El mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio
Saltar al contenido

Crónica de un encierro inesperado

martes 15 de junio de 2021
¡Compártelo en tus redes!

Nunca pensé, jamás creí, como decía mi abuela, que algo así pudiera pasarme. Que un simple bicho lograra lo que no logró nadie en el transcurso de mi larga vida. Que me obligara a estar las veinticuatro horas en mi casa soportando a mi mujer y mi nieta, oyéndolas parlotear todo el día de vecinas, cosméticos, reuniones religiosas, noticias interminables de la pandemia. Los primeros días fueron los peores. Las sentía en la nuca, sobre todo cuando la mascota de mi nieta ladraba a más no poder por un gato, ruido, sombra o lo que se le ocurriera.

No salía ni a la tienda. Tenía la venia de mi esposa para ir a traer pan o algunos víveres necesarios, pero al regresar recibía el baño de alcohol. ¡Todo lo que sufrí con ese olor y sin poder degustarlo! Me sentía preso en mi propia casa y para contrarrestar un poco la situación, caminaba como loco de punta a punta del patio, media hora en la que me sofocaba como si hubiera jugado un partido de futbol.

La nieta me hablaba de sus cosas y yo no escuchaba nada. Pensaba en cómo caí en semejante desgracia y esperaba ansioso la conferencia de prensa del Presidente. Pero nunca decía lo que yo deseaba, sino usen la mascarilla, distanciamiento social, lavado de manos y no sé qué más mierdas.

Terminé siendo el cliente preferido de las cajeras. Sólo me veían entrar y me decían: ¿media de Ballantine’s?

Trataba de leer y, para qué voy a decir otra cosa, los primeros días me leí como tres mil páginas de cinco novelas. Es decir, releí porque ni siquiera podía comprar libros nuevos. Al final no quería saber ni mierda de libros y deambulaba como loco por la casa haciendo los paseos diarios: cuarto, sala, comedor. Para variar, sala, cuarto, comedor, y supe exactamente cuántos ladrillos había entre un cuarto y otro. Puta, por lo menos practiqué mi habilidad de contar.

Al levantarme preguntaba: ¿qué vamos a hacer hoy? Mi esposa me miraba con ojos de qué hijo de puta, sabe que no podemos hacer nada, pero decía con dulce voz: Nada, gordo… tenemos que cuidarnos. Y yo para variar un poco me metía al baño y ni siquiera eso podía hacer: estaba estreñido.

Terminé al final por escaparme al supermercado cercano a abastecerme de los efluvios de Baco y terminé siendo el cliente preferido de las cajeras. Sólo me veían entrar y me decían: ¿media de Ballantine’s? ¿O ahora quiere Botran? ¿Etiqueta Roja? Y no sé si por la amabilidad de ellas o por mi bendito vicio (mi madre decía maldito) comencé a frecuentar el supermercado todos los días, hasta que recapacité y mis visitas se volvieron de un día de por medio. Es decir, un día sí y otro no, lo que me hacía mantenerme en onda y no pensar en el encierro a que nos tenía sometido el bicho ese, o no sé si decir los bichos si tomo en cuenta al Presidente.

Me volvía loco. O aumentaba mi loquera con ese arresto domiciliario en que oía las lluvias de noticias sobre el bicho aumentando la zozobra de la población. Desayunaba, almorzaba, cenaba Covid-19. Lo que querían era meternos miedo de plano, para controlarnos mejor: que toque de queda, encierro los fines de semana, no tragos (loquera del bolo del Presidente), no salga de casa y tantas babosadas para tener el control sobre la población. Así pasé casi siete meses. Aislado de todo.

Cuando me dijeron que debía volver a la oficina se me abrieron los ojos como platos. ¿Será posible me dije, tanta belleza? ¿Me darán libertad definitiva o condicional? No lo podía creer, pues esperaba el encierro por al menos un año. El castigo por haber encontrado al famoso virus.

Ese día me levanté temprano, tomé un baño y rasuré mi barba blanca antes de salir ilusionado hacia la libertad. Cuando llegué a la oficina comenzó la chingadera. ¿Apareció? De plano se mantenía desinfectado (y cuánta razón tenían). ¿De qué otra manera hubiera podido sobrevivir?

Pasé siete meses con arresto domiciliario, repetía por doquier. A cuanto compañero saludaba le decía lo mismo, porque me sentía libre al regresar a la oficina. Nunca hubiera pensado que encontraría el desorden de sillas, el calor por falta de aire acondicionado y la luz mortecina, de una belleza inigualable. Como cuando uno pasa lejos una buena temporada, abstemio de todo, y regresa a su país. En ese momento es linda la esposa, la muchacha de servicios domésticos (así sea envuelta) y cuanta mujer se ve en la calle.

El licor, ese bendito líquido que alivia las penas, insufla alegría, que inspira bravuconería en algunos, se vuelve un elixir después de un tiempo de abstencionismo. Uno se quiere beber hasta el aguardiente que en tiempos normales ni volvería a ver, y hasta el alcohol puro que se echa para matar el virus tiene un perfume irresistible.

Son órdenes, dijeron, usted no puede permanecer aquí por feo, viejo y barrigón. Esta oficina alberga sólo gente joven, presentable, comunicativa.

Con libertad condicional porque no se sabe si volveremos a lo mismo, me sentía como en mis mejores tiempos cuando almorzaba una carnita asada en el Granada acompañada del respectivo desinfectante, las idas al club a disfrutar la compañía de la familia (incluido Baco porque lo considero un familiar entrañable) y bueno, también los compañeros de oficina ahora me parecen agradables, dicharacheros, amables y las compañeras lindas…

No sé cómo le haría el bicho famoso para lograr tal cosa.

Al segundo día me llegó la noticia: la orden de libertad había sido revocada. Sí, al segundo día me comunicaron que debía regresar al encierro. ¿Por qué?, pregunté, y nadie supo responderme. Son órdenes, dijeron, usted no puede permanecer aquí por feo, viejo y barrigón. Esta oficina alberga sólo gente joven, presentable, comunicativa, de esa que no deja santo parado, y usted ni abre la boca.

Quedé estupefacto. ¿Cómo así? ¿Debo ser chismoso para ser libre? Lo de ser joven no tiene remedio y lo de feo y barrigón no me lo puedo quitar de encima ni siendo mago. Pero me parece increíble perder la libertad por causas irrisorias.

Salgo de la oficina compungido, camino hacia el estacionamiento, me subo al vehículo y arranco. No puedo comprender a cabalidad lo que está pasando, pero enrumbo hacia mi casa. Cuando entro veo el mismo patio, la sala, el dormitorio, todos los sitios tan conocidos durante mi arresto domiciliario, y les cuento a mi esposa y nieta lo sucedido.

De repente veo sus sonrisas resplandecientes, sus mohines que me indican su plena satisfacción por lo sucedido. Trato de prolongar un poco más mi libertad y con timidez pregunto:

—¿Qué necesitan del supermercado? ¿Hay que comprar pan?

No me contestan.

Dejo la mochila sobre una silla, doy la media vuelta y salgo a la calle. Me vale madre si necesitan algo.

Necesito al menos un rato más de libertad.

Antonio Cerezo Sisniega
Últimas entradas de Antonio Cerezo Sisniega (ver todo)