“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Un piano y algunas plantas

domingo 14 de marzo de 2021

Había una vez una señora que tocaba muy bien el piano. Cada negra o blanca, corchea y semicorchea iba hasta el oído de sus espectadores en una renovada partitura que ella ejecutaba. Mendelssohn, Chopin o Beethoven, boleros o tango, la señora embelesaba a medio mundo con su singular, espléndido estilo. Talentosa y elegante, solía dejar boquiabiertos a todos merced a su cultura extrema, la delicadeza al sentarse al piano, mirando ligeramente al público y acomodar, en fin, su sesera, manos, músculos y columna durante la siempre aclamada ocasión de sus conciertos.

El problema de esta señora (todos tenemos defectos) es que odiaba a su hermana, detestaba a sus padres, a cualquiera, en fin, que opacase su excelsa presencia: ya como infante, cultivaba orgullosa su rebeldía frente a sus maestros del conservatorio y también en casa. Un lector común lo resumiría en dos palabras: mal carácter. Pero otro más avezado, que escarbara en la memorizada existencia de esta señora, se daría cuenta de que se defendía de su hermanita envidiosa, de sus padres poco artistas; de ese mundillo vulgar que no descollaba ni se encontraba a la altura de su arte. Claro que ninguna vida, tampoco la de esta señora, es perfecta.

Es así que nuestra señora se hizo adulta y envejeció como cualquier mortal. De tener una cara pasó a exhibir un rostro, aunque las intervenciones plásticas nunca taparon su intrínseca belleza. Y si bien su agente jamás dejó de representarla con fanática fe y encumbrado ahínco, otras rutilantes concertistas fueron lentamente ocupando los espacios de esta avezada señora. Así, comenzaron a disminuir sus conciertos pues nada brilla para siempre, y la artritis le dificultaba interpretar a voluntad sus consabidos pentagramas. El lugar de Ludwig lo ocupó Manzanero, Johan Sebastian fue Mariano Mores, qué bien sonaba en sus longevas manos Taquito militar. Durante su larga vida la señora enterró a sus padres, se olvidó de amigos y colegas, de algún corazón roto por su indiferencia y acumuló fortuna. Pero, realista, aceptó sus decadencias vitales con la sabia convicción de quien se ama a sí mismo y no reconoce ni al altísimo.

La señora de la que les hablo, además de sofisticada y culta, era terca como una cabra.

Había una vez una señora que tocaba muy bien el piano y que a sus ochenta, terminó internada en un hogar católico, que es adonde la enviaron sus sobrinos, es decir los hijos de su hermana odiada. El hogar, austero y limpio, lo dirigía una monja devota no sólo del Señor, sino de sus plantas. Las plantas de interior se distribuían en los rincones menos sospechados de cada piso y las otras, desparramadas en el balcón del gran comedor y en la terraza, crecían felizmente entre las oraciones y el buen humor de las internadas y de su única y fervorosa dueña. Las azaleas a veces se ponían mustias, pero los geranios engordaban a más no poder. Muchos ficus se pelaban… Jardín urbano imperfecto, es que ni Dios hacía milagros con la naturaleza en ese hogar de la monja.

La monja rezaba, dirigía y lo programaba todo, llevando calma y alegría a sus virtuosas inquilinas. Antes de ingresar a la tía pianista, sus sobrinos le habían advertido acerca del agnosticismo de la misma, pero como ella tocaba tan bien el piano, el hogar en pleno consideró tratarla con paciencia, a cambio de que les ofreciera a todos de vez en cuando un breve concierto, que tocara el órgano en la capilla y en la iglesia más próxima. Desde luego nada de esto sucedió: la señora de la que les hablo, además de sofisticada y culta, era terca como una cabra y no iba a convertir sus creencias e ideas en lo que un par de viejas tontas y una ingenua monja pretendieran que fuera su nueva vida compartida con ellas. Nada de civilizarla, el asilo entero se transformó para la señora en un ring auténtico de boxeo, en el cual ella insistía en tocar rock y jazz, hablarles de filósofos extraños como Nietzsche. Incluso tosía tanto en misa que hasta el cura sugería a menudo que la retiraran con amabilidad, evitando espectáculos.

Un lector común se imaginaría un final incómodo para la señora que tocaba muy bien el piano, verbigracia, una expulsión votada unánimemente en el asilo, un accidente insólito que le dejara el mate en blanco o, quizá, la apertura de un concierto disruptivo celestial que la domara. Pero un lector avezado, que hurgase en los meandros del destino, advertiría que no siempre una tiene lo que merece, ni siquiera esta señora.

Ella tocaba muy bien el piano, en efecto, aunque ahora de ese ilustre hecho sólo dieran cuenta partituras modernas. Avejentada, permanecía siempre lúcida (y en alerta como los cuervos), aunque la música debía acomodarse a su tiempo. Por tanto, dale que iba con los boleros, el tango, el jazz y etcétera. Se aprendió el pésame y el padrenuestro y hasta comenzó a sonreír a sus compañeritas de piso. La señora sobrevivió así, aunque creyendo que todo calzaba a sus manos y pies pues su fogata de amor y guía era, al fin, su amor inagotable a sí misma. Tan segura, dejó de controvertir a sus compañeritas de piso, ya no hablaba de más ni comía con gula, dejó de despreciar a la monja. En cambio, además del piano, registró las plantas como una verdadera estudiante de botánica, se concentró en gajos, tiempo de exposición al sol, riego y etc. La naturaleza en maceta sería su implacable redención. Alabado sea Dios. Aprendió los nombres de cada arbusto, flor y plantines y compuso una melodía tendiente a que todas crecieran mejor. Aplausos, la señora había comprendido por fin los secretos del Señor: amar al prójimo con devoción. Sin embargo, la señora no había dejado de ser aquella que tocaba muy bien el piano.

Y una vez instalada su presunta nueva imagen a través de chismes y rumores, que ella misma se encargó de alimentar a diario, la señora SSS (su segura servidora) fue vista al fin como una cristiana convertida. Y esperó, paciencia le sobraba. Sólo eso…

 

Ellas no lo sabían todo ni tocaban bien el piano, no habían consumido lecturas profundas, sólo amaban a Dios.

Una mañana nublada amenazaba tormenta. En el establecimiento se cerraron celosías y puertas. Zapatillas de sendas computadoras fueron desconectadas… no fuera a ser que Dios no pudiese civilizar los rayos y se quedasen todas incomunicadas. La señora que tocaba muy bien el piano subió a la terraza ayudada de un bastón que había comprado la semana anterior como dispositivo contrafóbico a tanto Bien. Luego se dirigió a los pisos y al balcón del gran comedor. Con la prolijidad y detalle de un cirujano, sin miedo a las nubes que daban pavor, fue deshojando lentamente lo que estuvo a su alcance y metió las hojas en una bolsita que al día siguiente entregó a la dueña de la foresta con estudiada mirada de santa, aunque una tácita sonrisa de satisfecha le golpeaba, insistente, el corazón.

Y el mar borra de la playa el paso de los amantes desunidos, cantó para sí la señora que tocaba muy bien el piano y había planeado su venganza por tanta cosa estúpida y mediocre sobre la base de Hojas muertas, inspirada en Jacques Prévert. Lo que nunca supo la señora es que la monja y el resto de las inquilinas desconocían esa canción y a Prévert. Ellas no lo sabían todo ni tocaban bien el piano, no habían consumido lecturas profundas, sólo amaban a Dios. Entregadas al Bien, humildes oradoras, castigaban cualquier daño irrogado al Altísimo y a sus inocentes criaturas porque había que amar al prójimo sin distinción de artes ni mentirosos malabares.

Amén.

Paula Winkler
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