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Literatura pasional epistolar
Zeus: de toro a bacteria L. crispatus
Carta a su amada de un científico microbiotólogo aficionado a la mitología

jueves 14 de enero de 2021
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“Leda y el cisne”, de Auguste Clésinger
Una de las más populares transformaciones de Zeus entre los pintores fue la de cisne, para poseer a Leda, esposa de Tíndaro, rey de Esparta. “Leda y el cisne” (1864), escultura de Auguste Clésinger • Fotografía: Vassil

Adorada señora, declaro que usted es la presencia-ausente persistente en mi existencia; me acompaña en todas mis actividades cotidianas, sea en el laboratorio o en los deleitables ratos de reposo hojeando mis libros de mi pasión, la mitología. Hoy usted me inspiró a revisar mi biblioteca y me guio hacia un rincón en el que encontré un libro injustamente olvidado, un álbum, Los amores de Zeus; consiste en una colección de reproducciones de los cuadros sobre ese motivo. ¡Sorprendente! A propósito de satisfacer enamoramientos el príncipe de los dioses asumió la apariencia de hombres y en un caso, de mujer; se convirtió en diversos animales: desde un toro hasta un minúsculo pajarito, e incluso en una ocasión ¡se transformó en un fenómeno atmosférico!

Esas imágenes, y las fantasías asociadas a ellas, me hicieron nacer el deseo ferviente de poseer los poderes de Zeus.

Calisto (en griego “la más bella”) era una ninfa virgen sacerdotisa de Artemisa, obligada, por tanto, a cumplir el voto de castidad; siendo rehusado por la ninfa en sus proposiciones libidinosas, Zeus se convirtió en la propia diosa Artemisa, logrando ser aceptado en su intimidad; entonces volvió a su forma original y la violó. El enamoradizo dios se prendó de Europa e ideó una triquiñuela para hacerse de ella. Un día la muchacha y sus amigas hacían un paseo campestre, y el dios se apareció entre ellas transformado en toro blanco, como un animal apacible que se dejaba montar y acariciar por las mujeres; al ser cabalgado por Europa, corrió hacia el mar y desapareció. Como buen griego, no despreciaba a los muchachos, y habiendo quedado encandilado por los encantos del joven Ganímedes asumió la forma de águila, lo raptó y se lo llevó al Olimpo haciéndolo su amante; convirtiéndolo en copero de los dioses y en dios de los gais. Se enamoró de Alcmene, esposa de Anfitrión; esperó que éste saliera de viaje y adoptó su apariencia; se acostó con la mujer y la preñó, engendrando a Heracles o Hércules. Danae fue la hija única del rey de Argos, Acrisio, a quien un oráculo le había anticipado que sería asesinado por su propio nieto; en consecuencia, encerró a Danae en una celda de bronce provista de un agujero en el techo para admitir algo de luz y aire; Zeus, prendado de ella, se transformó en lluvia dorada y se coló por el hueco. Una de las más populares de sus transformaciones entre los pintores fue la de cisne, para poseer a Leda, esposa de Tíndaro, rey de Esparta. Se volvió un roedor semejante a una ardilla para llegar hasta la inaccesible cueva en la que vivía Maia, la mayor de las siete Pléyades. Fue pájaro, un cuco, con el propósito de acercarse a su hermana Hera, aprovechando su amor por los animales; una vez a su lado recobró su forma y la violó. Bajo el aspecto de un pastor sedujo a Semele…

Esas imágenes, y las fantasías asociadas a ellas, me hicieron nacer el deseo ferviente de poseer los poderes de Zeus, aunque de ningún modo para andar por el mundo seduciendo féminas y efebos, sino con el fin de estar con usted para siempre. Pensé, ¿en qué animal o cosa debo transformarme para estar con ella, o mejor en ella? Quiero decir, no a su lado, sino integrado a su organismo.

Encontré la respuesta en mi cúmulo de información científica. Evidentemente, un parásito humano es la forma de vida más idónea.

De ser dueño de tal poder me convertiría en Pthirus pubis; es un insecto anopluro ectoparásito de los seres humanos, de entre 1 y 3 milímetros de longitud, casi redondo, achatado y de color amarillento; viviría sin fastidiarla en su monte de Venus, produciéndole una sabrosa comezón. No obstante, aunque resulta placentero, lo cierto es que P. pubis puede producir irritaciones de la zona pubicovaginal, y lo último que querría es originarle tal efecto.

O en Sarcoptes scabiei, el cual es una especie de ácaro de la familia Sarcoptidae, de cuerpo no segmentado, forma ovoide, con cuatro pares de patas. El macho mide de 150 a 250 micras; siendo menudo, fácilmente podría residenciarme en sus axilas. Aunque lo descarto, porque siendo un ácaro cava milimétricas cavernas en la piel que pueden infectarse.

Podría ser quizá un Pediculus humanus y vivir en su frondosa caballera. Pero Pediculus es inconstante, tiende a brincar de una cabeza a otra, se deja arrastrar al peinarse la persona…

Más adecuado sería la forma de un Enterobius versmicularis, gracioso pequeño nematodo parásito del hombre conocido popularmente como oxiuro. Siendo ese el caso, moraría en el hábitat de su trasero; le recordaría mi presencia al morderle suavecito el ano con mis pequeñitos dientes, originándole un prurito de lo más excitante; usted respondería a mis caricias al rascarse el culo; tendríamos interacción y yo sería feliz como una lombriz. Pero el hábitat del E.versmicularis es inseguro; es una zona de descarga de desechos alimenticios y una deposición enérgica puede arrojarlo fuera del organismo.

No crea usted que por ser microscópico y estar inmerso en esa megamultitud de entes que no son vegetales ni animales dejaría de hacerle sentir mi presencia.

Una lombriz es un organismo posible. Podría metamorfosearme en Ascaris lumbricoides, que es un nematodo parásito del intestino delgado del ser humano, donde podría vivir en usted cómodamente, aunque aprecio un problema: la acción de A. lumbricoides suele causar retorcijones de tripas de vez en cuando.

No descarto la posibilidad de volverme un hongo: el popular Tinea pedis, e instalarme entre los deditos de sus pies. El problema con los hongos radica en sus efectos antiestéticos; deforman los pies y las uñas, impidiéndole usar zapatillas abiertas, lo cual sería lamentable.

A propósito de perturbarla lo menos posible, quisiera ser mínimo, como una bacteria, cuyo tamaño es de entre 0,5 y 3 micras (µm); bajo esa forma viviría en su totonita cálida, apretada y húmeda, alimentándome de su esencia. ¡Ni cuenta se daría de mi existencia!; en efecto, ninguna mujer percibe el descomunal nido de microorganismos que pululan como locos en su vagina; yo sería uno de tantos más fusionado en esa secreción resbaladiza, pegajosa, pastosa y viscosa formada por las células del cérvix y de ese conducto muscular, mezcladas con moco y agua. Sería parte de su microbiota o el microbioma vaginal, así llamados por la ciencia los millones de traviesos seres integrantes de la flora y fauna humanas general, colonizadores de esa cavidad natural.

Pero no crea usted que por ser microscópico y estar inmerso en esa megamultitud de entes que no son vegetales ni animales dejaría de hacerle sentir mi presencia; con mi minúsculo pedúnculo pineal le haría cosquillas que la mantendrían inquieta y desosegada todo el tiempo. Además, tenga por seguro que yo sería una bacteria del género Lactobacillus, como la benéfica L. crispatus, cuyo ácido láctico protege contra la infección por especies patógenas. Me convertiría en el adalid, en el campeón de las L. crispatus entregado de todo corazón a la lucha implacable contra las perversas como Staphylococcus aureusStreptococcus grupo B y Escherichia coli.

El único requerimiento en tal caso es que usted no se lave jamás sus zonas íntimas para evitar ahogar a su amante o arrastrarlo fuera de su cuerpo mediante el flujo de agua, y su sexo olería a diablos, porque las bacterias causamos olores pestíferos, espantando a los osados que rondaran entre sus piernas.

Rubén Monasterios

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