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Tres relatos de Guillermo Aguirre-Martínez

martes 9 de abril de 2019
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Delación

Agonizaba en el suelo; era plenamente consciente de su infausto destino. Se convulsionaba con los ojos como globos y los labios como en círculo. Todo él parecía un pez luchando enérgicamente por regresar a esas aguas de las que quedaba ya lejos. Espasmódicamente retorcía sus aletas y hasta su cola, lo que contrastaba con la fijeza de sus repulsivos ojos, a cada momento más y más hinchados. Reventarían, pensé, pero no, increíblemente aguantaron en su sitio pese a la horrible presión. Todo resultaba repugnante, y no sólo la mirada o ese revolcarse por el suelo tan rabiosa y ferozmente; su silencio, su incapacidad para emitir sonido alguno, resultaba algo atroz. La boca, ansiosamente abierta, dio paso a unos agudos silbidos y entonces debió de asfixiarse pues de inmediato la volvió a cerrar, girando sobre sí mismo y retorciéndose por toda la habitación al compás de algunas contracciones de branquias. Fue en uno de estos vaivenes cuando, presa de asco, náusea y angustia, alcé el arpón y lo clavé con fuerza en su costado. Segundos después, con sus ojos fijos sobre los míos en vengativa delación, con la cola casi apoyada sobre su quebrado cuello y todo él ahogado en una espesa alfombra de sangre, había expirado. Sólo entonces sentí mis pulmones expandirse y creí al fin revivir, sólo entonces.

 

La calle

¡Ayúdenme, ayúdenme!, me devoraban las entrañas, los perros, en la acera de la calle. Gritaba, me retorcía de dolor ante la presencia distraída de algún que otro transeúnte o el escupitajo, impertinente, con que otros me saludaban. Me echaron barro, me cubrieron de orín. Me negué a ofrecer resistencia. Ayúdenme, pensaba, aun cuando poseía la certeza de que poco quedaba de mi persona, de que primero las extremidades, luego las entrañas, iban dejando de formar parte de mí para convertirse en aislados objetos. Después, todos aquellos perros se marcharon mientras otros nuevos llegaban, unos para babear, otros para orinar, y otros simplemente con el afán de llevarse algún último hueso. ¡Por favor, ayúdenme!, salió aún un hilillo de voz, alcanzando los oídos de los pocos viandantes que quedaban por la calle.

 

El caminante

Ver a todos aquellos pájaros alzar el vuelo fue una imagen sorprendente. Surgieron de improvisto, se abalanzaron en un torbellino de alas y fuego y salieron de allí con un jirón bajo sus garras. En otras ocasiones había reparado en episodios similares, pero nada como el de hoy. Era usual ver cómo aquellos pajarillos se arrojaban sobre alguno de sus polluelos y dejaban de él, si acaso, la pelusa que precede a las primeras plumas. No era asunto de uno o dos, sino que los mismos progenitores invitaban a cada criatura del bosque a tomar parte del festín.

Esta vez fue distinto. Aquel caminante que a diario recorría la arboleda me saludó distraído antes de dejarme atrás. Le seguí un rato con la vista. Lo siguiente fue una hermosísima, vivísima imagen: una nube de pajarillos y más pajarillos, un visto y no visto, decenas, cientos, miles de plumas y de garras abalanzándose sobre aquel hermoso fruto, picoteando su leñoso tronco con tal celeridad que, en el curso de unos instantes —debieron de transcurrir sólo instantes—, todo él, su agónica sonrisa, su anodina figura, había quedado reducida a una nada, a un lastimero aullido borrado ya por el viento.

Guillermo Aguirre-Martínez
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