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La mujer que es soñada

domingo 13 de diciembre de 2020
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Sale el sol. Una vez más. Haciéndose paso poco a poco entre un considerado grosor de amplias nubes, pareciera que pidiéndoles permiso, como una niña que se dispone a coger la sal de la mesa y atraviesa con su brazo el espacio del otro, tímidamente.

Se tiñe el horizonte de una suave claridad, al mismo tiempo que el ruido de la calle va despertando, resurge el ajetreo mañanero, los pájaros emprenden sus quehaceres; los perros de alrededor parecen entusiasmados.

En la casa de la familia Rangel regresan de ese prolongado, largo lapso, que llamamos sueño.

Es un día especial para la familia Rangel. El señor Rangel, después de arduos años de esfuerzo, con los vaivenes que conlleva, enormes frustraciones, y ante todo mucha perseverancia, iba a inaugurar su joya más preciada: el Hospital de Salud Mental Rangel. Por supuesto que la joya no era sólo el hospital en concreto, una enorme, sólida y bien proporcionada construcción, sino lo que ésta representaba para él. El hospital era él. Todo un recorrido de estudios, ciencia, investigaciones, ideas, teorías; todas las horas que ha invertido en escrudiñar los recovecos más enrevesados de la mente humana. Su brillante intelecto. El mundo de las ideas y lo abstracto pasó a ser algo bien tangible y reconocido. Como el señor Emilio Rangel. No era alguien que pudiese pasar desapercibido. Desapercibidos los mediocres, que se conforman con pasar su limitada existencia sin aportar algo realmente sustancial y significativo a la realidad.

A Emilio Rangel le pesaba en extremo la condición de su hija. De su hija mayor: Clara Rangel.

Lo peor de todo es que ese tipo de gente lo justifica, sí. Se justifican escondiéndose en la familia. “Claro, yo me he dedicado en cuerpo y alma a mi familia, y a educar bien a mis hijos”.

Y lo dicen sintiéndose orgullosos, como si no fuese una obligación moral intrínseca de la condición de una persona mínimamente sana y coherente. Es esta la definición de mediocridad, pensaba. Sentirse plenamente satisfecho por haber realizado lo que era un deber moral, y nada más que eso.

A medida que el sol brillaba con más intensidad, más movimiento sucedía en la casa de la familia Rangel. Les esperaba un gran día por delante. Clara contemplaba a su marido orgullosa, genuinamente orgullosa de él. Lo observaba haciéndose el perfecto nudo de su corbata y buscando con la mirada los gemelos; él, con su porte siempre tan elegante, serio, sereno. Aun así, Clara, conociéndolo mejor que nadie, no pudo evitar ver la tristeza que él trataba de contener desde hacía varios días. Y es una tristeza con la que no se puede hacer nada. Ella misma había aprendido a lidiar con ello, mejor incluso que su marido, siendo éste experto en el campo de las emociones humanas.

A Emilio Rangel le pesaba en extremo la condición de su hija. De su hija mayor: Clara Rangel. Él nunca estuvo de acuerdo con llamarla igual que a su mujer, pero Clara se empeñó, y cuando una mujer se decide en algo, no hay nada que hacer; ni el prestigioso psiquiatra Emilio Rangel se atrevería a indagar en ese aspecto tan propio de la psique femenina.

Clara Rangel era, de lejos, la debilidad de Emilio. Le fascinó siempre la forma de ser de su hija, muy parecida a él y, a la vez, distinta en cuanto a ciertas formas de actuar y comprender el mundo. Le impresionaba la aguda astucia de su hija, su sensibilidad, y esa combinación tan feroz que resulta de ambas. Siempre fue a la que más exigió, porque también veía una debilidad terriblemente peligrosa en su personalidad; sus bruscos cambios de ánimo e impulsividad, que tanto marcaron gran parte de su vida.

Mientras ella estudiaba medicina, con el propósito de convertirse en una prestigiada cirujana (porque ella, como su padre, también tenía muy clara la manera en que iba a incidir en el mundo), a finales de su carrera se quedó embarazada. Fue un accidente; llevaba dos años con su pareja, pero no eran muy estables, y desde hacía tiempo ella dudaba de sus sentimientos hacia él.

Consideró abortar, varias veces. Ella no estaba preparada para ejercer de madre. Tenía un largo camino profesional por delante, eso sin contar lo joven que era, y que el padre de su hija no era la persona con la que proyectaba su futuro.

La cosa es que todo cambió a raíz de un sueño que tuvo, un sueño bastante nítido. Se encontraba Clara en una sala sin amueblar, con un suelo de mármol frío, impecable, cubiertas todas las paredes de espejos. Y allí estaba ella, de pie, con una prenda de seda ligera y descalza sobre un suelo frío; ella tiritaba. Había una manta tirada cerca de ella, de cuadros rojos y grises, pero era incapaz de cogerla. Se encontraba paralizada. Y a lo lejos, en uno de los espejos, estaba el reflejo de su padre. Emilio Rangel. Con la mirada en ella fija, imperturbable. Con una mirada que expresaba una brutal hostilidad. Y Clara seguía tiritando.

No podía soportar ver a su hija de esa manera, siempre al borde de quebrarse.

A raíz de ese sueño, algo se transformó en Clara. Fue como si ese sueño hubiera hecho a su pensamiento desviarse de vía, y adquirir otro sentido. Como si su propia mirada hubiera cambiado de ángulo, al igual que un fotógrafo adopta una nueva perspectiva, abriéndose así una nueva ventana a una nueva posibilidad, a un nuevo sentir.

De aquella manera, sin ser consciente de cómo, cuándo o por qué, decidió seguir adelante con el embarazo. Tuvo un hijo. Siguió con su pareja. Pasaron las estaciones, los años; también algunas alegrías tan indescriptibles como sólo una madre podría experimentar; ambivalencia, esfuerzos, sacrificios, decepciones, cambios, viajes, rutinas.

Retomó sus estudios al tiempo que una niñera nada mal pagada y su pareja (cada vez más distante) se hacían cargo de su hijo. Sin embargo, a Clara le perseguía un desasosiego que crecía y crecía con el paso de los días. Esa culpa (¿o mirada?) que se instaló un día en ella, como su segunda piel. Y luchaba contra eso. No podía permitirse el lujo de aceptarlo. Tampoco tenía el tiempo.

Emilio Rangel, como buen psiquiatra, insistía en que fuese a terapia, antidepresivos, algo. No podía soportar ver a su hija de esa manera, siempre al borde de quebrarse.

Clara se negaba. Lo máximo que hizo fue leer un barato y comercial libro de autoayuda que le regaló su hermana menor a base de mucha insistencia. “Si no eres feliz es porque no lo has decidido”, “cambia tu vida con un pensamiento”, “atrae cosas positivas con pensamientos positivos” y un largo etcétera.

Desde la creación del primer laboratorio de psicología experimental en 1879 a día de hoy, han marcado la historia de este campo grandes e influyentes pensadores (hipótesis, ensayo y error, más hipótesis, eventualmente teorías sustentadas y demostrables) para que ahora vengan unos cuantos charlatanes, impulsados por una inspiración divina, a revelarnos que el secreto de la felicidad es sólo decidirlo. Díselo a una madre nacida en la miseria, que sufre cada segundo al lidiar con la realidad de no tener cómo alimentar a sus tres hijos (qué importa la realidad social que tienes, decide ser feliz, mujer); díselo a una persona que tiene todo, pero no sabe lidiar con su adicción, porque nadie le ha enseñado cómo, y no posee los medios para enfrentarse a los mares de sus emociones; díselo a una mujer como yo —pensó Clara— que algo cambió en el funcionamiento de mi cerebro y no puedo controlarlo.

¿Cómo hemos llegado a esto? Clara ni siquiera aspiraba a la felicidad, se le hacía una palabra muy hueca, etérea, incluso infantil; ni los que tanto hablaban de ella sabían qué era. ¿Cómo hemos llegado a comprar esos mensajes tan vacíos?, ¿cómo ella había llegado a sentirse tan vacía?

Llevaba más de dos semanas en casa de sus padres. Su hijo y su pareja se fueron a casa de sus suegros a pasar un mes en la casa de campo que tenían en el norte. Clara fue quien lo decidió. Definitivamente necesitaba hacer algo. Y su espacio.

En la casa de sus padres tenían un ático en el piso de arriba, por lo que tendría la privacidad que tanto le hacía falta. Porque ya no aguantaba más. Bajó sus defensas, y recibió a esa sombra en forma de mirada que le acechaba. Se propuso dejar de luchar contra ello, por más que su padre no lo entendiera, y se pasaba así el día, observando sus propios pensamientos, que acontecían lentos, lentos y pesados, ajenos a ella; observaba su absoluta apatía. Por todos, por todo. Dormía hasta pasado el mediodía. Apenas hacía esfuerzo por comer. Se mantenía imperturbable; sin ningún sentimiento que la visitara, excepto en una que otra ocasión como cuando, de repente, le asaltaba una misteriosa inquietud al verse contemplando un árbol que veía desde su ventana. Un pino verde oscuro, grande y alto, que cada vez que soplaba más fuerte el viento pareciera que bailaba con éste. Le transmitía algo de sosiego… hasta que dejaba otra vez de moverse el pino. Y su inmovilidad le perturbaba.

Sabía que su padre entendía la ausencia de ella; él mismo fue el que la animó a quedarse en casa.

Había algo que a Clara le obsesionaba en exceso. Recurría una y otra vez la misma fantasía a su mente: tener persianas eléctricas en su cuarto. Porque de esa manera no podría entrar un solo rayo de luz. No le soltaba esa idea, la de estar absolutamente a oscuras en el cuarto. Recordaba que ese era el último pensamiento que tenía antes de dormirse; se visualizaba a ella misma, en la cama donde estaba, amaneciendo, y todo en una oscuridad absoluta. Sentía algo parecido a la calma, y se quedaba dormida, hipnotizada por esa imagen que iba arrullándola al mundo de los sueños, al mundo que tanto temía.

Esa misma mañana, que sería la inauguración del hospital de su padre, Clara se los imaginaba a él, a su madre Clara, sus hermanos y tíos entre brindis y aperitivos celebrándolo en el restaurante favorito de Emilio. También sabía que su padre entendía la ausencia de ella; él mismo fue el que la animó a quedarse en casa.

Su hermana menor fue la única que le insistió en que fuera. La visualizaba con su sonrisa de siempre, alegre, feliz; siempre con una ruidosa sonrisa. Al igual que la inmovilidad del árbol, le perturbaba ahora pensar en su hermana. Algo no podía estar bien en el hecho de mostrarse siempre bien. Una terrible falsedad que le causaba repulsión.

Emilio Rangel se encontraba rodeado de cumplidos, atenciones, blancos e impecables manteles, comida, una tenue música de fondo, impotencia, y un profundo anhelo de que desapareciera el monstruo de la depresión que se había apoderado un día de su hija; misma que decidió salir de su cuarto al jardín, a sentir un poco el aire, descalza. Sintió la humedad del césped bajo sus pies. Sus lentos pensamientos, su lenta respiración. Y una sensación de frío que hizo que empezara a tiritar.

Alicia Trujillo Aragón
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