“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Últimas tardes con Eloísa

domingo 10 de junio de 2018

Yo estaba enamorado como un perro, perdido en un laberinto de dolor, metido en una cueva en las profundidades de una pesadilla. Pero no lo sabía. Así que no había nada que hacer. Vivía en un trance que me separaba de la realidad, de todo aquello que no fuera Eloísa. Yo estaba obnubilado, enamorado. Ella… quién sabe. Esta especie de descenso a los infiernos duró poco, unos cuatro meses, pero su intensidad fue de tal magnitud que envejecí años para cuando terminó. Y terminó durante una noche irreal (como había sido toda la relación) que viví como si soñara despierto y en el que la pesadilla cristalizó en una horrenda realidad.

Eloísa cantaba en una banda que amenizaba fiestas, unas de esas bandas que toca la música de otros y que de cuando en cuando se presenta en clubes nocturnos. Esta historia o el final de esta historia comenzó en uno de esos locales al que Eloísa me invitó para que la escuchara cantar. Aunque lo más probable es que yo decidiera ir por mi cuenta, sin avisar, con la esperanza de desenmascararla, descubrir su verdadera esencia, sin las poses que, sospechaba yo, la hacían alguien que no era o que, por lo menos, producían una imagen distorsionada de sí misma. Quería verla directamente y no a través de espejos.

Fernando y Salvador me acompañaron, más que todo, para recoger los despojos. Pero, al final, ni eso harían. No hay despojos que recoger. No hay vestigios del sufrimiento.

Estábamos en nuestro centro de operaciones, en nuestro querido y cochambroso bar El Calvario, en la calle de La Amargura de la urbanización El Silencio. Los augurios no eran buenos, desde luego, pero yo seguía, empecinado, exponiendo mi plan a Fernando, Salvador y Ludovico. Bebíamos cerveza. Tal vez demasiadas y demasiado rápidamente. Fernando y Salvador decían que sí a todo lo que decía. Sin embargo Ludovico, más lúcido, movía la cabeza con pesadumbre. Y trataba de disuadirme, trataba de que despertara de la pesadilla. Pero yo era incapaz de escucharlo. Había llegado demasiado lejos en mi descenso. Había penetrado muy adentro en la pesadilla. Y la pesadilla me decía, me gritaba, que la verdad, la conciencia, la realidad estaban de mi lado.

La verdad era lo que hacía, pensaba, sentía, padecía al lado de Eloísa, o atrás de Eloísa, o casi al lado de Eloísa, pero siempre demasiado lejos, siempre fuera del alcance de sus manos. Ludovico, al fin, se dio por vencido y me prestó una chaqueta y me deseó suerte. Fernando y Salvador me acompañaron, más que todo, para recoger los despojos. Pero, al final, ni eso harían. No hay despojos que recoger. No hay vestigios del sufrimiento. Sólo un agujero negro, muy negro. Un vacío perturbador que repele la materia y concentra el dolor. La pesadilla no se acaba nunca, se disuelve en la nada y al final sólo queda eso. También me acompañaron porque había barra libre hasta las ocho de la noche.

Aún no había anochecido cuando llegamos al local. La luz del sol llegaba tamizada por un delgado manto de nubes. En la entrada nos detuvo el portero. Digamos que yo no estaba demasiado desaliñado y que mi aspecto general era pasable. Sin embargo, Fernando y Salvador vestían de manera inadecuada para los criterios del portero. Salvador llevaba puestos unos zapatos amarillos, pantalones de pana roja, camisa manga corta verde y una chaqueta de pana negra. Sus ojos eran grandes y detrás de sus gafas la mirada era desorbitada. Su cabello era negro y espeso y se levantaba en grandes bucles sobre la frente y su rostro estaba cubierto por una barba dostoievskiana o tolstoiana, en todo caso rusa, que le caía sobre el pecho. Sus manos eran pequeñas, de dedos gruesos y uñas largas y sucias. Fernando, por su parte, llevaba puestas botas de obrero marrones con las suelas rotas, unos jeans desgastados y una franelita negra y descolorida. El cabello, largo hasta media espalda, lo recogía en una cola de caballo. De su perfil aguileño sobresalía una gran nariz. No se había afeitado en varios días. Sus manos eran largas y de dedos finos coronados con largas uñas y su piel era pálida. Fumaba un cigarrillo detrás de otro. De modo que al portero le pareció que estaban francamente impresentables y en sus movimientos y en su mirada, entre perpleja y agresiva, se notaba su decisión, inapelable, de no permitirnos la entrada. Hablé. Le dije que éramos amigos de la cantante de la banda que iba a tocar esa noche y que, por favor, me permitiera entrar para hablar con ella. El portero accedió y me acompañó. El local estaba vacío. Los camareros desfilaban como hormigas laboriosas haciendo los últimos arreglos antes de abrir al público. La barra era una circunferencia en el centro de la sala llena de mesas. Allí estaba Eloísa rodeada por el resto de los integrantes de la banda: de estatura mediana, cuerpo delgado y curvas suaves, más bien tímidas, piel blanca, casi transparente, manos de harina, cabello rubio y liso, rostro de rasgos duros, pómulos sobresalientes, labios carnosos, cejas profusas, ojos verdes cuya mirada podía pasar, con velocidad pavorosa, de la sagacidad del halcón al trémulo temor de un conejo. Allí estaba. Por una fracción de segundo pude observarla sin ser visto. Fracción de segundo que exprimí como si pretendiera extraerle el zumo a una fruta que me iba a salvar de morir de sed. Exprimí y alargué esa nada de tiempo hasta que sentí que el dolor de cabeza traspasaba los lindes de mi cráneo y se derramaba por la sala como el magma de un volcán mucho tiempo inactivo. Eloísa tenía una de sus manos sobre la mano de uno de sus compañeros, sentado a su lado en la barra del bar, y primero sonreía y luego reía abiertamente y echaba la cabeza hacia atrás y sus cabellos se levantaron en una dulce ondulación que logró acariciar el rostro de otro compañero situado detrás de ella, pero que yo sentí como un latigazo en mi propio rostro. Luego Eloísa comenzó a bajar la cabeza y la sonrisa de su rostro desapareció y entonces me vio, me vio a mí, al pobre imbécil que se veía tan solo, tan desamparado, rodeado de mesas vacías incapaces de prestarle auxilio y en ese momento la sonrisa se esfumó y la mirada fue la del conejo atemorizado y luego, casi sin transición, fue la del depredador tras su presa y, finalmente, la de la mujer, la de la amiga que reconoce y acepta. Todo, ¿hay que decirlo?, en una fracción de segundo, frente a mí, petrificado de horror y de amor.

Eloísa miró al dueño de la mano que ella cubría con la suya y le dijo algo que no alcancé a escuchar. Quizás dijo es mi novio, te lo voy a presentar o es un amigo, voy a saludarlo o qué pesado este tipo, me deshago de él y vuelvo contigo o tan solo amor o mi amor o te amo o, quizás no dijo nada y lo dijo todo con la sonrisa o con los ojos o con una leve presión sobre esa mano extraña e inquietante que ahora ayudaba a Eloísa, galantemente, a levantarse. Ensayé un tímido saludo con la mano mientras Eloísa se acercaba, pero sólo recibí respuesta de otro de los integrantes de la banda. Eloísa me dio un casto beso en la mejilla. ¿Qué haces aquí?, dijo. Vine a verte… y… a… escucharte cantar, dije. ¡Qué lindo!, dijo Eloísa. Vine con Salvador y Fernando, dije. ¿Y dónde están?, dijo Eloísa. Están afuera. El portero no los deja pasar, dije. Eloísa regresó a la barra y estuvo un rato conferenciando con el resto de la banda. Se dirigía principalmente al sujeto al que minutos antes le sujetaba la mano. Éste, me parecía, gesticulaba con cierta contenida brusquedad y de tanto en tanto me lanzaba gélidas miradas o eran, quizás, sólo miradas de reconocimiento, de tanteo, como si me estuviera diseccionando con hábiles ojos de cirujano. Al fin Eloísa regresó con el que antes había respondido a mi saludo y luego de las cortesías de rigor salimos a buscar a Fernando y Salvador.

Nos sentamos en el bar circular, un poco alejados de la banda. Eloísa se sentó con nosotros y conversamos largo rato y noté que Eloísa estaba feliz (o aparentaba que lo estaba) de verme allí y que era tierna y coqueta, aunque, también lo noté, guardando cierta distancia, no sólo física, sino espiritual. Luego se fue, aduciendo cualquier excusa, y los tres nos quedamos en silencio acodados en la barra y con las tres primeras cervezas frente a nosotros.

Cuando Eloísa desaparecía o se iba, la seguía con la vista mientras las sombras se la tragaban, la veía desaparecer con una angustia creciente.

Y cayó la noche, como suele decirse, y el local comenzó a llenarse y ya no estuvimos solos en la barra del bar, aunque no podría decirse, tampoco, que estuviéramos acompañados. Y con la noche llegó la penumbra ascética y artificial rasgada por haces de luz de origen incierto y sombras que gesticulaban enmudecidas por el sonido de la música.

Traté de explicarles lo que había visto o lo que había creído ver cuando entré a buscar a Eloísa. Hablé de esa mano cobijada por la mano de Eloísa, hablé del dueño de esa mano y hablé de Eloísa y luego ya no hablé más y me perdí dentro de mi mente. Desde el centro profundo y lejano de la tormenta silenciosa que me arrastraba, podía escuchar retazos de la conversación de Fernando y Salvador. Dijeron máscaras superpuestas o máscaras unas sobre otras. Dijeron rostros que se desvanecen. Dijeron fantasmas o quizás espíritus en pena. Dijeron enfermedad. Dijeron amor fou. Dijeron dolor y lástima. Dijeron pesadilla, literaria, destino y ya no dijeron nada y se dedicaron a beber. Todas aquellas palabras me llegaban embarulladas en el torbellino de mi tormenta interior, y aunque era incapaz de ponerlas en orden y de darles sentido, cada una de ellas dolía y laceraba como mil cuchillos. Me hundieron aún más en mi ensimismamiento azotado por el vendaval.

Eloísa aparecía y desaparecía como un fantasma. Cuando aparecía actuaba con naturalidad y desparpajo. Yo observaba ese rostro gesticulante pero era incapaz de escuchar lo que decía. A veces las palabras me llegaban distorsionadas como cuando escuchamos una emisora de radio mal sintonizada. Pero en realidad no escuchaba, concentrado como estaba en traspasar aquellos ojos verdes y aprehender aquello que las pupilas de Eloísa ocultaban y que yo no sabía muy bien qué era, pero que necesitaba con desesperación como se necesita el oxígeno para respirar. Cuando Eloísa desaparecía o se iba, la seguía con la vista mientras las sombras se la tragaban, la veía desaparecer con una angustia creciente, como si hubiera perdido mi última oportunidad en esta vida de comprender, de alcanzar la iluminación y el sosiego.

A las ocho en punto de la noche se acabaron las cervezas gratis. Aún pudimos sacarle tres más al barman y con las pocas monedas que pudimos reunir compramos una que compartimos entre los tres. Luego no nos quedó más que deambular, borrachos y alucinados entre las sombras frenéticas que se agitaban entre nosotros, buscando algún sentido (siempre esquivo) a aquel maremagno de baile, gritos, alcohol, luces quebradas, sombras que dolían en los huesos y el sonido de la música que no se escuchaba sino que parecía envolvernos, arrancarnos los tímpanos y gritarnos melodías asombrosas directamente en el cerebro. En algún momento Fernando y Salvador desaparecieron, como parecía desaparecer todo en aquella cueva posmoderna. Continué vagando solo y vacío como un viajero que ha olvidado el objetivo de su viaje.

En algún momento de la noche o de la madrugada (ya no lo sabía), sentí que una mano se posaba sobre mi hombro y lo apretaba levemente. Me di la vuelta y me encontré con Fernando, que me miraba con sonrisa maliciosa. Dijo que había buscado al “dueño de la mano aquella” y le había preguntado si no había visto al novio de Eloísa. El “dueño de la mano aquella” lo miró extrañado y le pregunto de quién hablaba. Fernando dijo que, por supuesto, hablaba de mí. Fernando dijo que el rostro del “dueño de la mano aquella” se desencajó de golpe y se desarmó frente a sus ojos como si le hubieran quitado una pieza, una pieza importante, que mantenía unido el andamiaje de aquella cara. Fernando dijo que luego el “dueño de la mano aquella” no volvió a abrir la boca. Se dio la vuelta y se fue. A Fernando le pareció que el “dueño de la mano aquella” se alejaba cabizbajo y contenido como si en su interior hubiera explotado la tormenta perfecta. Luego Fernando desapareció. A mí poco me importaban las metáforas. Y por otro lado no había tormentas perfectas. Todas eran imperfectas y hacían daño. Todas mataban física o espiritualmente. Y a partir de ese momento, en esa noche de caos nocturno, al menos dos personas nadaban en sus tormentas personales. Tal vez había una tercera persona que nadaba en su propia tormenta, pero eso yo no podía asegurarlo. Además, a esas alturas y puestos a hacer metáforas, deseaba con todo mi corazón que esa tercera persona, cuyo nombre llevaba grabado en los pliegues del cerebro, se ahogara en su tormenta particular. También deseé (no había forma de mentirme a mí mismo en ese aspecto) con todo mi corazón que, si se diese el caso de que esa tercera persona suplicara ayuda, instantes antes de hundirse en las aguas turbulentas, que dicha súplica fuese dirigida a mí.

Luego aparecieron Fernando y Salvador. Me dijeron que se marchaban, que ya no soportaban tanto ajetreo, que estaban hartos de tanta posmodernidad. Me convidaron a irme con ellos y dejar atrás la pesadilla, alejarme de esos seres desdibujados y sin sustancia que nos rodeaban y que en modo alguno podían ser reales. Pero les dije que me quedaba como quien dicta y lee su propia sentencia de muerte. Entonces Fernando y Salvador me abrazaron, me desearon mucha suerte y desaparecieron.

Aparecer y desaparecer era el sino de aquel lugar. Yo parecía mimetizarme con la masa informe que se retorcía al ritmo de la música. Tenía la impresión de aparecer y desaparecer para mí mismo. El espacio parecía dilatarse y el tiempo constreñirse, de modo que tenía la sensación de que no terminaba de recorrer la totalidad del club en largas horas de vagabundeo que luego, comprobaba, no habían sido sino unos cuantos minutos. La que no había vuelto a aparecer era Eloísa. Y yo no me atrevía a buscarla. Por lo menos no conscientemente. Tenía terror a un encuentro frente a frente, de carne y hueso, en el que se dijeran, si eso era posible, cosas concretas, y se pudiera medir el peso exacto de los sentimientos. Un encuentro sin alucinaciones y sin bruma. Un encuentro claro y transparente en el que todo quedara dicho. Al mismo tiempo era lo que más deseaba. Esa rasgadura en mi espíritu me atormentaba y me mantenía en continuo movimiento.

Tenía una voz potente y dulce que me llegaba atenuada, como si Eloísa cantase desde el interior de una cueva y a mí sólo me llegaran los últimos ecos posibles.

En uno de mis tantos acercamientos a la barra del bar (como un satélite que en su órbita ha perdido contacto con la tierra y es incapaz de emitir la información para la cual fue construido y lanzado al espacio) vi un banco desocupado. Tomé asiento y observé al barman trajinando con los tragos detrás de la barra. Era joven, bajito y extremadamente delgado. Ejecutaba un baile estrambótico mientras preparaba los tragos, lanzaba las botellas al aire y las atajaba por la espalda o las hacía girar frente a él y las dejaba caer con suavidad sobre su frente. Sin dejar de sonreír y realizar malabarismos con las botellas, me preguntó que quería. Con un gesto de la mano le dije que nada. Me quedé mirando los vasos vacíos o medio vacíos que se iban amontonando en la barra y comencé a sentirme profundamente triste y débil, con una debilidad que era como un hormigueo que se iba apoderando de mi cuerpo, una dejadez que esculpía una piedra blanca en mi frente y me vaciaba de pensamientos. Estaba a punto de rendirme y abandonar toda la estupidez y el absurdo de esa noche, cuando sentí que me tocaban el hombro y luego lo apretaban con suavidad, casi con cariño o con lástima. Me di la vuelta feliz de que Fernando volviera, pero me encontré con un rostro desconocido que me sonreía y me decía que me consiguiera un vaso. Tomé el primer vaso vacío que conseguí y lo tendí hacia el desconocido. Éste procedió a llenarlo sin tapujos hasta el borde. No pregunté qué era. Me limité a beber, satisfecho con que fuera alcohol. Eso fue todo. El desconocido conversaba con un grupo de amigos y no me volvió a dirigir la palabra, ni me invitó a unirme a su grupo. Se limitó a servirme un trago cada cierto tiempo, hasta que Eloísa se subió al escenario a cantar y yo me levanté y me acerqué a escucharla.

Tenía una voz potente y dulce que me llegaba atenuada, como si Eloísa cantase desde el interior de una cueva y a mí sólo me llegaran los últimos ecos posibles. Y su figura sobre el escenario, moviéndose al compás de los acordes, se diluía como si entre ambos se levantase un muro de niebla gris. Percibía que Eloísa se alejaba. No se trataba de que su figura se desdibujara tras la niebla, ni de que su voz se apagara tras los muros de la cueva. Era, exactamente, que Eloísa se alejaba, que su alma se despedía. Entonces me pareció que me miraba y que no dejaba de observarme mientras cantaba y mientras se alejaba y se despedía. Me pregunté si no estaría soñando, si no sería todo esto parte de la pesadilla que se desbocaba en mi mente y sobre la cual ya no tenía control. Quise acercarme al escenario pero no pude. No era capaz de moverme. Me di cuenta de que también yo comenzaba a alejarme y a penetrar en mi propia caverna de soledad y vacío y me pregunté si Eloísa veía lo mismo que yo veía cuando ella se alejaba y se despedía. Empecé a dormirme y a caer dulcemente. Abandoné la lucha y me dejé ir y mis labios dibujaron una sonrisa y por primera vez en cuatro meses dejé de pensar.

Eloísa me tomó de la mano y me sacó apresuradamente del club mientras echaba furtivas miradas sobre su hombro. Afuera me puso un billete en la mano para que tomara un taxi, dio media vuelta y desapareció en el interior del club. Me guardé el billete en el bolsillo sin verlo. Me alejé caminando. Hacía frío. La calle estaba desierta y el silencio sólo era roto cuando el viento mecía las ramas de los árboles o cuando pasaba, raudo, un auto ebrio, o cuando ladraba algún perro solitario y trasnochado. Poco a poco, pero con determinación, comencé a caminar más rápido. Salí de Chuao, llegué a Las Mercedes, pasé frente al Paseo Las Mercedes y cuando enfilé hacia la autopista caminaba con la fuerza, la tensión y la determinación de quien va a matar o va a morir. Cuando estaba a un paso de entrar en la autopista, un auto se detuvo a mi lado. El conductor bajó la ventanilla del copiloto y me preguntó para dónde iba. Se lo dije. El conductor me dijo que me llevaba y yo me subí con la misma determinación y sangre fría con la que instantes antes había decidido jugármelo todo en la autopista. El desconocido estaba tomando cerveza y me ofreció una. Agarré la lata que me ofrecían, la destapé y bebí un largo trago. Luego brindamos y conversamos y finalmente el desconocido me dejó en la puerta de mi casa.

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