“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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La cuarentena

martes 11 de mayo de 2021

Cuando los vi en el supermercado me dije, puta, esos si son cagones. Llevaban dos y tres carretas atiborradas de papel higiénico y ni un solo producto de primera, segunda o lo que fuera necesidad. A lo mejor hay epidemia de diarrea, pensé, aunque yo estaba bien. Algo estreñido, pero bien, y lo que me compré fue media botella de whisky pensando en satisfacer mi estómago y liberarme un poco de la cuarentena a que nos tenían sometidos las autoridades, que después de casi cuarenta días no nos pagaban los viáticos atrasados.

Cuando oí al presidente por la noche en cadena de radio y televisión anunciar la cuarentena, me dije este sí es presidente porque ¿cómo lo supo? Es cierto que nos la estamos viendo a palitos para pagar los intereses de la tarjeta de crédito, pero si es cuarentena, ni modo… qué va, lo que anunció fue la coronación del virus de moda, al que denominó coronavirus, como si esos bichos merecieran de por sí una corona cuando lo que hacen es fastidiar a la gente.

Mañana ¿qué hago? ¿Cambio la ruta? De la sala al dormitorio, luego a la cocina y al patio…

Que yo sepa, cuarentena es el aislamiento preventivo a que se somete durante un período de tiempo, por razones sanitarias, a personas o animales. Entonces me dije, bueno, la diarrea es una cuestión sanitaria, y así se explica que todos estos compren papel higiénico por fardo. A lo mejor creen que tienen que cagar cuarenta veces diarias por la cuarentena y por eso no quieren quedarse sin papel para limpiarse el culo.

Todos los ciudadanos, dijo, deberán quedarse en sus casas por quince días hasta que este virus desaparezca del mapa, y todos dijimos bueno… si es por salud hagámoslo. No sabíamos a lo que nos metíamos. El primer día bien. A partir del segundo se volvió un peregrinaje del dormitorio a la sala, de la sala al comedor, del comedor al patio y vuelta a comenzar. Comía todo el día como coche de engorde.

Al principio la plática con mi esposa fue amena, después algo hirsuta y luego estábamos tirándonos de los pelos. Ahora llevo cinco días. ¡CINCO DÍÍÍAS! Y me quedan diez. Creo que si llego vivo la corona va a ser para mí. Me llamarán coronabruto.

Mañana ¿qué hago? ¿Cambio la ruta? De la sala al dormitorio, luego a la cocina y al patio… creo que dormiré en el patio para variar un poco y saldré muy temprano a buscar la ayuda de Baco. Así por lo menos me olvido de este encierro que me está matando.

Todo sea por el famoso virus coronado. Y no es que yo me llame así, porque soy, a mucha honra, el bruto coronado. Aguantador como ninguno, pero ya sin argumentos para platicar o hacer que me llevarán muy pronto de regreso al trabajo, aunque me aburra, me desespere y quiera regresarme a mi casa.

Como cualquier pendejo.

Antonio Cerezo Sisniega
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