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Tres relatos de TS Hidalgo

• Martes 10 de julio de 2018

Hoy las facturas de la luz se entienden, lo que no resulta ya tan comprensible son los márgenes de beneficios de las eléctricas.

El fantasma de la libertad

Cuando se marcharon los últimos autoestopistas, tuvimos que rescatar a las primeras concesionarias. No es, así, tanto una cuestión de repetir ciclos ad infinitum como de formar todos parte de una cinta de Möebius. Cuando Garci ideaba Las verdes praderas (nuestra carpetovetónica Revolutionary Road, a la que de hecho se adelantó en más de un cuarto de siglo), Berlanga le recomendó un cierre en el que, años después de prender fuego al chalé a las afueras para los fines de semana, de hecho y a la postre el cierre definitivo del filme, la pareja volvía, ilusionada, a adquirir las llaves de otro, de mayores dimensiones. ¿Y en él seguir hablando, ya fuera de plano, de delitos contra el mercado, de delitos contra los consumidores, o de alienación a secas?, quizá. No sé si esto refrenda exactamente lo anterior, como se pretendía (pero es innegable que se van formando elipses a uno y otro lado). Hoy las facturas de la luz se entienden, lo que no resulta ya tan comprensible son los márgenes de beneficios de las eléctricas. Y así sucesivamente, sin previsible cuenta atrás: nuestros Ivy League reventarán la tapa de los sesos de pioneros en pretender abrir según qué tipo de compuertas. En paralelo, en el espacio-tiempo, a sus propios antepasados, generaciones atrás: entonces españoles partieron sobre sus botos al amanecer (y nunca más volvieron).

 

Tanatorio

Silencio. Silencio. Ha venido la muerte (y se puede triunfar pese a ella si uno da todo lo que tiene). También ha venido la semana, y con ella, una evolución de las temperaturas mínimas. Se sigue hablando de precipitaciones, de vientos del norte; no descartamos también heladas. Inequívoca atmósfera onírica: nos observan mujeres y hombres convertidos en pájaros rojos que atraviesan una nube igualmente roja. Todo esto en una isla llena de legisladores, quienes improbablemente decidan tirar al final la toalla; no están llorando, se persignan. Callejeamos. En la sala del fondo está un conocido editor, es un alma; se pudre: era nuestro amigo. Está… como desplegado, ¿no?; es largo como una habitación. “Dejad que me alimente de utopía”, pareciera estar diciéndonos. Sillas vacías, en la sala (y, frente a nuestros silencios de buzos, tapices negros). “¿Por qué motivo ha/s desertado?”, al referirnos, después, todos los presentes, a él. Cuando partimos, con todos los miembros de la fábrica, zapatos que mastican, por un pasillo: los mecanismos han entrado en rumor. Y un ascensor nos lleva, como hechizados. Nada termina, y la misma muerte sueña con ser emblema de nuestra eternidad. Quise decir invierno, dije silencio: sólo el invierno es indispensable.

 

Con esta adicción de sorteos, ¿hemos ganado o perdido libertad de elegir?

Casino alternativo

Doy vueltas por un casino: digna, a mi parecer, de mención, la total ausencia de entropía de esta sala, un valor absoluto. En esta ala del establecimiento, dedicada a los recién implantados juegos de carácter más outsider, se juega a casi todo, y se cruzan apuestas en torno a las actividades más insólitas: carreras de kamikazes, ruleta rusa (huelga explicar ambas aquí y ahora), airbagging, que consiste en robar un auto provisto de dicho dispositivo y empotrarlo contra un árbol, señal de tráfico, semáforo, farola o similar, y se trata de salir indemne tras el siniestro, gracias precisamente al airbag, esta actividad en concreto se ha ido sofisticando con el inexorable paso del tiempo, severo juez, desde su invención hace casi dos décadas, y, en la actualidad, lo que se dirime en cada apuesta son cuestiones como el número de impactos frontales en una sola sesión, si habrá o no récord nuevo, o bien, llegados al nivel máximo de perversión del sistema, a confrontaciones a ver quién se cobra mayor número de piezas, ya sean individuales uno contra uno o incluso colectivas, en una circunscripción y franja horaria concretas, puenting urbano, que admite variantes del tipo tirolinas o parapente urbano, séptimo sello, se trata de siete partidas rápidas de ajedrez entre dos contendientes, el perdedor en cada una de esas partidas debe beberse uno de los siete cócteles preparados para la ocasión, así hasta que se terminan todos uno de los combinados acostumbra a tener funestas consecuencias, o jugar a los calambres, práctica que se importó de México, donde es relativamente famosa, yo recuerdo haberla presenciado antes en el D. F., en la plaza Garibaldi, en pleno centro, lejos de todo, aunque la realidad siempre termina colándose, acostumbra el agua a buscar su cauce natural, consiste en agarrar con las dos manos no sé qué cables o piezas de una batería, usualmente de automóvil, aguantando la descarga eléctrica unos segundos, sin funda ni guantes ni protección de ningún tipo, ahí está la gracia, entre un largo etcétera, que incluye peleas de salamandras alfa modificadas genéticamente, y una suerte de lotería persa, con la que, mediante sorteo aleatorio y cada equis tiempo, factores impredecibles, te puede tocar ser, qué sé yo, Pío Moa, detective, buzo, jacobino, ilustrado, matemático, intocable, cursi, verdugo, cavernícola, segurata, escritor, usurero, tramoyista, italoamericano, jugador de cricket, procurador en Cortes, trapecista, bosquimano, explorador, paparazzi, contable, músico, rododafne, cabrón, marmolista, brasileño, príncipe de España, nihilista o faquir, por sólo citar unos ejemplos, si bien la lotería en sí no acaba ahí, ya que no existe periodicidad predeterminada del sorteo, por lo que también se sortea la periodicidad del mismo, no sólo eso, también se sortea si habrá o no sorteo de periodicidad, qué paranoia, ¿no?, laberíntico proceder; por lo que me contaron, la serie de sorteos continúa sin límite, se llega incluso a sortear si habría posibilidad de que posteriormente hubiese un sorteo en el que se sortease la probabilidad de que hubiese un sorteo en el que con posterioridad bla, bla, bla, con lo que, en la práctica, la probabilidad de que seas susceptible de ser asignado a un nuevo destino vital se acerca ¿peligrosamente? a épsilon, esto es, que desaparece la aleatoriedad, estableciéndose en su lugar un determinismo, una inquietante similitud entre prólogo y fin, bumerán de oportunidades, y entre éstos y el desarrollo que los une, por lo que se suprimen los sorteos a partir de los tres primeros, aquí citados.

Me pregunto yo ahora, con esta adicción de sorteos, ¿hemos ganado o perdido libertad de elegir?, ¿no es paradójico que, aumentando posibilidades de elegir, entendiendo por tal el número de veces en que hay sorteo, estemos realmente suprimiendo nuestro porcentaje de probabilidades de elección? Esto no es un día de mi vida, es el relato de un día de mi vida, o más bien de una parte de él, diríamos que inconclusa, a destellos irregulares, vivida no en fase REM: adiós a los convencionalismos, a las ataduras formales, de estilo.

TS Hidalgo

TS Hidalgo

Escritor español (Madrid, 1971). Es economista y MBA. Textos suyos han sido publicados en revistas literarias de Estados Unidos, Canadá, Argentina, Gran Bretaña, Alemania, España, Nigeria, Botsuana, Suráfrica, India y Australia.
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