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En silencio

domingo 17 de enero de 2021
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Camino solo. Estoy triste y parece que mi alma fuera a estallar en mil pedazos. Jamás me había sentido así ¡Cáncer! ¡Qué noticia la que acabo de recibir! Quieren operarla. No deben hacerlo. Estos médicos lucran con el dolor de la gente. Saben que no tiene remedio; sólo la van hacer sufrir. Sigo caminando y enrumbo hacia mi casa. No paso a verla; no resistiría la situación.

Mamachila, ¿qué sería de mí si no me hubiera permitido gozar de sus bondades y no me hubiera abierto de par en par su alma y su corazón?

“Ah, Mamachila, si usted supiera cómo fue siempre para mí un sol esplendoroso que alumbró mi camino; jamás me sentí solo cuando pude gozar de su presencia. Toda la vida supo darme mucho de su amor, del cual bebí en abundancia para poder soportar mis problemas. ¿Se acuerda, Mamachila, cuando en los días de mi niñez me gustaba pasear por aquellos grandes bosques de pino, me resbalaba sobre sus hojas secas y me recreaba escuchando el tenue silbido del viento, en aquella inmensa soledad que me hacía sentir como flotando en la hermosura del ambiente? ¿Y cuando ya cansado regresaba a su casa a tomar café caliente con leche y pan y a gozar de su amor? ¡Ah, qué días aquellos! Cualquier problema que tuviera, por grande que pudiera parecerme, usted sabía resolverlo con gran habilidad, desbordando amor. ¿Y aquella temporada en El Petén? ¡Qué buenos ratos pasamos juntos! Fue un gozo a plenitud el paisaje, la tranquilidad del pueblo y la belleza del lago, en el que hice mis primeros intentos por nadar y en el cual internábamos el cayuco para pasear o cuando íbamos de pesca. ¿Se acuerda, Mamachila? Fueron aquellos días de ensueño y siempre estuve protegido por su experiencia y por su cariño. Usted siempre supo comprenderme y jamás me maltrató. Ni aun aquella vez, cuando en una de mis travesuras de niño, corté una a una, con una hoja de afeitar, todas las pitas de sus muebles de sala. Ah, Mamachila, jamás olvidaré aquel día ingrato cuando el destino nos jugó una mala pasada y nos separó. Ese gran abismo que surgió entre nosotros, nos mantuvo separados por nueve años en los que no pude gozar de su presencia y me sentí inmensamente solo. No sabe, Mamachila, cuánto la añoraba. Hoy le cuento, Mamachila, que cuando regresé y pude verla de nuevo, me sentí el ser más feliz sobre la tierra. ¿Y se recuerda de mi época de estudiante? ¿Cuando me encontraba a la deriva, abandonado por todos, y usted supo con esa grandeza de su alma tenderme la mano y salvarme de la tormenta que amenazaba seriamente mi vida? ¡Qué bien me sentía a su lado, rodeado de amor y de comprensión! Cuando llegaba totalmente extenuado como a las diez de la noche después de trabajar todo el día y de estudiar en la facultad, y usted estaba ahí, presta a calentarme los frijolitos y el café, y se sentaba a platicar conmigo sobre cualquier cosa. Todo problema, Mamachila, usted estuvo presta a resolvérmelo, aun y cuando se tratara de dinero, pues siempre tuvo aunque fuera un poco, ya que en todo tiempo trabajó y jamás le gustó depender de nadie. Cuando me sentí cansado o con alguna dificultad, supe que encontraría en usted el alivio. Si supiera cómo anhelo esas tardes cuando llegaba a su casa, me recostaba en su cama, y al levantarme usted me esperaba con una tacita de caldo o de café con pan y departíamos un rato. Mamachila, ¿qué sería de mí si no me hubiera permitido gozar de sus bondades y no me hubiera abierto de par en par su alma y su corazón?”.

Llego a la calle donde se encuentra ubicada mi residencia. Me paro frente a la puerta y me apresto a abrirla. Entro y mi mujer me pregunta el porqué de mi semblante. Le explico la situación y se entristece. Conoce la calidad de mi abuelita y le tiene gran cariño y mucho respeto. Platicamos: “Mamachila siempre fue sana. Nació en una finca del altiplano y ahí pasó su niñez, rodeada de aire puro y compartiendo su vida con la gente del campo. Desde muy pequeña tuvo que trabajar para ayudar a sus padres; siempre lo hizo con mucha dedicación y buena voluntad. Fue ahí, en el monte, donde conoció a mi abuelo. Se casaron y siguieron viviendo en las monterías de él, cuidando sus negocios. Por esa época se encargaba de darles la comida a los mozos y de organizar todos los asuntos domésticos de la finca. No fue sino muchos años después cuando, siendo ya una mujer madura, se trasladó a la capital. Mi abuelo vendió todos sus haberes un día, y decidió emprender un nuevo camino. Cuando llegaron, tuvieron que trabajar con mayor ímpetu para poder encauzar sus vidas por un nuevo sendero y pronto lograron su estabilidad. Comenzaron a nacer sus hijos y luego los que tuvimos la suerte de ser sus nietos”.

Hoy paso a verla. Está como siempre, de buen humor. “¿Qué tal está, Mamachila?”. “Bien, mijo, ¿y tú qué tal?”. Así es ella, jamás se queja. Debe sufrir tremendamente de dolores fortísimos, pero se guarda para ella sus penas y sus sufrimientos. “Me vio ayer el doctor y dice que debe hacerme un tratamiento. No quisiera ir porque todos los médicos son unos tontos; no les tengo confianza. Si no fuera porque tu tío Manuel ya pagó, no iba. Es un tratamiento caro”.

Hoy la veo muy mal. Está agonizando. Siento el ambiente cargado de sopor y de olor a medicinas.

Comienza para ella la tortura diaria de la quimioterapia. Va todos los días rigurosamente. La operan y sale bien. Tiene ya tres meses de vivir bastante tranquila y sin dolores. Hoy le comienzan de nuevo y son más intensos. Se retuerce con los cólicos y se queja por las noches. Sin embargo, siempre dice que está bien. “Tengo un poco de dolor, mijo, pero ya se me está quitando”. Pasan tres meses. Está grave y la llevamos al sanatorio. La veo todos los días y me doy cuenta de sus muchos sufrimientos. No obstante, siempre tiene frases amables cargadas de amor para todos. Las dosis de morfina aumentan; se las ponen cada vez con mayor frecuencia. Hoy comienza a pedir que la saquen del hospital; quiere irse a su casa. Está preparado todo: una cama especial para que esté cómoda, una enfermera para que la cuide día y noche y todas las medicinas necesarias. El doctor se compromete a verla dos veces diarias. Está en su cuarto y se siente contenta, feliz de estar de nuevo en casa, rodeada de todas sus cosas y de su familia.

Hoy la veo muy mal. Está agonizando. Siento el ambiente cargado de sopor y de olor a medicinas. Tiene las dos piernas totalmente moradas por tanta inyección. Se ríe conmigo en un momento de lucidez. Vuelve a recostarse y cierra los ojos. La tristeza se enraíza en mi alma y todos los presentes parecen meditar profundamente. Se escuchan de vez en cuando algunas quejas de Mamachila. Los dolores deben haber arreciado pues se retuerce, da vuelta y puja mucho. El olor a medicinas se me hace insoportable.

Son las diez de la noche. Salgo de su casa y camino; voy rumbo a la mía. Tengo un nudo en el corazón. Deseo fervientemente que terminen de una vez por todas sus sufrimientos. No merece una muerte así, tan injusta. Me siento abatido. Deseo llegar pronto; necesito a mi familia. Estoy parado frente a la puerta. Sé que al trasponerla me sentiré mejor, descansaré.

Quito llave y entro… Ella se va y se libera de sus sufrimientos.

Antonio Cerezo Sisniega
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