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Aniversario de bodas

domingo 8 de noviembre de 2020
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Es domingo y desde que nos levantamos de la cama he notado a mi esposa silenciosa y distante, como si estuviese molesta. Trato de recordar si he hecho algo para molestarla, pero por más que pienso y le doy vueltas al asunto, no encuentro nada reprobable en mi conducta, muy por el contrario, he sido muy bueno con ella, un esposo modelo y muy cariñoso, siempre comunicativo y atento, al menos hasta que nos acostamos la noche anterior. ¿Y si lo que la molesta ha ocurrido justamente mientras dormíamos? ¿Habría hablado yo en sueños y habría dicho algo inadecuado o que mi mujer pudiera considerar reprensible? ¿Pero qué pudo haber sido eso? Y de haber dicho alguna barbaridad, ¿cómo se puede reprender a una persona que habla dormida? ¿Cómo se puede defender una persona que ha dicho algo mientras duerme y que luego, cuando despierta, ni siquiera recuerda qué ha dicho ni en qué contexto lo ha dicho? Es absurdo. Así voy cavilando a lo largo de ese silencioso domingo, silencioso en lo que concierne a mi esposa, que responde con monosílabos a mis preguntas y eso si no las despacha con un simple y anodino gesto manteniéndose en su terco silencio, distanciada de mí como puede estar distanciado un elefante de una hormiga, con esa gélida expresión en su rostro que me va asustando cada vez más.

Y llega la noche. Luego de acostar a los niños nos tocó el turno a nosotros, nosotros que llevamos prácticamente todo el día sin hablarnos, nosotros que nos queremos tanto y que, sin embargo, parecemos enemigos íntimos allí, entre cuatro paredes que parecen potenciar aún más nuestra soledad y nuestro aislamiento. Y juro por Dios que en el instante mismo en que mi cabeza hace contacto con la almohada o, para decirlo de otro modo, cuando mi dulce mejilla roza la dulce mejilla de la almohada, recuerdo qué fecha es aquella, recuerdo nítidamente que ese día es nuestro aniversario de bodas y recuerdo, también, que yazco junto a una fiera herida en una cama que, de pronto, se ha hecho muy chica, y que debo ser sumamente cuidadoso con lo que diga y con lo que haga en los próximos minutos. Por supuesto, en ocasiones como esta, cualquier precaución es insuficiente y yo, lo admito, no actúo con el tacto necesario. Giro mi cabeza para mirarla (mi mujer duerme de medio lado y me da la espalda) y le digo: Mi amor, yo sé que es un poco tarde pero… feliz aniversario… Lo que sucede a continuación es apoteósico, desorbitante, de niveles cataclísmicos, una explosión de los ordenes atómicos. Jamás he visto tanta energía almacenada y liberada con tal violencia. La onda explosiva no afecta sólo nuestra casa sino el vecindario entero, los perros aúllan, la vida tras los muros se detiene, las puertas de las casas se abren y nuestros vecinos asoman sus cabezas para enterarse del drama. Nuestros propios hijos también asoman sus cabecitas en nuestro cuarto y observan a su madre enloquecida con una expresión en sus caritas que yo no sé identificar, una expresión que ronda las sombrías comarcas del espanto, pero que al mismo tiempo presagia la risa franca. Yo, por si acaso, mantengo la cama de por medio, lo cual no es garantía de que no salte sobre ella y me agarre por el cuello o que tome cualquier objeto a su alcance, el teléfono inalámbrico por ejemplo, del que está bastante cerca, demasiado para mi gusto, y me lo lance sin más y me parta la cabeza con él. Pero no hace nada de aquello y mantiene su locura y su rabia controlada y limitada a un estrecho territorio cercano a su cuerpo. Grita, blasfema, insulta y luego se encierra en el baño y allí continúa con la retahíla de lloriqueos y lamentos.

Mi amada ya nunca estará satisfecha, ya jamás estará del todo segura de mis sentimientos, de mi compromiso irrestricto.

Yo agarro a los niños, los llevo a su cuarto, los acuesto y les cuento un cuento sobre un mono que compone música y que termina convirtiéndose en una estrella del reggaetón. Cuando se duermen vuelvo a mi cuarto y coloco la oreja con suavidad sobre la puerta del baño. Escucho unos débiles gemidos, unos gemiditos que me parten el corazón, qué atolondrado he sido, qué desconsiderado e insensible, pero no ha sido premeditado, no, ha sido un error, eso fue, un olvido, después de todo uno es humano. Mi amor, un olvido lo tiene cualquiera, digo. ¡Fuera!, grita mi mujer. Pero mi amor, ya estoy afuera, digo incorregible. Y comienza de nuevo el cataclismo, el tsunami de palabrotas e insultos. Opto por batirme en retirada y me acuesto. Mejor esperar que bajen los decibelios de la furia que se desata en el interior del baño. Me duermo.

Mi mujer mantiene su encierro durante siete días con sus noches. El séptimo día los niños y yo estamos acostados en la cama viendo comiquitas, cuando escuchamos correr el agua de la ducha. No decimos nada, pero lo que ocurre en la pantalla del televisor deja de importarnos a los tres. Esperamos con ansiedad. Los niños con risitas nerviosas y yo siguiendo mentalmente los movimientos de mi mujer bajo la ducha, cada uno de los pasos de su ritual de baño. Cuando el agua deja de correr nos erguimos al unísono como si un resorte nos hubiese empujado hacia adelante. Y cuando por fin la puerta se abre y sale peinándose el cabello mojado, envuelta en una toalla, rozagante y fresca como una lechuga, radiante en fin, los niños saltan de la cama y se abalanzan sobre ella. Mi mujer los recibe con los brazos abiertos y los colma de besos y amapuches. Y en un momento dado, en el medio de la refriega amorosa que tiene lugar a los pies de la cama, me ve y me lanza un beso que sale de la boca con la sonrisa más bella que he visto yo y que vuela hasta caer sobre mí como la más dulce de las caricias. Luego se sienta frente al espejo y comienza a secarse el cabello como si no hubiera ocurrido nada, como si aquellos siete días no hubiesen pasado o hubiesen sido una borrosa pesadilla que se olvida pronto. Nuestra vida vuelve a ser lo que era y esa noche mi mujer y yo echamos un buen polvo, qué digo, un polvo de antología que refrenda, con broche de oro, el fin de las hostilidades.

Y cuando las hostilidades finalizan siempre hay un mandadito que hacer, alguna diligencia que afrontar, a manera de prueba de amor, por supuesto, porque mi amada ya nunca estará satisfecha, ya jamás estará del todo segura de mis sentimientos, de mi compromiso irrestricto, sin fisuras, a nuestra relación.

Mi vida con mi esposa está llena de esas pruebas, pruebas grandes y chicas, a veces complicadas, a veces sencillas, pruebas que son como preguntas, y ay de mí si respondo mal, si mi respuesta erra, así fuera por un milímetro, el mero, mero, centro del blanco.

Quim Ramos
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