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Epístolas

sábado 20 de julio de 2019
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Arturo cerró las cortinas de las ventanas, echó llave al cajón de cuentas y se puso los guantes. “Hoy puedo irme temprano”, pensó al ver el reloj marcar la una de la mañana. Se acercó al viejo Tomás y lo despertó palmeándole el hombro. Estaba inusualmente feliz, el mundo ya hablaba del final de la guerra.

—Tomás, ve a dormir a tu casa.

El anciano se frotó los ojos y se puso las gafas. Manoteó sobre los papeles amarillentos que reposaban en el escritorio sin poder encontrar el bolígrafo para firmarlos.

—Disculpe, don Arturo. Ayer regresó mi hijo y estuvimos celebrando. Nos tomamos una botella de…

Arturo rio. Su risa, espontánea y profunda, pareció sosegarlo. Posó la mano sobre el hombro del viejo, apretándolo con una alegría que no tardaría en lamentar.

—No importa. Comprendo su alegría. La comprendo mejor que nadie.

Tomás suspiró y estiró el cuello haciéndolo crujir. Tomó la taza y bebió las sobras de café para después comerse las galletas de la tarde.

—¿Cómo está Sam? —preguntó Arturo.

El viejo sacó una foto del bolsillo de la camisa. Samuel estaba en uniforme, sostenía un fusil en compañía de un pastor alemán.

—Bien… ya ve usted, más o menos. Tal vez… bueno, dejémoslo en que volvió entero.

Muchas veces antes habían sentido la urgencia de hacer de cuenta que nada ocurría, que nadie había muerto, que ningún padre se quedaría sin su hijo.

Arturo asintió tratando de mirar hacia otro lado.

—Todos sus amigos murieron bajo metralla. Es el hijo más joven que tengo y ha visto más horrores que su padre y todos sus abuelos.

Tomás vació la cafetera. Contempló la negrura de la bebida recalentada casi desbordándose de la taza; el reflejo de su rostro parecía acusarlo, como diciéndole que no tuviera prisa alguna en alegrarse.

—No volveré a quedarme dormido, discúlpeme.

—No te preocupes, Tomás —dijo Arturo mirando la fotografía de Samuel—, la central ha dicho que es poco probable que lleguen más telegramas. Los dos podemos irnos ya.

Tomás dejó la taza a la mitad sobre el escritorio, cerca de los pagarés e historiales de envíos.

—Van muchos muertos hoy —dijo sumergiendo el índice en el café—. Mucha muerte para toda una vida.

Arturo asintió con desgana. Se puso el abrigo y el sombrero.

—¿Dónde está su hijo? —preguntó Tomás.

—Recibí una carta suya hace un mes. Estaba en las montañas.

—La guerra terminará pronto. Tal vez esté camino a casa.

Arturo se mordió el labio. Comprendió que la felicidad, o al menos la ilusión de la misma, lo había abandonado.

—Sí, tal vez. Ulises siempre llega tarde a todos lados.

—Eso es —dijo el viejo y trató de sonreír.

Esperó a que Tomás estuviera listo para irse. Se palmearon la espalda, bromearon sobre banalidades, entregándose a la estupidez, a la bendición de la risa. Mientras cerraban la puerta sonó el telégrafo.

La alarma del aparato los detuvo, arrancándoles la voluntad de mover los pies, de atravesar el umbral. Muchas veces antes habían sentido la urgencia de hacer de cuenta que nada ocurría, que nadie había muerto, que ningún padre se quedaría sin su hijo. Sin embargo, como siempre, dieron media vuelta. “Hoy me voy temprano”, murmuró Arturo. Tomás se adelantó pero el hombre lo detuvo por el brazo.

—Yo lo tomo.

Levantó el auricular y digitó sobre la máquina. Luego esperó. Se miró las manos, las imaginó como un espejo y trató de verse feliz, genuinamente feliz. Tomó el telegrama entre los dedos, doblándolo y desdoblándolo mientras miraba la claraboya cerrada. Sólo necesitó leer las primeras líneas: su nombre y una disculpa.

Se desplomó con la hoja arrugada entre las manos; gritando, maldiciendo, revolcándose. Tomás lo miraba, apenas había dado unos pasos desde el marco de la puerta. No tuvo la tentación de acercarse, tampoco la idea de disuadirlo de que Dios no era malo. Después de todo, ¿cómo podía contradecirlo? Reposó la mejilla contra la puerta y pensó en la champaña sin abrir, en el hijo que no lo reconoció y que se pasó la noche llorando.

 

La mujer, delgada y todavía bella a pesar de la ausencia, arreglaba el cuarto de su hijo. Organizó las revistas bajo la cama, las camisas en el closet y acomodó la foto del muchacho que recibía todas sus plegarias como si fuera Jesús. Entre la fragilidad y la firmeza tomó el portarretrato y lo besó, permitiéndose un sollozo.

Su esposo, taciturno y pálido, la miraba desde el recodo del pasillo. La miraba con cautela, casi con vergüenza, como si temiera robarle la luz y enfermarla.

—¿Crees que vivirá? —preguntó ella unas semanas después de la partida del hijo.

Él guardó silencio, mientras fumaba hasta la última ceniza del cigarrillo.

—Respóndeme, ¿crees que volveremos a verlo?

El hombre imaginó a su hijo dormido, esperando que lo despertaran sin que nadie tuviera el valor de tocarlo.

—Desde luego —respondió escupiendo la colilla—. Volverá a nosotros.

Ella lo tomó del brazo.

—¿Lo prometes?

“¿Qué puedo prometer yo?”, pensó, “yo no puedo matar a los que lo quieran matar, yo no puedo prometer nada, yo no puedo parar una guerra”.

Maldecirás a tu único hijo y desearás no haberlo cargado nunca, no haberlo nombrado, no haber visto nunca su rostro poblarse de tu amor día tras día.

—Sí, lo prometo.

Nunca sabría si ella le creyó, o si al menos tuvo la genuina intención de hacerlo. Sólo supo que su mujer podía fingir con la misma delicadeza que él, también con la misma torpeza.

—Te creo, Arturo, te creo a ti más que a esta vida.

Y ahora, sabiendo que había fallado, la miraba organizar una habitación que alguna vez les perteneció a los dos a través del hijo. ¿Qué pasaría si se diera cuenta? Recordó su promesa y se recostó contra la pared. Contuvo la rabia que amenazaba con regresar.

Mientras miraba a su mujer habló solo, apretándose los brazos como si tuviera frío.

“Caerás tan bajo como he caído yo. Maldecirás a tu único hijo y desearás no haberlo cargado nunca, no haberlo nombrado, no haber visto nunca su rostro poblarse de tu amor día tras día. Después les desearás la muerte a otros hijos, amenazarás a sus padres con palabras venidas desde la humillación de perder, como si el estar vivo fuera una competencia, un signo inequívoco de victoria frente a los muertos. Destrozarás tu despacho y pisotearás el medio por el que lo supiste. Te verás al espejo una vez que el primer oleaje haya menguado. Te verás vieja de muerte, olerás a cadáver aunque sólo hayan pasado unas horas. Estrellarás tu puño en tu reflejo y caminarás buscando guerra por las calles vacías. Amanecerá aunque no quieras y volverás cansada y hambrienta”.

—No, tú no —musitó el hombre.

Caminó rumbo a su esposa, la abrazó por la cintura y la besó. Miró la foto de su hijo. Lo vio muy guapo, fornido, con la carne llena de vida.

—Ulises debe estar por llegar —dijo ella.

El hombre guardó silencio al respirar el olor a canela en la piel de su mujer.

—¿No has tenido más noticias? Escuché de un bombardeo en las montañas. Me duele el corazón.

—No, él viene en camino.

—Sí, es verdad. Hay muchas montañas en el mundo, pudo ser en cualquiera.

—Sí.

La abrazó con más fuerza.

—¿Dónde estuviste anoche, Arturo? —dijiste que llegarías temprano.

—Estaba trabajando.

La mujer se soltó con suavidad y lo miró.

—¿Más muertes?

—Sí, algunas más.

—Es terrible… Ulises no verá a nadie cuando vuelva.

Arturo se alejó hacia el marco de la puerta. La blancura del cuarto le provocaba náuseas.

—¿Puedo verla? —preguntó ella.

—¿Qué cosa?

—La carta, la que te mandó sólo a ti.

Él suspiró y supo que le dolía todo.

—¿Para qué? Estoy cansado, quiero dormir.

—Para estar tranquila.

Arturo se volteó, trémulo.

El cariño parecía habérsele hecho pesado, cercano al tedio, como si hubiera perdido todo derecho sobre el cuerpo de Teresa, todo gobierno sobre su afecto.

—Teresa, ¿es que no me crees? Ulises está en camino.

Se quedó mirándola; buscó sospecha, rabia, desprecio. Sin embargo, el rostro se mantuvo impávido.

—Nunca te he fallado —dijo el hombre tratando de asirse al recuerdo de días mejores.

—Nunca —repitió ella.

Se sonrieron. Tal vez Arturo quiso abrazar y besar a su esposa. El cariño parecía habérsele hecho pesado, cercano al tedio, como si hubiera perdido todo derecho sobre el cuerpo de Teresa, todo gobierno sobre su afecto. La muerte lo había hecho indigno, y temía tocar a su mujer.

La vio servir el café de la mañana. Ahogó un bostezo y bebió los primeros sorbos mientras veía el sol besar la hierba del jardín. Teresa comía las tostadas, las manos le temblaban. “Estas cosas se huelen, estas cosas refulgen como los bombillos de un burdel”, pensó el hombre dando los primeros regodeos antes de entregarse al cobijo de la angustia.

—Supe que el hijo de Tomás ya volvió. El viejo debe estar muy feliz.

—No lo sé, supongo que sí.

La mujer dejó la tostada y tomó café.

—Más tarde dale mis saludos.

—Eso no va a ser posible.

Teresa se inclinó hacia delante como echándole al esposo todo el peso de la mañana.

—¿Por qué?

—Lo despedí —respondió marchándose al dormitorio.

 

La oficina, siempre polvorienta y perfumada con el aroma inveterado de la madera vieja, encerró desde las seis de la tarde el hedor de la culpa. Los empleados pasaron de largo frente al puesto que hasta hacía unas horas perteneció al viejo Tomás y que todavía retenía el aroma acostumbrado a cigarrillos y café.

¿Quién no había perdido a alguien?, pensaron al ritmo de los telegramas y los sellos. Marta perdió a su nieto en un buque de guerra, Ismael a su hermano, acribillado por obuses. El hijo de Martín se suicidó, y Tomás, con el heredero que no recordaba a nadie y que salía de noche, casi desnudo, a buscar soldados enemigos. Los empleados pensaron en sus antiguos compañeros, el dolor no los hizo infames, no del todo al menos, aun cuando también hubiesen deseado la misma agonía para quien tuviese algo que perder.

El pésame, tan habitual, tan inútil, se diluyó en las venas amargas de los empleados de la oficina de telégrafos del pueblo mientras Arturo escribía con mano temblorosa sobre un papel amarillo. Lo vieron rasgar, arrugar varias hojas al tiempo que la indignación se forraba de una lástima que hacía más profunda la herida, también la memoria de la infamia.

“Mamá, vuelvo a casa”, comprobó la letra y rasgó la hoja. “Mamá, dile a papá que me compre los guantes de boxeo”. Arrugó el papel. Quiso intentarlo una vez más acaso porque era terco, porque quizá gustaba del flagelo. “Mamá, no te preocupes, no vayas a llorar. Me detendré a esperarte”. Soltó el bolígrafo y vio que la letra era parecida, horrorosamente parecida. Entonces lo vieron cubrirse el rostro con ambas manos y gemir.

La mentira le pareció bella, como el halo de una nobleza inútil. Después llegaría lo inevitable.

 “Fueron diecinueve años”, musitó, “diecinueve años de querer ser como Joe Louis, de querer también ser marinero, piloto de carreras, acordeonista, actor. ¿Qué eres ahora? Sigues sin ser polvo, pero dejas de ser carne. ¿Cómo es que has muerto? Viviste diecinueve años y sigo creyendo que vivirás veinte”.

Dobló la hoja y se la guardó en el bolsillo. Trató de despejar la flema y se frotó los ojos. Miró la máquina de escribir, la acarició pensando que era la frente de un bebé. Puso una hoja, redactó una carta que no podría convencer a nadie. La releyó y la puso en un sobre con una postal extranjera. Se quedó inmóvil, sudando bajo la camisa blanca.

—Ridículo imbécil. Poco hombre —murmuró acosado por la amenaza de un llanto que no se atrevía a mostrar.

Pensó en Teresa, ¿de algo serviría? La mentira le pareció bella, como el halo de una nobleza inútil. Después llegaría lo inevitable. Puso los pies sobre el escritorio como solía hacerlo cuando todo iba bien. ¿Qué haría entonces? Comprendió que no haría nada, que nada era ya posible. Alargaría el letargo en aras de la vacuidad, de una promesa que lo había derrotado y que nadie podría sostener.

Un empleado entró en su despacho. Era joven, de unos veinticinco años, fornido y alto.

—Señor, ¿qué hago con estos papeles? —extendió la mano, eran sellos del departamento de guerra—. El chico del correo no puede trabajar hoy. Está en el funeral de su hermano.

—¿Por qué no estás peleando? —dijo Arturo, mirando la tinta roja en los sellos.

El joven tembló.

—¿Señor?

—Dije que por qué no estás peleando.

El muchacho se pasó la mano por el mentón, como si quisiera limpiarse rastros de saliva.

—Mi padre murió hace dos años. Soy hijo único, usted entiende que…

Arturo tiró la máquina de escribir contra la pared.

—¿¡Entonces la culpa es mía!?

El joven dio dos pasos hacia atrás, agachando la cabeza y escondiendo las manos en los bolsillos.

—Señor, yo…

Toda la oficina se había puesto de pie. Arturo sintió las primeras mareas de vergüenza; recogió la máquina y la puso sobre el escritorio. Otro empleado, un hombre de cabellos cenizos, avanzó entre sus compañeros hasta el despacho del director. Al entrar, rodeó al muchacho por los hombros y lo hizo salir, luego, se paró frente a Arturo.

—¿Y bien? —preguntó el director con el semblante doblegado ante las miradas—, ¿es importante?

El hombre extendió un telegrama e hizo señas de que subieran el volumen del radio. Se escuchó música movida y llantos.

—La guerra ha terminado.

 

El rostro de Ulises reverberaba bajo el sol de la tarde. Su madre había trasladado su retrato a la sala. Recibió con alegría el fin de la guerra. Se sentía feliz cuando sus amigas la llamaban a decirle que sus esposos, hermanos o hijos habían regresado a casa. Gritaba tratando de imaginar el abrazo, los besos, las mujeres corriendo por la calle, entre saltos y lágrimas. Luego ambas guardaban silencio, como si acabaran de dar los primeros pasos en un territorio baldío y triste.

—No te preocupes, tu hijo debe estar por tocar a tu puerta.

Entonces tanto el cartero, como el repartidor de periódicos y los vendedores de seguros recibían la misma alegría seguida por la inmediatez de un suspiro profundo y una sonrisa pesada.

—Lo siento. Creí que era otra persona. ¿Cómo está usted?

Arturo la miraba desde el mueble mientras leía el periódico y miraba las fotos de los héroes caídos. “¿Mi hijo aparecerá?”, se preguntaba. Después arrugaba el papel y lo dejaba donde su esposa no tuviera intención de recogerlo.

Habían pasado dos meses desde el cese de fuego definitivo. Los desaparecidos empezaban a darse por muertos, y los muertos exhibían soberbios obituarios en los periódicos. También se repatriaban los cuerpos. Arturo trataba de ignorarlo.

Teresa solía escuchar la radio por la tarde, la hora donde sonaban las canciones de moda. Anotaba sus nombres en una libreta.

—¿Qué haces?

—A Ulises le gustaría esta música. Las anoto para que las pueda escuchar apenas regrese.

Arturo encendió su pipa y asintió.

—Ayer perdió… ¿cómo se llama? Louis, sí, Joe Louis. Le diré que ganó. Una mentira no lo va a matar, y ya sabes cómo se pone cada vez que le noquean a un ídolo.

Teresa le bajó el volumen al radio. Suspiró y se pasó la mano por el cabello.

Aunque la muerte continuase llegando los mensajes empezaban a variar; también llegaban felicitaciones y propuestas de negocios. Arturo creía sentir por momentos que tenía derecho a esa alegría.

—¿No ha vuelto a escribir?

—No, pero pronto volverá a hacerlo —respondió él mirando las espirales de humo.

—¿Cómo lo sabes?

—Sólo lo sé.

La mujer calló y escuchó el siseo del viento entre los árboles.

—Ulises siempre ha sido así, hace amigos en todas partes. Aunque esta vez es demasiado. ¿Visitar a un amigo en Europa? Con los tiempos que corren es para no creérselo.

El hombre tosió y dejó la pipa sobre la mesa.

—Seguro estará con alguna muchacha —dijo la mujer poniéndose de pie rumbo a la cocina.

Cierta alegría anidó en la oficina de telégrafos. Aunque la muerte continuase llegando los mensajes empezaban a variar; también llegaban felicitaciones y propuestas de negocios. Arturo creía sentir por momentos que tenía derecho a esa alegría, que tenía derecho al perdón. Hizo llamar a Tomás y le ofreció un mejor puesto, lo mismo para el chico de veinticinco años al que trató como un cobarde. No dejó de sentirse miserable, cuando menos, dejó de sentirse podrido.

La guerra parecía un recuerdo ocurrido décadas atrás incluso si las consecuencias todavía sangraban en memorias que sólo sabían de llantos y elegías. Arturo, después de tomarse un par de whiskies y varias tazas de café, pensaba en las palabras que pronunciaría al llegar a casa, en las excusas de un hombre que se había pasado toda la vida sin mentir. Antes de irse, antes de abandonar el despacho oscurecido, apenas iluminado por una lámpara vieja y la colilla a medio encender de su cigarrillo, se aseguraría que las cartas siguieran llegando de la máquina de escribir a las manos de Teresa.

—¿Regresa por barco? —preguntó ella— ¿No le mandaste dinero para el avión?

“Creerás o fingirás creer lo que te digo —se decía Arturo al ver a su mujer dormida durante las madrugadas—, lo creerás aun cuando te espíe observando las cartas de los primeros meses y sepas que la redacción no coincide, que las cartas que llegan son frívolas, torpes, que han perdido el candor de la juventud. Lo creerás aun cuando sepas que no existe motivo alguno para que tu hijo te escriba a máquina y no de su puño y letra. ¿Pero, por qué me creerás? Creer… ¿acaso creer no es una concesión entre dos mentirosos?”.

Mamá, no te preocupes, no vayas a llorar. Me detendré a esperarte.

Pasaron tres meses. Arturo continuaba escribiendo, a veces creía que las cartas no mentían, que Ulises había llegado a la costa y que regresaba en avión al aeropuerto más cercano.

—Ah, ah, ah… —dijo Teresa moviendo la cabeza hacia los lados—. Viene en avión desde hace dos semanas. ¿Le está dando la vuelta al mundo?

Sus amigas dejaron de llamarla, no tenían ya nada que decirse, tenían a sus hijos y ella no. La música moderna le empezó a parecer toda igual mientras la libreta reposaba empolvada al lado del cenicero de su esposo, quien la veía ir y venir por toda la casa buscando algo que hacer aunque nunca hiciera nada.

Una tarde, mientras la tarde caía al ritmo de las guitarras de la radio, tocaron a la puerta como todos los días. Arturo se asomó y vio a un hombre uniformado, joven, con expresión lóbrega. Dos medallas relucían en su pecho. Se puso de pie derribando el cenicero, la libreta y el vidrio de la mesa. Teresa abrió la puerta con la terca y terrible alegría de siempre.

—Oh, lo siento, por un momento… vi el uniforme y creí que…

El soldado extendió la mano con un sobre y se alejó cabizbajo. Arturo se detuvo unos pasos detrás de su mujer. La vio abrir el sobre y leerlo con lentitud. También la vio sonreír.

Familia Grau:

Hemos enviado varios telegramas desde hace más de un mes pero no hemos recibido respuesta. Informamos que el cuerpo de su hijo, Ulises Grau, ha sido repatriado y se encuentra en el anfiteatro del hospital central. Las exequias correrán por cuenta del Estado. Se le rendirán los honores correspondientes en tanto que su hijo es un héroe de…

—De guerra —dijo Teresa en voz alta—, ¡mi hijo es un héroe de guerra!

Juan Fernando Aguilar Cárdenas
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