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Lisiados sentimentales

martes 3 de septiembre de 2019
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—Es un sitio raro —fue la respuesta de Pablo mientras torcía la mirada hacia la inmóvil bola de cristales suspendida sobre el centro del amplio salón de baile, en la que se reflejaba la oscura y cansina atmósfera de la discoteca.

Julián se mordió el labio inferior, en una mueca que lo mismo significaba decepción que complicidad. Sus tímidos ojos, demasiado grandes para su estrecha cara requemada de campesino, no se elevaban nunca por encima de la nariz de su interlocutor, aunque fuese un amigo de la niñez.

—¿Y las mujeres?

Pablo bajó la mirada hacia su amigo. Julián esperaba su respuesta abriendo mucho los ojos, volviéndose hacia el abarrotado salón y agitando la cabeza en esa dirección, como invitándole a mirar bien.

—Demasiado viejas —sentenció Pablo, acompañando sus palabras con lo que pretendía ser una sonrisa cínica.

Sí lo entendía, sólo que no lo sentía. El amor, el amor o algo a lo que pudiera llamarse amor, algo para no estar solo.

Esta vez el rostro de Julián se contrajo en un indisimulado gesto de decepción.

—Es lo que hay…

Las palabras de Julián, tímidas, pronunciadas en un tono casi inaudible en el bullicioso estrépito de la discoteca, le sonaron a Pablo como un reproche impotente.

—No te lo tomes así…

—Tú no lo entiendes —ahora las palabras escaparon de los labios de Julián con fuerza, una fuerza vacilante y dolida—; a ti te ha ido bien, por eso no lo entiendes.

Esta vez Pablo no contestó. Se giró de nuevo hacia el salón. Se fijó en varias mujeres, cincuentonas en su mayoría, alguna incluso de más edad, maquilladas como adolescentes entusiastas, unas con vestidos ceñidos que apenas disimulaban las costuras de las fajas, otras con largos vestidos de fiesta pasados de moda, otras con faldas muy cortas por las que asomaban piernas gordas, blancas, blandas… Se agitaban torpes al ritmo de música setentera o permanecían sentadas en los sillones que rodeaban la pista de baile, hablando, bebiendo o mirando pensativas hacia alguna parte. A su alrededor pululaban hombres de su misma edad, algunos vestidos con camisas estampadas, con el pecho abierto y el cuello medio levantado, como horteras vividores de comedia. Otros vestidos con una elegancia ranciosa, con camisa y chaqueta y esmeradamente repeinados. Sí lo entendía, sólo que no lo sentía. El amor, el amor o algo a lo que pudiera llamarse amor, algo para no estar solo. Se calló. Las copas estaban casi vacías. Hizo un gesto al camarero para que se las volviera a llenar, dos combinados de whisky con cola.

—Si no estás a gusto… —de nuevo la voz lastimera de Julián.

—Estoy bien… no tomes en serio lo que digo, ¿no tienes alguna… amiga?

Julián enrojeció y agachó la cabeza. No había cambiado. Era tan tímido como cuando era un mocoso. Ahora tenía cincuenta y seis años. Estaba soltero, probablemente siguiera siendo virgen. Vivía solo en la casa y de las tierras que heredó de sus padres. Pablo tenía su misma edad. Era médico endocrino. Acababa de divorciarse tras veintisiete años de matrimonio. Solía decirse que había dejado de querer a Ana. Era también la excusa que utilizaba para justificarse ante sus conocidos. Sólo a veces reconocía la verdad, y no le gustaba. A menudo, ante el cuerpo desnudo de su mujer, un cuerpo que envejecía y que se volvía grande y blando, había sentido asco, un asco que, por algún motivo, le incapacitaba para sentir otra cosa, ni siquiera cariño. Eso le asustaba. Los resabios de su educación católica, que le habían hecho creer en su matrimonio como en algo para toda la vida y fundado en mucho más que una mera atracción física, afloraban ante esa evidencia y le hacían sentirse culpable.

—Habrá que hacer algo… ¿no? —intentó animar a Julián, que levantó su cabeza colorada mirándole con ojos chispeantes, nervioso.

—No soy capaz, no soy capaz…

En verdad, Pablo sentía que nada le unía a ese hombre más que los vagos recuerdos de una lejana infancia pasada en el pueblo. Ni siquiera le inspiraba pena, sólo una sucia compasión. Aprovechando que estaba de vacaciones en el pueblo (tenía su residencia en Valencia, donde trabajaba), Julián le había insistido mucho para que saliera con él. Era evidente que algo trataba de decirle. La verdad es que no solían hablar mucho, sólo en las pocas ocasiones en que Pablo volvía al pueblo, pero era evidente que le consideraba capaz de comprender algo que sus otros pocos amigos no podían.

—No tienes nada que perder —respondió Pablo sin convicción.

—No es tan fácil.

La tímida cara de Julián expresaba el vacilante deseo de una confesión para la que Pablo no se sentía con ganas ni fuerzas. Se le daba mal consolar y últimamente dudaba demasiado de todo como para resultar convincente. Se sentía demasiado solo y sentía a los demás demasiado solos. Sabía de sobra qué quería Julián, el consejo del hombre de mundo, del hombre experimentado con las mujeres, del hombre de mente abierta carente de los rancios prejuicios que paralizaban las mentes de sus otros amigos del pueblo. Quería que le explicase por qué era tan desgraciado, por qué era incapaz de hablarle a una mujer sin echarse a temblar. Pablo tenía respuestas, respuestas que no le gustarían, pero ninguna solución verdadera, nada que realmente le pudiera ayudar. Por eso prefería callar.

—Deberías darle menos importancia —contestó al fin Pablo, en voz baja, sólo por llenar ese incómodo vacío de palabras que parecía deslizarles hacia una penosa confesión íntima.

Empezó a hacer vida de divorciada, la vida de divorciada que hacían las mujeres famosas. Sólo que le faltaban actitud y maneras.

Julián le sostuvo la mirada un momento, pero enseguida agachó la cabeza, tragando saliva, como si hiciese acopio de voluntad para iniciar su confesión.

En ese momento dos mujeres se acercaron a ellos. Pablo respiró aliviado. Una era rubia, de baja estatura y regordeta. Su ancha cara empolvada, enmarcada por su cabello alisado, tenía expresión de cansancio, pese a la tirante sonrisa que estiraba sus gordos labios repintados. En sus ojos verdosos asomaba una resolución resignada. La cara de quien siempre recibe calabazas, pensó al instante Pablo. La otra, más alta, delgada y tímida, escondía parte de su rostro tras los abultados mechones de su melena morena y rizosa. Ambas debían contar cincuenta años largos. La rubia llevaba un vestido blanco con un escote muy pronunciado que dejaba entrever pechos grandes y blandos. La morena llevaba un vestido negro, más recatado, de una elegancia antigua que desentonaba demasiado en mitad de aquel ambiente hortera.

La rubia preguntó si estaban solos. Era una voz dura, de una dureza recelosa. Pablo contestó que sí, echando una rápida ojeada a Julián que, con la cabeza inclinada hacia el suelo, miraba de reojo a las mujeres. Se presentaron, la rubia se llamaba Manoli, la morena Paula. Sólo hablaba la rubia. Tras los formalismos de rigor, formalismos de otra época, la brusca conversación de Manoli empezaba a revelar su verdadera esencia. Era una mujer fuera del elemento para el que había sido destinada al nacer, la familia, la casa, la vida tradicional de una mujer de pueblo. Su marido, dueño de un almacén de materiales de construcción al que los buenos años de la burbuja inmobiliaria habían hecho ganar mucho dinero, empezó a aficionarse demasiado a las prostitutas, hasta el punto en que comenzó a ser conocido en el pueblo como “El Putas”. Eso fue demasiado incluso para una mujer de su aguante. Dio el paso y se divorció, quedándose con la casa familiar, donde vivía con su hijo de diecisiete años. Su nueva vida de divorciada despertaba en ella sentimientos encontrados. Por un lado la vergüenza que le hacían sentir sus escrúpulos católicos. Por otro, la vanidad de hacer algo que parecía moderno porque lo hacían las mujeres famosas que salían en la tele. La vanidad salió ganando y empezó a hacer vida de divorciada, la vida de divorciada que hacían las mujeres famosas. Sólo que le faltaban actitud y maneras. Manoli no sabía comportarse como una de esas divorciadas famosas. Esas mujeres sabían hablar, sabían vestir, sabían cómo gustar a los hombres. Manoli sólo conocía una forma de hablar, la forma de hablar del pueblo, la del acento fuerte, la que llamaba a las cosas por su nombre, la que siempre usaba una palabrota para expresar alguna emoción o la reducía a un sonido incomprensible. Además, estaba su cuerpo, ese cuerpo bajo y regordete que le había quedado tras muchos años despreocupándose de su figura, atenta sólo a la casa y a la familia, y que las muchas dietas que empezaba y no acababa no lograban arreglar. Aun así lo intentaba. Se hacía la fuerte, venciendo su vergüenza, y se acercaba a los hombres. Siempre le salía mal, pero pensaba que, a lo mejor, el día menos pensado, le saldría bien. No perdía la esperanza.

Paula había enviudado hacía más de diez años sin haber tenido hijos. Y había dado las gracias al cielo por eso, sin remordimientos ni penas. Su marido la maltrataba y se gastaba el poco dinero que ganaba ocasionalmente en los bares. Desde que enviudó vivía tranquila con su modesta pensión y no quería saber nada de hombres. Había acabado harta de ellos. Apenas salía de casa. Tenía bastante con las telenovelas y los programas de famoseo. A Manoli le costó convencerla para que la acompañara. No le gustaba ir sola como una buscona al “desguace”, como las malas lenguas llamaban a la discoteca que frecuentaba la gente mayor. Sus demás amigas estaban casadas, apenas salían los días de fiesta y nunca solas. Paula se resistió, no tenía nada que hacer allí. Ella ya no quería hombres, sólo vivir tranquila. Sin embargo, como solía decir, su amiga Manoli “era una revolucionaria” que lo acababa revolviendo todo. Paula poseía una elegancia innata que la hacía parecer una mujer más refinada de lo que en verdad era. Solía atraer a los hombres, sobre todo a los que buscaban algo serio. Sólo que Paula no quería nada. Se limitaba a soportar resignada las zalamerías con que intentaban seducirla los hombres con sus rancias maneras de apolillados galanes hollywoodenses.

A Pablo le divertía la situación. Era un modo de eludir la penosa confesión del pelmazo de Julián. Manoli quedó en seguida encandilada con sus modales y su forma de hablar. Le dijo que le parecía muy fino, que no era como los garrulos con los que solía tratar en la discoteca. Además, invitó una ronda a todos, como un perfecto caballero. Julián y Paula se limitaban a observarlos, con la cabeza gacha, pese a los intentos de Pablo por involucrarlos en la conversación.

Tras acabar con las copas, Manoli propuso salir a tomar otra ronda a una de las terrazas de la avenida. Pablo aceptó, los demás se limitaron a seguirles. Manoli se sujetó al brazo del médico, que en ese momento comprendió que se había equivocado al seguirle el juego.

¿Alguien encontraba de verdad el amor, al menos en esa forma pura y evanescente en que lo habían imaginado más de dos mil años de cristianismo platónico?

Salieron de la discoteca a la cálida noche veraniega. Las anchas aceras de la avenida, bajo los inmóviles plátanos de sombra, estaban llenas de veladores ocupados por gentes de todas las edades. Buscaron una mesa libre y se sentaron. Manoli se quedó muy cerca de Pablo, al igual que Julián, dejando un poco aislada a Paula enfrente de su amigo. Eso permitió al médico observarla mejor. Ella no se atrevía a mirarle a los ojos, permanecía todo el tiempo con la mirada un poco gacha, dejando caer hacia delante algunos mechones de sus rizados cabellos. Parecía esperar o soportar. Era evidente que se limitaba a hacer compañía a la rubia. Ésta no paraba de hablar. Hablaba de cualquier cosa, pasando de un tema a otro sin concluir nada. Estaba nerviosa, atenta sólo a las reacciones que provocaba en Pablo, que se limitaba a torcer su boca en una sonrisa maquinal, sin comprender nada de lo que le decía. La cara de la rubia ya no mostraba la fatigosa expresión del principio. Ahora estaba animada, demasiado animada. Pablo echó un rápido vistazo a su gordo cuerpo encogido en la silla, cuyas blandas carnes asomaban por el escote. Sentía la misma repugnancia que ante el cuerpo desnudo de Ana, y el mismo vago sentimiento de culpa. No estaba a gusto. Esa mujer le obligaba a enfrentarse a lo que no le gustaba de sí mismo. Le hacía sentirse distinto a como creía ser. Siempre se había creído diferente a la mayoría de los hombres, capaz de sentimientos más nobles. Pero el motivo por el que había fracasado su matrimonio le demostraba que no era así. Era sólo un hombre como cualquier otro, con apetitos tan básicos como cualquier otro, quizás incluso peor que cualquier otro. ¿No amaban los hombres a pesar de la vejez y de la fealdad? Él no era capaz y no lo aceptaba. Siempre se había considerado mejor que los demás hombres, más espiritual, más profundo… sólo que era mentira, todo mentira.

Al volverse una vez hacia Julián lo descubrió mirando fijamente a Paula, una mirada ardiente y temerosa, que ella ni siquiera advertía. “Esta ya está harta de hombres, sois todos unos hijos de puta”, había dicho Manoli entre risas. Era cierto, el mundo masculino había dejado de existir para esa mujer escarmentada. Era completamente indiferente a los tristes deseos que despertaba en ese lisiado sentimental… lisiado sentimental… la expresión se fijó un instante en la mente de Pablo, ¿acaso no lo eran todos ellos? ¿Acaso no lo era todo el mundo? ¿Alguien encontraba de verdad el amor, al menos en esa forma pura y evanescente en que lo habían imaginado más de dos mil años de cristianismo platónico? ¿No sería acaso que se le acababa dando ese nombre a cualquier sentimiento que uniese a dos personas, aunque fuera una simple atracción física o el miedo a estar solo, a envejecer solo, a morir solo? ¿No sería acaso que no existía más allá de ser un mero juego cultural, una palabra vacía en busca de contenido? Esas ideas podían llevarle demasiado lejos. Volvió a prestar atención a la bulliciosa y enmarañada conversación de la rubia.

Bebieron una copa y volvieron a pedir otra. Manoli empezaba a estar borracha. Ella bebía gin-tonics muy cargados. En una ocasión extendió su mano, acariciando la rodilla izquierda de Pablo, que al sentir el contacto la retiró con brusquedad, como si acabara de morderle un perro. Eso tan sólo provocó un nuevo giro en la errática conversación de la rubia. Estaba achispada, cada vez más convencida de su triunfo. También el alcohol hacía efectos en Julián. Daba más audacia a su mirada, incluso le hacía hablar un poco. Intentaba entablar conversación con Paula que, sin embargo, continuaba tan distante como siempre, ella sólo bebía fanta de naranja.

Pablo empezó a pensar en la forma de librarse de ellos. Sabía que la noche acabaría mal de todas formas. La rubia sólo disimulaba. Era evidente que lo único que le importaba era llevárselo a la cama y Pablo no quería. Intuía que la noche acabaría con una escena bochornosa. Su única intención había sido librarse del pelmazo de Julián, de sus penosas confesiones de eunuco, pero había acabado cayendo en algo peor, en los desesperados deseos de Manoli. Decidió que era mejor acabar cuanto antes. Tras terminar su segunda copa interrumpió a Manoli para decir que tenía que irse, que al día siguiente tenía muchas cosas que hacer. La rubia se calló y se puso seria. Incluso Julián le dirigió una intensa mirada de súplica. Pablo se levantó. La rubia también lo hizo sin que pareciera saber qué hacía.

—Te acompaño.

—No, no es necesario.

—Déjame ir, por favor… —la voz de Manoli había adquirido un tono lastimero que sorprendió y repugnó a Pablo.

—No os preocupéis… yo… yo me quedo con vosotras —ahora era la vacilante vocecilla de Julián.

Manoli se giró hacia él, abriendo mucho sus ojos achispados, como si no hubiera advertido su presencia hasta ese momento.

—Menos mal que todavía quedan hombres, hombres de verdad —sentenció la rubia, dirigiendo una furiosa mirada hacia Pablo, que se hizo el sordo.

El médico intentó quedar bien. Se inclinó hacia la rubia para despedirse con dos besos en las mejillas. Ella se dejó besar mientras le sujetaba con fuerza el brazo izquierdo con ambas manos.

—Vaya decepción que me he llevado contigo… pensaba que… que eras un hombre…

Por primera vez en mucho tiempo sentía el poder de su cuerpo, el poder de excitar a un hombre.

De nuevo Pablo permaneció callado. Se fue hacia Paula, de la que también se despidió con dos besos, y le dijo adiós a Julián. Después echó a caminar por la avenida, de regreso a casa, sintiéndose solo y culpable y estúpido y jurándose a sí mismo no volver a pisar el “desguace”.

La rubia ocupó el asiento de Pablo, acercándose a Julián.

—Tu amigo es maricón, ¿verdad?

Julián dio un salto en el asiento, sorprendido por las bruscas palabras de la rubia. Después su mirada se perdió en la exuberancia carnal que asomaba por el escote de su vestido, inclinado hacia él.

—No sé… tiene cosas raras, a lo mejor sí.

—Lo es, yo de estas cosas sé… tan fino, tan bien hablao… un maricón, un maricón perdío.

La cara de Julián exhibía un entusiasmo idiota. Sus ojillos negros brillaban borrachos y felices. Su seca cara de hombre del campo resplandecía de contento. Manoli le pasó la mano por sus cabellos escasos y cortos, como a un perrillo desamparado. Por primera vez en mucho tiempo sentía el poder de su cuerpo, el poder de excitar a un hombre. No era lo mismo que Pablo, el fino, el caballero, sólo era un garrulo como cualquier otro del “desguace”, pero un garrulo al que se iba a follar esa noche.

Juan José Sánchez González
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