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Mi nombre es Wu

sábado 29 de junio de 2019
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Hace mucho tiempo, en la remota y antigua China, durante los tiempos de la dinastía Sung, existió un hombre que tenía por único amigo a Sun Wu, un condecorado estratega militar de su país. Sólo había un pequeño e insignificante detalle: cuando el hombre nació, Sun Wu ya había muerto siglos atrás en el campo de batalla. Una nimiedad. Sin embargo, era posible que los dos amigos estuvieran juntos, en el mismo espacio y en el mismo tiempo, porque el alma de Sun Wu había transmigrado al cuerpo de un grillo de pelea.

Por aquel entonces era práctica habitual del reino celebrar peleas de grillos, como una manera de presenciar a los famosos y antiguos estrategas militares en acción. La creencia de la reencarnación de las almas humanas en animales no era exclusiva de un solo hombre, sino que era masivamente compartida por una nación. Era tan fuerte la idea que se pagaba grandes cantidades de dinero al dueño del grillo vencedor de las batallas. Y el grillo Sun Wu había demostrado ser el mejor.

Desde hace lunas que la calle se había vuelto su casa, una casa variada y espaciosa, pero también fría, dura y tenebrosa.

El hombre había encontrado a Sun Wu cuando éste era muy pequeño. Un día iba de camino a su casa, cuando lo vio. Colocado arriba de una piedra, había un diminuto, verde e indefenso grillo aguardando. El encuentro no fue casualidad, el hombre llevaba días buscándolo; en su actual situación financiera, ganar dinero en peleas de grillos era su última opción para poder sobrevivir.

Este hombre en particular estaba solo en el mundo, hijo único, sus padres hacía tiempo ya que habían muerto. Al nunca haberse casado, los hijos no existían y, al no tener ni lo primero ni lo segundo, nunca consideró que fuese necesario construir una casa propia. Noche tras noche se preocupó únicamente por tener un techo en el cual dormir pero, con el paso de los años, cada vez le faltaban más la fuerza y la energía para poder dormir en un sitio caliente y resguardado. Desde hace lunas que la calle se había vuelto su casa, una casa variada y espaciosa, pero también fría, dura y tenebrosa.

El hombre no consideraba tener amigos ni conocidos de ninguna especie; se identificaba a sí mismo como un alma errante. Había comprobado que el hambre y la desesperación pueden dejar una huella tan profunda en el alma humana que estaba seguro de que cualquiera, en su misma situación, estaría dispuesto a traicionarlo a cambio de un pedazo de pan.

Más de sesenta años se posaban sobre los huesos del hombre, un hombre que se sabía tan solo en el mundo que hacía varios años que había dejado de tener un nombre. Su nombre era el hombre —decía el hombre—, el hombre soy yo y lo es cualquier otro que también sea hombre. Sentía que al diluir su identidad con la nada estaba aceptando la inmutabilidad de su perniciosa soledad. El nombre te da sentido ante los demás —explicaba el hombre— pues aprenden a reconocerte y etiquetarte; sin nombre, una persona se vuelve confusa y lo confuso, con suerte, se tiende a olvidar.

El hombre estaba solo hasta que Sun Wu llegó a él. Había llenado de ruido el silencio que embargaba su vida. Sun Wu había puesto comida caliente en la mesa y un techo sobre sus cabezas. Así era como el hombre había averiguado el nombre de su nuevo compañero. Era obvio que, si su grillo ganaba todas las batallas que luchaba, aun contra los grillos más feroces que portaban el espíritu de otros grandes guerreros, era porque su grillo no podía ser otro que el gran Sun Wu.

La noticia corrió por el imperio hasta llegar a oídos del emperador. El gran Sun Wu vivía en una pequeña morada de la ciudad, al cuidado de un anciano que, hasta antes de ser conocido en el mundo de las peleas, se ganaba la vida practicando el oficio de vagabundo. La oferta hecha al hombre por su grillo fue de una cantidad tan obscena que sería ridículo decirla. Ante tal trato, todos supusieron que el hombre tendría que aceptar, pero él rechazó la oferta. El grillo no está en venta, fue lo único que dijo.

Sun Wu, el grillo, se había ido. El hombre lloró su partida, no podía entender qué podría haber motivado a su amigo a irse tan prematuramente y sin ninguna clase de despedida.

Nadie en el imperio entendió su decisión. Es tan sólo un grillo, le repetían. Esa cantidad de dinero podría cambiarte la vida, insistían. Piensa bien en lo que estás haciendo, el grillo morirá y te quedarás sin nada, le aconsejaban. El hombre no desistía en su decisión y así se lo dijo en persona al emperador, cuando fue llamado al palacio a explicar el porqué de su negativa a vender. El grillo es mi único amigo, señor —confesó el hombre, y el emperador de la dinastía Sung lo comprendió, dejándole ir.

Nuestro hombre se dirigió de regreso a su casa con un plan trazado; su amigo dejaría de pelear y él se encargaría, en su lugar, de brindar a ambos comida y una casa donde vivir en paz. Al llegar a la casa, el hombre se percató de que la jaula del grillo estaba vacía; lo buscó por todos los rincones sin éxito. Sun Wu, el grillo, se había ido. El hombre lloró su partida, no podía entender qué podría haber motivado a su amigo a irse tan prematuramente y sin ninguna clase de despedida.

Días después de que el gran Sun Wu se hubo marchado, un hombre a las puertas del palacio pidió una audiencia con el emperador. Su petición había resultado extraña ante los guardias, venía a ponerse al servicio del dirigente para lo que éste lo ocupara. Sus recomendaciones eran que él era amigo de un gran estratega militar del imperio, que le había enseñado que aun en la peor de las adversidades se ha de luchar por la vida. Al preguntarle los guardias con qué nombre debían de anunciarlo ante su majestad, el hombre declaró:

—Mi nombre es Wu.

Itzia Rangole
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