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Descenso

martes 21 de agosto de 2018
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La prisión había revestido a Amaury de una pesada capa de banalidad. La tez gris, los hábitos ajados y percudidos, una rigidez de autómata: ya nada quedaba de Amaury el Dandy, elegante asesino de mujeres.

Excepto los ojos. “Ojos de profeta alucinado”, había escrito algún mal articulista de crónica roja, provocando desdeñosas carcajadas en la redacción del periódico. Yo había reído con los otros, pero entonces, en la cárcel, encandilado por la mirada de Amaury, no fui capaz de encontrar una mejor imagen. Tampoco puedo ahora, luego de tantos años en este ingrato oficio, enfermo de reportar la monstruosidad ordinaria de los hombres.

Amaury conoce ya una segunda muerte, la del olvido, convertido en una oscura mención en alguna de esas frágiles enciclopedias virtuales. Yo mismo seguiré en breve el mismo camino.

Empecé con las preguntas de costumbre, las que se espera que haga un periodista serio. Era mi primer artículo importante y no quería echarlo a perder: “¿Se arrepiente?, ¿alguien lo ayudó?, ¿qué rol jugó el cardenal Scalopelli en su captura?”. Quería que cada una de mis palabras fuera precisa, perfectas mis frases.

Sus respuestas fueron concisas, sin el humor que había demostrado durante el proceso, para alegría de mis colegas e irritación de los jueces. Comprendí rápidamente que Amaury estaba harto del ritual de dar entrevistas. Asumo que todavía aceptaba recibir periodistas movido por una suerte de cortesía, agradecido con quienes lo habíamos convertido en celebridad.

Supongo que su abisal aburrimiento lo llevó a relatarme lo que transcribo a continuación. Nunca lo publiqué, pues no sabía muy bien qué pensar al respecto. Y si lo hago ahora, aparte de cierto pundonor profesional, es porque creo que el enigma de El Dandy merece ser resuelto.

Sin embargo, bien sé que no hay mucha esperanza de lograrlo. Amaury conoce ya una segunda muerte, la del olvido, convertido en una oscura mención en alguna de esas frágiles enciclopedias virtuales. Yo mismo seguiré en breve el mismo camino, sin saber nunca si aquel día, en la entrevista, me invadió la piedad o la repulsión más profunda. Esto es lo que pude rescatar de mis viejos papeles:

De niño no sufrí ninguna violencia ni abuso. No crea lo que cuentan esos psicólogos mediocres. Éramos pobres, eso sí. De esa pobreza que los imbéciles y los políticos llaman digna, no sé por qué. Esa pobreza que te obliga a remendar con diligencia cada miserable camisa y que te enseña pronto que todo tiene un precio que nunca podrás pagar.

Mi padre era mensajero en una pequeña firma contable. Parco y triste, apenas recuerdo su rostro. Me dicen que se la pasaba soñando despierto. Murió de un cáncer discreto y voraz.

Mi madre también soñaba. Claro, cuando podía, cuando no estaba limpiando las casas de otros o lavando su ropa. Me acuerdo de su mirada. Era… ¿cómo explicarle?… la mirada de la ternura asediada. Años después, encontré los mismos ojos en París, en mi época de mendigo y carterista, entre las niñas gitanas que se prostituían en el periférico. No fueron malos tiempos. Al menos aprendí francés, voyez-vous?

Tendría unos ocho años, quizás nueve. Mi madre estaba en el hospital, en trabajo de parto. Estaba al cuidado de los más pequeños, como de costumbre.

Se presentó la única vecina con la que teníamos cierta confianza. Frenética, me explicó que se había comprometido a llevar al hospital una mochila con cosas necesarias para mi madre y el bebé. Sin embargo —repetía con irritante insistencia—, se había presentado una emergencia. Se disculpaba, no podía ir. Sólo atiné a asentir y a tomar la mochila.

No sé por qué decidí cumplir yo con el encargo. Quizás creía de verdad que era mi deber. Ya sabe, por aquello de “hombre de la casa”. Encerré a los pequeños en el cuarto, asegurándome de que tuvieran algo de agua en sus maltrechos biberones.

Usted no conoce mi ciudad natal. Es un cráter, una herida abierta y purulenta en medio de una planicie reseca. Hay que descolgarse de los barrios periféricos, literalmente, si se quiere llegar al centro. Debía pues descender, a pie porque no tenía un centavo, hasta donde intuía que se encontraba mi madre.

Las polvorientas calles de mi barrio dieron paso al empedrado de zonas algo menos pobres y éste, a su vez, al asfalto de las avenidas principales. Caminé y caminé, con la maldita mochila moliéndome la espalda, cada vez más pesada, bajo el sol de plomo del mediodía. ¿Sabe qué es lo más gracioso? Me esforzaba por conservar una expresión adulta, severa. Temía que alguien se burlara de mi ropa raída y de ese bulto demasiado grande que me aplastaba. Lo sé, es absurdo. Ahora entiendo que no pasaba de un niño anónimo en medio de la multitud indiferente.

Aún no comprendo por qué me acerqué a la vieja lisiada que pedía limosna en medio de una plaza. Imagino que me pareció inofensiva, incluso amable. O quizás supuse, en un arrebato de esperanza, que esa criatura rota podría ofrecerme algo de consuelo.

Tímidamente, con la voz rasposa por la sed, le pregunté por el hospital. Se me quedó viendo, intensamente, como si quisiera medir mis fuerzas. Luego, sin despegarme la vista, emitió una especie de graznido, al tiempo que atrapaba un tirante de la mochila. Su mano era de una deformidad obscena. Grité, forcejeé, pero la mujer había decidido apoderarse de mi pobre carga.

Saqué entonces la navaja oxidada que llevaba en uno de mis bolsillos. La había encontrado en medio de un basural, días antes, cuando volvía de la escuela. La agité en dirección de la lisiada, sin mirar, demasiado aterrorizado como para saber lo que hacía.

Sentí que la mano soltaba el tirante. Comencé a correr. Al alejarme, puede ver a la mujer. La mano deforme estaba prendida a su cuello. Un hilo de sangre oscura se filtraba entre sus dedos. Me pareció que su rostro se había fijado en un rictus de odio infinito. Máscara horrible.

Aún tardé horas en llegar al hospital. No le conté nada a mi madre. Le entregué la mochila y le imploré un trago de agua. Cosa curiosa, su piel me pareció horriblemente fría y áspera, y su voz, indiferente, vacía. Volvimos a casa en la noche.

¿Y el bebé, me pregunta usted? Sí, por supuesto. Logré verla. Era una niña. Preciosa. Nació muerta, voyez-vous?

Ernesto Bascopé Guzmán
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