“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Un soñador

sábado 6 de abril de 2019

Los árboles exhiben orgullosos sus pobres copas, supongo que por desafiar al viento, que castiga y pega en el arenal frente al puerto. De allí parten unas embarcaciones que cruzan el río rumbo a la otra orilla. Me lo paso mirando a través del ventanal, imaginando esa orilla. Pero duermo demasiado según mi vieja. Puede ser, porque cuando me despiertan sus gritos disfruto pensando en que me voy a dormir otra vez enseguida. Mis noches son cerradas, de escasa estrella. En el cole me enseñaron que Uruguay es nuestro vecino. Pero “se aprende más en la calle”, dice el viejo. “Cansada debería estar yo”, refunfuña mi vieja. Todo, mientras yo me imagino cosas y escribo. Armo historias con la ayuda de un lápiz despuntado. Me contaron que con la computadora se escribe mejor o en los celulares. Mi viejo tiene un celular, lo usa para mandar chistes y fotos. Y también mensajes extraños como en código… Si los códigos son secretos, en qué andará el viejo. Tengo 14 y no quiero meterme en líos ni pudrirme en cana como él, que se bancó años a la sombra. La vida es sueño, decía ¿quién? No presto atención en clase, es mi problema, me recuerda mi vieja. Yo duermo, escribo: los fines de semana me inspiro mirando a través del ventanal. ¿Cómo será Uruguay?, tengo terror de perder mis sueños. Los árboles exhiben orgullosos sus copas. Yo no me siento orgulloso de nada, excepto cuando miro el río y esos barcos se pierden en la distancia. “Jamás vas a poder viajar”, gritan los viejos disgustados conmigo, la vieja porque no estudio y el viejo pues no soy tramposo como él. A mí me da entonces una puntada áspera en el estómago. Igual, no sé si me gustaría viajar. Sólo disfruto mirando el ventanal. Y también en la cocina… Como ahora que escribo, y las paredes se humedecen por el vapor de las cacerolas del guiso que prepara mi vieja. En el antiguo reloj de pared, las agujas marcan las 12. Adormilado, dejo de escribir. Y el tiempo va hacia atrás: la noche cae y honra al día, pero se vuelve todo negro y reaparece mi infancia. Lentamente, apoyado sobre la mesa como si fuera entre los brazos de la vieja que antes me sostenía, se suceden los recuerdos. Algunos, lindos; otros fuleros. Entre lagañas, el olor a lentejas me despierta, y veo la vajilla acumulada. Puntada en el estómago… Toc, mi viejo abre la puerta rabioso. Se sienta a la mesa. Engulle como un pavo, toma mucho. Borracho, enciende la tele. Los gritos salen ahora de la caja boba. Despertar para mí es como dormir, una pesada rutina. Sin embargo, las barcazas van y vienen, y los transportadores se fugan a la otra orilla. Ahora que lo pienso, mi vida se limita a mirar y soñar escribiendo. Pero duermo, demasiado. Me lo recuerda mi vieja, que repite cosas sobre mi destino. Será que ella no se da cuenta de que si no fuera por el río y este lápiz despuntado, yo ni me despertaría.

Paula Winkler
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