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Avi

martes 28 de enero de 2020
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Dos años siendo parte de la casa. Dos años siendo parte de la familia. Dos años sintiendo una especial atracción de índole incestuosa. Me gustaba su color broncíneo y su contextura maciza. Me encantaba cuando sus cabellos lacios y negros caían en dos mechones simétricos. Me atrajeron sus ojos grandes y alargados. Me enamoró su nariz aguilucha, acaso porque me recordaba la raza, acaso porque me sugería algún símbolo fálico; sin embargo, su afecto era de a pedazos, de esos afectos de a poquito, de a gotas, de a momentitos; unos minutitos en la mañana y otros menos en la noche.

Sirvió pan tostado con frutas más tarde de lo acostumbrado.

“Avi” —y tras su cálida y ronca voz de acartonado actor me pavoneé para coquetearle.

Lo nuestro era un imposible por razones que iban más allá de raza, de color o de género. Eran razones de especie.

Empecé a quererlo cuando me di cuenta de que su soledad pesaba más que la mía y, como sucede en muchas ocasiones, la compasión terminó por seducirme y por hacerme presa de una desquiciada atracción.

Su mami ya no estaba. Su papá era austero, adusto, huraño. La casa era austera como su padre. Nunca volvió a ser el hogar ni el nido cálido y afectuoso atendido por su mami.

Su espacio se confinó al cuarto, al baño y a la cocina. Su dormitorio era el abandono mismo. Se mezclaban cuadernos, libros, ropa, enseres. Mi espacio era más pequeño que el suyo pero más organizado. El resto de la casa se hallaba bajo llaves, como bajo llaves se hallaban sus propósitos y motivos. Tal vez fueron enterrados con su mamita.

La ventana de su dormitorio, siempre abierta, nos acortaba la distancia y me facilitaba la invasión a su privacidad. Me enardecía las veces que le vi sudar, gemir, follar cuando su padre se ausentaba. Los sonidos estridentes del épico acto amatorio se mezclaban con mis reclamos, traducidos en gritos y aspavientos. Me desesperaba, me retorcía de celos y de impotencia. Lo nuestro era un imposible por razones que iban más allá de raza, de color o de género. Eran razones de especie.

Cuando se me acercaba sudoroso por el bochorno de la mañana, mis pupilas se dilataban y yo terminaba saltando de alegría.

Me encantaba su olor a maíz recién pilado. Me encantaba su olor a tortilla en el comal. No podía despelucarme pero me volvía sonsa, loca, depravada. A veces, me caía. Podría decir que me mojaba de oírlo, de olerlo, de verlo.

Un día, su padre, el viejo indolente y amo de la casa, cambió las cerraduras de la casa por meros caprichos y nos separó. El ruco quería a su hijo como yo al osito Bimbo. Entonces quedé desprotegida. Aunque no me echó de la casa y me dejó en el mismo lugar, no se me atendía como antes. El viejo no me mimaba, ni me hablaba bonito, ni bajito, ni chiquito como su hijo. No debo negar que me daba de comer a la misma hora, ni un minuto más ni un minuto menos, por lo que hacía mi vida aburrida y monótona. A veces, sólo a veces, limpiaba mi traste del agua.

Una mañana, levantó la puertecilla. “Puedes irte, Avi”, me dijo. Pero “Avi” no se escuchaba como se le escuchaba al hijo. “Puedes irte”. Y cierto, podía irme pero preferí esperar allí, esperar en cautiverio, en mi zona de confort.

Llegué a dudar de mi condición de animal domesticable.

Pasaron pocos días. Pocos menos de cumplirse una semana, el ruco enfermó y mandó a llamar al adorado y pródigo hijo, no por conveniencia ni por interés como se dijo. En esta ocasión, lo confinó a un espacio menor. “Usas la sala de baño del fondo de la casa. Cerca de Avi”. Cuando oí lo que oí, me dije: “De acá es de donde soy”. Allí cerquita de mis aposentos, podría observarle encuerado cuando se acicalara.

Él aceptó las condiciones del ruco. Aceptó cada vez menos para sí. Yo lo hubiera mandado por un tubo. Fue entonces cuando abrí los ojos —aunque siempre los he tenido bien abiertos. Era él quien se hallaba enjaulado. Más que yo. Su simplicidad y resignación me desencantaron. Entendí la razón por la cual él me había gustado: aunque él lucía como hombre se había acostumbrado a vivir preso en una jaula como los cotorros. A partir de entonces, se acabó la pasión. Llegué a dudar de mi condición de animal domesticable. Me pregunté si era él un cotorro y no yo. Picoteé unos trozos de tortilla, tomé agua de mi traste, acicalé mi plumaje con el pico y me paré en la puertecilla abierta. Incliné la cabeza hacia el suelo, moví ligeramente las alas y me impulsé.

Di el salto decisivo. Caminé al final de la acera y apunté la mirada hacia el pasto, incliné de nuevo la cabeza y me lancé al zacate. Seguramente llegaría más lejos que él.

Reneé González Martínez
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