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Claudia la fea

sábado 7 de noviembre de 2020
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Nada más verla comprendí que estaba al final de algo. Encontré a Claudia casualmente un sábado por la noche, en verano. Ocupaba una mesa en una de las abarrotadas terrazas de los bares de la Avenida de la Constitución. Estaba sola y sentada de espaldas al resto de los clientes, mirando distraídamente el animado tráfico mientras bebía una jarra de cerveza. No parecía esperar a nadie. Me acerqué a saludarla. Hacía muchos años que no la veía y que apenas sabía de ella. Siempre le ha costado hablar de sí misma y dar cuenta de sus actos. Sin embargo, su cara no había cambiado: delgada, de piel morena, con pómulos anchos y marcados y esa característica nariz que se alarga en un rotundo trazo recto desde la base de la frente hasta la afilada punta saliente y que da a su rostro una original fealdad picassiana. Tampoco había cambiado su pelo, intensamente negro, ni su descuidada forma de llevarlo, alborotado, cayéndole a borbotones sobre los hombros, como si acabara de levantarse de la cama. Seguía sin maquillarse y vestía con la misma sencillez de siempre, un simple vestido blanco de verano. Sus ojos negros y grandes me miraron molestos. Era evidente que no era bien recibido, lo que me defraudó más que sorprenderme. Nunca se había sentido a gusto acompañada de gente, pero creía que conmigo hacía una excepción. Mientras permanecía de pie a su lado giraba la cabeza hacia las otras mesas, ignorando las palabras con las que yo pretendía reanudar una amistad que la distancia y el tiempo habían interrumpido.

—¿Viene alguien más? —me cortó en un tono nada amistoso.

—No.

—¿Y qué quieres?

—Pues… saludarte, si no es mucha molestia.

Advertí que, a pesar del tiempo transcurrido, seguía estando acostumbrado a su carácter solitario y difícil.

Se alzó de hombros y permaneció callada, como si no quisiera continuar la conversación. Permanecimos un tiempo en silencio, yo de pie a su lado, esperando alguna palabra, algo que indicase que después de tantos años no era sólo un simple estorbo, pero ella ni siquiera me miraba, se limitó a dar un largo trago a su cerveza, perdida la mirada en el tráfico de la avenida.

—¿Te he hecho algo por lo que estés enfadada?

Ella sacudió la cabeza en un distraído gesto de negación, después se volvió hacia mí.

—No, es que no me apetece hablar con nadie.

—Ah… bueno, entonces perdona por haberte molestado —me di la vuelta contrariado.

—Espera —dijo en un tímido hilo de voz que, sin embargo, fue bastante para que me volviese—, es que no estoy pasando por un buen momento, no me sale ser simpática.

—Eso siempre te ha costado.

Estiró ligeramente los labios en una sonrisa amarga.

—Tienes razón… Siéntate un momento si quieres… pero, por favor, no me hagas hablar con nadie más, no podría soportar la conversación de alguien que me importa una mierda.

Acepté sin sorprenderme de su singular invitación. Advertí que, a pesar del tiempo transcurrido, seguía estando acostumbrado a su carácter solitario y difícil. Siempre me había fascinado su personalidad oscura e inteligente, aunque entre nosotros nunca había existido nada parecido al amor, ni siquiera una simple atracción sexual. “Si no follamos es porque soy fea, porque te gustan las tías buenas y porque a mí también me gustan más las tías buenas que los hombres feos, lo demás son tonterías”, me había dicho una vez, a los diecisiete o dieciocho años, en una noche de fiesta en la que todos nuestros amigos habían conseguido enrollarse con alguien y en la que los dos nos quedamos solos en una cantina de la feria. Era esa rara forma de ser, en la que había algo de abatido y desafiante a la vez, lo que hacía que me gustase estar con ella, lo que hacía de Claudia un ser singular en mitad de aquella juventud alegre y zafia entre la que yo tampoco lograba sentirme a gusto. En cuanto me senté a su lado comprendí que, a pesar de los años que habíamos pasado sin vernos, esa atracción seguía existiendo. La había echado mucho de menos. Me hubiera gustado tenerla a mi lado mientras perdíamos la confianza en ese prometedor porvenir para el que parecíamos haber nacido. A base de afrontar frustraciones, nos habíamos vuelto resignados y dóciles. Una inteligencia cáustica como la suya me habría ayudado a soportar mejor la repulsiva entereza con la que hemos asumido nuestro fracaso.

—Pensé que tú nunca habías tenido buenos momentos.

—Algunos sí… tampoco hay que exagerar —me miró sonriente, ahora sin amargura y sin desconfianza—; eres del único del que a veces me acuerdo.

—¿Has visto a Juan, a Laura, a Martín y a los demás?

—Sí, llevo algunos meses en el pueblo y me he encontrado con algunos… no parecían muy contentos de verme… la verdad es que yo tampoco tenía ganas de verlos.

—Y tampoco a mí por lo que veo —asintió lentamente, arrugando los labios—; pensabas que yo también me había vuelto como ellos. La verdad es que no tenemos mucha relación, supongo que se sienten tan incómodos conmigo como yo con ellos… no tenemos mucho de qué hablar. Ellos siguen esforzándose por tener la vida que siempre quisieron tener y yo ya no sé qué quiero, si es que quiero algo. Los problemas que ocupan su vida no me interesan y sus intereses no me atraen. Cuando estoy con ellos tengo la sensación de que no los conozco, de que nunca los he conocido.

Son como esas hormigas que cargan comida para el hormiguero formando una hilera y que, cuando las pisas, parecen ansiosas por rehacer la fila.

Claudia se volvió a alzar de hombros y dio un largo trago a su jarra de cerveza. Me sorprendió advertir una mezcla de duda y resignación en la expresión de su cara. Antes, cuando era una veinteañera, era diferente, disfrutaba burlándose de la ingenua fe con que la gente hablaba de su futuro. Siempre se había sentido al margen de las ilusiones colectivas con que la gente intentaba dar un sentido a sus vidas; a base de ser rechazada, se había acostumbrado a mirar desde fuera el mundo de los demás.

—Es verdad que contigo siempre fue diferente, hablábamos de cosas que para ellos no existían. Éramos bichos raros. Pensaba que todo lo que nos ha pasado, toda la mierda que nos ha caído encima, les haría pensar.

—No te creía tan ingenua.

—Supongo que sí. Son como esas hormigas que cargan comida para el hormiguero formando una hilera y que, cuando las pisas, parecen ansiosas por rehacer la fila y seguir cargando comida. Asumen el pisotón como algo que no va con ellas, como algo inevitable. Lo importante es recuperar cuanto antes la “normalidad”, eso que desde que son pequeños les dicen que han nacido para hacer.

El tono resignado de su pensamiento era nuevo para mí. Claudia no creía en nada, pero eso no había hecho de ella un ser triste. La recuerdo siempre alegre, su cara fea sonriente, con algo hiriente con que responder a quien intentaba humillarla o para reírse de los ridículos dramas de la gente a la que su cara permitía que la tratasen como a uno más, una alegría despiadada que le había causado más de un problema. No le conocía ese triste humor sentencioso.

—No sabía que te molestase tanto su “normalidad”, antes te gustaba reírte de todo eso.

—Antes… Para ti esa “normalidad” nunca ha sido un problema, siempre has tenido la posibilidad de ser así. Tú eres raro por elección.

—¿Y tú no? —volvió a mostrar su sonrisa amarga. Vació de un trago lo que le quedaba de cerveza, se giró hacia la puerta del bar y con un enérgico gesto de la mano llamó la atención del camarero que atendía la terraza para que nos trajera un par de jarras más.

—Yo siempre he sido la hormiguita deforme a la que no dejaban formar parte de la fila. Fea, bisexual y un poco lista, cualidades poco adecuadas para ser una hormiguita más. En el colegio era la Fea con la que todos los niños se metían, en la calle la Fea a la que le gustaban las pollas y los coños en un tiempo en que si tenías coño sólo te podían gustar las pollas. Después resulté ser los suficientemente lista como para sacarme una ingeniería industrial en un país que pone a los ingenieros a servir copas a jubilados alemanes. He estado en Inglaterra y Alemania. Sí, he podido trabajar como ingeniera, pero una mujer con mi cara les resultaba sospechosa. Ni siquiera tenía una cara bonita o un cuerpo excitante que pudiera hacer perdonar unos rasgos que me daban pinta de magrebí o latinoamericana ante esos blanquitos racistas. Era una inmigrante. Era asco lo que veía en sus caras, ni siquiera odio. Me cansé de todo eso, de no ser “normal”.

—Así que, después de todo, te hubiera gustado ser “normal”.

—Hubiera sido más fácil… cargar con un pedazo de mierda fresca igual que los demás, formando parte de su misma fila, ver el pie que baja sobre las hormiguitas y se restriega aplastando a un puñado sin más preocupación que volver a rehacer la fila con tu pedazo de mierda a cuestas, sin tener que pensar en por qué te aplastan así, en si no sería posible hacer otra cosa, vivir de otro modo, un modo de vivir que no te obligue a cargar mierdas ni a mirar para otro lado mientras te aplastan.

El camarero nos trajo un par de rebosantes jarras de cerveza. Bebimos un rato en silencio. Estaba sorprendido por la fea mueca de vacilante resignación que exhibía otra vez su rostro.

—Estoy cansada —dijo de repente, mirando al tráfico y en un apagado tono de voz que cuadraba con la expresión que mostraba su cara—, ¿sabes? Aunque no te puedo decir de qué… Nunca he esperado gran cosa de la vida, así que no es por eso… No sé, quizás me haya cansado de vivir siempre al margen de todo, sólo para mí misma… al final acabas estando muy sola y muy harta de ti misma…

—¿Y por eso has vuelto?

—Supongo que sí…

Calló de nuevo un buen rato. Después, esforzándose por dar a su cara una expresión más amable, empezó a hacerme preguntas, preguntas breves que exigían una respuesta corta. No le interesaba el relato de mi vida, sólo los detalles necesarios para poderme situar en alguna parte.

—Un filólogo encargado de un supermercado, es el retrato de nuestra generación y de este país.

—Sí, a mí también me lo parece.

—Pronto tendré que pedirte trabajo, tendré que buscarme la vida de algún modo… de momento tengo algún dinero ahorrado y no pienso trabajar.

—Es un buen plan de vida.

Lo sé, es un bar de colgaos, ya sabes que a mí siempre me han gustado los bares de colgaos.

—El único que merece la pena.

—Tú tienes talento para mucho más.

Estiró los labios en una sonrisa tímida y desvió la mirada hacia el tráfico de la avenida.

—Te has vuelto demasiado zalamero, pero sigues sin gustarme, no esperes follar conmigo —había recuperado el tono cínico que me era familiar, pero no lograba desprenderse ni en la voz ni en el gesto de la sucia resignación que acababa de descubrirle.

—Te digo la verdad y tú lo sabes.

—Te agradezco mucho tus esfuerzos, pero no he salido para escuchar tonterías… ¿Conoces el Trastero?

—Sí… pero…

—Lo sé, es un bar de colgaos, ya sabes que a mí siempre me han gustado los bares de colgaos. A veces me doy una vuelta por él, escucho gilipolleces que me hacen reír, me bebo unas cuantas copas y hasta echo un polvo con alguno de los hijos de puta que van allí… ellos creen que me hacen un favor y yo dejo que se lo crean.

No sabía si hablaba en broma o en serio.

—No pongas esa cara, no es tan malo. ¿Me acompañas?

Le tuve que preguntar si hablaba en serio, pero sólo conseguí que se riera de mí. Al fin le respondí que sí, aunque de muy mala gana. Es verdad que siempre le habían gustado los bares a los que iba poca gente, pero el Trastero es otra cosa, un bar pequeño y sucio encajonado entre dos grandes casas en un callejón oscuro que desemboca en la avenida, con viejas paredes desconchadas que desprenden un persistente olor a humedad y un asqueroso servicio al fondo en el que esnifan cocaína sus escasos clientes, tipos raros a los que habían echado de otros bares del pueblo.

Ocupamos un par de taburetes en un rincón de la barra, en el caldeado interior, cuyo espeso aire saturado de humo de tabaco removían cansinamente un par de ventiladores colgados de las amarillentas lámparas del techo. Ella saludó a los pocos clientes que encontramos dentro: un par de gordos cincuentones y a un tipo alto, moreno y callado, con la cara muy chupada, que no debía superar los cuarenta, con el que cruzó algunas palabras en voz baja que no pude escuchar y que no dejó de mirarme en todo el tiempo con sus oscuros ojos. Todos parecían conocerla bien. Una mujer, cualquiera que fuese su aspecto, debía adquirir muy pronto una sórdida fama en un lugar así. Pidió un par de combinados de whisky con cola bien cargados a un narigudo camarero que bromeó con ella en un tono demasiado familiar tratándose de la distante Claudia que yo conocía. Me sentía incómodo por la mala fama y la suciedad del local y el mal aspecto de sus clientes, no era capaz de disimularlo. Sin embargo, ella parecía disfrutar con la situación y no me ahorraba detalles sobre el tipo de gente que había conocido allí. Me habló sobre todo del tipo moreno. Había estado en la cárcel condenado por maltratar a su ex mujer. Había perdido su trabajo de mecánico y le habían prohibido ver a sus dos hijos, ahora se ganaba la vida surtiendo de cocaína a los clientes del Trastero.

—No sé qué pintas con esta gente… si querías compañía podías haberme llamado.

—No busco compañía, con ellos es como estar sola. Cada uno tiene un problema o una obsesión a la que viven enganchados, sólo hablan de eso, lo demás les importa una mierda. Por eso me encuentro bien entre ellos, no esperan nada de ti, no preguntan nada ni quieren saber nada, es el mejor sitio para no ser nadie.

—No puedes hablar en serio… siempre has necesitado desesperadamente ser alguien.

Se echó a reír con una risa llena de rabia. Se había bebido muy deprisa la primera copa, muy cargada de whisky. Sus ojos habían enrojecido y su mirada se había vuelto acuosa y vibrante.

—Joder, y yo toda la vida pensando que me conocía bien a mí misma y eras tú el que lo sabía.

Decidí no contestar. Su rostro congestionado por la risa me observaba expectante, como si esperase una respuesta sobre la que descargar su rabia. Claudia me pareció entonces más fea que nunca. Siempre había hecho de su fealdad una bandera contra los mitos de la juventud, el signo externo de su rechazo de todos los estúpidos convencionalismos que, de haberlos asumido, la hubieran convertido en un ser marginal y lastimoso y a los que hacía frente sin tratar de reconciliarse con ellos. Esa noche en el bar era sólo una fealdad vulgar, resignada, vencida, una fealdad que hablaba con demasiada elocuencia de lo que habían sido sus últimos años.

Tras comprobar que no estaba dispuesto a seguirle el juego pidió otro par de copas. Empezaba a costarle articular las palabras. El par de gordos empezó a reír entre sí. El tipo moreno y alto permanecía impasible, con su dura mirada fija en nosotros.

—Tienes que haberlo pasado muy mal —le dije, sin poder contenerme más.

Di la verdad, reconócelo… siempre he sabido que esperabas muchas cosas de mí, demasiado…

Ella volvió a reírse con su risa histriónica cargada de furia. Uno de los gordos me había escuchado, lo que por alguna razón debía parecerle muy gracioso. Su blando torso hinchado, ceñido por una sudada camiseta blanca, se estremecía violentamente. Su cabeza era redonda, con un poco de pelo grisáceo en las sienes, una nariz ancha, carnosa y roja y grandes ojos castaños en los que relampagueaba una estupidez feliz.

—Vete a la mierda —le dije sin poder contenerme. El tipo moreno dobló la boca en una mueca que pretendía ser una sonrisa.

Claudia se inclinó hacia mí, apretando mi brazo derecho entre sus manos y apoyando su barbilla en mi hombro.

—No te enfades con ellos, enfádate conmigo… esto no lo esperabas… ¿verdad? —había acercado su boca a mi oído y no veía la expresión de su cara—, no esperabas verme aquí… di la verdad, reconócelo… siempre he sabido que esperabas muchas cosas de mí, demasiado…

—Sí, es verdad y sé que puedo seguir esperando muchas cosas de ti.

—¿Todavía no estás decepcionado? —me preguntó en un susurro.

—No, nunca —empecé a hablar, atragantándome con las palabras, hablando al vacío, hacia el tipo moreno que no apartaba la mirada de nosotros—, te conozco muy bien, sólo creo que estás pasando por un mal momento y que por eso estás haciendo tonterías.

Se separó de mí. Volví a mirarle a la cara. Sonreía, otra vez su sonrisa amarga, crispada por la borrachera depresiva que la iba dominando de manera tan aplastante.

—No, no me conoces… No tienes ni puta idea de lo que es vivir estrellándote contra eso que siempre te deja fuera y te acaba convirtiendo en un bicho raro en todas partes… no sabes lo que te acaba haciendo aquí dentro… —señaló su cabeza con el índice de su mano derecha, donde lo mantuvo mientras hablaba—. Un mal momento has dicho… ¿Sabes? Toda mi vida ha sido un mal momento… lo único que he hecho es pelear contra esta cara y esta puta cabeza que no se puede conformar con nada… estoy harta… me gustaría librarme de toda esta puta mierda de una vez.

El índice hundido entre el revuelto pelo de su cabeza había adquirido de repente una significación siniestra. Mi cara debió expresar un pánico repentino.

—Ni pienses en eso —fue todo lo que pude responder.

—No te preocupes… nunca he tenido valor.

—Eso es lo que me da miedo, que sé que lo tienes…

La tensa sonrisa amarga se borró de su cara, se puso seria, extendió sus brazos hasta apoyar sus manos en mis hombros y acercó su cara a la mía.

—¿Sabes qué siento cuando follo con alguno de estos hijos de puta?

—Joder… me importa una mierda, a qué viene eso ahora.

—Pues te lo voy a decir… —acercó aún más su rostro al mío, en sus ojos grandes y oscuros trepidaba la sucia luz del local— sé que me desprecian, sé que para ellos sólo soy una fea desesperada por follar… lo veo en sus caras, les hace sentirse superiores… y eso me pone furiosa… sí, follo por rabia, es la única emoción que soy capaz de sentir a estas alturas… déjame hablar, no te voy a dar detalles asquerosos… —hablaba despacio, con voz pastosa y torpe— sólo quiero que sepas lo bajo que se puede caer cuando siempre te quedas fuera de todo, cuando llegas a aceptar que siempre estarás fuera de todo porque tu puta cara fea no te deja ser “normal” y además eres lo suficientemente lista como para ser consciente de eso… no, no te puedes dejar engañar por palabras… acéptate a ti misma… es el mundo el que no te acepta —se detuvo, elevó un instante la mirada al techo y la volvió a bajar, su cara había adquirido una expresión contrariada—. Joder… no sé por qué me he puesto a hablar contigo… consigues que acabe diciendo tonterías… siempre me ha puesto furiosa lo que veo al mirarte a los ojos —su boca se torció mostrando de nuevo su sonrisa amarga—; no… tú no me desprecias como los otros, crees que me aprecias, crees que soy inteligente y auténtica y todas esas tonterías… pero sé que en el fondo lo que me tienes es compasión… te doy pena… por eso no quería verte y por eso no quiero volver a verte más.

Yo seguí de pie en el mismo sitio en que me había quedado, sin darme cuenta siquiera de las carcajadas que nuestra patética escena había provocado en los dos gordos.

Separó sus manos de mis hombros y se irguió en su taburete. Un par de lágrimas resbalaban por sus morenas mejillas. Se las secó con el dorso de la mano y dio un largo trago a su copa, hasta vaciarla. Yo me sentía incapaz de reaccionar ni de decir nada, me limitaba a titubear una respuesta que no lograba articular. Ella se puso en pie y yo la imité mecánicamente.

—No me sigas, he quedado con ese —me dijo, señalando con un movimiento de cabeza hacia el tipo moreno—; es con el que follo ahora, es un hijo de puta como cualquier otro… quizás debería habértelo dicho antes…

Se alejó de mí, cruzando el bar hasta el tipo moreno y alto, al que le dijo algo al oído. Él asintió lentamente con la cabeza sin despegar los labios y mirándome con sus ojos torvos. Dejó dinero sobre la barra y ambos salieron del bar.

Yo seguí de pie en el mismo sitio en que me había quedado, sin darme cuenta siquiera de las carcajadas que nuestra patética escena había provocado en los dos gordos. Al fin reaccioné y me fijé en aquellas blandas caras deformadas y rojas por la risa y en aquellos estúpidos ojos en que destellaba alegre toda la pena y la miseria y la mierda de este puto mundo. Por un instante quise reventar esas caras contra la barra, pero me contuve y salí corriendo al oscuro callejón.

Habían desaparecido. El callejón estaba sumido en una tranquila penumbra blanca, completamente vacío y quieto. El silencio sólo era roto por el rodar de los coches en la cercana avenida y las difusas voces de los clientes que llenaban las terrazas.

Juan José Sánchez González
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