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Reconstrucción

martes 19 de noviembre de 2019
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La belleza es cruel. Es un atributo que depende del azar de la genética, de la zona geográfica, del grupo demográfico y demás variables, que sería arduo y poco oportuno señalar. Aunque su rostro cambia, su esencia es inmutable. Lo que algunas personas, en cierta época, en cierto lugar, bajo ciertos lineamientos, consideren bello, puede diferir de lo que sus antepasados entendieron y sus descendientes entenderán por belleza. Da igual, sin importar cómo luzca, todo el mundo la persigue.

Sin embargo, en un mundo dividido y enfrentado, donde existe lo bello, necesariamente tendrá que existir su opuesto. Es así como la fealdad hace acto de presencia. Ciertamente nadie quiere ser feo; aun así, varios lo somos. Es la fealdad una condición de la cual, quien la posee, no puede escapar.

El mundo es distinto dependiendo de quién lo enfrente. Unos y otros, personas bellas o atroces, podrán sospechar cómo es el mundo de su disímil: qué alegrías le ocurren y cuáles desgracias experimenta, pero únicamente si tienen la oportunidad de estar en su lugar sabrán cuán diferente puede ser la vida.

A mí me ocurrió que nací fea, pero con las suficientes cirugías mis defectos fueron mitigados. No existe una fórmula infalible para conseguir la belleza; no obstante, una combinación de cientos de miles de pesos invertidos en doctores, tratamientos, dietas, maquillaje y guardarropa pueden ayudar.

Sin embargo, el inevitable paso del tiempo, las reacciones secundarias al tratamiento, la exigencia de la perfección, me arrebataron la belleza que había conseguido. Incapaz de intentarlo de nuevo, me retiro del campo de juego después de haber vivido dos vidas.

Itzia Rangole
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