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Lágrimas subarrendadas

martes 17 de septiembre de 2019
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I have the same faucet in my eyes
So your tears are mine.
Cry Baby
de Janis Joplin.

I

Lo qué sé hacer es llorar. Lloro mucho. Lloro de la nada, lloro en cualquier momento. Sé recordar memorias e implantarme recuerdos y llorar por ellos. Siempre lloro más por lo falso que por lo verdadero. Lloro por una mentira que he aprendido a vivir como cierta. Yo misma me he inventado una vida y es una de las peores historias que se han hecho.

Concibo falsos sufrimientos para llorar, porque no me parece correcto no tenerlos y hacerlo. Lloro por la humanidad. La miseria de los demás me golpea haciéndome temblar.

Para todos aquellos cuyos lágrimas se quedaron estancadas, se comprimieron o se evaporaron, yo las lloro por ustedes. La desgracia de los otros, aunque en mí no ejecutada, sí es en mí expresada. Soy la llorona oficial del pueblo.

Contacto:
XXXXXXXXXXXXXXX.

 

II

Esta era la carta de presentación de la mujer conocida por todos como la llorona oficial.

Ella se había ganado su título a costa de inagotables lágrimas, esparcidas por toda la ciudad. La llorona lloraba aunque no hubiera nada por lo cual llorar, lloraba aun en los sitios menos pensados, en los momentos más inoportunos. Hubiera obtenido el mote de la loca del pueblo, si no fuera porque hubo quien encontró rentable su peculiaridad.

Hacía algunos años que se había instaurado una escuela de lágrimas en la zona. Para las alumnas, su directora siempre sería un modelo inalcanzable.

Se compraba su tiempo y sus lágrimas para que llorará en los funerales, rezos, plazas públicas, performances artísticos, divorcios y sesiones espiritistas. Había incluso quien la llevaba a bodas, quince años y eventos laborales.

Como no se podía pagar a una loca por ejercer su demencia, los vecinos tuvieron a bien llamar a la mujer la llorona oficial del pueblo. Los periódicos prefirieron el epíteto de la mujer que subarrendaba sus lágrimas.

 

III

El día en que la llorona murió, sus alumnas estaban descargando frente al ataúd toda el agua que contenían sus cuerpos. Hacía algunos años que se había instaurado una escuela de lágrimas en la zona. Para las alumnas, su directora siempre sería un modelo inalcanzable. Ninguna se creía preparada para llorar tanto como había llorado ella, pues su directora lloraba incluso en el éxtasis y aun en las noches en las que nadie podía oírla ni verla.

Al menos, eso es lo que les cuentan al oído los fantasmas. Les susurran al oído esa y otras un mil historias, en una algarabía del recuento atemporal de todas las existencias desafortunadas del universo. Los fantasmas hablan a sus oídos mientras las alumnas lloran. El día de la inscripción a la escuela, todas las aspirantes creyeron que su directora exageraba al decir que a partir de ese día y hasta el final de su vida, llorarían a causa de las voces.

Itzia Rangole
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