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Un círculo que se cierra

jueves 23 de abril de 2020

A través de la puerta cerrada escuchaba a la adolescente dictándole la tarea al niño. Me encerraba en mi cuarto cada vez que esto ocurría. Las tareas escolares siempre habían sido un suplicio cuando era niño y ahora, ya viejo, me resultaban más que insoportables, asquerosas. De buena gana habría salido del cuarto y los habría hecho callar, incluso usando métodos violentos. Pero entonces me dio por pensar en aquella época antediluviana de mi vida, aquellos tiempos tortuosos que sólo podía recordar envueltos en una bruma fría y gris, y se me quitaron las ganas de golpear a alguien. Así que, más bien, decidí levantarme. Tuve que apartar un montón de libros que tenía desparramados sobre la cama. Esos libros habían sido la causa de que mi mujer me dejara. En realidad no podía echársele la culpa a los libros sino, más bien, a mi adicción a ellos. En todo caso, fuese de quien fuese la culpa, si mía que con mi débil carácter fui incapaz de alejarme ni un segundo de ellos para dedicarle tiempo a mi familia, o de los propios libros como entidad física que con lisonjas y arrumacos me fueron alejando de mi entorno, el resultado fue el mismo: mi esposa me abandonó y se llevó a los niños. Ahora, en la casa vacía, sólo escuchaba a través de la puerta cerrada el eco de palabras dichas hacía mucho tiempo.

Salí de la casa saltando por la ventana.

Se había corrido el rumor de que el tai chi tenía propiedades curativas, la capacidad de rejuvenecer los cuerpos envejecidos y devolver a la musculatura la tonicidad perdida.

Vivía en una calle tranquila de casas grandes que se recostaban unas de otras entre frondosos árboles y jardines satisfechos. Sin embargo me topé con una docena de ancianos que practicaban tai chi en mitad de la calle. Esta inusual disposición había causado un pequeño embotellamiento vehicular en una calle por lo común poco transitada y silenciosa. Los conductores hacían sonar las cornetas y aceleraban con rabia el motor de sus autos. Algunos se bajaban de sus vehículos para que sus insultos se escucharan mejor. A los ancianos esta estridencia y la irritación de los conductores no parecían afectarlos. Seguían realizando sus movimientos cadenciosos y lentos como el Yema Fenzong que era como apartarle las crines a un caballo que corría por una pradera o, tal vez, el Baihe Liangchi que era como un pájaro que extendía sus alas.

Una anciana sentada en la acera me dijo, notando mi asombro, que era de lo más natural lo que veía. Al principio, dijo la anciana, las prácticas de tai chi se circunscribían a uno o dos parques de la urbanización y apenas participaban en ellas un puñado de ancianos. Pero con el paso del tiempo, bien sea porque las prácticas eran gratis (de hecho no había a quien pagarle puesto que no había un profesor o alguien que dirigiera aquellas prácticas y parecía, más bien, que los ancianos se reunían por voluntad propia, atendiendo a un llamado misterioso) o porque se había corrido el rumor de que el tai chi tenía propiedades curativas, la capacidad de rejuvenecer los cuerpos envejecidos y devolver a la musculatura la tonicidad perdida, pronto los parques de la urbanización se hicieron insuficientes para contener a los cientos de ancianos que salían de sus casas con la intención de beber de ese elixir de la vida. Desde entonces, dijo la anciana, las calles de la urbanización, todas o casi todas, se llenaron de ancianos que ejecutaban ese baile lento y meditado con la esperanza de alargar sus vidas aunque fuera sólo un poco. Dicho esto, la anciana se levantó y se incorporó al nutrido grupo de ancianos que bailaban en medio de la calle.

Dejé atrás a los ancianos tranquilos y a los conductores hastiados. El aire olía a lluvia. Sin embargo el cielo estaba despejado y de un azul que dolía. Escuché el canto reverberante de las chicharras. ¿Cómo era posible que convivieran estos elementos contradictorios en un mismo instante? No bien terminé de formular esta pregunta, a todas luces retórica, se largó a llover. Los elementos discordantes se hicieron más evidentes, puesto que siempre me había disgustado que el sol y la lluvia se manifestaran al mismo tiempo. Cada elemento tiene su lugar y su tiempo y no había razón alguna para que intentaran solaparse el uno al otro. No siempre ocurría, hay que decirlo, más bien todo lo contrario: ocurría en muy raras ocasiones. En todo caso el intento era vano, puesto que sus fuerzas eran equivalentes y no hacían mella una en la otra.

Me guarecí de la lluvia bajo el estrecho alero de una casa. Una corriente de agua se había formado en el borde de la acera. Corría a gran velocidad calle abajo. La imaginé, como hacía cuando era niño, como un gran torrente de furiosos rápidos. Precisamente del monte frente a mí salió un niño. Corrió hacia el torrente. En las manos llevaba una gran hoja en la que había clavado una ramita. En la parte superior de ésta había insertado una hoja más pequeña a modo de vela. Dejó la hoja sobre el agua. El barquito improvisado inició así su descenso por los rápidos de la imaginación. El niño lo siguió con alegre carrera y pronto desapareció tras la cortina de agua.

Esperé aun una hora a que escampara. Durante ese tiempo tuve oportunidad de pensar y, sobre todo, de recordar. Cuando salí de la casa no tenía ni idea de a dónde me dirigía. Ahora lo sabía. Para eso había abandonado la casa y las voces de la adolescente y el niño. ¿Había alguna razón para emprender ese recorrido? Me hice la pregunta sin intención de responderla. Esperé el vuelo del primer pájaro y reinicié mi camino.

La calle era un trazo en fuga flanqueada por casas a los lados, sin cruces ni bocacalles, sin interrupciones, una línea recta que terminaba en un punto sobre el horizonte. Intuí que en aquel punto en el que todas las líneas confluían se encontraba lo que buscaba, que no era un lugar de la realidad puesto que ese ya no existía, sino de la memoria.

Escuché gritos. Provenían del interior de una casa. Una casa como las otras salvo que ésta tenía encendidas las luces exteriores a pesar de que eran las doce del mediodía. Los gritos eran gritos de terror frente a la muerte. No tenía la menor duda de ello. Eran gritos que pedían ayuda, pedían clemencia, gritos que provenían de una voz de mujer que sabía, con certeza, que no recibiría ni una ni otra.

Aquella experiencia traumática fue la responsable de que cada año me vistiera con aquel caluroso traje de paño rojo.

Un hombre salió de una casa vecina. Corrí hacia él y le conté lo que ocurría. El hombre abrió la portezuela de su coche y se sentó frente al volante. Pareció no haberme escuchado (¿o se hacía el loco?), así que le repetí la información. El hombre puso en marcha el motor y me respondió, sin verme, que eso era imposible, que en aquella casa no vivía nadie, que su dueña, una anciana que daba clases particulares de matemáticas y era muy querida por los vecinos, había sido asesinada y que sus victimarios nunca habían sido aprehendidos, que a lo sumo lo que había escuchado era la repetición sistemática de un hecho del pasado que había quedado grabado, por error, en algún intersticio del presente, lo cual, por otro lado, no le hacía daño a nadie y permitía, por añadidura, aunque de manera ciertamente desagradable, mantener en la memoria de los vecinos el recuerdo de la buena señora. Dicho esto el hombre puso en movimiento su coche y se alejó. Manejaba con precaución, tal vez con extrema precaución. La razón por la que conducía con tal extrema cautela la encontramos o tiene su origen en la lejana infancia, un trauma espantoso producido por un accidente de auto, responsabilidad íntegra de mi padre, quien había regresado a casa en estado de ebriedad proveniente de la fiesta de Navidad de la empresa en la que trabajaba. Borracho y feliz y, como él mismo dijo en aquella ocasión, impregnado del espíritu navideño, decidió llevarme al centro comercial más cercano para que conociera a Santa, sin atender los ruegos y reproches de mi mamá ni la evidencia implacable de que en su estado, conducir resultaba poco menos que una empresa descabellada que sólo podía terminar en un accidente. Y en efecto, en el primer semáforo se comió la luz roja y un autobús se llevó por delante, limpiamente, la parte delantera del automóvil. Yo quedé ileso, sin un rasguño, en el asiento trasero, con la boca abierta y los ojos como platos viendo a los curiosos que se aglomeraban frente a lo que quedaba del coche. De mis padres no quedó ni el rastro. Un par de horas más tarde un paramédico me revisaba en el interior de una ambulancia. Me habían envuelto en una frazada y tenía calor. Sin embargo no me atrevía a quitármela ni a pedir que me la quitasen. Además en mi cabecita comenzó a cobrar forma una duda. Y la duda se las arregló con rápida eficiencia para convertirse en angustia. Así que no me quedó más remedio que armarme de valor y preguntarle al paramédico si, a pesar de todo, Santa me dejaría un regalo bajo el arbolito el 24 de diciembre. Sin dejar de auscultar mi pecho y sin verme, el paramédico dijo que no contara con ello, que mis padres estaban muertos y que, por si no lo sabía y ya era hora de que lo supiera, mis padres eran Santa.

Esa era la razón de que condujera con esa lentitud exasperante y que me dirigiera en ese momento al centro comercial más cercano a mi casa. También era la razón de que tuviera en la maleta del auto un par de almohadas y un traje de San Nicolás. Aquella experiencia traumática fue la responsable de que cada año me vistiera con aquel caluroso traje de paño rojo y me colocara sobre la cara aquella barba hecha de hilachas de algodón para dejarme fotografiar, día tras día, junto a niños ilusionados que invariablemente se bajaban o eran bajados de mis piernas en un estado de desolación existencial, como si en ese breve lapso de sus vidas, en el que el cálido abrazo los envolvía, les haya sido revelado, con absoluta claridad, el destino final de todo lo humano. Y es que en ese instante de intimidad, luego de sonreír para la foto y de darle un casto y cariñoso beso en la mejilla, acercaba mis labios a la ingenua orejita del niño y le contaba en un susurro toda la verdad y nada más que la verdad. Y la verdad duele. Eso ya lo sabía yo.

Mientras me cambiaba en un inmundo cuartico que la gerencia del centro comercial había puesto a mi disposición, se me ocurrió una nueva idea para torturar a esos dulces angelitos que venían a mí llenos de ilusión. Se trataba de una mejora en el plan inicial, una suculenta vuelta de tuerca, una sutil (o tal vez no tanto) adición que, en mi opinión, le daba una perspectiva nueva, un placer adicional, a mi costumbre de arruinarles las navidades (y tal vez la vida) a los niños que venían a tomarse una simple foto con Santa. Las consecuencias de mis actos, en lo personal, me tenían sin cuidado. Nunca había sido descubierto, nunca había sido delatado por un niño. Y en el caso de que ocurriera, era la palabra de un pequeñín con un cerebro apenas más desarrollado que un chimpancé contra la de un adulto, que para más señas era el mismísimo San Nicolás. ¿Quién en su sano juicio le iba a creer a un niño bajo estas circunstancias?

¿Qué de qué se trataba esta nueva idea mía? No lo diré, ni pienso adelantar nada. Tendrán que esperar a que la ponga en práctica. Pero será luego porque tocaban la puerta con suavidad espartana. Es decir, con discreción pero con carácter. A pesar de que la metáfora pueda sonar ridícula, no por ello era menos cierta. Por añadidura conocía perfectamente esa forma de tocar la puerta y debo decir que quedé sorprendido. Porque esa suave determinación sólo podía provenir de los nudillos de mi amada esposa. Recordé, entonces, un sueño que había tenido unos días atrás. Mi mujer y yo estábamos en la puerta de la casa. A nuestros pies una araña negra con destellos metálicos y tamaño considerable se debatía panza arriba. Movía con desesperación sus innumerables paticas. Tanteaban en el aire un punto de apoyo. Temíamos que en cualquier momento la araña lograra darse la vuelta y nos atacase. Mi mujer bajó los ocho escalones y se detuvo al pie de la escalera de la entrada principal. Yo estaba paralizado de terror. Y la araña, no sé la razón, tal vez percibía el miedo, estaba furiosa conmigo. Le di una patada. El insecto surcó el aire dibujando una parábola que terminó en el pecho de mi mujer. Entonces me di cuenta de que ella también vestía de negro y la araña desapareció entre los pliegues de sus ropas. Sin embargo mi mujer debía verla muy bien porque hacía esfuerzos desesperados por sacudírsela. En este punto el sueño fue sustituido por otro del que no guardo ningún recuerdo. Cuando desperté pensé en mi mujer como una viuda negra, pero de inmediato descarté esa imagen. Sin embargo, ahora que recibía la inesperada visita de mi esposa, volví a recordar aquel sueño y tuve que concluir que había muchas maneras de matar al esposo. Y una de ellas era aparecer frente a tu pareja de tantos años, vestido de San Nicolás en un oscuro y maloliente cuartico de servicio de un centro comercial, para decirle, de sopetón, que lo abandonaba. Te abandono, no hay más que decir. ¿Qué más le podía decir? No entendería nada de todos modos. Los años de abandono, la soledad. Y la esperanza, que es lo peor de todo. La esperanza que te mantiene atada a una relación insalvable, siempre pensando que hoy sí que se iba a dar cuenta, que hoy sí que iba a abrir los ojos, que te iba a ver por fin. Yo sí que lo veía a él ahora, tan deliciosamente ridículo con ese atuendo que no pude evitar reírme en su cara. ¡Pobre diablo! Me di la vuelta y, saliendo del cuarto en el que un paupérrimo Santa se desinflaba, dejé atrás esa etapa de mi vida.

Su silencio tenía un propósito. Eso lo intuí casi de inmediato. ¿Pero cuál era ese propósito? ¿A qué había venido aquel niño?

¿Quién soy yo?, me preguntaba mientras veía mi reflejo en las vidrieras de las tiendas, rodeado de maniquíes hieráticas y esbeltas. El centro comercial estaba extrañamente vacío y silencioso. Mis pasos resonaban como estallidos, como bombas rítmicas cuyos ecos se alejaban de mí y se perdían por los pasillos solitarios. Me entró un deseo irrefrenable de matar. Al fondo, sentado en un banco, vi a un hombre. Leía un libro. Aun desde la distancia pude ver el nombre del autor, aunque curiosamente no el título. Se trataba de Gregor von Rezzori, seudónimo de Benno von Archimboldi. ¿O era al revés? Me senté a su lado. Casi de inmediato se bajó la cremallera del pantalón y sacó su pene. Me tomó del cuello y me atrajo hacia él. Yo no opuse resistencia. Su sabor agridulce me excitó. La lamí y la tragué. Ese tallo sólido pero flexible se enroscaba dentro de mi boca, acariciaba o golpeaba cada pliegue, cada hendidura. Mi lengua lo perseguía, se colaba entre el prepucio y el glande. Lo sentía temblar, contraerse como si trastabillase antes de soltar el chorro de esperma que finalmente desbordó mi boca y luego salpicó mi cara.

Me limpiaba en un baño cuando entró un niño. No decía nada. Sólo me miraba. Sus ojos eran intensos como suelen ser los ojos de las personas que han vivido mucho. Su insistencia y su silencio me perturbaban. Salí corriendo del baño dispuesta a lanzarme al vacío. Pero no había ningún vacío del que lanzarse. Me encontraba en la planta baja. El niño seguía a mi lado. Lo tomé de la mano y caminé con él. Su silencio tenía un propósito. Eso lo intuí casi de inmediato. ¿Pero cuál era ese propósito? ¿A qué había venido aquel niño? ¿Qué quería de mí? ¿O qué podía yo esperar de él? ¿Por qué tantas preguntas? Salimos del centro comercial. Caminamos por una acera rota. De las grietas salían hierbajos resecos que temblaban con la brisa. Llegamos a un parque. En la entrada un heladero hacía sonar las campanillas de su carrito. Le compré un helado al niño. Se lo comió como parecía hacer todo en la vida: con una concentrada seriedad que la aproximaba a una persona adulta. Pero no, no sólo a una persona adulta, más bien a un sabio, una persona con una experiencia de vida (o de varias vidas) intensa y profunda. Luego de comerse el helado, el niño entró al parque y desapareció. Me fui. Me alejé de aquella señora que no entendía nada de lo que pretendí transmitirle. Era obvio que se trataba de un ser primitivo y decidí no seguir perdiendo mi tiempo con ella.

En el parque los niños jugaban, que es lo que hacen los niños en los parques, jugar como monos chillones, desplegando una histeria que se contagian unos a otros y se desparrama como un vómito pestilente. Es que su pobre cerebro no les daba para más. Los despreciaba. Yo, en cambio, no jugaba. Tenía cinco años y no jugaba. Yo caminaba por ahí. Desde que salí de casa y me perdí vagaba sin rumbo. No buscaba nada, sólo encontraba.

Cuando pasé junto a los niños, dejaron de jugar. Les arrebaté la euforia y les dejé un gran vacío imposible de llenar. Detrás de mí quedó un rastro de lágrimas y desolación. Mi alegría era indescriptible.

Seguí un estrecho sendero que se internaba en un bosque de eucaliptos y ascendía una montaña de onduladas colinas. En el camino fui testigo de un suceso fascinante y que de alguna forma prefiguraba mi propio final, el final que me era destinado y que yo conocía muy bien y al que me dirigía con alegre lucidez: un perro dormía ovillado a los pies de un árbol. Los perros son animales estúpidos. De la maleza surgió sigilosamente un animal formidable. Se trataba de un ocelote de rara belleza. La bestia, ocre y negra, se acercaba al pobre perro con calculada lentitud. Sus movimientos eran elegantes y comedidos. Sus músculos ejecutaban un baile silencioso e hipnótico. Después de un paso, cada vez que una de sus patas se posaba con suavidad sobre la tierra seca del sendero, se detenía largo rato sin dejar de ver con aquellos ojos profundos y concentrados al perro que se debatía quedamente sumido en algún sueño idiota. En aquellos instantes el ocelote era una estatua despiadada y hermosa. Poco a poco, con desesperante paciencia, la máquina asesina acortó la distancia que le separaba del perro dormido. Yo esperaba expectante, con una alegría feroz, el desenlace de la tragedia. Al fin el ocelote estuvo sobre su presa, sus fauces sobre el cuello del perro. Sentí sobre mi propio cuello su aliento caliente. Allí se inmovilizó un tiempo que me pareció eterno. Yo temblaba de emoción y nervios. Jamás en mi corta pero larga vida había perdido el control sobre mí misma de esta manera. Y de pronto, con un latigazo de su columna vertebral, un movimiento veloz y preciso, el ocelote hundió sus dientes en el cuello del perro que despertó a la dura realidad chillando como un cerdo. Fue todo muy rápido. En un segundo el ocelote había desaparecido tras la maleza llevándose consigo al perro. Los chillidos se fueron haciendo más débiles en lo profundo del bosque mientras yo avanzaba por el sendero al encuentro de mi destino que se prefiguraba en aquel hombre que me esperaba sentado en un banco en un claro del bosque. Ahí viene. Hacía tanto que no lo veía, que se había desvanecido de mi vida casi imperceptiblemente, como una nube que va cambiando de forma hasta diluirse definitivamente.

Desde la puerta nos sonreía. Sus ojos eran dos cuencos profundos de los que brotaba la sangre.

Caí en la cuenta, cuando lo vi sentado a mi lado en el banco, de que no había cambiado nada. Era el mismo chiquillo silencioso y concentrado que conocí en la infancia. La misma mirada intensa, los mismos ojos negros, abismales. A pesar del miedo y de la incertidumbre, lo tomé de la mano y lo llevé conmigo. Otra cosa no podía hacer.

Caminamos de regreso a casa por las calles vacías. El silencio caminaba con nosotros. Su compañía nos abrumaba. Nuestras manos entrelazadas se fundieron y desde entonces caminamos como uno solo. Pasamos frente al centro comercial en el que una mujer devastada por la soledad discutía con un hombre gordo de barba blanca vestido de rojo y con un ridículo gorro del que colgaba una borla blanca que se bamboleaba con cada rabioso movimiento de su cabeza. Pasamos frente a un accidente de tránsito. Un niño sentado en una ambulancia, envuelto en una frazada, escuchaba a un paramédico. Su mirada había perdido la ingenuidad que lo caracterizaba. Pasamos frente a la casa de una muerta. Desde la puerta nos sonreía. Sus ojos eran dos cuencos profundos de los que brotaba la sangre. Así llegamos frente a nuestra propia casa. Entramos. Dejé al niño en la sala y me encerré en mi cuarto. Me acosté en la cama, me cubrí con la pila de libros y cerré los ojos. Mientras me dormía, tal vez para siempre, escuché al niño que respondía las preguntas que la adolescente le hacía.

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