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Pandemia

martes 29 de septiembre de 2020
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Después de meses confinados en sus casas en la ciudad, de ver caer, como hojas marchitas de un bosque, a miles de conciudadanos, la gente no quería salir de sus casas porque no sabían qué hacer con sus vidas. Entre ellos, un gran número tenía alteraciones mentales y emocionales; otros, perdieron el sentido de la dicción y repetían a menudo las mismas frases o decían unas que no venían al caso; otros, sin preguntarles, decían que sí, que estaban bien, que no eran necesarios ni un test ni una vacuna (aunque nadie se las ofreciera); otros, regresaron a clases o a su trabajo con la fatiga y desazón causada por el encierro; otros, aletargados, no quisieron saber hasta el final una sola noticia de lo ocurrido para no caer en precipicios anímicos; varios cientos se habían suicidado, entre otras cosas, por depresión o carencias económicas o por aburrimiento del que no ve ningún porvenir. Cuando se hizo una encuesta nacional a través de los medios noticiosos para que resumieran en una palabra la experiencia emocional de la larga reclusión, mayoritariamente las respuestas fueron: fastidio o cansancio o temor o miedo.

Dos semanas después hubo un rebrote. Ya nadie sabía si el mundo estaba dentro o fuera de sus casas.

En la calle de Madero del centro histórico, dentro de la iglesia de San Francisco, una señora, que había perdido a casi toda su familia, no dejaba de preguntar a un Cristo desangrado:

—Pero el diablo ¿alguna vez lloró por alguien?

Marco Antonio Campos
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