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El hombre del casco

martes 11 de septiembre de 2018
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Nunca he conocido a nadie a quien un casco de obra cambiase tanto. Era como si fuesen dos personas completamente distintas, una con casco y otra sin él. Y no me refiero solamente al aspecto físico, como la incipiente calvicie que el casco disimulaba, sino también a cambios más profundos, cambios en el carácter y en el modo de comprender y actuar en el mundo, cambios sin aparente relación con el hecho de llevar o no casco, pero que de algún modo tenían su origen en él.

Lo conocí el primer día que entré en la obra. Nada más cruzar la puerta de la valla se me acercó un tipo delgado, con esa delgadez activa y nerviosa que le caracterizaba y que le hacía parecer un poco más alto de lo que en verdad era midiendo cerca de 1,70. De cómo vestía sólo recuerdo su flamante chaleco amarillo y el casco de un blanco reluciente bajo el crudo sol de junio. Desde la breve sombra de la visera, que le cubría hasta media nariz, unos ojos castaños me miraban fijamente con una fuerza contenida que parecía dispuesta a transformarse inmediatamente en un fulminante rayo de mala leche.

Me acerqué hasta él intentando romper el hielo con algunas palabras, pero no quería saber nada de conversaciones.

—¿Quién eres tú? —me preguntó con voz firme y tajante que me hizo pensar en un primer momento que me las tendría que ver con uno de esos jefecillos gilipollas tan frecuentes en las obras.

—Soy Enrique Salgado, el arqueólogo que viene a hacer el seguimiento…

—Ah, sí, sí —me cortó con un rápido movimiento de la mano, como dándome a entender que no tenía tiempo para explicaciones, aunque la expresión de su semblante se ablandó, más que tranquilizado por mis palabras, satisfecho por contar con otra de las piezas que necesitaba para su acción—; soy Rubén Durán, jefe de obra —me tendió la mano, que yo le estreché sin demasiada convicción—, para estar en la obra es necesario que tengas puestos el chaleco y el casco… ya sabes, la seguridad y todo eso.

Asentí y volví al coche para colocarme mi chaleco y mi casco. Cuando volví a entrar en la obra Rubén Durán dirigía con un brazo enérgicamente alzado el movimiento de una enorme retroexcavadora que le obedecía sumisa. Me acerqué hasta él intentando romper el hielo con algunas palabras, pero no quería saber nada de conversaciones. Entre los rugidos de la máquina me explicó brevemente en qué consistía el trabajo que le había encomendado a la retroexcavadora y se dirigió rápidamente a otra parte de la obra en la que una cuadrilla de ferrallistas montaba un armazón de hierro. Algo debía estar mal o no debía gustarle, pues las voces de aquel tipo delgado y nervioso atravesaron la densa cortina de ruido que me envolvía. Los ferrallistas, tipos grandes con caras que no hubieran desentonado en una cárcel, le observaban en silencio con caras tensas, inmóviles, impotentes ante aquella energía furiosa.

Poco más hablé con él durante los siguientes días. Yo me limitaba a vigilar el trabajo de la máquina por si dañaba restos arqueológicos mientras él iba de un lado para otro reluciendo bajo el sol de junio con su chaleco y su casco y esa manera de moverse en la que cada gesto parecía animado por una voluntad decidida y precisa, dirigiéndolo todo, transformando aquel terreno baldío en el que poco antes pastaban algunas vacas en una planta depuradora.

No me caía simpático. Parecía un tipo completamente absorbido por su trabajo, incapaz de vivir para otra cosa, obsesionado por su deber, serio, eficiente, diligente, un empleado ejemplar. Desconocíamos su vida fuera de la obra. En las conversaciones de la media hora del bocadillo o de los breves minutos de descanso que se lograba robar al tiempo de trabajo, no se hablaba de su vida fuera del tajo, sólo de su mala leche y de lo hijo puta que era. Alguien apuntó que era de un pueblo a cuatro horas de distancia en coche de El Zarzal, donde estaba la obra, lo que le obligaba a vivir fuera de casa de lunes a viernes, algo que llevaba mal, aunque no se sabía que tuviese pareja ni hijos.

Yo también estaba lejos de casa y había alquilado un piso en El Zarzal, pero nunca me había encontrado con él en los paseos solitarios que solía dar en las largas tardes de junio. Tampoco tenía ningún interés. La única relación que tenía con Rubén era la que puede tener cualquier empleado de una empresa subcontratada con el jefe de obra. Ninguna conversación de tipo personal, ninguna broma, ninguna palabra fuera de las necesarias en una relación pura y estrictamente laboral. Desde el principio lo califiqué dentro del tipo de personas que no tenía ningún interés en conocer.

Sin embargo, una de aquellas tardes en que, aburrido, varié un poco mi acostumbrada ruta por las calles estrechas y blanqueadas de El Zarzal, un pequeño pueblo que dormitaba tranquilo en la tarde de principios de verano, me crucé con un tipo muy flaco y que por alguna razón parecía más bajo de lo que era pese a rondar los 1,70 metros, quizás porque andaba despacio, como aplastado por el calor que se concentraba en las calles. Caminaba con la cabeza inclinada hacia el suelo, lo que hacía reverberar al sol en la incipiente calvicie que atacaba su cabeza y me impedía observar los rasgos de su rostro. Al sentir a alguien que avanzaba hacia él levantó la cabeza y entonces pude distinguir un rostro que se arrugaba en torno a una mirada que transmitía una especie de curiosidad resignada. Debió ver en mí algo que atrajo su atención hasta el punto de pararse en mitad de la calle. Ahora me miraba fijamente, con interés, como si inspirase a su memoria el recuerdo de algo conocido y que, en aquellas circunstancias singulares, poseía algún tipo de interés que no lograba identificar. Cuando me disponía a pasar de largo una vocecita aguda e insegura escapó de sus labios estirados y delgados.

—¡Eh, arqueólogo! ¿No me… no me reconoces?

Me detuve ante aquella llamada, mirando con indisimulada hostilidad aquel rostro que parecía concentrar toda su débil fuerza en la inseguridad de su mirada. Por mi cabeza rondaron las más diversas y remotas posibilidades. Al fin y al cabo, tras tantos años trabajando en infinitas obras, conocía a mucha gente y en todas partes. Sólo que aquella cara desagradable no me resultaba en absoluto conocida. Permanecimos mirándonos así durante un incómodo intervalo de tiempo, quizás cerca de un minuto.

—Pero, ¿de verdad que no me reconoces?

La voz de aquel tipo revelaba una timidez rayana en el miedo, pese a que parecía convencido de lo que decía o, al menos, de las razones por las que preguntaba. Debía estar muy seguro de conocerme. Comencé a mover la cabeza en un gesto de negación hasta que de repente reconocí en aquella enclenque figura la sombra del Rubén Durán que conocía de la obra.

—Sí… pero, joder, no me pareces el mismo… quiero decir que con el casco y el chaleco y todo eso pareces otro…

Asintió en silencio a mis palabras, con una fea media sonrisa deformando su boca, como resignado a lo que parecía evidente.

—Pues yo soy… el mismo.

Aquellas palabras no resultaban convincentes, él mismo parecía dudar de ser la misma persona con casco y sin él. Le estreché la mano y hablamos de algo, aunque no recuerdo de qué, supongo que del tiempo y de cosas sin importancia. Cuando me disponía a separarme de él y a seguir mi camino, en sus ojos asomó una sombra de angustia.

—Te invito a una cerveza.

Acepté su invitación y me condujo hasta un bar que daba a la plaza principal del pueblo y en el que todo el mundo le conocía. Pidió un par de tubos de cerveza y seguimos hablando de temas circunstanciales. En realidad, no sabía de qué hablar con un tipo que parecía una cosa en la obra, una cosa que no me gustaba, y otra muy distinta en la calle, aunque seguía siendo una cosa que no me gustaba. En efecto, sin casco y sin chaleco, vestido como uno más, parecía un ser confundido, un ser que ronda indeciso alrededor de un problema, un remordimiento o un crimen.

Tras varias cervezas, cuando sus ojos habían adquirido un ligero enrojecimiento, le pregunté cómo podía ser tan distinto en la obra y fuera de ella.

Recuerdo que tras unas cuantas cervezas empezamos a hablar de cómo era vivir lejos de casa. Yo le reconocí que no lo llevaba mal, que estaba acostumbrado, incluso que me gustaba, que siempre he sido un tipo solitario que no necesita mucha gente alrededor. Le sorprendía que alguien pudiera hablar así. Él lo llevaba muy mal, le ponía nervioso estar lejos de casa. Por eso se pasaba el tiempo libre paseando por las calles del pueblo o tomando cervezas en los bares, hablando con los camareros y los clientes.

Al día siguiente, en la obra, intenté hablar con él como lo había hecho en el bar, pero vestido con su casco y su chaleco volvía a ser el empleado ejemplar sin tiempo para conversaciones triviales.

Por la tarde volví a encontrármelo en otra parte distinta de El Zarzal. Mucho me temo que me andaba buscando, pues enseguida me pidió mi número de móvil. Fuimos a otro bar en el que también le conocía todo el mundo. Tras varias cervezas, cuando sus ojos habían adquirido un ligero enrojecimiento, le pregunté cómo podía ser tan distinto en la obra y fuera de ella. Su respuesta me sorprendió por lo que revelaba y porque se alejaba de lo que esperaba: un discurso sobre la profesionalidad, la seriedad, la responsabilidad y todo eso.

—Es que en la obra sé lo que tengo que hacer y fuera… fuera no.

—¿No sabes lo que tienes que hacer fuera de la obra? —le pregunté sin haber comprendido el sentido de sus palabras.

—No, no sé… —su boca dibujó una breve sonrisa tímida y forzada— no sé cómo decirlo… en la obra tienes unos objetivos muy claros y todo lo que tienes que hacer es alcanzarlos… pero fuera no…

—Todo el mundo tiene objetivos en la vida… o eso dicen.

—Estudiar, casarte, tener una familia… esas cosas… ya, ya —hablaba torciendo la mirada hacia un rincón del bar en el que no había nadie, evitando mirarme a la cara—, pero no me refiero a eso.

—¿A qué te refieres entonces?

Vaciló un momento, las palabras parecían agolparse en la punta de su lengua, pero no dijo nada. Cambió de conversación, hablamos de otras cosas de las que ya no me acuerdo.

Desde entonces solía llamarme casi todas las tardes para tomar un par de cervezas en alguno de los bares del pueblo. Siempre parecía dispuesto a decirme algo, como si todas aquellas conversaciones no tuviesen otro objetivo que confesar algo sobre lo que continuamente daba vueltas. Por un tiempo pensé que se trataba de su orientación sexual, que era homosexual y que quizás yo le gustase, pero el modo en que solía mirar a las chicas, sobre todo a las jovencitas altas, delgadas, con el pelo largo y los pechos pequeños, indicaba que los tiros no iban por ahí. Con el tiempo me acostumbré a esa sensación y me resigné a pensar que nunca sabría qué quería decirme de verdad.

Aquel año, el 15 de agosto cayó en miércoles y no había puente. Eso nos condenaba a ambos a pasar aquel día de fiesta en El Zarzal. Quedamos a mediodía. El pueblo estaba en fiestas. La plaza y las calles principales estaban animadas por un refrescante aire festivo. Las familias, con sus mejores galas, caminaban juntas y sin prisas hacia los bares. Era un ambiente de fiesta familiar, tranquila, hogareña, íntima. Desde el principio, Rubén Durán me pareció más inquieto de lo normal, como si aquel ambiente festivo le alterara los nervios. Bebimos cerveza y comimos algunas raciones. Yo pensaba que tras el café cada uno se iría para su casa, pero Rubén no quería irse tan pronto. Dijo que me invitaría a unas copas. Yo tampoco tenía nada mejor que hacer. Cambiamos de bar, nos sentamos en la empedrada terraza de un kiosco de la plaza principal, bajo la trémula sombra de un viejo olmo.

En la tarde calurosa, las familias se deshilachaban como el mañanero ambiente de fiesta familiar. Las mujeres y los niños regresaban a casa, los hombres se quedaban a beber. Las únicas distracciones que en aquel pueblo parecían existir para los hombres eran la caza, la bebida y las prostitutas. Por lo general, una cosa llevaba a la otra y por ese orden, con la diferencia de que aquel 15 de agosto la mayoría había sustituido la caza por una breve salida familiar que terminaba tras la comida. Más tarde irían al Puerto, como se llamaba el puticlub de la carretera regional que pasaba junto al pueblo. Mientras tanto, con cada copa, comenzaba a aflorar en los rostros una rancia zafiedad de machos reprimidos. No me gustaba ese ambiente y supongo que a Rubén tampoco, si se hubiera percatado de él. Con la bebida, su conversación se hacía más errática y confusa, las palabras se perdían en silencios, como si se revolviesen en torno a un vórtice de ideas. Su rostro empalidecía y se afinaba, adquiría algo así como la expresión de un dolor espiritual.

—Hace tiempo que quería decirte una cosa —me dijo de repente, tras un silencio más largo. No dije nada, me limité a mirarle, pero él tenía la mirada perdida en los agitados clientes que se agolpaban contra la barra del kiosco—. No le encuentro sentido a nada —habló ahora despacio y en un tono más bajo, concentrando todas sus fuerzas en pronunciar con claridad unas palabras que por alguna razón le costaba sacarse de encima.

Yo no sabía qué decir ante una confesión así. Él esperaba una respuesta.

—No es normal no encontrarle sentido a nada —se decidió al fin tras un largo silencio—; se supone que todo lo que haces en la vida es por algo… pero yo ya no se lo encuentro, no sé por qué hago las cosas que hago… hace tiempo que me siento así, como vacío por dentro…

Sus palabras se perdieron en el bullicio alcohólico que empezaba a llenar la plaza. Ahora me miraba fijamente, había incluso una expresión de súplica en sus ojos. No sé si esperaba de mí una respuesta o un consuelo. En verdad no sabía qué decirle. Esperaba que dijese algo, pero su ansiosa expectación me impedía pensar.

—Bueno —comencé, sin saber siquiera qué iba a decirle— supongo que… bueno, es así, no sé, nada tiene sentido, pero, no sé… se supone que cada uno le da sentido a lo que hace y que cada uno le da el sentido que quiere…

Comprendí que a ese hombre inquieto y lleno de energía le abrumaba su propia existencia, el solo hecho de ser.

—Sí, sí, eso ya lo sé… pero, no sé, no me basta.

Ya no me miraba, de nuevo parecía contemplar a los que se agolpaban en la barra del kiosco. Parecía decepcionado. En el fondo no me importaba, sólo quería irme, pero no me atrevía a dejarlo así. Había bebido más de lo que acostumbraba y en medio de aquellos palurdos borrachos y puteros podía sufrir cualquier accidente. Le dije que estaba cansado y que lo mejor era volver a casa. Negó con la cabeza, meneándola con una testarudez de borracho de un lado a otro.

—En ese piso me vuelo loco, pienso demasiado… sería capaz de…

No dijo nada más, dio un largo suspiro y calló mirando al frente. Permanecimos un rato en silencio. Nos rodeaban las risas estridentes de un montón de borrachos en la caliente tarde de agosto.

—Y qué quieres hacer —pregunté tímidamente.

Rubén se alzó de hombros y murmuró un lastimero no sé. Comprendí que a ese hombre inquieto y lleno de energía le abrumaba su propia existencia, el solo hecho de ser. Y que era una sensación reciente, la consecuencia de alguna historia desafortunada o el resultado de la lenta sucesión de tantos días en los que nunca pasa nada. Pero yo no tenía solución para eso. Al menos algo que le pudiera convencer en ese momento. Se acabaría acostumbrando. Un día se cansaría de vivir agobiado por eso y seguiría haciendo las cosas de siempre, sin preguntarse nada, sin dudar de nada, viviendo, haciendo, siendo. Le dije que estaba cansado, me levanté, me despedí. Contestó brevemente a mis palabras. Le dejé hundido en su silla de plástico, borracho, mirando distraído a la gente del kiosco.

Más tarde me enteré de que tuvo una tarde complicada en el Puerto, de que algunos de los raros amigos que había hecho en aquellas tardes desesperadas le llevaron allí y de que subió a una de las habitaciones con una chica alta y delgada con pechos pequeños y de que algo pasó en la habitación, algo tan grave como para que lo echaran de malos modos.

Al día siguiente apareció en la obra con su casco y su chaleco, activo, enérgico, eficaz. Como si nada hubiera pasado, como si no dudase nunca, como si sólo fuera capaz de hacer.

Juan José Sánchez González
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