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Un acto trascendental

sábado 5 de septiembre de 2020
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Cuando vieron que el evento se caía por falta de asistencia del público, se les levantó la camisa. Hay que llevarlos a todos, dijeron, y llegó la orden de tener a la mano el gafete de la institución. Avisaron que en diez minutos estaría frente a la oficina un bus para trasladarnos a todos al teatro donde se presentarían los resultados del censo, evento que sólo tenía diez años de atraso pero era muy importante estar presentes, sobre todo porque asistiría el señor Presidente de la República.

Hubo quienes manifestamos no tener gafete, pero como la idea era hacer bulto para darle realce al acto dijeron no importa, con su documento de identificación puede entrar. Ni modo, pensé, de nada valió decir que no tengo gafete, aunque lo tenga, y tendré que ser parte del relleno.

Cuando llegamos y se abrió la puerta del bus, todos nos desparramamos como si fuéramos un montón de naranjas.

El alboroto en la oficina se hizo descomunal. Sólo tomen en cuenta que hay como treinta mujeres trabajando con nosotros, más otras tantas en el resto del edificio. En los elevadores, pasillos, salones, por todos lados se oía el cotorrear de las compañeras, sus risas, el ruido de tacones y para qué les cuento más. No parecía oficina sino un vuelo de pericas, esa ave meridional que vive en los bosques durante el celo y la cría y pasa el resto del año en las tierras cultivadas, a donde se traslada dando gritos agudos y desagradables.

Cuando bajé ya estaba el bus enfrente. Como se trataba de un evento rimbombante, llevaron el último modelo para trasladar el relleno de gente al teatro. Sin embargo, en un busito con capacidad para quince personas metieron a casi treinta. Algunas se sentaron en el motor, otras llevaban su cosita al aire sentadas entre dos sillones, otras apretujaban al piloto que no sé si por eso o engolosinado con el bus nuevo, manejaba como alma que se la lleva al diablo.

Era casi imposible hablar y que el vecino te entendiera lo que decías, pues el cotorreo era inmenso. Algunas tomaban fotos, otras gritaban, hubo quienes presumían de su asiento, las más bromeaban a todo volumen, felices de por fin tener algo “importante” que hacer.

Cuando llegamos y se abrió la puerta del bus, todos nos desparramamos como si fuéramos un montón de naranjas que salen de un camión al abrir la compuerta. Las asesoras de los jefes tomaron el mando. Por aquí, dijeron, y nos trasladaron por un corredor hacia toldos que atendían los encargados del evento. Sin embargo, al llegar nos dijeron no, por aquí no, vayan por ese corredor y en recepción les indicarán qué hacer. Ahí me di cuenta de que tomaron la iniciativa para compensar lo que no hacen en sus oficinas, pero resultó igual. Con asesoras así todo funciona como rueda de Chicago de pueblo: da vueltas y de repente se reciben somatones inesperados. Pero en fin, asesoras.

Lo primero que vi en recepción fue un recipiente lleno de monedas. Es que no se pueden entrar monedas, nos dijeron, y de plano, pensé, las están juntando para pagar sus pasajes de bus durante todo el mes. Vayan por allá, por la izquierda, nos dijo quien parecía ser la acomodadora oficial, que se contoneaba como reina de pueblo.

Cuando entramos, en la oscuridad porque el evento estaba por iniciar, nos indicaron dos asientos vacíos por aquí, uno por allá, tres más abajo y el grupo compacto de la oficina se dispersó.

Me pareció que donde había tres lugares estaría más cómodo y pedí permiso para llegar a los asientos vacíos. Para eso tuve que sortear a cinco gordos sentados en los primeros asientos y me costó un triunfo llegar porque entre las rodillas de los rollizos y los asientos de adelante, quedaba apenas una ranura para pasar. Me senté dejando un lugar vacío a cada lado.

Me quité la chumpa, la puse en una de las sillas de al lado, pasé el brazo sobre el respaldo de la otra y, realmente, me sentí cómodo. Sin embargo a los cinco minutos de estar sentado ya me quería ir, pero miraba aquellos mastodontes y no sabía cómo pasar los escollos que tenía al lado. Por más que imaginaba una o dos estrategias para salir, era imposible sin alborotar el teatro.

Por fin comenzó el acto. Se sucedieron los discursos de una morena —muy morena— asesora del censo, el jefe del Instituto de Estadística, el ministro y, cada vez más, quería salir de aquel encierro. Comenzó a hacerme sufrir el calor. Pero no calor humano sino como de sudores de cuerpos mal lavados. De repente, como que Dios me entendió y tres de los gordos se empezaron a despedir. Se levantaron, dieron la mano a los dos que se quedaban y comenzaron a salir.

Ahora es cuándo, me dije, me puse de pie y caminé tras ellos buscando la salida. Uno de los dos que querían ver al Presidente en acción, como si no lo vieran a cada rato en los medios de comunicación decir lo mismo, se levantó, pero el otro, el más rollizo de todos, se quedó sentado como si fuera un elefante marino. Casi me caigo porque ni se movió el cabrón y se me trababan las piernas entre las suyas y el asiento de adelante. Todavía me duelen los raspones.

En el mes de la independencia deben demostrar que son independientes, pensé, y no estar atenidos a que otros planifiquen la fuga.

Al fin quedé libre, y como me costó tanto, ni me acordé de los compañeros. Salí al parqueo, había un montón de carros pero ningún taxi. Tomé la decisión de caminar y partí rumbo a la oficina buscando almorzar porque ya tenía como cuarenta y cinco minutos de atraso y yo soy fiel a mi hora de almuerzo.

Llegué al comedor, me acomodé, pedí la comida y entonces vi el teléfono. El mensaje decía como en tono de burla “¿Ya almorzó, Lic.? Porque si no ya está atrasado”. Respondí: “Estoy almorzando”, y los siguientes mensajes decían más o menos ¿por qué no nos avisó? Estamos con hambre… y otras cosas. Estaría yo para pensar en los compañeros… Esos actos son de sálvese quien pueda. Y nada más.

En el mes de la independencia deben demostrar que son independientes, pensé, y no estar atenidos a que otros planifiquen la fuga. ¡Si supieran lo que me costó! El que no se pone listo merece quedarse en ese acto insulso, en la oscuridad, oyendo los versículos de la biblia y las palabras gastadas del Presidente de la República.

—¿Ya almorzaron? —pregunté desde mi escritorio cuando llegaron a la oficina.

Algunos me hicieron caras como de chuchos apaleados, otros reclamaron mi abandono, como si fuera una canción de mala muerte.

Por lo menos, les dije, al regreso no tuvieron que caminar y disfrutaron del busito nuevo ya no tan apretujados como a la ida.

A nosotros nos dieron, dijo una compañera con voz de lora, algo muy importante: una memoria USB con los datos del censo.

A mí también, les dije, pero ¡yo tuve que caminar!

Antonio Cerezo Sisniega
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