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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Las dos francesas y el continente

• Viernes 2 de marzo de 2018

Caminaba hacia la esquina de Bigelow y Fifth Avenue, frente a la Catedral, y vi su silueta delgada, el cabello largo y el rostro que la oscuridad comenzaba a cubrir. Crucé la pista y me puse a unos metros de ella, los suficientes para que me hablase o comenzara a contarme una historia.

—Me voy al South Side —le dije.

—¿A un bar?

—No, no bebo licor, sólo coca cola y a ver si encuentro algo de divertida conversación.

De pronto, como en un vuelco de mi imaginación, estaba viviendo mi película favorita de Truffaut, Las dos inglesas y el continente, aunque ellas no eran inglesas sino francesas.

Me miró sorprendida. Adiviné cierta coquetería en sus gestos y la intención de querer extenderme una invitación. Ella era así, sencilla y dulce. Se llamaba Mila y sólo iba a pasar un año en la universidad. Era francesa, tenía la piel morena, y su pelo y sus pronunciadas cejas no podían ser más negros.

—Nosotras vamos al Andy Warhol Museum —me confesó, al tiempo que me presentaba a Marie, su amiga que por unos días había venido a Pittsburgh, a conocer la ciudad y a acompañar a Mila, quien ahora me obsequiaba puntualmente una sonrisa.

—¿Eh? —casi pregunté.

—¿Quieres venir con nosotros? —preguntó Mila.

—Claro, claro —asentí.

Entonces ya los tres, convertidos de pronto en mucho más que amigos, esperamos el autobús que nos conduciría al lugar donde se exponían las obras mayores del pope del pop-art.

—¿Entonces, te gusta Pittsburgh? —le pregunté a Marie.

—Sí, está bien, con sus puentes y su vida cultural. Es tan distinta de Francia. O de Europa. Sí…

De pronto, como en un vuelco de mi imaginación, estaba viviendo mi película favorita de Truffaut, Las dos inglesas y el continente, aunque ellas no eran inglesas sino francesas y yo no era un continente sino sólo un estudiante de doctorado que, por esta noche, abandonaba su sempiterna soledad y se aprestaba a ingresar al mágico territorio de los eternos resplandores.

Y esa película, sí, me apasionaba, no sólo porque la había visto en una retrospectiva casi completa de Truffaut en la Filmoteca de Lima, a fines de los años 80, sino porque estaba concebida como una historia individual, de entrega y romance, en la que Jean Pierre Léaud, el favorito de Truffaut y de otros grandes de la Nueva Ola, se enamoraba apasionadamente de dos hermanas.

En mi caso, en esta afortunada noche, no eran hermanas sino amigas. Y con ellas llegamos al museo y recorrimos sus cuatro pisos, admirando cada cuadro, cada pieza, cada instalación. Fue un inevitable camino de descubrimiento en que Mila, de pronto, creyendo que yo era un entendido en arte, me pidió que le explicara aquella secuencia de fotos, completa en una pared y en blanco y negro, en la que se aprecia a Elvis desenfundando un revólver.

Era mi oportunidad —lo sentí así— no para vanagloriarme ni hacer piruetas verbales, pero sí para tratar de traducir, en mi verbo, una serie de imágenes que —después de todo me dedico a ello— nos decían mucho a los tres, a Marie también, por supuesto, que no había sido excluida del juego.

Compartir esta noche con Mila y Marie no sólo fue una cuestión de repentina fraternidad. Tuvo también un componente erótico, sobre todo si ellas eran francesas, y observándolas detenidamente, mientras las inmortalizaba con su cámara en el pasadizo de las almohadas voladoras, pensaba en películas como Betty Blue o Bella de día, en las que Béatrice Dalle o el éxtasis de la perfección que es Catherine Deneuve se lucen mucho más que como actrices de su propia nación.

Y ese erotismo crecía, como la noche, boca arriba, como la hubiera querido Cortázar, aumentaba desmedido y ambicioso a la par que, ahora reunidos alrededor de una mesa en la cafetería del museo, charlábamos en español sobre las cajas de Brillobox u otros artefactos de la muestra del mismo Warhol que vio la luz en Pittsburgh.

El erotismo, como lo quiso Bataille, era más que un juego. Se trataba de un arte, de ver cómo los labios de Marie se abrían y volvían a juntarse para pronunciar palabras heroicas, y para contemplar cómo Mila asentía con conocimiento, siempre atenta y sonriente. Y entre ambas, mi presencia, ahora sí como un continente, que las albergaba y que silenciosamente las admiraba. Otros mundos. Otros quehaceres. Otras aventuras. De todo eso se trataba y yo era el más emocionado de los tres pero no el más insistente. Ellas querían seguir explorando el museo, continuar con el tercer y cuarto piso. Esta noche nos daba la bienvenida. Y yo, feliz.

El viaje de retorno, sentados frente a frente, en el autobús que a mí me dejaría en Oakland, no fue tan silencioso como lo imaginé. Ellas estaban muy contentas y seguían expresando su alegría al tiempo que me hacían preguntas sobre las clases que tomaba y enseñaba.

—Es mi segundo año. Ya veremos —les dije como un consuelo.

—Ya veremos —dijo Marie.

Anuncié mi bajada en la siguiente estación. Se apresuraron a abrazarme, con sonrisas, susurros, con una alegría de nuevas amigas.

Lo que aún me pregunto es si aquella noche, en el Andy Warhol Museum, por tres horas, fui por fin el continente, como en la película.

—Nos vemos en el campus —dijo Mila.

—Hasta pronto —me dirigí a ambas con cierto aire de complacencia.

La semana siguiente las volví a ver, justo cuando el sol de mediodía iluminaba el campus, aunque pronto comenzaría el invierno. Llevaban abrigos y Mila me dijo que Marie estaba por marcharse de Pittsburgh.

—Oh, te vas, tan pronto —le dije.

—Sí, y es un gusto haberte conocido. Eres muy amable —me dijo.

—Y tú —respondí.

Esperaba verla nuevamente aunque nunca ocurrió. Después de todo esta es una ficción, y como en las más inverosímiles realidades, la vida surca una y otra ola que, al cabo de un tiempo, no podemos determinar si de veras seguimos latiendo y palpitando. Lo cierto es que Marie y su frente y sus pómulos níveos fueron un recuerdo fugaz mientras a Mila la seguí viendo unos meses más y, hasta un día, en que celebraba mi cumpleaños, le pregunté si quería acompañarme. Me dijo que tenía un examen y supe entenderlo.

En Las dos inglesas y el continente, la pasión del protagonista es grande y lo deja exhausto. En mi historia no fue tan extensa ni me marcó con fuego, como otras aventuras que he vivido con chicas también extranjeras. Lo que aún me pregunto es si aquella noche, en el Andy Warhol Museum, por tres horas, fui por fin el continente, como en la película, que al final era Europa, Francia, un centro del mundo que ya no lo es más. Y si yo fui el continente y ellas las dos francesas, nuestro pacto estuvo sellado, al menos durante esos momentos que hoy recuerdo fantásticos y con nostalgia.

Jorge Zavaleta Balarezo

Jorge Zavaleta Balarezo

Escritor, crítico de cine y periodista peruano (Trujillo, 1968). Es doctor (Ph.D.) en literatura latinoamericana por la Universidad de Pittsburgh (Estados Unidos). Además, tiene estudios de literatura, periodismo, cine, publicidad y análisis político en la Pontificia Universidad Católica de Lima (PUCP) y el Taller Robles Godoy. Su obra creativa incluye la novela Católicas (1998) y una colección aún inédita de cuentos. Ha publicado ensayos y reseñas en revistas académicas como Mester, Variaciones Borges, Revista Iberoamericana, Nomenclatura, Visions of Latin America y Catedral Tomada. Su carrera periodística incluye artículos y crónicas en diarios, revistas y agencias de noticias como Gestión, Butaca, Voces (Perú), Argenpress (Argentina), Notimex (México) y DPA (Alemania). En 1998 participó en el volumen colectivo Literatura peruana hoy: crisis y creación, editado por la Universidad Católica de Eichstätt (Alemania), con el ensayo “El cine en el Perú: ¿la luz al final del túnel?”.

Sus textos publicados antes de 2015
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Editorial Letralia: Q. En un lugar de las letras (coautor)
Editorial Letralia: Residencia en la Tierra de Letras (coautor)
Jorge Zavaleta Balarezo

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