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La elección

jueves 9 de mayo de 2019
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Así será en la venida del Hijo del hombre. Estarán dos hombres en el campo: uno será llevado y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo: una será llevada y la otra será dejada.
(Mateo 24: 40-41)

El día en que el siervo menos lo espere y a la hora menos pensada el señor volverá. Lo castigará severamente y le impondrá la condena que reciben los hipócritas. Y habrá llanto y rechinar de dientes.
(Mateo 24:50-51)

Amémonos los unos a los otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de él y lo conoce. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.
(1 Juan 4:8)

I.

Voy afrontando el espeso viento cargado de polvo. Sus ráfagas veloces y violentas. Viento seco y caliente que levanta oleadas de polvo rojo. El calor lo vuelve casi sólido. Golpea con fuerza, empuja y hasta hiere. Soy apenas una mujer de 60 kilos que lleva un morral atado a la espalda. No soy ni sólida, ni inmortal. Pero voy en busca de mi Pastor, al que amo, y el Amor es más fuerte que cualquier tempestad, cualquier ventarrón: hasta que la muerte.

Sufrí por meses el exilio, el desprecio y la soledad. Y él nunca más se me acercó, quizás por presiones eclesiales o familiares.

Años ha, me acusaron de haber acosado la virtud de este Pastor con mensajes de amor. Me acusó la esposa del Pastor. Me acusaron sus hijas. Y mujeres de la congregación conformaron un coro acusador. Entre todas se encargaron de expulsarme y de lapidarme moralmente. Como Furias desatadas, como Erinias castigando los presuntos ultrajes: Megera, la de los celos, sobre todo. La verdad fue que el Pastor había comenzado a enviarme mensajes más o menos sugerentes, sesgando las Escrituras. Era un hombre sensible e inteligente, melancólico y solitario, una especie de poeta silvestre que había encontrado en mí interlocución y amistad. Y yo, una mujer educada, refinada y que se preciaba de ser racional, pero que tal vez se había apartado demasiado de las delicias del genuino y espontáneo amor. No creo que haya habido maldad, ni mala intención, en los actos y los gestos de aquellos días: fue simplemente dejarnos llevar por un idilio que era hermoso, que enriquecía la vida y parecía inocuo. Así, me fui enamorando del Pastor y lo fui amando tal como el Apóstol escribiera en I Corintios:13, y tal como Juan dijo que el Señor amaba a sus amigos. La verdad fue que los dos fuimos culpables (o inocentes, pues jamás fuimos más allá de la contemplación desde las rejas de un Paraíso que siempre supimos imposible). La verdad fue que él, ante el escándalo, dejó que me culparan y me llenaran de deshonor. Y yo callé las circunstancias, acepté todas las culpas, renuncié a toda posible salvación si me justificaba, porque al amarlo y considerarlo mi amigo, preferí que siempre fuera para otros obrero aprobado. Porque lo que yo perdiera era incomparablemente menor que lo que él pudiera perder. Sufrí por meses el exilio, el desprecio y la soledad. Y él nunca más se me acercó, quizás por presiones eclesiales o familiares, quizás porque temía debilitarse en mi presencia y rendir su virtud, aunque estoy segura de que yo no hubiera rendido la mía: amo mi cuerpo y su sensualidad y en mi alma batallan siempre los placeres de ese cuerpo y el espíritu que los devora. Pero amo más mi alma como para permitir que se pierda. El tiempo, ese ungüento, sanó las heridas y me dio paz. Ciertamente, aún hay cicatrices que a veces se irritan. Sin embargo, mi amor y mi amistad resistieron toda hostilidad y agresión y subsistieron como subsisten los cactus en el desierto.

 

II.

Desde hace días no se escuchan niños, ni perros, ni gatos, ni aves de corral, ni pájaros. Dicen que las hijas de la hermana Angie ya no están, pero ella sí. Dicen que toda la familia de la hermana Janett se fue: hasta Victorino, su gato. Tiene que haber una lógica en esta forma de selección, pero sólo Dios la conoce. Dudar en este momento no nos es lícito, ni conveniente. Solamente hay que esperar, aunque sea difícil. Porque las desapariciones se siguen produciendo. Desde hace quince días, sopla este viento caliente que viene del este. No hay electricidad, ni teléfonos, ni Internet, ni redes sociales, así que poco sabemos. Un vecino que tiene un receptor de batería y se comunica con otros sus iguales, nos habla de terremotos e incendios desde el Cabo de Hornos hasta el Yukón, desde Beijing hasta Nueva York, desde Tokio hasta Mumbai y desde Jerusalén hasta Damasco. Al principio y que hubo saqueos y fue necesario dispersar las muchedumbres con chorros de agua, perdigones de plástico y hasta balas. Ya no. Hay demasiado miedo. Los ricos y los poderosos intentan inútilmente comprar pasajes hasta su salvación. Algunos han sido asesinados y descuartizados. Hasta los ateos se vuelven a Dios y los testigos apocalípticos se levantan en las plazas para recordar que el Señor ya viene, que el Cordero está abriendo los sellos.

Primero fue el enrojecimiento de la luna llena y el halo circundante de arcoíris que la rodeó en la noche del equinoccio de otoño, seguido del primer temblor. La tierra rugió desde su entraña durante casi cuatro minutos y se estremeció mientras todo caía: platos, vasos, adornos, libros, lámparas, cornisas, trozos del techo, ramas de árboles, árboles incluso, paredes enteras, casas. Salimos despavoridos a los patios y las calzadas. Dicen que la décima parte de las ciudades del mundo fue devastada. Luego, cuando el cielo ya estaba cubierto con los astros de la noche, se enrolló de repente como si fuera un trozo de pergamino: todo se volvió negro y comenzó el segundo temblor, el que hizo agrietar la tierra en fisuras que se abrían y cerraban como fauces de alguna trampa, llevándose a algunos que, gritando de terror, no sabían cuán afortunados eran. Después, los temblores se han vuelto consuetudinarios y con ellos los incendios, las inundaciones, las catástrofes. Todo esto ya había sido profetizado. Durante años lo venían anunciando, aunque sin decir ni día, ni hora, porque eso sólo el Señor lo sabía, pues él llegaría como ladrón en la noche. Yo recogía de mi huerto todos los frutos que podía y buscaba cómo conservarlos. Asimismo, almacenaba leña, yesca, agua, aceite y harina en abundancia, como había sido dicho. Pero igual siento que me agarró desprevenida.

Se sabe que los que se queden sufrirán circunstancias terribles, de enorme sufrimiento, y quizás algún día alcanzarán misericordia.

De mis vecinos más cercanos, sólo ha desaparecido el señor Tereso, un anciano que todos los días pasaba por mi casa al amanecer rumbo a su iglesia, para la intercesión matutina. Todos los demás esperamos, agobiados por el viento rojo, la decisión que nos lleve, o nos deje. Uno puede creer que sabe lo que merece, pero en verdad, sólo Dios sabe lo que hay en nuestra particular historia y nuestros corazones. Por ejemplo, en el caso de mi Pastor, quien pagó con marchiteces progresivas su pusilanimidad y su abandono. Me dijeron que mucho tiempo estuvo naufragando en llanto y locura. Que en sus delirios llegó a decir que es mi rostro el del Ángel que sonará la trompeta. O el de aquel otro que revisará el Libro de la Vida. En el segundo terremoto, su esposa y una de sus hijas, que lo habían dejado hacía tiempo, hartas, según, de sus depresiones y súbitas cóleras, fueron arrastradas a la grieta, que se cerró abruptamente sobre ellas. Me dijeron que ahora su casa es puro escombro y ceniza, que está desamparado y debe estar asustado, pienso. Así que decidí ir a buscarlo. Le llevaré agua y bastimentos. Consolaré su llanto porque en medio de toda la turbulencia que nos separó, eternamente lo he asumido como un amigo. Y a los amigos no se les deja tirados, ni se les reprochan transgresiones.

Voy, entonces, atravesando los patios, aferrándome a las cercas y los muros. Hay casas con gente desenfrenada y ebria, con habitantes que quieren olvidar que hay Alguien que está cerrando un Libro y tendrán que rendir cuentas. Se sabe que los que se queden sufrirán circunstancias terribles, de enorme sufrimiento, y quizás algún día alcanzarán misericordia. Pero habrá quien sea lanzado al lago de fuego y azufre. Cada quien según su obra. Hay casas abandonadas porque sus habitantes andan fugitivos, o porque fueron ya arrebatados. Hay otras donde cantan y oran al Señor, en alabanza y adoración. Falta, falta, falta, pienso. Aún no se ha saciado Su Cólera, ni se ha roto aún el Sexto Sello. Aún no se han levantado los muertos. El viento podría derribarme, pues soy apenas una mujer débil y ya vieja con un fardo atado a la espalda. Voy con mis pasos contados hacia el que no me espera. Me agarro al camino, no dejo que me derribe el vendaval y sé que ni un alma me acompaña o me auxilia.

 

III.

Llegó el Ángel atravesando mi huerto. Llegó a buscarme. Llegó bajo el arco del limonar que sembré y amorosamente he cuidado por años. El Ángel lleva vestiduras resplandecientes. Porta una lámpara, y el polvo se aparta a su paso como el mar ante el paso de un gran barco. Porta espada también y polainas de jinete. Tras él, invisible, piafa su corcel. Me dijo el Ángel: Ven, que ya es tu hora, mas le pedí siete horas terrenas de plazo para buscar a mi Pastor y él se negó. Le pedí entonces la mitad de ese plazo y se negó. Le pedí la cuarta parte, que son 105 minutos, y él vaciló y finalmente aceptó, advirtiéndome que quizás mi Pastor no pueda ser llevado, a causa de sus injusticias pasadas, donde no fue frío ni caliente, sino tibio, y que mi viaje, aunque misericordioso, será inútil. También me advirtió sobre los demonios en fuga que van en el torbellino. Y, finalmente, me advirtió que si no estuviera lista en el minuto 106 correría el riesgo de ya no ser llevada. O de ser arrastrada en la venganza de los demonios fugitivos. Aun así, me expongo.

(¿Cómo explicarle a un Ángel, ser tan implacablemente lógico, lo que es el Amor, ése que todo lo acepta, todo lo perdona, todo lo soporta, todo lo espera, todo lo vence? Ya lo dijo el Apóstol: aunque yo hablara lengua de ángeles, sin Amor sería como un platillo de metal resonante. Durante años, he llevado a mi Pastor como un sello sobre el corazón, lo he llevado como una marca sobre mi brazo. Durante años de soledad y silencio autoimpuesto he admitido que el Amor es fuerte como la Muerte e interminable su llama. Durante años he aprendido que ni los vientos pueden apagarlo, ni las aguas tormentosas extinguirlo.)

 

IV.

Lo encuentro sentado en una silla de extensión desvencijada en el cobertizo de su casa en escombros. Ya hay oscuridad y no hay hoguera, ni lámpara. Me mira como si yo fuera alucinación y se levanta y camina hacia mí, vacilante al principio y luego raudo como camina un niño perdido hacia su encontrada madre. Nos abrazamos y él oculta su rostro lloroso en mi cuello, moja mi hombro con su llanto, mientras sus manos me sujetan y yo lo retengo en el abrazo. Miro el reloj furtivamente y ya han transcurrido 42 minutos de los concedidos (me pregunto si el Ángel vendrá a buscarme o deberé regresar a mi huerto). Trato de soltarme para darle de beber y de comer y consolarlo, pero ahora él está buscando mi boca con la suya para dar el beso que jamás nos dimos. Gime no, no, no te me niegues, cuando siente la resistencia de mi cuerpo, y no, por piedad no me negaré a su urgencia y su desamparo. Los besos son insistentes ahora, hurgantes las lenguas y se van encendiendo los incendios de los cuerpos, y que el tiempo va transcurriendo entre los efluvios de aquellas pasiones que se encuentran, largamente represadas y ahora sueltas entre los despojos de su casa. Me empuja contra una pared agrietada y busca bajo mi blusa el seno ajado, pero que reacciona a sus manos. Acaricio su espalda bajo la camisa. Él introduce una pierna entre las mías y ya tiemblo ante el hervor del orgasmo. Nos despojamos de las ropas tajantemente. Descendemos abrazados, sudorosos, hasta el piso, mientras el polvo rojo nos impregna y ya parecemos seres de barro: hombre y mujer primordiales. Sin dejar el prolongado beso, penetramos en las humedades de la vida, estremecidos, olvidando las catástrofes de allá afuera. Él embiste y yo recibo todo su ardor y sus sagrados jugos, arqueándome y quebrantándome hasta que los ansiados bríos nos invaden en estremecimientos. Hay tanta fuerza en aquel acto tan largamente postergado que su final nos desmaya: su brazo izquierdo yace bajo mi nuca, su mano derecha sobre mi seno izquierdo y mi corazón. Miro el reloj y sólo han sido 17 minutos más. Y el viento ululante sopla. Y todo es caliente y rojo. No quiero deshacerme de este abrazo. En su adormecimiento, él rezonga y musita palabras incoherentes, mezcla oraciones de dar gracias y mi nombre, pero suplica también y solloza. Veo los surcos de su llanto en la cara llena de polvo. Y lo abrazo a mi vez, repleta de conmiseración. Allí reposa. O ambos reposamos de una larga travesía de espantosos desencuentros. Porque ahora veo que no solamente yo los he sufrido. Y me siento abrumada por la certeza de ser correspondida, aun en este instante, en el borde de la muerte y la condena.

 

Aún no se han cumplido los minutos del plazo y ahora dudo de si fue sueño o fue visión la visita del Ángel.

V.

Viene el Ángel: siento el paso de su corcel en el estremecimiento del aire. Llega montado y aquel caballo es blanco con las crines de un rojo más bien púrpura. A su alrededor, el viento se aplaca. Lo miro desde el suelo de la entrega, bajo el cuerpo que ya me posee. Nada dice, mas comprende (hasta donde puede comprender un ángel) y ahora desenvaina la espada, que refulge. Quizás él piensa que la muerte para nosotros dos es más misericordiosa que vivir la vida de amarguras que inexorablemente nos espera. Él sabe que jamás abandonaré a este amigo, este amado, mi Pastor. Que por segunda vez renunciaré a mi salvación para salvarlo. Con el canto de la espada toca al pastor que duerme agitado y no se despierta mientras dice: porque esta vez has sido caliente y no tibio no te vomitaremos de la boca. Una huella ocre y rugosa brota en su espalda. Y con la punta de la espada me toca y me dice: ya que escogiste la tribulación, con este hombre conducirás una porción del remanente, porque siempre hay un remanente, en los abruptos días que vendrán: él predicará, tú suplirás lo necesario, porque ése es siempre tu designio. Aún no se han cumplido los minutos del plazo y ahora dudo de si fue sueño o fue visión la visita del Ángel. O jugarreta de la conciencia. Mi Pastor se estremece una vez más y me aprieta en su abrazo. Y ya elegí.

Milagros Mata Gil
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