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El gran alivio

martes 17 de noviembre de 2020
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El chorro quería abrirse. El dolor en el bajo vientre era intenso pero como pude me las arreglé, no para correr porque habría sido un desastre, sino para caminar a paso rápido. Cuando vi la palabra “Baño” en aquella puerta, en lugar de aliviarme aumentaron mis penas. Entré a toda carrera sin ver para un lado ni para el otro, buscando el mingitorio. Había dos libres: el último y el penúltimo y me decidí por éste.

Sentía los pies pesados, húmedos primero, empapados después, y cuando bajé la mirada pude ver el piso del baño completamente anegado. No sé por dónde pudo haber entrado tanta agua porque las ventanas estaban cerradas en un setenta y cinco por ciento. Afuera, los árboles aún goteaban los restos de la lluvia vespertina.

Con mano temblorosa abrí la bragueta del pantalón y aquello estaba trabado no sé dónde, porque la verdad tiene un tamaño normal. Pero a lo mejor los pelos me jugaron una mala pasada y de repente no sólo los pies tenía mojados: ¡comencé a mearme encima de los pantalones!

Fue entonces cuando de reojo vi las nalgas de una mujer y las piernas de otra y el enorme cotorreo sobre mi persona que se había desatado. Con aquello en la mano y la mirada descompuesta, hice un recorrido visual por todo el recinto. Había una banca con tres ménades que reían, señalaban, cotorreaban en voz baja con los ojos puestos en mí.

Me guardé todo lo que tenía que guardar y salí como alma que se la lleva el diablo.

Y yo me preguntaba ¿qué pasa aquí?, ¿dónde estoy?, ¿por qué hay mingitorios en el baño de mujeres? Y me veía los pies y los ruedos de los pantalones empapados. ¿Serán meados femeniles? No, no puede ser. Huele como a jabón íntimo. Nada qué ver con meados. Pero ¿de dónde había salido tanta agua? Al lado de los mingitorios se veían tres puertas de inodoros. Abajo, muy juntitos, los pies de tres féminas que agarraban sus calzones para evitar mojarlos en aquella inundación.

¿Me había metido al baño equivocado? ¿O era un baño unisex? Con eso de las modernidades ya no se sabe dónde anda uno. Pero, ¿también las mujeres orinaban paradas? No salía de mi desconcierto. Vi a las de la banca que me lanzaron sonrisas pícaras y comentaban a saber qué entre ellas. La de la derecha, la rubia, cruzó las piernas y dejó ver su generoso muslo. La de la orilla derecha parecía hongo con su peinado lleno de colochos y la otra me veía con los ojos como platos apachándome el miembro para que no saliera más orina.

A mi lado, dentro de otro mingitorio descansaba, no sé por qué ahí, una chumpa de lona, nueva, con el zíper cerrado y bien doblada, pero era el sitio más disimulado para concluir mis necesidades. Al final no sé si mis zapatos y ruedos del pantalón estaban más mojados que aquella chumpa que adquirió un color como de tierra mojada y un delicioso olor a orines, producto de mi desagüe intempestivo.

Me guardé todo lo que tenía que guardar y salí como alma que se la lleva el diablo, rehuyendo miradas de asco, curiosidad, libidinosidad de aquellas mujeres que hablaban, como siempre que se juntan dos o más, sobre cualquier chisme.

Ya en la puerta me volví a ver el bacanal en que me había metido. Aún no lo podía creer: baños de mujeres con mingitorios, el piso inundado a saber de qué efluvios femeniles, bancas que acogían a las parlanchinas que juzgaban no sólo a los hombres atormentados como me sentía en ese momento, sino a las propias mujeres que orinaban paradas, sentadas, y hacían sus cosas mayores como si nada platicando de inodoro a inodoro sobre cualquier cosa.

La verdad, salir de aquel atolladero con la vejiga vacía, todo guardado como Dios manda, aunque tuviera los pies empapados, el pantalón arremangado y el alma en un vilo, me produjo el gran alivio de mi vida.

Antonio Cerezo Sisniega
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