con una recepción falsa para cumplir con las normas municipales. En realidad las parejas entrarían directo con su auto hasta la puerta de la habitación, que generalmente abandonarían en corto tiempo. Es el tipo de negocio de gran rotación e ingresos millonarios, en una sociedad que pasa por pacata. De haber aceptado, tendría que trabajar como el administrador del turno de la noche. Me imaginé abandonando el hotel subrepticiamente al terminar mi jornada con la misma actitud de los clientes, quienes no desean que se les vea salir de un sitio como ese. Son los picantes secretos a voces de cualquier ciudad.

A pesar de esas desventuradas experiencias, hoy me dispongo a atender una tercera entrevista. Ayer me convocó la secretaria del presidente de una empresa de contadores y auditores para una entrevista con su jefe a las nueve de la mañana. La joven muy amablemente me advirtió que su jefe, un antiguo general del ejército, es muy puntilloso en cuanto a la puntualidad. Le di las gracias y le prometí estar en su oficina a la hora fijada. Creo que esta es la oportunidad que he soñado.

Hoy me levanté a las cinco de la mañana, cansado de estar en cama sin dormir desde las tres. Quería cuidar cada detalle de mi aspecto personal. Escogí una camisa blanca, unos pantalones azules de vestir y la corbata gris. No sé por qué digo esto, ¿a quién engaño?, porque ese es el único vestuario decente que tengo. Al igual que mi vestuario, muchas otras cosas de mi apartamento han ido a dar a la casa de empeño: la vajilla, la cubertería, mi juego de copas de cristal; muchos de mis apreciados libros los compró a precios irrisorios un tendero de libros usados…

Recogí mi pelo en cola, como suelo hacerlo, y desayuné con un café muy azucarado. A las 8 y 55 estaba en la empresa y la secretaria, una chica vestida como esas monjas que viven y trabajan en el mundo secular, me dijo: “Debo esperar hasta las cero ocho horas 59 minutos y 30 segundos para anunciarlo, de lo contrario el general se enojará mucho y eso no sería bueno para usted”.

Entonces fue cuando me prestó atención al observarme de pie delante del escritorio. Súbitamente su rostro se descompuso, se tornó rojo de ira.

Cuando entré al despacho del jefe, éste no levantó la mirada de los papeles que sostenía con las dos manos. Tuve unos minutos para observarlo mientras él se decidía a reconocer que yo estaba de pie al otro lado de su escritorio. Era un hombre muy corpulento con un bigote a lo Pancho Villa, y el cabello recortado como lo llevan los cadetes de la Escuela Militar. En las paredes del despacho se desplegaban testimonios fotográficos de su carrera militar. Una sobresalía del resto por su tamaño. El general montaba un fino caballo blanco en pose de héroe de la patria.

Cuando por fin alzó la mirada, observó que yo miraba las fotos. “Esas fotos dan fe de mi dedicación a la defensa de la patria”, dijo mientras giraba a la izquierda hacia la pared e inflaba el pecho como un pavo jefe de corral para exhalar su graznido. Entonces fue cuando me prestó atención al observarme de pie delante del escritorio. Súbitamente su rostro se descompuso, se tornó rojo de ira. Se incorporó y caí en cuenta de que medía por lo menos un metro noventa. Arqueó los brazos a la moda de los orangutanes y me espetó: “¿Y usted qué se ha creído? ¿Que esta es una empresa de mariquitas? ¡Si estuviéramos en el ejército le haría rapar! ¡Salga de aquí, mariquita de mierda!”.

Salí corriendo de ese lugar mientras pensaba que un detalle puede estropearle a uno la oportunidad de trabajar. Pero, viéndolo bien, aun llevando por mi gusto el pelo trasquilado, no podría laborar para un gorila como ese.

Ana Irene Méndez Peña
Últimas entradas de Ana Irene Méndez Peña (ver todo)