“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Día laboral

jueves 1 de octubre de 2020

Como siempre, voy unos minutos tarde rumbo a la oficina. No sé si son setenta o noventa, pero tarde. Sé que cuando entre la veré. Esa maraña de colochos tras la computadora, como si la máquina hubiera escapado zigzagueando entre la maleza de rizos que emerge siempre como si quisiera llegar al techo. Pero lo más impactante, asombroso, es esa habilidad que tiene la compañera Eulalia de pintarse la raíz del pelo de colores claros y dejar el resto color azabache. Verdaderamente impresionante.

La jefa me ha llamado. Me da sus instrucciones como siempre, a su manera, y tengo que poner todos mis sentidos en alerta.

Al levantar la vista veo a María, como siempre, señalando con su índice derecho el reloj que ostenta en su muñeca izquierda, y somatarlo como diciendo mire la hora chulitío, son las 9 de la mañana y debiera entrar a las 8. Me río. Levanto la mano en señal de hola, como está, y entonces me doy cuenta de que sigue en plena plática con José, su compañero de al lado, con quien comparte las idas y venidas de la vida. Ellos entran a las 8 y se ponen al día del acontecer diario con una plática salpicada de risas, carcajadas y bisbiseos que todavía alcanzo a escuchar varios minutos después de mi llegada.

Voy a mi escritorio y me olvido de ellos cuando pretendo hacer que arranque mi computadora. Muevo el ratón hacia arriba, hacia abajo, a un lado, al otro, apacho el botón de Enter varias veces y el bendito trasto no responde. Para mientras voy al baño, me lavo las manos para evitar posibles contaminaciones, ya que en el camino hacia el cuarto nivel le he dado la mano a un par de compañeros. Me veo al espejo y ahí está la misma carota envejecida de todos los días, pero ni modo, tal vez naciendo de nuevo podría tener otra.

La máquina empieza a ronronear, prende una luz y llega una esperanza. Arrancará y me veré obligado a utilizarla todo el día, aunque sea metiendo los datos de facturas en la planilla de la SAT. Pero ¡oh, sorpresa! La jefa me ha llamado. Me da sus instrucciones como siempre, a su manera, y tengo que poner todos mis sentidos en alerta para interpretar lo que quiere que haga. Busco en mis archivos, comparo unos con otros, utilizo la “regla del diputado” y comienzo a copiar un párrafo por aquí, otro por allá y poco a poco armo un documento decente que a lo mejor llena las expectativas de la jefa.

Cuando voy a entregarlo me dice “ahorita no puedo atenderte”. Pero… digo yo… entonces… “Es que tengo mucho qué hacer”, dice ella y continúa acariciando su máquina en busca de algún chispazo que le permita salir del atolladero.

Regreso a mi escritorio, saco el libro de turno, lo abro y reinicio su lectura. A lo lejos oigo las carcajadas de Óscar, los lamentos de Julia a quien los 24 grados centígrados que marca el aire acondicionado le parecen un hielo y hace como que tiembla, cierra los ojos y simula la muerte. Los compañeros vecinos, que ya la conocen, la dejan hacer.

Hay que meterlos a la cárcel, dice la otra, ¡no es posible que sigan tergiversando las leyes! Lo que pasa es que no entienden y no hacen caso. “Enchachados” van a salir de aquí… y repite la retahíla diaria despotricando contra las autoridades, los compañeros, los gobernantes y cuantas personas se le ponen enfrente…

De repente, cuando llevo dos o tres páginas del libro, escucho como si fuera en mi oído el ¡Achiuuu! de Ernesto y el grito destemplado de ¡Chuchooo! de algún compañero muy ocupado y no sé cuál de los dos estallidos me desconcentra más, pero guardo el libro y me levanto, doy unos pasos y veo a Clodomiro dormido en el escritorio vecino y a don Édgar en el de más lejos. Esto parece una guardería de ancianos.

Regreso al escritorio, despliego las facturas pendientes, saco mi lupa porque los ojos ya no me dan y comienzo a ver los números de NIT, a descifrar la escritura de algunas, a inventarme los datos de otras ilegibles, en fin, me dedico a cumplir con mis obligaciones tributarias y de repente llega don Édgar con la docena de permisos para ir al IGSS y lo veo a los ojos. Por lo menos está despierto y me dice “es que tenía algunos atrasados”, y comienzo a firmar como loco. Es la tarea diaria, pero qué le vamos a hacer.

De repente se oye ¡abláaa tabuuú mijaa chyujooo! y es Gilberto quien a todo volumen pretende dar a conocer su conocimiento de algún idioma extraño. Así se siente bien y grita, patalea, somata, se carcajea como diciendo aquí estoy, ¡mírenme! Y como salida de ultratumba, se ve una figura delgada pasearse por la oficina como si estuviera en las pasarelas de la moda. Va, viene, se detiene… mueve lo que tiene, especialmente la cabellera.

Veo el reloj y son las 3 y media. Empieza la media hora más larga del día.

¡Comé mierda! Se oye y es como cuando aparece (sic). Es la letanía de todos los días y, me imagino, la manera de lavar el alma que esta compañera tiene para no llenarse de todas esas amenazas, exabruptos, dimes y diretes que son el pan nuestro de cada día.

Tomo el libro de nuevo, lo abro, y de repente escucho el dulce taconear clock, clock, clik, clock… y parece que el martilleo fuera en mi cabeza. La veo pasar, huelo su perfume y escucho ¿cómo te fue? No puede ser, ¿y la fulanita? ¿Y la sutanita? ¡Jajajaja!

Me paro de nuevo. Los compañeros ya no duermen. Cabecean. Veo el reloj y son las 3 y media. Empieza la media hora más larga del día. Camino, me siento, trasteo mi teléfono, platico un par de segundos con la compañera de los colochos, escucho a lo lejos el murmullo de José y María, la risa escandalosa de siempre y afortunadamente no hay estornudos ni lamentos de la compañera que quisiera verlos a todos fuera del ministerio o en la cárcel. Camino hacia la otra compañera de recepción y me dice ¡NO SÉ, LIC! ¡DÉJEME BUSCAR Y LE AVISO! Bueno, digo yo, al entendido a señas y al tonto a leña. Sigo caminando a mi escritorio, faltan diez minutos para salir pero no aguanto más. Tomo mis cosas y me largo. Mañana vendré de nuevo a la jungla.

Antonio Cerezo Sisniega
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