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Los gemelos

sábado 27 de julio de 2019
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Mi padre apareció en el marco de la puerta, con chalina y un gorro: hacía bastante frío.

—¿Hablaste con algún médico?

Le informé que un médico de turno me había dicho que sólo cabía “esperar”.

Fui yo quien permaneció de guardia en la clínica la última noche de tío Hidetaro, pues mi padre llegaba por ratos. Durante los quince días que estuvo internado nos turnamos primos y tíos. Estuvo lúcido hasta el día anterior, con ese su humor de perros que no había variado un milímetro, pero esa noche ya empezó a delirar y a hablar solo en japonés. Se mandaba largas parrafadas con los ojos cerrados y a ratos los abría para interrogarme, para exigirme con ellos que le responda. Pero yo sólo sé frases elementales de nijongo, yo soy peruano.

Mi padre era su sobrino favorito, el único que le aguantaba las pulgas a Hidetaro.

Aunque tío Hidetaro no vivía con nosotros, solíamos verlo siempre en las veladas familiares ampliadas, cuando nos reuníamos todos los Nagumo. Hubo un tiempo en que sí visitaba la casa para jugar ajedrez con mi padre o para comer el omochi que preparaba mi madre. Hidetaro era antipático, arrogante, a ratos insufrible. Cuando yo era niño me hacía bromas muy pesadas y en mi adolescencia se le dio por retarme y recordarme que debía siempre estar a la altura de mis ancestros: viejo de mierda. Pocos en la familia lo pasaban, pero extrañamente lo tenían siempre presente en las conversaciones y hasta se puede decir que algunos parientes lo reverenciaban. Mi padre me había dicho que no siempre Hidetaro fue así, una persona amargada e intratable. Que antes de que terminara la Segunda Guerra era un hombre muy tranquilo y bueno. Fue después del accidente de la mina que él cambió. Después de ese accidente también se le borró de la mente todo el español que había aprendido en quince años. Mi padre estaba chico y estuvo al lado de mi abuelo, el hermano menor de Hidetaro, cuando lo trajeron inconsciente en un camión de la mina abandonada. Todos pensaban que estaba muerto, botaba una baba blanca de la boca; perdió el habla durante seis meses, los que permaneció en un sanatorio mental. Le pusieron electricidad y lo llenaron de pastillas. Poco a poco fue integrándose a la familia, pero su carácter era otro, terrible. Así lo conocimos sus sobrinos nietos.

Mi padre era su sobrino favorito, el único que le aguantaba las pulgas a Hidetaro, el único que, según el viejo, conservaba el espíritu japonés a pesar de haber nacido en el Perú.

—Desde ayer sólo ha hablado en japonés. No le he entendido ni jota.

—Delira.

—Ni una sola palabra en castellano.

—Ha regresado a la infancia, a su idioma materno. A mí me ha ocurrido que en las situaciones difíciles se me sale el nigonjo. Lo hablé hasta los seis años.

Hidetaro abrió tenuemente los ojos, como si mirara desde algún páramo oscuro. Luego soltó otra parrafada en su idioma materno.

—No lo entiendo, pero esa frase la ha repetido hasta el cansancio. ¿Qué quiere decir?

—Delira.

—Vamos, papá, no me dejes con la curiosidad. ¿Qué diablos significa?

—Delira. Dice “yo no soy Hidetaro, siempre los engañé”. Es lo que entiendo. Delira.

—¿Recuerdas lo que me contaste, que antes era él era diferente y que tenía un gemelo que se quedó en Japón?

—El tío Tsuyoshi. Sí, te he contado esa historia y no me gusta hablar mucho de ella —dijo mi padre y salió fuera de la habitación y luego de la clínica para fumar un cigarrillo.

Mis tíos Tsuyoshi e Hidetaro eran dos preciosos gemelos en 1904. Así aparecían en una fotografía que tío Hidetaro trajo al Perú y que siempre adornó nuestra sala. Posaban al lado de nuestro bisabuelo paterno frente a la estación del tren en Fukuoka. La otra fotografía que conservó la familia los mostraba abrazados en un muelle del puerto de Yokohama en 1929: ya eran dos jóvenes. Hidetaro estaba a punto de embarcarse a Sudamérica. Sería la última vez que se verían. No se embarcaron o se quedaron juntos en Japón porque eran físicamente idénticos, pero sus temperamentos, decían, como el agua y el aceite. Mi tío Tsuyoshi era un muchacho inquieto, apasionado y violento que gustaba de recordar que su nombre en japonés significaba “fuerte”. Su hermano gemelo, en cambio, siempre había sido un tipo de carácter sosegado y amigable, muy prudente en sus actos y palabras. Mientras que el primero se enrolaría en el Ejército Imperial, el otro emigraría al Perú; le habían contado que allí podía hacer un poco de dinero y escapar a la difícil situación que se vivía en el archipiélago.

Luego de que su gemelo emigrara, el tío Tsuyoshi ingresó a la Sociedad del Dragón Negro, una organización patriótica ultranacionalista. En esto tuvo mucho que ver su abuelo paterno, un samurái. El Japón de Tojo se había embarcado en una aventura militarista. El teniente Tsuyoshi Nagumo ya entrenaba su jingoísmo y ferocidad fascista en Manchuria en 1933. En 1940 combatía la resistencia china. La familia en Perú y Japón ha estado dividida siempre en torno a la terrible fama de Tsuyoshi, un teniente que instaba a cometer actos atroces a su tropa, como el ensayar el uso de la bayoneta contra cadáveres de chinos, y otras barbaridades que son difíciles de creer. Hay unos pocos parientes que no lo condenan, que guardan silencio sobre esa oscura reputación. Los demás la ventilan en el seno de la intimidad familiar como si se tratara de una horrible cicatriz. Estoy entre ellos.

Tsuyoshi, cuentan, siempre fue un sujeto singular. Y en el curso de la guerra contra China alimentó una leyenda de valor y coraje que tras la derrota de Japón se convirtió en una leyenda negra. Incluso lo acusaron de haber pertenecido al siniestro escuadrón 731, que experimentó con armas biológicas. Y hay quien afirma que estuvo involucrado en algunos casos de canibalismo que se reportaron durante esa funesta guerra.

Al finalizar la contienda, y escapar como otros oficiales de los tribunales de guerra, nuestro tío regresó a Fukuoka con serias alteraciones mentales. A nadie le sorprendió que así fuera. Sus últimos días los vivió en un sanatorio mental y luego en su casa, auxiliado por sus familiares.

El médico de turno ingresó con una enfermera y nos pidió que saliéramos. Nos sentamos en unas bancas del pasillo, miré mi reloj: eran las 12:20 de la madrugada. Mi padre miraba al suelo y quedaba en silencio. Conocía su treta: no iba a hablar.

No había sido la guerra la que había ocasionado la locura de Tsuyoshi, sino un suceso fantástico, un encuentro con su hermano que vivía en el otro lado del mundo.

—¿No te parece extraño, por decir lo menos, papá, que ambos hayan terminado en un sanatorio mental casi al mismo tiempo?

Mi padre me lanzó la mirada más japonesa que le había conocido. Era la mirada del abuelo y en alguna medida la del tío Hidetaro. No podría franquear esa puerta.

—Ya te dije que no me gusta conversar de eso. Y no es el momento.

—¡Soy tu primogénito! Y tú lo fuiste del abuelo. Supongo que podrías decirme algo más: quedará en mí.

Me volvió a mirar, pero de modo distinto: había tocado el botón correcto.

El tío Tsuyoshi había muerto en 1980, dos años antes de que él visitara por primera vez la tierra de sus ancestros, una pequeña aldea. Uno de sus hombres era del pueblo de Tsuyoshi y amigo de la familia y éste contó una delirante historia que medio pueblo repetía en voz baja. No había sido la guerra la que había ocasionado la locura de Tsuyoshi, sino un suceso fantástico, un encuentro con su hermano que vivía en el otro lado del mundo.

—¿Un encuentro?

—Ya te dije que es algo fantástico, la gente fabula, tiene mucha imaginación. Pero, bueno, dicen que ocurrió casi al finalizar la guerra y cuando el Ejército Imperial libraba una lucha desordenada. Estaban acantonados en un pueblito de una provincia llamada Liaoning donde Tsuyoshi, por primera vez se había enamorado. No era una mujer japonesa, sino una hermosísima joven china de aquellas que llamaban “mujeres de consuelo militar”, es decir una esclava sexual. ¿Entiendes?

—He oído hablar de eso.

—Dicen que al principio actuó como siempre, con desprecio, pero terminó enamorándose, porque hasta las bestias son vulnerables al amor. La joven era en realidad de la resistencia china, una triple agente, y cuando ganó su confianza y su corazón le enseñó un túnel que supuestamente servía a los comunistas. La idea era que ingresara allí con un pelotón para que masacrara a los rojos que tenían allí un refugio. Tsuyoshi fue primero con unos cuantos hombres para no exponer a su pelotón. Se internó en el túnel medio kilómetro y de pronto escuchó que alguien pedía auxilio en nijongo.

—¿Un soldado?

—No, según la historia, se encontró con su hermano gemelo que vivía en el Perú.

—Qué locura.

—Más tarde el tío saldría completamente aturdido, con los ojos desorbitados; se desmayó luego. Ya nunca fue el mismo. Tuvieron que relevarlo y enviarlo al archipiélago. Quizá esto lo salvó de una corte marcial. Llegó a Japón en muy mal estado sicológico, deliraba y tuvieron que internarlo en una casa de reposo y luego ponerle una camisa de fuerza.

—¿Y qué pasó con su hermano aquí en el Perú?

—La desgracia de su gemelo ocurrió por esa época y en el otro lado del mundo. Entonces Hidetaro ya era un hombre económicamente logrado. Cuando llegó tuvo como la mayoría de los inmigrantes que trabajar como peón en las haciendas de la costa, él se inició en la hacienda San Nicolás. También como la mayoría de los japoneses pudo con los años reunir un dinero para montar un negocio. El suyo fue de comida. Entonces estaba afincado en el puerto de Huacho, a ciento cincuenta kilómetros de Lima. Abrió una fonda, pero igual le habría ido bien con una sastrería o una peluquería. No era un hombre ambicioso, pero compartía la visión emprendedora y progresista de sus connacionales. Un compadre suyo había visto la posibilidad de explotar la carencia de mercancías industriales por efecto de la segunda guerra mundial. Este paisano había trabajado en Japón en una fábrica de bombillas eléctricas y pensó que con Hidetaro podrían producirlas en el Perú. Tardarían menos si contaban rápido con un capital. Fue entonces que Hidetaro recordó una antigua mina, una mina de oro cerca de Huacho que había sido explotada hacía casi un siglo y abandonada por una epidemia. Era lo que le contaban los lugareños. Hidetaro y su amigo y socio se internaron en la mina, el tío iba adelante hasta que cayó en una hondonada. Su compañero trató de sacarlo, pero estuvo a punto también de caer, además Hidetaro yacía inconsciente. Fue a buscar ayuda y luego la brigada de vecinos y un par de policías lo rescataron: estaba bastante golpeado tras la caída.

Mi padre me puso una mano en el hombro e iba a decirme algo, pero en ese momento el médico de guardia nos pidió que lo acompañáramos: el tío Hidetaro había muerto.

—¿Tú lo viste?

—Apenas lo recuerdo. Y no sé si lo soñé o no, pero en mi memoria hay un hombre vestido con uniforme militar.

—¿Tsuyoshi?

—Era un niño, podía haberlo imaginado. O quizá escuché una tontería. Nunca nadie más dijo nada porque por entonces había idiotas que decían que los inmigrantes eran soldados encubiertos de Hirohito. Eso hubiera complicado las cosas de ser cierto.

—Guardaré para mí esa historia, papá.

Mi padre me puso una mano en el hombro e iba a decirme algo, pero en ese momento el médico de guardia nos pidió que lo acompañáramos: el tío Hidetaro había muerto. Nos dio el pésame y luego anotó la hora del deceso. Mi padre hizo una llamada a mi madre para que avisara al resto de la familia y especialmente a unos primos mayores que se encargarían de vestirlo para colocarlo en el féretro.

Camino a la cafetería, lugar donde íbamos a esperar, nos interceptó un hombre de una funeraria, llevaba un álbum y le preguntaba a mi padre si quería escoger el modelo de ataúd.

—No, escoja usted el mejor —dijo y siguió conmigo a la cafetería.

De pronto llegó a nosotros la enfermera que había visto durante dos semanas.

—¿Algo que firmar? —preguntó mi padre.

—No —dijo ella—, el señor tuvo todo el tiempo un botón de metal medio raro, lo llevaba escondido, pero al final me lo entregó con una sonrisa. Yo creo que el recuerdo es para ustedes, que son su familia.

Dejó sobre la mesa un botón de bronce del ejército japonés.

Carlos Orellana
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