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La noche abisal

martes 25 de mayo de 2021
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Fue en el año 78. En La Habana, por más señas. Yo era un niño todavía, pero me acuerdo muy bien de lo que pasó aquella noche. Mis padres habían quedado ese día con unos amigos. Y cuando vieron que afuera ya empezaba a oscurecer y mi abuela no aparecía, tuvieron que recurrir a la única solución que encontraron en ese momento.

Se llamaba Liliana Duarte, pero allí en el edificio todos le decíamos Lily. Tenía dieciocho años y había dejado la escuela para ayudar a su madre con la casa, los tres hermanos y el abuelo parapléjico. Su padre, un camionero de motas y fu-manchú con acento de provincia, pasaba más tiempo viajando por el interior del país que en casa con la familia. Sus hermanos eran todos varones y adolescentes, pero ninguno sabía cómo tender una cama. Y Lily, por ser la mayor y la única hembra del lote, asumió su condición de niñera y ama de casa.

Mi madre la había cargado en sus brazos cuando era niña. Mi padre la había ayudado mil veces con las tareas de la escuela en la adolescencia. Yo también aparecía con ella en todas las fotos de mis fiestas de cumpleaños. Cada esposa, cada madre y cada viuda del barrio sentía un afecto especial por aquella cenicienta tímida y menesterosa. Porque Lily era un personaje de la vida cotidiana de una tribu de familias relativamente felices que, en el fondo, eran todas iguales.

Yo era un niño todavía pero, si mal no recuerdo, la Lily que apareció a cuidarme en aquel momento, y la otra, la que el niño creía que conocía, eran casi tan distintas como la noche y el día.

Sin embargo, aquella niña de flequillo y babydoll que mis padres y los vecinos habían visto crecer, no tenía nada que ver con la otra Lily que yo recuerdo. Pues si bien en el edificio todas las madres austeras y los padres de familia querían y respetaban a la pobre hija abnegada, las muchachas de su edad, que le decían “la terrible”, la odiaban por puta y por zorra.            

Yo era un niño todavía pero, si mal no recuerdo, la Lily que apareció a cuidarme en aquel momento, y la otra, la que el niño creía que conocía, eran casi tan distintas como la noche y el día. Me acuerdo bien, por ejemplo, del cabello desarreglado, las uñas cortas y sucias, el pulóver desteñido, la minifalda amarilla y las sandalias romanas que ella llevaba esa noche. Me acuerdo también, por cierto, de aquella cara que puso cuando abrió el refrigerador y vio el flan de calabaza que mi abuela había traído de su casa el día anterior.

Ni siquiera se molestó en preguntarme si yo quería. Simplemente se sentó en la meseta de la cocina con un pedazo de flan y un vaso de limonada a relamerse de gusto. Luego de hartarse mi dulce y empinarse lo primero que encontró en el aparador donde mi madre guardaba el anís y el licor de menta, se sacó una cajetilla que traía apretujada bajo el talle de la falda y se puso a fumar inclinada sobre el mueble del tocadiscos. La ceniza, por supuesto, la echaba siempre en el piso.

Después, cuando se aburrió de hurgar varias veces en los discos de música de mi padre, encendió otro cigarrillo y se paró en la ventana a fumar tranquilamente como si esperara a alguien que iba a llegar en cualquier momento. Yo me acerqué y me ofrecí a mostrarle mi colección de estampillas y mis juguetes. Pero ella torció los ojos resoplando exasperada. Más tarde, jugando en mi cuarto, la escuché abrir y cerrar la ventana varias veces durante toda la noche.

Fue en el año 78. En La Habana, por más señas. Yo estaba jugando tranquilo en el cuarto con mis juguetes cuando oí sonar el pestillo de la puerta de la calle. Lo primero que pensé fue que mis padres por fin habían vuelto de su cita. Pero tan pronto salí y vi que afuera en la sala no había nadie en ese momento, me puse a buscar a Lily enseguida por todas partes.

Abrí la puerta del cuarto de mis padres con mucho cuidado y me asomé antes de entrar como un ciego tanteando los muebles. Allí tampoco había nadie, pero una de las gavetas del mueble de tocador no estaba del todo cerrada; al igual que la puerta del closet. Salí a la sala otra vez y busqué por la cocina y en el cuarto de desahogo, pero ni sombra de Lily. Al final se me ocurrió asomarme por la ventana que ella misma había estado abriendo y cerrando toda la noche. Desde allí sólo se veía la entrada del edificio y una vieja bicicleta recostada contra el poste de la lámpara del pórtico.

Fue desde allí exactamente, desde la noche abisal, de donde surgió la otra sombra furtiva.

Dos sombras entrelazadas como dos cuellos de cisnes aparecieron, de pronto, más allá de la luz del poste. Apretadas contra el muro de la entrada del edificio, se miraban y se tocaban con las manos por todo el cuerpo, moviéndose hacia los lados tiernamente como si bailaran una música muy suave y muy dulce en cámara lenta. Yo me quedé enternecido espiando a los amantes: con la barbilla apoyada en el marco de la ventana y la vista llena de algo que todavía no entendía.

Finalmente, cuando los novios se cansaron de besarse y abrazarse en la penumbra, el más alto se subió de un salto en la bicicleta y se alejó calle abajo mientras el otro lo despedía. Éste último se paró bajo la luz de la entrada, con la espalda vuelta hacia mí y las manos en la cintura, a mirar al otro perderse lentamente en la noche abisal. Fue desde allí exactamente, desde la noche abisal, de donde surgió la otra sombra furtiva que se acercó —por detrás, con los brazos en alto y algo brillante en un puño— a golpearlo por la espalda hasta dejarlo tendido de bruces bajo la luz.

No me hizo falta bajar corriendo las escaleras a inclinarme bajo el halo de la lámpara del pórtico para saber que aquel bulto tendido bajo la luz era Lily, la terrible, y que la sombra furtiva era la novia pedida o la esposa del ciclista que la noche se había tragado. Solamente me bastó con escuchar a lo lejos los gritos de las vecinas para ver a Liliana Duarte por última vez, en mi mente, con su minifalda amarilla, sus uñas cortas y sucias —alguna diadema, un anillo o una blusa de mi madre—, flotando como una nenúfar en un charco de su sangre.

Alejandro Almaguer
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