“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Llórame un río

martes 29 de diciembre de 2020

Fue el lunes por la mañana, cuando ella iba conduciendo por Le June hacia el trabajo. “Continuamos con más noticias después de una breve pausa”, decía la radio del carro mientras Lena zigzagueaba en la corriente del tráfico. El reloj de la pizarra marcaba las 8 y 40. Afuera las luces rojas de los frenos por la avenida parecían un río de lava discurriendo en cámara lenta. Lena apartó la vista del reloj encogiendo los hombros. Si todo salía bien en las tres o cuatro cuadras que faltaban para la autopista, todavía estaría a tiempo de llegar a una hora aceptable.

Pero la luz del semáforo de Le June y la calle Flagler la obligó a parar en firme y a esperar el cuarto de siglo que tardaría en cambiar.

Cry me a river, cry me a river”, musitó la primera emisora que apareció en el dial cuando ella se hartó de escuchar noticias del Medio Oriente. Era una balada triste: con una guitarra acústica y una voz menesterosa que se apagaba a lo lejos al final de cada estrofa. Lena puso el carro en neutro y se recostó en el asiento a escuchar aquella música mientras esperaba la verde. Afuera el ruido acezante del tráfico se calmó, y ella entrecerró los ojos y se quedó pensativa hasta que cesó el tañido de las cuerdas y la voz se apagó del todo a lo lejos.

Ella agarró la cartera y escarbó con displicencia hasta dar con el monedero.

De pronto, por un costado, un tipo que apareció por allí en ese momento se inclinó sobre el parabrisas y empezó a limpiarle el carro con un trapo en plena calle.

El chorro que disparó la boquilla del espray se regó por el cristal como un aluvión de espuma. A través de la espiral que la mano con el trapo dibujó entre las burbujas, Lena alcanzó a ver el rostro enjuto y desaliñado de un hombre de edad madura y ojos grises y vidriosos. Ella se puso a agitar las manos enfáticamente para indicarle al intruso que se alejara del carro. Él en cambio restregaba con más rapidez y más fuerza mientras ella más lo increpaba.

El trapo y el chorro de espray se apartaron del cristal cuando Lena los barrió con los limpiaparabrisas. Pero los ojos vidriosos volvieron a aparecer al pie de la ventanilla; con una sonrisa expectante y la palma de una mano temblando a la altura del pecho. Ella agarró la cartera y escarbó con displicencia hasta dar con el monedero. Allí sólo había un billete apretujado en el fondo. Al sacarlo, se dio cuenta de que era un billete de veinte; y, sin pensarlo dos veces, lo echó de prisa otra vez al fondo del monedero y siguió buscando en vano y escarbando la cartera para ver si encontraba algo que darle a aquel pobre hombre.

Una estridencia de válvulas y pistones trepidando la obligó a dejar de golpe aquello que estaba haciendo para ponerse otra vez en marcha a través de Flagler con la corriente del tráfico. Y Lena agarró el volante y embragó y aceleró después de ponerle al hombre en la mano un papel estrujado que halló en el fondo del bolso.

Más allá del parabrisas húmedo y resplandeciente apareció la autopista estatal al final de la calle. Lena chequeó el espejito con el rosario colgando y empezó a girar el timón poco a poco hacia la derecha.

En el reloj del tablero eran ya las 8 y 50.

 

Más tarde, al salir del trabajo, Lena volvió a ver al tipo del espray importunando a los pobres motoristas que esperaban bajo la luz de Le June y la calle Flagler. También en los días siguientes le pareció columbrarlo una vez debajo de un puente y otra empujando un carrito de hacer compras por una esquina. Después ya no lo vio más ni volvió a acordarse de él hasta el sábado por la noche, cuando ella, su esposo y su madre se sentaron en la sala a mirar su show favorito.

Fue su madre la primera en percatarse del ruido que venía de la sala.

Era un show de variedades, con números musicales y rutinas humorísticas filmadas ante una audiencia que aplaudía y participaba también en el espectáculo. Lena y su madre se hundieron en el sofá enternecidas oyendo a un tipo bronceado cantar unas notas muy dulces —con aquella voz de barco que iba pasando a lo lejos— en un idioma extranjero. El marido, por su parte, se reía a carcajadas con las bromas del locutor y la connivencia del público.

Después, cuando vino la parte del sorteo de la semana, el hombre y la madre se fueron a usar el cuarto de baño y a hacer algo en la cocina. Pero ella se echó hacia delante en el borde del sofá y se quedó allí mirando la pantalla fijamente con el corazón en un puño y los números que había jugado el domingo pasado en la punta de la lengua.

Fue su madre la primera en percatarse del ruido que venía de la sala. Y cuando al fin se dio cuenta de que el ruido era más real que las risas y los aplausos de la audiencia del programa, la pobre mujer soltó el tazón que tenía en la mano y emergió de la cocina con toda la rapidez que le permitieron sus años. Detrás de ella, el marido, que fumaba en el cuarto de baño, atravesó el comedor a toda velocidad y tropezando con todo cuanto encontraba a su paso.

Los dos llegaron jadeando al lugar donde ella estaba, arrodillada en la luz plomiza de la pantalla —con la cartera vacía apretada contra el pecho y sus cosas personales regadas por todo el piso—, llorando a lágrima viva.

Alejandro Almaguer
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