“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Cordero de Dios

jueves 28 de noviembre de 2019

“La avenida del poder”, de Paula Winkler

Nota del editor

La escritora argentina Paula Winkler presentó hace diez años su novela La avenida del poder, en la que un periodista y semiólogo intenta descifrar una compleja Buenos Aires. Aludiendo a esta obra, que fue publicada por el sello Nueva Generación, Winkler declaró en una entrevista en 2012: “Soy una humanista de cuerpo y alma que intenta sobrevivir y expandir sus ideas en la posmodernidad líquida del siglo XXI”. “Cordero de Dios”, el relato que publicamos hoy, corresponde al capítulo 10.I de La avenida del poder.

 

Un calor indomable se mete a través de las celosías y penetra por las ventanas de los largos pasillos de la casa en la habitación que comparte con Caetano, que aún le tiene miedo a las luciérnagas de la noche. La luz ha dejado de molestar, pero un aire pesado les invade todo el cuerpo con gotas invisibles de humedad. La humedad se desparrama sobre la piel, y se ensañan los mosquitos.

El verano parece haberlos derrotado pese al esfuerzo de algunas noches antagónicas, y permanece una ligera sensación de fracaso antes de dormir. Sin embargo, los acompaña la impertinencia de los grillos, cuyos sonidos disminuyen la soledad de las horas. Los ventiladores trabajan sin cesar, y los dos se quedan mirando el movimiento de las paletas y al techo como tontos que no tuvieran nada que decirse. En Juiz de Fora la mente estival queda en blanco o se desordenan las ideas.

Encender la luz para leer sería embarazoso: hasta hace daño el calor que trasmiten las bombitas eléctricas.

La noche se va haciendo espesa. Ni las estrellas o los murciélagos entretienen la mirada del forastero. En verdad, casi no hay forasteros cerca, y adormece la mayoría de los pájaros. Sólo las chicharras se excitan. La sed los harta. Toman mucha agua y pisan, descalzos, el frío del mosaico. Como si finalmente la naturaleza pudiera contra el hombre, les dirá: “¿Ven lo que hicieron? Quítenme los minerales y el agua de la tierra, que me vengaré con el calor de estos veranos. Se van a arrepentir de emprenderla contra los árboles y allanar la selva”.

La intensa humedad baja a los muebles y se localiza en las mesas de luz. Siente asco, y jode el insomnio. Encender la luz para leer sería embarazoso: hasta hace daño el calor que trasmiten las bombitas eléctricas.

La madre los despide con un beso habitual en la frente. Le pidieron a la cocinera que les preparara una moqueca con más pimientos que cilantro. Siempre se encarga en esa casa lo mismo. La cocinera conoce de pescados. Cómo no, si es bahiana. En cambio, la madre ignora el saber doméstico de las comidas (y mucho sobre sus hijos). Todo, menos la buena vida.

 

Años atrás los había visitado en la casa el nieto de la bahiana, un muchacho altísimo, de mirada astuta y pelo negro. Pasaban mucho tiempo con él. Emprendían caminatas por las sierras de Mantequeira, trepaban a los árboles, iban a cazar pirañas en el río y si acaso volvían a casa heridos, exhibían las mordeduras como un traje nuevo de domingo.

El bahiano les enseñó cómo se conquista a una mujer. En realidad no respetaba a nadie, excepto a la abuela, porque en su opinión, combinaba el coco rallado y los mariscos con acierto. Experto en escaramuzas, gustaba de incendiar los tachos de basura desde dentro luego de arrojarles nafta. Había que salir corriendo de inmediato para no quedar atrapado entre las llamas. El bahiano aprendió eso en la favela, una manera de pasar el tiempo, sentir próxima la muerte. Él lo hizo una vez, pero casi se quema vivo, así que al fin dejó que el bahiano enfrentara solo los riesgos de su locura.

Después de aquella agitada visita, los hermanos no volvieron a ver al bahiano. Y la cocinera se olvidó de su nieto. Se había acostumbrado a vivir en Juiz de Fora; costaba muchísimo sacarle una palabra sobre Bahía.

 

El insomnio se prolonga. De pronto se quiebra el silencio: “Por qué no jugamos al juego de la basura”, le pregunta Caetano de súbito. Los espió algunas veces, eran dos hombres contra el destino. Pero “no”, le contesta a Caetano, “no hay que desafiar al diablo”. Caetano no se deja convencer e insiste: si salen de esta, vencerán el calor funesto y se dormirán de una buena vez. ¿Qué culpa tienen de haber nacido en una tierra que se cocina a diario en un infierno aburrido?

El padre, ahora lo recuerda, los inició en aventuras peligrosas desde chicos. Nadaban contra las olas del mar profundo, corrían como locos al borde de la montaña evitando el precipicio. Y Caetano se reía siempre con su risa franca. No era avezado en los números y le costaba estudiar (“un chico eterno, eso vas a ser”, le gritaba el padre, furioso), aunque entre él y la madre lo protegían. No fueran sus conocidos a darse cuenta de que era un pibe distinto, medio débil.

La policía lo ayuda a levantarse, lo detienen y se lo llevan. La madre no le habla, sólo lo mira con ojos graves y frígidos, victorianos.

Él ahora se encarga de cuidarlo más que la madre, porque si ella le da todos los gustos, es para sacárselo de encima. Casi nunca le niega nada a Caetano pues lo adora. Caetano se encapricha, quiere esto y aquello. Con esos berrinches lo domina.

“Dale, ¿qué te cuesta?, hace un calor de mierda y va a hacer tanto calor con el fuego, que dormir aquí nos va a parecer como nadar en un lago, yo sé lo que te digo, dale-dale-dale”, le insiste.

Y tanto, que lo hacen: salen semidesnudos, buscan dos tachos y se arrojan adentro con cerillas encendidas. Sus gritos se disparan al cielo, las llamas crecen por el combustible mezclado en la basura. Y saltan. Saltan Caetano y él con la rapidez de un relámpago. Y Caetano se trasforma en un animal que exhibe contento su presa. Los dos parecen haber vencido el calor y hasta a la naturaleza. Destino superado, sí, lo están logrando, “ya sos todo un hombre, hermanito”.

Pero Caetano no le responde, y él ve algo muy feo, aunque no quiere ver. “Qué te pasa, dónde estás”, le pregunta, desesperado. Y ve una tromba de fuego. Y sólo oye los gritos del hermano consumiéndose. Y ahora los de su madre, los gritos de horror de la cocinera. Y cuando llegan algunos peones con mangueras para combatir el incendio, le parece desmayarse.

 

Despierta poco después. Semidesnudo, así como estaba y como está. Y le da vergüenza, y no quiere vivir más. La policía lo ayuda a levantarse, lo detienen y se lo llevan. La madre no le habla, sólo lo mira con ojos graves y frígidos, victorianos. La cocinera le dice a la madre que hizo bien en denunciar al hijo, “la ley es la ley”. Y la cocinera abraza a la madre, que nunca cumplió demasiado la ley, pero que la necesita ante los hechos para tapar sus cosas y no saber ni de ella misma. Abrazadas, las mujeres lloran. Pero ya no. Sobre todo la madre, que parece definitivamente aliviada cuando se lo llevan.

Tiempo fuera del tiempo durante el transporte a prisión, el presente se esfuma, lo deglute, se burla de él. En un instante, piensa, deja de ser. No hay signos, lenguaje, pueblo, país ni ciudades.

Y luego de los trámites que lo transforman en una ficha, desde la pequeña ventana de la celda del puesto policial, espía lentamente hacia fuera. La noche se hace más espesa, da la impresión de chocar a toda velocidad contra sí como un meteorito perdido.

Unos truenos con intención casi asesina y algún rayo extraviado anuncian temporal. Va a llover a cántaros en Juiz de Fora.

En efecto, el agua cae, pesada, e inunda el empedrado. Ve la tierra seca, transformada ahora en barro que cubre las calles. Se mira sin reconocerse. Y saca los brazos por entre las rejas para lavar su miedo y a Caetano muerto. Se persigna. Llora.

Y no hace calor. Nunca más hará calor en Juiz de Fora.

Paula Winkler
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