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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La mujer del paraguas fucsia

jueves 29 de marzo de 2018
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Él estaba sentado en Arby’s esperando a que escampara cuando vio un paraguas fucsia abrirse de pronto a lo lejos. El tráfico de la calle circulaba en ambos sentidos, pero afuera todo estaba por lo demás tan tranquilo, que la imagen de aquel paraguas abriéndose de repente relumbró como una luz de bengala en el horizonte. Siguiéndolo con la vista a través del vidrio mojado, lo vio avanzar lentamente por la acera bajo el diluvio hasta llegar a la esquina donde cruzó a paso vivo. Allí, en el vapor amarillo de las luces de la calle, recortada bajo la elipsis del paraguas en la lluvia, apareció la mujer del vestido azul y las botas que lo venía sujetando.

Cerró y sacudió el paraguas y se limpió bien las botas antes de ir al mostrador a ordenar un café espresso y sentarse en un rincón junto a la ventana a mirar la calle. Él, apenas la vio pasar a su lado por entre las mesas, tuvo la vaga impresión de que ya la había visto antes. Pero por más que trató de acordarse en ese momento, no logró ubicar el recuerdo que aquel perfil melancólico evocaba en su memoria.

No oyó el clamor de los pitos ni el chillido de las gomas de los carros que venían hacia él por todas partes.  

Un poco sobresaltado por la extraña reminiscencia —y bastante abismado, también, por el lapso de la memoria—, le dio la vuelta al salón fingiendo buscar el baño, y, al llegar al pie de la mesa donde estaba la mujer, se volvió discretamente a tratar de verla mejor en la luz de la ventana. La encontró con la cabeza recostada contra el vidrio y la mirada perdida en el espacio de la calle; el café sin probar y enfriándose en el centro de la mesa. Siguió de largo hacia el baño y allí se lavó las manos y la cara antes de salir otra vez al salón decorado al estilo de los diners americanos de los 50.

Al volver del baño notó que afuera ya había escampado, y en la mesa donde ella estaba sólo quedaban la taza de café sobre un billete y el paraguas fucsia colgando del espaldar de una silla. Agarró de pronto el paraguas y, sin saber lo que estaba haciendo, se precipitó hacia la entrada y abrió la puerta y salió a la calle como un loco mirando hacia todas partes y buscando algo a lo lejos con los brazos en el aire.

Lo único que avistó desde donde estaba parado fue una sombra desvaída doblando por una esquina desierta en la acera de enfrente. Una vez más, sin pensar ni saber lo que estaba haciendo, echó a correr sin mirar y sin parar por la calle para tratar de alcanzarla antes de perderla de vista. Allí, en su vuelo a través de la calle hacia la sombra, él vio por última vez lo primero que le vino a la mente en ese momento.

No oyó el clamor de los pitos ni el chillido de las gomas de los carros que venían hacia él por todas partes; sólo vio la luz cegadora de los faros de un autobús que se lo llevó por delante. Después, en los quince segundos que tardó en cerrar los ojos y exhalar el último aliento, recordó vívidamente dónde fue que había visto antes a la mujer del paraguas.

Allí, en el vapor de esa luz, está su madre otra vez al pie de la calle mojada con un vestidito azul, unos botines de piel y un paraguas rosado oscuro esperándolo bajo la lluvia.  

Es el primer día de clases y él está muy asustado. Por el patio del colegio se oye el rumor de las voces de los niños y las niñas agrupados frente al postigo de la entrada principal. Parado solo en la acera donde ya no queda nadie despidiéndose tiernamente de sus padres o de sus hijos, él está todavía mirando a su madre perderse a lo lejos en el trajín de la calle.

De pronto el ruido del patio se apaga a su alrededor y se ve el aula vacía donde él está a mediodía mirando la lluvia caer en la calle por una ventana. Más tarde, en un baño oscuro con olor a desinfectante y las paredes tatuadas de letreros y garabatos, él se lava bien las manos y se arregla antes de salir de prisa al clamor del pasillo donde la tarde aparece de pronto como una luz cegadora al final de un túnel.

Allí, en el vapor de esa luz, está su madre otra vez al pie de la calle mojada con un vestidito azul, unos botines de piel y un paraguas rosado oscuro esperándolo bajo la lluvia. Él echa a correr hacia ella como un loco a través del patio y al llegar allí la abraza feliz con todas sus fuerzas y, por un momento, presiente que esa imagen de su madre recortada bajo la elipsis del paraguas en la lluvia es algo que él va a recordar con mucho amor en su vida hasta el día de su muerte.

Alejandro Almaguer
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