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Hablemos, de Octavio Santana Surez

Mosquitos

• Sábado 8 de diciembre de 2018

Mi vida en la pensión, en este pequeño cuarto que entonces me parecía una delicia. El ruinoso refugio donde la esperanza prosperaba. Yo tan contento sentado frente a mi vieja máquina de escribir. Por encima de mí, por la ventana, se derramaba la luz contagiosa de la mañana. Por esa ventana siempre se derramaba algo y a mí eso me parecía bien, era lo correcto y contribuía a que las palabras fluyeran. Y mientras las palabras fluían yo sentía que el mundo era perfecto. Me invadió un ánimo festivo, una alegría temblorosa y extasiada que me oprimía el pecho. Pero de la exaltación, ahora lo sé, sólo queda la tristeza, el desánimo. La certeza, otra más, de la inutilidad de todo esfuerzo consciente. Pero uno siempre aprende tarde.

Por supuesto en ese estado de exaltación no podía escribir. Así que me paré y di una vuelta por el cuarto. Es decir: dos pasos hasta la puerta y dos de regreso. Así una y otra vez, mientras me estiraba, aflojaba los músculos, me rascaba y trataba de sacarme del cuerpo ese aturdimiento que es la alegría. En una de esas idas y venidas observé lo que llevaba escrito y vi un mosquito gordo y negro entre mis palabras, un poco tembloroso, una vibración apenas perceptible debido a una suave brisa. Parecía una letra mal colocada. Una letra embrutecida que se negaba a asociarse con el resto. Desentonaba y parecía maldecirme desde la hoja. No lo observé mucho tiempo. De un manotazo lo aplasté contra el papel. Entre mis bellas palabras quedó un manchón rojo. Mi propia sangre sobre el texto que había escupido antes. Mosquito de mierda, has estropeado mi trabajo.

Lo seguí hasta una mesa al lado de la puerta del baño. Allí estaba sentado un tipo al que me presentó como el profesor. Era del grupo de los que bebían.

Ya no quise seguir. Estaba desanimado y comenzaba a tener hambre también. Así que bajé al bar para almorzar. Estaba a lleno. El Cardenalito y Joseíto, los dos mesoneros, corrían de un lado al otro, entre las mesas, sirviendo aquí y allá comida o cervezas, según que, sudando, vociferando, en una histeria de bocas hambrientas y gargantas sedientas que no se detenían un instante en exigir. El Cardenalito con una eterna sonrisa de dientes blanquísimos y Joseíto arrecho porque los borrachos pedían cerveza haciendo silbar las botellas vacías. Eso lo sacaba de quicio. En la cocina, entre grandes ollas y el calor infernal del fogón, trajinaba María, una boliviana gigante, dueña y señora del negocio, casada con un italiano venido directamente del neandertal.

Me quedé parado a la entrada de ese estremecimiento del caos, ese derroche de energía. Un poco mareado, incluso, ante este estallido de vida. Pensaba en lo fácil que sería enmudecer todo aquello. Lapidar tanta alegría. Todo el mundo es feliz cuando come o cuando bebe. Sí, ya lo creo que sería fácil.

Se me acercó Tany y me preguntó si iba a comer. Le dije que sí. Lo seguí hasta una mesa al lado de la puerta del baño. Allí estaba sentado un tipo al que me presentó como el profesor. Era del grupo de los que bebían. Me senté y esperé a que me trajeran mi plato. Resulto ser un tipo simpático el profesor, de mediana edad, pero envejecido por la caña. La piel de su cara y de sus brazos era roja como la de un tomate y el cabello una lengua ensalivada. Estaba curdo apenas al mediodía y me contaba la historia de su vida mientras yo me tragaba con esfuerzos unos trozos de carne hundidos en un guiso grasoso y un pucho de arroz apelotonado, con unos cubiertos de dudosa limpieza.

Era una historia triste la que me contaba el profesor. Una vieja pena de amor. Las peores y las más aburridas. El profesor hacía esfuerzos por interesarme. Era un artista. Lo había hundido esa mujer desde aquel prestigioso colegio donde daba clases de educación física, hasta este hueco infecto que apenas sí merece el nombre de unidad educativa, en la misma calle de La Amargura, y por el cual sólo aparecía para cobrar el sueldo y bebérselo en honor de ella y de la muerte. Esas dos perras. Porque matarse era lo que hacía. Lenta y deliciosamente se ahogaba en cerveza. Sumergía lo que quedaba de sus escasas fuerzas, las que aún le servían para recordar, en el dulce sabor de la muerte-cerveza. Todos los días un poquito de esa memoria, de aquella mujer, se diluían entre las botellas vacías que se iban acumulando sobre la mesa. Era su venganza contra el mundo, contra la familia, contra los hombres que se casaban y tenían hijos y vivían felices comprando microondas y secadoras. Cerdos que se rascaban las bolas en las colas de los bancos, y les ponían apartamentos a sus amantes y los domingos iban a misa con sus esposas y con sus suegras. A todos ellos les escupía en la cara su inmovilidad, su decisión inexorable de no moverse de su mesa, de tragarse todas las cervezas que el cuerpo aguante y aún más. Un poco más allá. Donde el dolor se desvanece en la nada. Eso es todo. El fin. Un agujero negro. El último átomo desgajándose en el fondo de una botella.

Su historia comenzaba (y yo diría que terminaba) en un lejanísimo colegio, por allá en Prados del Este, fraguado sobre un cerro de matorrales perennemente seco y repleto de guacharacas ruidosas. Era bella la niña. Una catirita de cuarto de humanidades.

—¡Maldito colegio de mierda!… A ese colegio lo conspiraron, ¡carajo!… La culpa es mía, por supuesto… ¿A quién se le ocurre subir esa horrible colina?… Colina, que así le dicen a los cerros en el este… ¿no?… A quién si no a mí se le ocurre meterse en ese agujero, en ese precinto militar… tortura psicológica… No exagero, chamo. Esa cagada era peor que la Inquisición española… A quién si no a mí se le ocurre adentrarse en la edad media en una mañana tan triste… tan lluviosa… tan de mala leche… y llovía, no lo olvides… más bien lloviznaba… que es peor… Esa indecisión del cielo te deja helado, te rompe los huesos… y el matorral bajo la lluvia, eternamente seco… y las guacharacas… destrozaban el aire con su griterío histérico. De locas. Y encima ¡el Himno Nacional!… ¡coño!, era el colmo. Y mientras espero a mi primer grupo de alumnos me entran unas ganas horrorosas de cagar… En serio. Imagínate esa gran explanada de asfalto, las canchas de básquet, de futbolito… voleibol… la piscina al fondo, las gradas… y mi pequeña oficina en un rincón… Y yo parado en medio de esa vastedad… cagándome mientras veía a mis primeros alumnos correr hacia mí. Imagínate que las muchachas no corrían sino que caminaban suavecitas… con sus pantalones de mono y sus franelitas blancas con el emblema del colegio… Imagínate que una de esas bellezas se destacaba sobre las demás porque era la más rubia, porque era la que mejor caminaba, porque esos ojos verdes estaban clavados en ti mientras te cagabas… y ni siquiera sabías dónde coño había un baño… Imagínate que todo eso ha ocurrido y que esa mirada verde, que ahora está sola e impertinente, sentada en una grada, te ha conquistado. Ha sabido conquistarte con una pizca de ironía. Has entendido de inmediato que esa niña de cuarto de humanidades va a hacer contigo lo que le venga en gana… y que tú se lo vas a permitir… le vas a permitir cualquier cosa porque te sabes capaz de sufrir lo insufrible junto a esos ojos verdes… impertinentes… superiores… junto a ese pelo rubio y esa piel blanca y tentadora y resuelta a unirse a tu propia piel con un desenfreno que a sus dieciséis años, a ti, de treinta y tres, te va a resultar alarmante… incluso aterrador… pero qué le vas a hacer… porque al mismo tiempo resulta que esa alarma y ese terror te parecen maravillosos, estimulantes… y por nada del mundo los vas a dejar pasar, los quieres contigo… junto a ti… y quieres convertirte en ese desenfreno de dieciséis años de piel blanca y tentadora… quieres morir en ese calor de piel insensata… eso es todo, chamo… ¿lo imaginas?… ¿puedes?…

Sí, mosquitos. Negros y gordos mosquitos. Repletos de mi sangre hacían la digestión a mi costa.

Y fue todo. El profesor cayó sobre la mesa, roncando profundamente. Una baba viscosa le chorreaba de la boca. Yo mismo no podía con mi alma. Las botellas sobre la mesa se tambaleaban con sólo verlas. Había sido una historia interesante de todos modos. Y triste. Un poeta el profesor. Pagué lo que me dijeron que pagara. Ya no era capaz de realizar el menor cálculo. Y subí como pude, en la oscuridad, hasta mi cuarto. Me desnudé y me tumbé sobre la cama. No supe más de mí, ni del mundo, hasta la mañana siguiente.

Desperté con un ratón bicéfalo y el cuerpo tiroteado por los mosquitos. Eran ronchas grandes, inflamadas, rojas algunas, ensangrentadas otras. Era una masacre. Se habían ensañado conmigo, a discreción toda la noche, aprovechando mi estado. No me había dado cuenta de nada. Sin embargo me había rascado con furia. Lo probaba la sangre que cubría mi cuerpo y las sábanas. Una verdadera carnicería se había gestado durante la noche, un ataque desproporcionado aprovechando la oscuridad y el alcohol. No salía de mi asombro. Era un escándalo sanguinario del que trataba de sobreponerme cuando vi o creí descubrir o, efectivamente, vi, porque ya me iba dando cuenta de lo que era, unos pequeños puntitos negros que salpicaban las paredes de mi cuarto, todas las paredes, de arriba abajo, a todo lo ancho, a todo lo largo, arriba en el techo, también, una verdadera verbena de puntos negros. Me acerqué para cerciorarme. Sí, mosquitos. Negros y gordos mosquitos. Repletos de mi sangre hacían la digestión a mi costa. Me reventó una furia sorda en el estómago, unos virulentos deseos de matar. Gesticulaba frente a ellos, los insultaba. No sabía muy bien lo que decía. Cualquier cosa. Mi odio comenzaba a desbordarse a manotazos. ¡Plaf!… ¡plaf!… ¡plaf!… ¡plaf! Uno tras otro iba aplastando mosquitos contra la pared. En su lugar quedaban unas manchitas rojas y negras, hermosas, delirantes. A los que se colgaban del techo les daba con la almohada y los que lograban volar los aplaudía con ganas. Me daba una risa. Era una bella orgía de sangre. No sé cuánto tiempo pasó. Diez, quince minutos. Sudaba y comenzaba a perder el aliento. Yo que le tengo fobia al ejercicio, que peso sobre los cien kilos, me lanzaba contra el armario, tiraba el colchón contra la pared para abarcar más espacio: cincuenta mosquitos espatarrados de una vez. Esparcía mis manuscritos por el aire. Se creaba un vuelo de papeles entre mosquitos de lo más hermoso.

Terminó como empezó. Del cuarto se apoderó un silencio manso, casi sólido, duro de respirar. Me vi las manos inflamadas, ardiendo y chorreando sangre. Luego vi a mi alrededor, las paredes, el techo. El cuarto era un calidoscopio rojo que nublaba mis ojos. Me mareaba. Una centrífuga tiraba de mí, un torbellino refulgente me jalaba hacia el piso. Y sobre él me dejé caer agotado. Ya no me quedaba ni una pizca de furia. El odio se había condensado en el estómago en forma de ganas de cagar. Y así, muy despacito, me fui desmayando mientras de adentro terminaba de salirme toda la mierda.

Perdí la confianza. La poca que tenía. La que había confundido con ese estúpido estado de exaltación, con el ansia cabrona. Se había ido mi ridícula confianza entre borbotones de sangre y la plasta negra de los mosquitos. Tanta saña me había dejado atontado. Y la inteligencia. Porque aquel ataque despiadado era premeditado. Era el resultado de planes bien trazados. No me cabía la menor duda. Yo era el objetivo de todas sus inmundicias. ¿Yo?, pero si yo no soy nadie. Yo sólo quería escribir mi novelita. Colocar una palabra delante de otra. Nada espectacular. Hacer algo con esta vida inactiva, perdida. Matar el tiempo. No pedía mucho. Y ahora esto, ese ensañamiento, ese espectáculo cruel del que me habían hecho protagonista unos diminutos bichitos que no valían nada. Menos que yo, seguro.

Tomé la costumbre de subir a la azotea. Era amplia y fresca, con un pequeño techo de zinc hacia el centro. Bajo ese techo me sentaba a observar el paisaje: los bloques de El Silencio bajaban en cascada hasta la avenida San Martín. A lo largo de la avenida la hilera de edificios sucios y tristes, las Torres de El Silencio, la Diex. Y detrás de mí El Calvario en todo su abandono y resequedad. Sin duda no servía esa vista para subirme la moral. Pero me mantenía alejado del cuarto y de mis obligaciones literarias, por llamarlas de algún modo. Allí, bajo el zinc, me mantenía dándole al coco. Escribía en la cabeza sin parar. Me llenaba de palabras y de historias. Era un vértigo. En las tardes bajaba al bar y me sentaba con el profesor para escuchar su leitmotiv: la carajita del coño aquella. Yo hablaba poco. De todos modos la gente no te escucha, entretenida en contarte sus rollos. Sus propios peos escalofriantes. Bebíamos como cosacos además, que era lo que yo quería. En la noche Tany cerraba y se unía a nosotros. Al final terminaba por subirnos al profesor y a mí hasta nuestros cuartos. Siempre borrachos los tres.

Debo dejar constancia aquí de que yo no volví a ver un mosquito. Me sentaba en la cama con la luz encendida y miraba en todas direcciones con desconfianza. Pero no, ningún hijo de puta a la vista. Si la borrachera me vencía, caía cuan largo era sobre la cama. En la mañana despertaba picado de arriba abajo. La masacre de nuevo. Si no estaba demasiado borracho, entonces apagaba la luz y me acostaba. No pasaba mucho tiempo antes de oír los primeros zumbidos. Zumbidos premeditados, alevosos. Corría hasta el interruptor y encendía la luz: nada. Recorría el cuarto en todas direcciones. Miraba debajo de la mesa, debajo de la cama. Observaba con lupa las paredes. Me encaramaba en la silla para ver mejor el techo. Buscaba dentro del armario, en mis papeles abandonados. ¡Nada! Habían desaparecido. Así que apagaba la luz y me volvía a acostar. Y de nuevo, al rato, el zumbido de mierda, la pesadilla zumbadora. Vuelta a empezar. Me paraba, encendía la luz y registraba el cuarto con desesperación de sabueso. Pero no encontraba ni un solo mosquito. El cuarto estaba limpio, libre, en silencio. Así una y otra vez a lo largo de la puta noche. Hasta que harto, al borde del llanto, me envolvía en las sábanas, me amortajaba íntegro y así, a fuego lento, asándome en el vapor pestilente de mi propio cuerpo, pasaba la noche.

Eran buena compañía. No hablaban mucho y escuchaban. Quizás por eso yo les soltaba todo el rollo de mi escritura hablada, todos esos recuerdos que quemaban en mi boca.

Era una vida perra y, sin embargo, a veces intentaba escribir. Me acercaba a la mesa, hurgaba entre mis papeles, los ponía en orden, acomodaba la máquina de escribir, leía lo que había escrito hacía ¿cuánto? Mucho tiempo. Un tiempo incalculable, perdido, hundido en una bruma densa, parecida a la memoria de un desequilibrado. Al fin me animaba, me sentaba y tecleaba algunas palabras al azar. No me animaba demasiado. “Prudencia ante todo”, me decía. Miraba a todos lados. Recelaba de cualquier ruidito de nada. No me concentraba y terminaba por dejarlo. Me entraba una cagueta incontrolable y me piraba del cuarto hacia el oasis de la azotea y mi pequeño techo de zinc, donde volvía a ser un poco feliz escribiendo incongruencias en la cabeza. Allí me quedaba hasta la tarde, cuando bajaba a ese otro oasis que era el bar, donde seguía siendo un poco feliz con el profesor, con Tany y con el montón de cervezas que me tragaba. Todos los días escapaba del cuarto, del terror de los mosquitos, de la parálisis, y me instalaba en mi trocito de azotea a salvo del sol. Allí ponía a funcionar el coco, a echarme cuentos a mí mismo, a contarme historias, historias, historias…

Por allí se aparecían de vez en cuando Joseíto y el Cardenalito. Joseíto se quitaba la franela raída y se echaba en el suelo a tomar el sol. El Cardenalito se sentaba conmigo bajo el techo de zinc y se limitaba a observar a su alrededor o a mirarme con esa sonrisa amplísima grabada a fuego en su cara. Entonces yo comenzaba a pensar en voz alta, a contarle a esos dos las historias que hervían en mi cabeza y que no trasladaba al papel. Eran buena compañía. No hablaban mucho y escuchaban. Quizás por eso yo les soltaba todo el rollo de mi escritura hablada, todos esos recuerdos que quemaban en mi boca. Saltaba de aquí para allá. Era una partitura loca. Hablaba de mi infancia y luego, sin transición, de las patéticas experiencias literarias en el Esperpento, para saltar a un desquiciado viaje en mi juventud hasta un pueblito cerca de Bogotá y en seguida al terremoto del 67 y luego a una enfermedad que a punto estuvo de pasarme al otro lado. ¿Antes o después del terremoto? Ya no lo sé. Y no importaba. Lo verdaderamente importante era escribir, contar historias, el lenguaje, la música, desgarrar a punta de coñazos la cortina de hierro tras la cual se escondía… ¿qué? No lo sé. Un misterio quizás. Así se nos iba la mañana. Luego ellos bajaban a trabajar en el bar y yo los seguía un poco después a borrar mi existencia a punta de cervezas.

A veces subía el profesor y se sentaba junto a mí y nos poníamos a hablar. Casi siempre hablábamos, ¿tengo que decirlo?, de la carajita aquella, su obsesión. Yo también hablaba y un día le conté de los mosquitos. Se lo conté como una historia, pero él lo entendió de inmediato. Lo vi en su mirada, en la manera en que me miraba y sonreía y al mismo tiempo se ponía triste. A la mañana siguiente se apareció en mi techo de zinc con una raqueta rarísima. Era amarilla y azul, del tamaño de una raqueta de bádminton. La trama de la raqueta era de metal muy fino.

—Es una raqueta eléctrica —dijo.

—¿Y para qué coño sirve, profesor? —pregunté.

—Para matar mosquitos —dijo mientras abanicaba la raqueta delante de mi cara de idiota y se reía a carcajadas. Yo también me reí y tomé la raqueta de sus manos y practiqué mi revés mientras le daba las gracias. El buenazo del profesor. No iba a ser yo quien le dijera que no había visto un mosquito hacía siglos. Ese día agarramos una pea faraónica.

La raqueta la dejé junto a la máquina de escribir y no la volví a tocar. La mesa se me iba llenando de objetos inservibles o, al menos, a los que yo era incapaz, en mi estado, de encontrar utilidad. Pero a ver, ¿cuál era mi estado? Eso era difícil de precisar. Desintegrado quizás. Sí, puede ser. Un estado de desintegración, como si me estuviera desvaneciendo y perdiendo contacto con la materia que me rodeaba. Pero no sé. Esta explicación es muy complicada y, sobre todo, demasiado literaria. El caso es que vegetaba e iba perdiendo interés por todo. Incluso el techo se me iba disolviendo en una bruma alcohólica y mis oyentes ocasionales cada vez subían menos, aburridos, quizás, de mi cháchara incontrolable, de ese fluir constante de historias que en el fondo no entendían o no les interesaban. Entonces volví a mi cabeza, a escribir para mí mismo, único lector fascinado por las palabras, por ese tableteo musical que escuchaba, sin necesidad de oídos, en la intimidad de mi cerebro.

El profesor se puso en pie tambaleándose y me acarició la cabeza, desarreglándome el pelo como a un niño a quien no se le pueden responder de otra manera sus impertinencias.

Cuando bajaba al bar siempre me sentaba con el profesor. A veces, cuando el trabajo se lo permitía, Tany nos acompañaba. Muchas veces ni siquiera nos cobraba las cervezas. Y tomábamos como cosacos y hablábamos mucho, los dos al mismo tiempo (Tany sólo escuchaba), atropellando las palabras con la furia de los desesperados que intentan, inútilmente, llegar antes a algún sitio. ¿A dónde? Yo no lo sabía. Pero debí intuirlo, debí verlo en aquel rostro tenso y derrotado, en aquella mirada apenas irónica del que está más allá del dolor. Pero sólo noté que la piel de su cara, esa piel rojísima, se estiraba, o ya estaba estirada desde quién sabe cuándo, pero seguía estirándose, allí, frente a mí, y que bastaba que una simple mosca se posara sobre ella para que se desgarrara y cayera hecha jirones sobre la mesa. Entonces vi que el profesor tenía un cigarrillo entre los dedos y que lo encendía. ¿De dónde demonios lo había sacado? Nunca lo había visto fumar. ¿O sí? No lo recordaba. Estaba seguro de que no.

—Ah no. Eso sí que no —le dije—. ¿Está tratando de matarse acaso?

Pregunta de lo más estúpida, lo admito, que al profesor le causó gracia, porque soltó una fenomenal carcajada al tiempo que apagaba el cigarrillo y se lo guardaba en un bolsillo de la camisa. A mí esa risa me inquietó de inmediato. Era una risa seca, burlona y rabiosa. Como si me estuviera abofeteando con ella, restregando en mi rostro la tremenda estupidez de mis palabras.

El profesor se puso en pie tambaleándose y me acarició la cabeza, desarreglándome el pelo como a un niño a quien no se le pueden responder de otra manera sus impertinencias. Luego se fue a su cuarto. Esa noche yo me quedé más tiempo. Seguí bebiendo hasta perder la conciencia.

A la mañana siguiente no hubo techo. Tany toco la puerta de mi cuarto cuando aún estaba desamortajándome y rascando las picadas de la última sesión nocturna con los mosquitos. Me preguntó si había visto al profesor. Le dije que no y le pregunté la hora. Eran pasadas las once. Había dormido más de la cuenta. Le pregunté si lo había buscado en mi techo de zinc. Me dijo que sí y que no lo había encontrado y que por el bar no había caído. Le parecía extraño porque él solía estar temprano en el bar para sus primeras cervezas o en el techo conmigo. Nos miramos en silencio unos segundos y luego Tany dijo: “Vamos”. Me vestí y lo seguí. Recorrimos los pasillos apenumbrados de la pensión, por un tiempo que me pareció exageradamente largo, hasta la habitación del profesor. Yo nunca había ido. Nos quedamos los dos parados frente a la puerta, inmóviles, como idiotas o idiotizados o, más bien, asustados ante lo que, tras la puerta, nos esperaba o intuíamos encontrar. Tany tocó la puerta. Profesor, llamó. Nada. Volvió a tocar, esta vez con más fuerza. Profesor, ¿está allí?, gritó. Tany, tumba la puerta, le dije. Entonces se alejó y se lanzó a toda carrera. Su pesada humanidad chocó contra la madera podrida por el tiempo y la puerta crujió y luego cedió, cayendo hacia el interior del cuarto. Un vaho de alcohol se derramó sobre el pasillo como un viento etílico largamente represado. El profesor estaba acostado boca arriba en la cama. Los ojos abiertos miraban de soslayo una botella de vodka casi vacía que su mano derecha aún aferraba en un último intento de beber un trago. De su boca, también abierta, salía un hilillo amarillo que había formado un pozo sobre el colchón, cerca de su oreja. El cuarto olía a mierda, vómito y curda. Una mezcla repugnante. El profesor se había cagado encima durante la noche, eso era evidente. También había rastros de vómito en el cuarto, salpicaduras ácidas y amarillas, semisólidas y malolientes que pincelaban y decoraban lo que se había convertido, a todas luces, en una tumba. Y botellas a montones, de todo tipo, de todas las marcas, casi todas vacías: whisky, tequila, vodka, ron, ventarrón, caña clara, cocuy, aguardiente, anís, etc., etc., etc., etc. Una rumba. Entonces caí en la cuenta de que la noche anterior se había ido más temprano. Mucho más temprano que de costumbre. Ya lo tenía decidido. Recordé su risa macabra y la manera en que se despidió de mí. Me pasé la mano por el pelo con la tonta esperanza de encontrar algo del calor de aquella mano. Se había puesto todo tan frío de repente, tan, ¿cómo decirlo?, aséptico y helado, como en una clínica. Yo lo miraba. Miraba ese rostro en el que se dibujaba una mueca indescifrable. ¿Reía o lloraba? La dos cosas quizás. Una tragicomedia de la que el profesor había adelantado el último acto. Y ya. Eso es todo. Vi a Tany parado a mi lado con los puños en la cintura. No salía de su asombro. De su confusión, diría yo. No entendía nada. Giró su rostro hacía mí y encogiéndose de hombros dijo:

—¿De dónde carajo sacó el dinero para toda esta curda?

Esta es la esquina de mi vida. El rincón del descanso y el olvido. No habrá fuerza sobre la tierra que me desesquine. No hay suficientes mosquitos en el mundo.

Yo no lo sabía.

Pero eso pasó hace mucho tiempo. Cuando todavía salía. Ya no. Pero a quién coño podrá importarle cuánto tiempo llevo encerrado entre las cuatro paredes de este cuarto estrecho y asfixiante. Demasiado. ¿Habrá un alma caritativa? Lo dudo. Yo lo cuento de todos modos.

Por la ventana se derrama el canto lejano de los gallos. Por esa ventana siempre se derrama algo, ¿verdad? Pero a mí ya no me parece tan bien, o me da igual.

Y aquí, en este encierro de paredes desconchadas, encierro minúsculo y en bancarrota, el zumbido inesperado de los mosquitos. Es una vergüenza pero me encuentro acurrucado en una esquina observando las baldosas sucias y descoloridas, pero atento al zumbido voluntarioso que, lo sé, se dejará caer en cualquier momento y será una tormenta en mis oídos, un chasquido de horror que apartaré inútilmente de un manotazo.

Pero yo no me muevo. Esta es la esquina de mi vida. El rincón del descanso y el olvido. No habrá fuerza sobre la tierra que me desesquine. No hay suficientes mosquitos en el mundo. Ya podrán tocar la carcomida puerta, o golpearla. Entrarle a patadas o echarla abajo. Este es el rincón que he elegido para vivir este zumbido que ahora vuelvo a escuchar y que de un manotazo aparto. Entonces los veo. Son cuatro, parados sobre las baldosas, frente a mí, a escasos centímetros de mis pies. Pero, ¿alguien ha visto alguna vez mosquitos parados sobre el suelo? En la mesa, junto a la máquina de escribir, descansa la raqueta eléctrica. La veo de reojo. Pero, ¿para qué? ¿Qué sentido tiene chamuscar a estos cuatro? Siempre habrá mosquitos para torturarte. Uno detrás de otro, indefinidamente, sin sentido, hasta el aburrimiento final. También veo de reojo mi vieja máquina de escribir. Quizás la veo con nostalgia, con cierta dosis de remordimiento. Pero yo estoy inhabilitado. Yo no me muevo de mi rincón. ¿Escribir? Pero si puedo escribir en mi cabeza. Contarlo todo sin mover un dedo. Desbordar la imaginación para mí mismo. Después de todo a nadie voy a seducir. Más vale contarse historias uno mismo, olvidarse del mundo grosero más allá de esta esquina y de estos cuatro mosquitos que me sitian, me observan y me juzgan.

Meditar. Pero ¿meditar en qué? Lo he pensado todo y no he hecho nada. Sólo queda este enorme cansancio, el rancio hastío. La prueba concluyente es que no quiero ni moverme. Es fácil prever lo que vendrá. Pero no dan ganas ni de matarse.

Quim Ramos

Quim Ramos

Escritor y fotógrafo venezolano (Caracas, 1965). Reside desde 2015 en Barcelona, España. Fotógrafo con veinte años de experiencia en fotoperiodismo, desarrollada en medios de comunicación como el Grupo Últimas Noticias y The New York Times y agencias de noticias como Reuters, EFE y Anadolu. Ha publicado la novela corta Los rayos también terminan en el abismo (Lector Cómplice, 2015). Textos suyos han aparecido en Publicarte. Fue tercer finalista del concurso fotográfico sobre cambio climático Intalent 2016.

Sus textos publicados antes de 2015
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Quim Ramos

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