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Ni loca ni desquiciada

martes 12 de marzo de 2019
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Se mecía bajo el encanto del repetitivo y rítmico crujido de la madera sobre el suplicante piso mientras fijaba la vista en el televisor. Su vida era como el vaivén de su mecedora. Los eventos eran cíclicos, predecibles, monótonos: la impaciente búsqueda de la pastilla o de la cápsula de turno entre el tumulto de cajas y de frascos sobre una mesita del cuarto; el auxilio de su único hijo tras leer cada uno de los récipes y reordenar los horarios para administrar los medicamentos; la plática y el trabajo de la peluquera y la quiropodista que le visitaban los viernes. Hasta el incómodo momento en el que su esposo golpeaba la puerta, se le pintaba en rutina.

Pulsó insistentemente. Se le cayó el mundo cuando la puerta fue abierta. Rabia. Decepción. Tristeza. Asió su bolso como para apoyarse.

Invariablemente alrededor de las dos de la tarde, escuchaba tres o cuatro golpes en la puerta acompañados de un susurro que pretendía ser una súplica y que se desvanecía en un quejido. Estaba segura de que él realizaba un penoso trabajo para lograr aquellos golpecitos y estaba mucho más segura de que la enfermera era quien le acompañaba y le sostenía porque aquel hombre no podía mantenerse en pie por sí solo. Entonces, casi maquinalmente, ella se hundía en las cuentas de un rosario y aceleraba el movimiento de su mecedora. Cuando volvía el silencio, desaceleraba hasta detenerse, pasaba las manos por los cabellos blancos y se entregaba al ajetreo propio de su precoz vejez: que si no conseguía los anteojos, que no sabía dónde dejaba el control remoto del televisor o que no recordaba dónde había dejado la prótesis dental. Aquella tarde encontró los anteojos, ubicó el control remoto y sintió la prótesis en su boca.

La cama, la mecedora, el televisor, la mesa de noche, todo estaba apretujado. Caminó por el reducido espacio entre los enseres mientras chequeó que estuviera el cobertor recogido sobre la cama y sobre éste, las almohadas apiladas y, sobre la mesita de noche, las torres de frascos y de cajas vacías, llenas y medias llenas. Después, se tumbó en su mecedora y cerró los ojos.

 

Se miró frente al espejo de cuerpo entero de su cuarto matrimonial. Se palpó los senos. Pudo haberse hecho los senos. Se levantó la blusa. Tenía panza. Metió el abdomen. Seguía teniendo panza. De paso, celulitis. Se dio media vuelta para juzgar sus pompas. Pompas planchas. Pasó a cuestionarse como amante. Pudo haber sido mejor en el sexo oral. Debió haber permitido la penetración anal. Frunció el ceño y negó con la cabeza. Era un absurdo. Tomó su cartera y se apresuró a salir.

El espacio oscuro desapareciendo frente a la invasiva luz que entraba durante el proceso de apertura de las hojas del elevador le pareció una metáfora de su ceguera matrimonial. Tal como le habían notificado, el departamento de enfrente era el que rentaba su esposo. Tocó desesperadamente la puerta. Usó para ello el anillo de casada. Para algo debía servir el anillo. Se dio cuenta de que había timbre. Pulsó insistentemente. Se le cayó el mundo cuando la puerta fue abierta. Rabia. Decepción. Tristeza. Asió su bolso como para apoyarse. Había abierto el amante de su marido, como le habían dicho. Lo escrutó de pies a cabeza. Se hallaba desnudo de la cintura arriba, sudoroso. Su media desnudez develaba un joven fornido y atractivo. Sacó cuentas. Esa virilidad le reveló el rol de su esposo. Estaba en presencia del marido de su marido.

La juventud le había robado quince años. No. No había sido la juventud. No hubo lágrimas ni gritos ni aspavientos. Sintió vergüenza, vergüenza de sí misma. Había ido a reclamar la infidelidad de su esposo a un hombre. Hubiera preferido reclamarle a otra mujer. Fue triste asumir que el hombre de su vida no era hombre.

 

“Amara, abre”. Esa tarde alcanzó a oír claramente la moribunda voz del hombre y el miedo le inundó la piel y fue a dar hasta sus débiles huesos. “Dame tu perdón”. Escuchó dos golpes y pensó que el esfuerzo debió haberle restado las pocas energías. Si a ella la vejez se le había adelantado, a él la muerte se le apresuraba. Si a ella el acoso le tocaba la puerta, a él la muerte le asaltaba la conciencia. Según le decía su hijo, su padre se había convertido en tierra fértil para brotes de ampollas y erupciones en la cara, en el pecho, en las manos, en las piernas.

Se dejó caer en la silla y empezó a mecerse; encendió el televisor y miró la pantalla. “Amara, por favor”. Se mordió la carne interior de la mejilla. El miedo le recorrió las articulaciones y se le mezcló con la osteoporosis. Fue un suplicio haber aceptado su regreso so pretexto de la enfermedad. A pesar de que aquel despojo de hombre, recreado a partir del hilo del ruego diario, no podía herirla, ella seguía sintiendo miedo y desasosiego con tan sólo oírlo.

 

Cuando le arrojó el contenido del vaso en la cara, se sintió vulnerada. No entendió lo que le dijo pero interpretó su furia cuando lanzó el plato contra el suelo y se hicieron trizas, el plato y su vida.

El marido la dejó deshonrada, vejada, maltratada. Manchada de rímel, de sudor, de lágrimas y de sangre, logró levantarse penosamente.

—¡Que lo recojas! —gritó arrebatado y colérico.

Amara, temblorosa y desconcertada, no supo qué decir ni qué hacer.

No supo cuando la agarró por los cabellos y la hizo arrodillarse.

Le pareció que él sintió placer jalando la madeja de pelos como un títere. Ciertamente, le dio gusto que ella le mirara desde el suelo, implorante y endeble. No le importaron la humillación ni las lágrimas.

 

Ante cada desahuciado golpe en la puerta, ella hacía y deshacía un moño sin llegar a detener la mecedora. Hurgó más allá de sus memorias, donde no había querido recordar. Sus labios temblaron y sus manos dejaron de hacer y deshacer el moño. El recuerdo traído, llevado y vuelto a traer la había trasladado a un estado límbico de inconciencia.

 

La levantó de un jalón y, de alguien haberlos visto, hubiera sentido una honda lástima por el ultraje y la deshonra. Asumió la igualdad de géneros, olvidó que era ella la mujer, empuñó la mano y le golpeó la cara a nivel de los pómulos. El impacto retumbó en el espacio y el rojo de la cara señaló la inclemencia de la rudeza del hombre. La arrojó contra la pared y, una vez en el suelo, de un tirón sostenido y brutal, la hizo poner de pie. Hubo más que bofetadas. Los gritos de auxilio y de odio se convirtieron en alaridos que se fueron apagando en lamentos y sollozos como si hubiera sido atropellada por una manada de bestias.

Nadie la ayudó porque nadie llegó. El marido la dejó deshonrada, vejada, maltratada. Manchada de rímel, de sudor, de lágrimas y de sangre, logró levantarse penosamente y trastabilló entre el caos de comida y de vidrios rotos. Tendría que decirle la verdad a su hijo. La vergüenza propia y la autocompasión entorpecieron y entorpecerían, la coordinación entre sus pensamientos y sus movimientos durante muchos años. Desde entonces, Amara luciría cansada, envejecida, más muerta que viva. Desde entonces luciría taciturna y desvariada.

 

Se libró del golpe de la puerta, del movimiento de la mecedora y del hacer y deshacer de las manos. Dejó de morderse la comisura de los labios. Se levantó y abrió una de las gavetas. Tomó unas pastillas y las pasó con un medio vaso de agua que halló sobre la mesita que le acompañaba. No hubo más llamadas ni ruegos a su puerta. Se acostó boca arriba, puso sus manos juntas sobre el pecho en posición mortuoria y se abandonó a un conato de descanso.

Esa misma noche, a la medianoche, tocaron a la puerta con un golpe fuerte y seco. Amara se mantuvo sumida en la oscuridad de su confort, abandonada en algún recuerdo o extraviada en el ahora.

—Abre, mamá.

El hijo hubiera podido abrir la puerta pero prefirió no hacerlo.

—Abre, mamá.

Ella hubiera seguido en aquella inercia si no hubiera escuchado:

—Papá ha muerto.

Detuvo la mecedora y, aún a oscuras, caminó por el reducido espacio hacia la puerta sin trastabillar, sin torpeza. Encendió la luz y vio el rostro de su hijo cubierto de lágrimas. Ni un asomo de tristeza o de pesar pudo verse en el rostro de Amara. No habría que temer de quien había sido su esposo. La zozobra desaparecería frente a una oleada de paz.

Se enjugó los ojos por debajo de los anteojos asidos por una cadenita que le avejentaba más que las arrugas y la incipiente joroba.

Al siguiente día, cuando la curiosidad le animara a ver el rostro del muerto, se apoyaría en el vidrio del féretro y en un instante se trasladaría a un sentimiento de sosiego. Hubiera sido difunto si le doliera, si lo llorara, pero era un muerto cualquiera. No reconoció en aquel cuerpo al hombre con quien se había casado. Se acomodó las gafas e intentó identificar algún rasgo que le pareciera familiar, pero el esfuerzo fue en vano. No quedaba un ápice, no había un pedacito del hombre de un pasado muy lejano y algo feliz con el cuerpo depositado en esa caja. Se sintió desubicada porque, al fin y al cabo, era ella la viuda, la viuda que no lloraba.

Entró al cuarto donde él había fallecido y aún olía a enfermo, a medicinas, a alcohol isopropílico.

El mismo cuarto matrimonial con su antigua cama y con el mismo espejo de cuerpo entero. Se detuvo frente a ese espejo. Quiso verse como antes. Añoró la forma de sus pompas y de su abdomen cuando se juzgaba fea, cuando todavía era joven. Cayó en cuenta en la historia de su estima y dibujó una mueca que no llegó a ser sonrisa. Abrió la primera gaveta de la mesita contigua al lecho mortuorio y agarró un frasco de pastillas. Sacó del bolsillo de su bata uno de tantos frascos de pastillas que tomaba y que había depositado en el bolsillo cuidadosamente. Leyó ambas etiquetas y sus ojos se humedecieron.

—Mamá.

Fue triste haber sido sorprendida en ese hallazgo. Se enjugó los ojos por debajo de los anteojos asidos por una cadenita que le avejentaba más que las arrugas y la incipiente joroba, guardó los frascos en el mismo bolsillo de la bata, se alisó los cabellos con una de las manos y se mordió las comisuras internas de los labios.

—Hijo.

No quisieron decir ni hacer nada más. Ella pasó por delante del hijo, más torpe que nunca, acomodándose los anteojos. Posó una de sus manos en su pecho. Al poco tiempo entraba a su cuarto y se dejaba caer sobre la mecedora. Se mecería toda la noche y parte de la madrugada. Pensaría en el muerto, en el peso de su conciencia y en la angustia por recibir la absolución que nunca llegaría.

Reneé González Martínez
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