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Empatía

sábado 29 de agosto de 2020
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I.

Cada gemido era una nota elemental, persistente, irritante. A los pocos segundos, un sollozo interrumpía la corriente de sufrimiento, sólo para dar impulso a un nuevo ciclo de lamentos. Carmona no podía imaginar un peor recibimiento. Esos gritos agudos y monocordes eran como taladros que agravaban su dolor de cabeza, saldo de una noche de alcohol.

Pasó al lado de la mujer que lloraba, derrumbada en uno de los viejos bancos de la Central, y entró en la oficina de Quispe. Necesitaba saber cómo habían recibido los jefes su solicitud de transferencia y si hacía falta persuadir a alguno todavía, con un regalo extra o más dinero.

—Tienes cara de muerto, amigo Calavera —lo saludó Quispe, riendo por su mediocre ocurrencia.

—Fue una larga noche. Con Wendy, ya te imaginarás… —dijo Carmona, por toda respuesta.

En el Control Político hay que ser hábil con la gente y saber tratar a los medios y a esa basura de influencers. ¿Será que puedes?

La sonrisa socarrona de Quispe podía significar comprensión, complicidad o el recuerdo de los pechos duros y generosos de Wendy.

—Al final, ¿qué dicen los jefes de mi transferencia al Control Político?

—Siempre al grano, ¿no, Calaverita? Pues te diré que no les emociona mucho la idea… tienes que ganarte su buena voluntad.

—¿Quieren más plata?

—No, por el momento. Es más cuestión de tu… falta de empatía, de tacto.

—¿De qué carajos hablas?

—Con la gente, con los ciudadanos, pues, hermanito. Siempre se quejan de maltrato contigo, de indiferencia. Recuerda que en el Control Político hay que ser hábil con la gente y saber tratar a los medios y a esa basura de influencers. ¿Será que puedes?

“La eterna crítica de estos infelices”, pensó Carmona. Prefirió no responder nada demasiado acerbo, sin embargo. Quispe era de los pocos amigos que le quedaban.

—Y ahora, ¿qué hago? Estoy jodido.

—Tranquilo, los convencí de que podías redimirte, como se dice.

—¿Qué hay que hacer?

—¿Viste a la mujer que lloraba en la entrada?

 

II.

Había tenido que presentarse dos veces (“Capitán Franco Carmona, para servirle”) ante una mirada líquida y deshabitada. La mujer no atinaba a parar el llanto, confusa ante alguien que parecía escucharla de verdad, luego de días de vagar por el laberinto burocrático de la Central.

Carmona esperó a que se calmara un poco. Por costumbre, grabó en su memoria todos los detalles de su apariencia. La blusa de la mujer estaba casi tan ajada como el pelo y el rostro. Las manos, sucias, tenían tierra debajo de las uñas. Despedía el olor acre y penetrante de quien lleva días con la misma ropa.

Cuando la mujer comprendió finalmente que ese agente enjuto y de cara triste iba a ayudarla, se abalanzó a su cuello, poseída por una nueva oleada de sollozos. Carmona supo que, por cortesía, no debía rechazarla. Toleró estoico el vaho amargo que rodeaba a la mujer, así como ese rostro, húmedo y marchito, junto al suyo.

La hija había aparecido muerta tres días antes, en uno de los polvorientos cañadones de la periferia.

Según la madre, era una chica sin historias, aplicada en el colegio y que incluso ayudaba en la casa con los pocos pesos que ganaba en una fotocopiadora. Hija única y padre enfermo en casa, además. Carmona anotaba estos detalles mecánicamente, esforzándose por parecer interesado.

En su mente, sin embargo, podía imaginar ya el resto de la historia. Quizás la había matado algún noviecito especialmente apasionado y decidido, furioso porque la niña se negaba a sus toqueteos. O tal vez había sido el padre, temeroso de que la hija terminara denunciando años de abuso, a espaldas de una madre demasiado ocupada. O habrían sido algunos niños bien, aburridos y drogados, con ganas de lastimar a alguien para pasar el tiempo.

Llevaba trabajando el tiempo suficiente como para saber que la muerte nunca es demasiado original y que la tragedia prefiere los lugares comunes.

“Nada nuevo bajo el sol en Villa Miseria”, pensó cuando la madre hablaba de lo difícil que resultaba ocuparse de la niña, a causa del trabajo y de la crisis. Quiso anotar esta inútil reflexión, pero se retuvo, temiendo que alguien leyera aquellas líneas retorcidas. No quería correr ningún riesgo.

—¿Qué le parece si vamos a su casa, señora? Cuestión de revisar las cosas de la niña. Quizás podemos encontrar algún indicio.

—No hará falta, joven, ya tenemos el rostro del asesino. Sólo necesitamos que lo encuentre.

—Vamos de todas maneras, ¿sí? En el camino me cuenta esta historia más despacio.

 

La cosecha de indicios resultó muy pobre, pero la visita había servido al menos para eliminar al padre de la lista de sospechosos.

III.

Mientras revisaba el triste legado de la niña (un par de peluches mugrientos y unos pocos cuadernos), Carmona repasaba las revelaciones de la madre.

La noticia del crimen se había filtrado rápidamente. Alguien había creado una página para descubrir al asesino y recaudar fondos que se entregarían a la familia. En pocas horas, circulaba ya un dibujo del criminal, con base en el relato de presuntos testigos. Una turba digital exigía justicia y lamentaba la inacción policial. “El circo habitual en estos casos”, murmuró para sí Carmona, “hasta que maten a otro desgraciado”.

Prefería aplicar los viejos métodos. “Como en las películas”, pensó, al tiempo de esbozar una breve sonrisa sardónica. Anotó la rutina de la niña muerta, escribió los nombres de amigos y profesores, tomó fotografías del cuarto y de lo que parecía un diario. Todo eso se vería bien en su informe a la jerarquía.

No puede descartarse que lo hiciera por inercia o para evitar toda confrontación con aquel mundo que detestaba: el de las catervas digitales e influencers idiotas, inmersos en una interminable cacofonía de opiniones triviales e intransigentes. Dio la impresión de cumplir con su deber, consciente de que debía hacerlo bien y de que cualquier paso en falso podría aniquilar sus posibilidades de ascenso.

La cosecha de indicios resultó muy pobre, pero la visita había servido al menos para eliminar al padre de la lista de sospechosos.

Sentado en una esquina, seco y consumido, el pobre diablo no hacía otra cosa que resoplar, como un viejo fuelle. Los ojos, horriblemente vitales, fijaban a Carmona con terquedad, como amenazándolo por su intrusión.

Prefirió no escuchar la explicación de la mujer, cuando ésta intentó explicar la parálisis del viejo. No tenía ya ni la paciencia ni la energía para expresar las palabras de consuelo que se esperan ante esas confidencias. La interrumpió con un gesto imperioso y le pidió detalles sobre la página que exigía justicia para su hija.

—Me han estado escribiendo al celular. Dicen que son amigos de mi hija. Parece que han juntado una platita para nosotros. Nos van a dar todo cuando encuentren al asesino. El del dibujo…

—¿Y será mucha plata?

La mujer esquivó la mirada de Carmona. Cruzó los brazos como para protegerse y, durante un instante fugaz, su rostro se cubrió con una mezcla de odio y temor. El capitán recordaba bien ese gesto: era el de los vendedores ambulantes que se negaban a pagar por protección, al principio de su carrera, cuando vigilaba en los mercados de la ciudad. Hubiera querido golpear a la mujer, como a esos miserables. Prefirió cambiar de tema.

—¿Tiene la fotografía? Quisiera analizarla.

—Claro, joven. Está en la página de los amigos de la niña. Acá, véala en mi celular.

Carmona tuvo que contener la risa y luego un inesperado acceso de compasión. El rostro del supuesto asesino era un dibujo, no demasiado malo, de Molina, el ministro de Propaganda. Habían cambiado el peinado y rejuvenecido los rasgos, pero era él, el maldito infeliz que salía cada noche en cadena nacional a comunicar la infinita lista de éxitos del régimen.

Era imposible determinar si se trataba de una broma cruel o de una elaborada conspiración política. Pero no le importaba, en realidad. Tampoco quiso desengañar a la mujer. Era muy probable que se negaría a aceptar la realidad, de todas formas. Y de ninguna manera estaba dispuesto a contradecir a la turba virtual que pedía la cabeza del supuesto asesino.

Se despidió de la madre con toda la amabilidad que pudo reunir. Le aseguró que los agentes a su disposición, que eran muchos, se movilizarían para buscar al asesino. Antes de irse pudo escuchar los resoplidos del padre, ¿era una especie de risa?

 

IV.

—¿Qué significa eso de encontrar al verdadero asesino, Quispe?

—¿Qué crees, pues, Calavera? No estoy hablando en chino, creo. Los jefes quieren que de verdad encuentres al que mató a la niña. Si no puedes, olvídate de ir al Control Político. Quizás hasta te devuelvan a vigilar burdeles.

Carmona se sentía como un idiota, parado frente a Quispe y su sonrisa mañosa. El informe que había preparado, con la esperanza de destacar su trabajo, no servía para nada. Y sin embargo, ahí estaba claro que sería imposible encontrar al criminal.

Había hablado con todos los amigos de la niña, con sus profesores y sus vecinos. Se había tomado el trabajo de interrogar al noviecito durante un día entero, hasta cansarse de golpearlo.

Llegó incluso a visitar la morgue, para ver el cuerpo de la niña, o lo poco que quedaba, luego de las torpes operaciones del forense. Estudió las notas de la autopsia, apenas legibles, y hasta conversó con el ebrio Morales, autor del escueto informe, para ver si tenía más datos.

Odiaba los lugares comunes, pero por un instante se dejó llevar por la fantasía de viajar en el tiempo. Imaginó que volvía a la conversación con Quispe y que rechazaba hacerse cargo del asesinato de la niña.

Había revisado cada pista, cada posibilidad, cada partícula de información, sin resultados. El asesino iba a salirse con la suya, pero al menos lo había intentado y esperaba un merecido reconocimiento por ello.

No obstante, ahora estaba claro que sólo querían joderlo. Desde el principio no habían tenido otra intención, era evidente. ¿A quién se le ocurría pedir resultados reales? “Tienes todavía una semana, Calaverita”, repetía Quispe, “aún puedes revisar los informes, los testimonios, poner el rostro del sospechoso en una base de datos diferente… El tiempo es oro, no lo olvides, aprovéchalo”.

Salió a caminar para calmarse. Sopesaba sus opciones e intentaba levantar una lista de todos los que le debían algún favor. Quizás alguno podría ayudarlo con los jefes y hasta convencerlos de olvidarlo, por lo menos. Se contentaba con que lo dejen en su puesto.

A lo lejos, al otro lado de la plaza, podía ver el inmenso reloj del Palacio Vanale, esperpento mecánico que giraba en sentido antihorario, por algún capricho del caudillo (¿o había sido idea del ministro de Propaganda?).

Odiaba los lugares comunes, pero por un instante se dejó llevar por la fantasía de viajar en el tiempo. Imaginó que volvía a la conversación con Quispe y que rechazaba hacerse cargo del asesinato de la niña. O mejor aún, se vio destruyendo la carta en la que solicitaba a los jefes su transferencia al deseado Control Político. Si tan sólo pudiera cambiar el tiempo… El maldito tiempo.

Tuvo ganas de gritar, cuando comprendió la verdad. Tenía que hablar con Morales, el forense.

—Sí, es Calavera, me olvidé preguntarte algo. El cuerpo de la niña llegó el 20, ¿no? De acuerdo. ¿Y cuándo subiste el caso al sistema? No, no te estoy reclamando. Está bien, sé que no tienes tiempo, sólo responde… ¿Cuándo? ¿El 23? No te preocupes, no se lo diré a los jefes.

Respiró hondo, dio una vuelta a la plaza principal, tan provinciana, tan tranquila por momentos. Marcó el número de la Central.

—¿Quispe?, no, no quiero más tiempo. Tengo de sobra. Te estoy mandando una dirección. Necesito que envíes un equipo al lugar. ¿Para qué? Para atrapar al asesino de la niña. No, no es un invento… Luego tendrás el informe. Es el desgraciado que creó la página. La abrió al día siguiente del crimen, del que nosotros, tú y los jefes, nos enteramos formalmente tres días después… El caso no existía para la agencia y este cabroncito ya estaba recaudando fondos supuestamente para la familia… ¡Qué sé yo por qué lo hizo! Por plata, por política, por lo que sea, no importa. Es nuestro y ahora me deben un ascenso, ¿no, desgraciados? Saluda a los jefes de mi parte. Ah, manda al equipo bien armado, si tenemos suerte y el tipo hace algo estúpido, podemos liquidarlo. Se verá bien en las noticias. Ya, ahí nos vemos.

La siguiente llamada fue para Wendy. Había mucho que celebrar.

Ernesto Bascopé Guzmán
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