“Tengo la sensación de ser un pájaro enjaulado al que le han arrancado las alas violentamente,
y en la más absoluta penumbra, choca contra los barrotes de su estrecha jaula al querer volar”.
Annelies Marie Frank Hollander
Nunca cumplí seis años. Es una forma de decir que cumplí años a los cinco, a los siete, en los sucesivos aniversarios de mi nacimiento, pero no el cuatro de noviembre de mil novecientos noventa y cuatro. Ahora lo otro es distinto, es una única manera de decir la verdad: desde que se supone que cumplí seis, nunca más tuve una mamá.
Sin embargo, no lloré que no cumplí seis ni lloré que mamá se había ido para siempre salvo hace poco, a los treinta, cuando accedí a informes de profesionales prestigiosos y supe que el miedo o el dolor —entiéndanse como sinónimos para mí— se manifiestan gradualmente.
El cuerpo es una escalera; la máxima expresión del miedo se produce en el último peldaño: la cabeza. Esta dosis mayor se nos inyecta cuando reprimimos el efecto de la situación monstruosa: la máxima expresión del miedo es la ausencia de miedo. Más tarde, cuando el miedo está en la cabeza, acapara todo el cuerpo; le sucede a algunos, claro; irrumpe en un presente, simulando su causa en lo inmediato, como una sombra fantasma que nos tiende la mano con un confite: el tiempo transcurrido durante el cual nos vendamos los ojos.
Supe comprenderme: cuando yo era chico detenía el miedo acumulado a partir de la confianza irrebatible de mi intuición frente al acontecimiento. Si vivía el esplendor emocional de ese averno, el miedo se reavivaría como sucedáneo del hecho: una brasa alimentada con más brasas y maderas secas, mi sueño recurrente desde que mataron a mamá cuando un día —yo tenía casi seis años— fue a sacar plata del Banco Fiancé para hacerme una fiesta en un vagón detenido que oficiaba de salón y restaurante.
En casa siempre se hablaba de un expediente que no avanzaba. Cuando estaba mirando la tele, la abuela cambiaba de canal si los periodistas de crímenes retomaban el caso, indignados por las conmemoraciones que pasaban sin que se juzgara a los culpables.
Tal vez por eso soy mecánico: ejercer este oficio me hace pensar que todas las cosas, de una forma u otra, con esfuerzo y perseverancia, se pueden arreglar.
Me fallaba el miedo. Me embargaba la intuición.
Seis meses después de que mamá nos dejara solos, la abuela y papá me llevaron a la inauguración de un parque de diversiones que se caracterizaba por representar las instituciones públicas de la vida real con los juegos. No parecía mala idea: la vida real acumula miedo, como un fósforo que, en sueños, se transforma en una hoguera donde arden papeles y personas: crear un parque de diversiones nos allegaba a la realidad jugando. Además, según supe, los inversores se habían propuesto crear estructuras que parodiaran o fueran lo más fieles posibles a los estamentos burocráticos que visitaríamos cuando fuéramos grandes. No eran improvisados: un grupo numeroso de psicólogos sociales y psicoanalistas se ocuparían de analizar la evolución o involución de la sociedad real comparando las reacciones que se suscitarían en el parque de simulación. Era un estudio prepotente, oculto, que se proyectaba ahondar en no menos de diez o quince años.
Paradojalmente, los parques de diversiones son lugares donde hay miedo; lugares donde el miedo no se vive como miedo, pero es miedo, un miedo particular al que se accede desde el deseo de diversión. El día que me llevaron al parque, recién inaugurado, yo mismo lo descubrí. Los chicos y las chicas gritaban cuando el vagón de la montaña rusa, que les dejaba los pies al aire, llegaba a su cima y bajaba a toda velocidad; los chicos y las chicas gritaban cuando la barca se elevaba y se tumbaba hacia un lado y hacia el otro hasta marear a los que se divertían sufriendo; en el zamba, ni la música a todo volumen lograba tapar los gritos risueños, pero gritos desgarradores al fin, de quienes pretendían salvarse aferrándose a las barandas. El pase libre al parque era un modo de sentir mucho, mucho miedo.
Si bien siempre lo reconocí en los demás, no tomé dimensión de la ocurrencia del miedo en mí sino hasta los treinta, porque desde que mataron a mamá me propuse intuir, sólo intuir, qué situaciones podían hacerme llorar lo que, a sabiendas —permítanseme las expresiones que se me pegaron con los años—, estaba dejando dormido aunque explayándolo en mis sueños de llamas de papeles quemados.
Por eso, a la montaña rusa, a la barca y al zamba sí subí aquel día, pero acompañado, con papá o la abuela: era más fácil si uno podía agarrarse las manos temblorosas. El miedo se compartía: se dividía en dos cuerpos. En cambio, el tren fantasma quedó como una intriga. Me fallaba el miedo. Me embargaba la intuición. No quise subir. No había dudas de que ahí dentro se vivía el miedo más aterrador al que invitaba el parque: se viajaba en asientos individuales; el tren se detenía dentro de un túnel frente a imágenes monstruosas acompañadas de sonidos de películas de terror, y yo veía a los chicos cuando el tren llegaba a la fila de los que querían subir: salían despeinados y ojerosos; les costaba bajar porque tiritaban, y corrían rápido para abrazar a sus mamás. Yo había perdido el abrazo que hubiera reconfortado el miedo al tren fantasma. Yo sabía que el miedo sobrevendría aunque me cerrara los ojos. Sabía que si subía a ese tren la lumbre minúscula del fósforo que se encendió el día que mataron a mamá devendría en una fogata en la que ella, tan joven, moriría de vuelta.
Ni papá ni la abuela sabían decirme muy bien qué institución pública representaba el interior del túnel o de la caverna —entiéndanse como sinónimos para mí. Con todo, sin subir al tren fantasma, ese día fue divertido hasta que, ya en casa, se me pasó la alegría: vino un señor, muy bien vestido, con zapatos relucientes, para que papá le firmara unos papeles. Las repercusiones de la diversión, no sé por qué, se me acabaron cuando lo escuché pronunciar la palabra justicia.
La adultez vino por mí: para educarme en el miedo que, por intuición, detuve en mi infancia. No conseguía trabajo. La abuela y papá estaban grandes para trabajar por mí. Tenía que ayudarlos. Sobre todo porque el señor que vino esa vez a que ellos firmaran papeles, volvió muchas veces más y seguía viniendo. Era extraño lo que había hecho de estas personas el tiempo sin mamá: yo no me daba cuenta de que había crecido (nunca se me ocurrió mirar fotos viejas las que, por otra parte, la abuela había escondido); la abuela y papá, y el señor del maletín y de la corbata, en cambio, se habían puesto viejos, como de golpe, unos años después de que el hombre de los papeles nos visitó por primera vez.
En el famoso parque de diversiones, al que había ido cuando era chico, unos días después de la inauguración, necesitaban un mecánico para el tren fantasma. De grande, in situ, como dicen los papeles, supe que las columnas arquitectónicas de la fachada simbolizaban los tribunales de mi ciudad, de modo que el proyecto del que me enteré más adelante —que extrañamente atraía a miles y miles de concurrentes— continuaba con su objetivo de encarnar la vida institucional real para que los chicos se familiarizaran con el miedo y con el futuro.
Al principio, no hacía bien mi trabajo: recorría el camino tenebroso del tren jurídico sin mirar qué cosas había ahí dentro. Pronto perfeccioné la evitación. Como los sonidos, aullidos, llantos, gritos, golpes eran muy fuertes, me compré tapones para los oídos. Recuerdo muy bien: fue la mañana en que advertí que los inversores y diseñadores habían incorporado la palabra justicia, antes de que el tren saliera de la caverna, en boca de un maniquí esquelético que no vi. Sabía, igualmente, muchas cosas por lo que decían los chicos, aunque no alimentaba mi imaginación: por alguna razón había intuido mi primer día en el parque en mi niñez que ese tren me daría un gran susto.
Con el tiempo, cada vez que venía a casa el señor, trajeado en pleno verano, me encerraba en mi habitación, me vendaba los ojos y me ponía los tapones del trabajo: escuchar la palabra justicia me daba escalofríos. No escucharla, me hacía soñar con fuego y con mamá; con carpetas y carpetas que se amontonaban en un mostrador hasta el techo; con señores que prendían un fósforo en las de abajo para que el fuego emergiera como una llama triangular, un incendio cuyo último peldaño, recto, teñía de hollín el techo. Con cenizas. También soñaba con las cenizas y con algunos trozos de papeles rescatados donde se leía apenas el primer nombre de mamá.
Todas las mañanas —salvo los lunes que era mi día franco— controlaba el estado mecánico del tren fantasma. A los dos años me ascendieron: me dieron más funciones hasta que me convertí en el encargado de mantenimiento de los vagones y del estado general del interior de la caverna. Un aumento de sueldo, una categoría profesional, un miedo que no quería dejar salir. La abuela me decía que por ahí enfrentarme a todo lo que ofrecía el tren fantasma era como una vacuna: me podía curar del miedo para toda la vida.
Lo cierto era que desde que trabajaba en el tren sufría de insomnio: los ruidos de la casa a la noche (el motor de la heladera; las chapas de la cocina que se acomodaban; el ronquido de papá; los grillos que llamaban a las hembras) evocaban los sustos que me provocaba el interior de la caverna. El miedo me embargaba. La intuición también. Como concluí cuando terminé de leer los informes, sufría un estrés postraumático sin haber experimentado el juego con los cinco sentidos, sin haber visto a esos seres desgarbados, moribundos, ensangrentados, que me hablaban cuando no me ponía los tapones. Que decían justicia contra el murmullo de una multitud que decía no hay justicia y a mí se me helaba el cuerpo.
Tampoco hice bien mi trabajo en esta nueva etapa de ascenso laboral: sabía que un engrudo de saliva se anclaría en mi garganta, que toda mi infancia se me vendría a la boca, que ya ni podría describir con precisión los miedos antecedentes, que acumulé hasta entrar al miedo que explotaría dentro de la caverna, aunque ya estuviera dormitando en el último peldaño del cuerpo, mi cabeza. Si ese miedo salía, si llegaba a la garganta, no se curaría: sería un miedo para siempre y yo había aprendido a vivir sin mamá, con los ojos vendados y sin justicia.
Mis jefes advirtieron que mi trabajo era parcial. El supervisor comenzó a controlarme. Me exigió que me sacara los tapones, que me sacara la venda de los ojos y que verificara el estado de los rieles y de los durmientes: el día anterior el tren se había descarrilado adentro del túnel, una docena de chicos lloraban sin que yo —el encargado— entrara a calmarlos y a resolver la emergencia técnica. Por la inclinación del tren, los chicos habían quedado a merced del martillo gigante del maniquí del juez que golpeaba sin cesar a uno de los pasajeros.
Tuve que amoldarme a las exigencias. Por suerte el supervisor me perseguía, de manera que no entraba solo a la caverna. La vista completaba las imágenes que había intuido cuando era chico: pilas de carpetas con papeles amarillos; esqueletos vestidos con traje y corbata haciendo fila frente a un mostrador; varones y mujeres muertos frente a automóviles o en las afueras de una entidad bancaria; empleados judiciales que gritaban que el expediente no estaba, ¡que no estaba!, ¡que no estaba!, y los que, por el martillo y la toga, parecían jueces a los que los viajeros del tren, por su detención en ese lugar exacto, podían incrustarles billetes en una ranura que tenían en los bolsillos de los pantalones para que los asustara una y otra vez más.
Como no era un tren fantasma tradicional —se trataba, como dije en los párrafos liminares, de una inversión que había representado en la magnitud del parque una pequeña ciudad burocrática—, se me sumaron tareas de diseño. A la par, el supervisor develó el secreto: psicoanalistas y psicólogos sociales del Conocép investigaban hacía más de quince años: se proponían, según se me informó con amplitud, un análisis de dos décadas acerca de la reacción de padres e hijos frente a un escenario similar al real, magnificado, para desentrañar, entre otras cosas, cómo y por qué en la realidad los viajeros reprimían sus emociones y, en cambio, en el tren fantasma judicial y en los otros juegos de la ciudad estatal, gritaban, lloraban y se abrazaban hasta que se les fueran los temblores.
Las tareas de diseño me exigieron mayor compromiso. Ya no tenía miedo de recorrer el tren fantasma a pie durante el día: estaba seguro de que los acontecimientos figurados a través de maquetas y de maniquíes dentro del tren habían quedado obsoletos. Además, si quería hacer bien mi trabajo, tenía que fomentar que los chicos que ya lo conocían volvieran para descubrir nuevos sustos, un color de sangre más real, maniquíes con expresiones más rotundas.
Entonces comencé a vagar por los mostradores de los juzgados reales para que mi tren fantasma se les pareciera. Los lunes usaba mi día franco para conocer el funcionamiento real de la justicia. Tras mi trabajo de campo, se hizo evidente que la representación del parque estaba mal hecha.
Proyecté y concreté una innumerable cantidad de refacciones: más sonidos estridentes; jueces que dormían; murciélagos reales amaestrados que soltaba en cada viaje; una mujer maniquí, con vestidos, joyas y zapatos de mi mamá debajo del letrero del Banco Fiancé, del que brotaban coágulos de acrílico bermellón; telas de araña sobre los expedientes; otros maniquíes sin brazos o sin piernas, algunos quemados, otros con los órganos expuestos; decenas de polillas que lanzaba en cada viaje. También subí el volumen de las interjecciones de los muñecos y me agarraba la plata que les ponían a los jueces —mi supervisor las llamaba propinas. Accioné el control remoto e inauguré el primer viaje antes del reestreno para el público. Hasta ese recorrido, ya nada me daba miedo en el tren fantasma. Salvo la palabra justicia que me prohibieron sacar, nada me daba miedo en el tren. Había algo extraño, eso sí: ya no soñaba con hogueras. Ya no la veía a mamá en mis sueños.
Ese viaje fue el último para mí. Después de la reinauguración, la última vez que el tren fantasma judicial funcionó para el público. Antes de mi reforma, estábamos todos anestesiados, según dijeron los psicólogos investigadores.
Ahora siento miedo todos los días (lo tengo en la cabeza) y, aunque el señor que sigue viniendo a mi casa para que papá le firme papeles me ofreció —por mi experiencia— mucho dinero para que lo asistiera como cadete en tribunales, no acepté.
Tras la clausura del tren fantasma, el Conocép labró un informe parcial que me señalaba como un artista que supo representar sintéticamente el drama judicial y eso me dejó sin trabajo: alertaron acerca de los traumas que, tanto a los usuarios menores como adultos, podía generar el viaje en el tren fantasma.
Hace un año que trabajo en un tren que circula por el interior de una plaza. Es un trabajo tranquilo, pero el miedo se acumuló y la palabra justicia es una voz monótona, que se ha vuelto un monosílabo en el fluir de mi conciencia. Siento en todo el cuerpo el chucho del fuego de los sueños que ya no tengo. En mi garganta —es mi forma de decir la verdad— se queman los papeles que papá firmó para que algún día —que nunca llega— se condene a los que dejaron a mamá tendida en la vereda para que yo nunca pudiera cumplir seis años.
Este relato obtuvo el premio en la categoría Educadores en el 10º Concurso “De Ana Frank a nuestros días”, convocado por el Centro Ana Frank en Buenos Aires.
- XII - jueves 3 de septiembre de 2020
- ¿Quién soy en la lluvia? - martes 23 de junio de 2020
- Notas sobre un cuadro de una ventana que se abre a un jardín de tulipanes - sábado 16 de mayo de 2020


