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Las verdades cuadradas, de Heberto José Borjas
(primeras páginas)

miércoles 16 de junio de 2021
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Heberto José Borjas

Esta es la historia de los Cuadrado, una familia de Maracaibo que vive los avatares de la convulsa Venezuela contemporánea desde mediados del siglo XX hasta el presente. Publicada por Escarabajo Editorial, Las verdades cuadradas, del escritor venezolano Heberto José Borjas, es una novela coral en la que no falta el tema del exilio. Hoy ofrecemos en exclusiva una mirada a sus primeras páginas.

 

“Las verdades cuadradas”, de Heberto José Borjas
Las verdades cuadradas, de Heberto José Borjas (Escarabajo, 2020). Disponible en Amazon

Las verdades cuadradas
Heberto José Borjas
Novela
Escarabajo Editorial
Bogotá (Colombia), 2020
ISBN: 978-958-52674-6-6
384 páginas

Todas las familias felices se parecen unas a otras;
pero cada familia infeliz tiene un motivo especial
para sentirse desgraciada
León Tolstoi

El trece de marzo de 1982, el día de mi primer cumpleaños, fui bautizada Joaquina, sin una razón especial, en la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe del barrio Sierra Maestra. No sé qué significa mi nombre. Anaís me dijo desde niña que mi padre se llamaba Joaquín. Aparte de la consanguinidad, eso era motivo suficiente para que me relacionara con él en algo tan propio como el nombre de pila. En aquella época, Sierra Maestra aún formaba parte de Maracaibo e integraba la parroquia San Francisco. Hoy es un municipio con la misma autonomía y prácticas corruptas de sus autoridades. Se parece demasiado al resto del país. A pesar de una que otra iniciativa cívica, impera el desbarajuste. Muchas empresas sucumben a la invisibilidad, otras ganan esa notoriedad con la que inspiran y ayudan a respirar en medio de la desesperanza.

Desde que tengo memoria, familia, nuestro hogar siempre ha sido El caserón, a secas, nuestro cuartel de celebraciones y tormentos. Mejor ubicación imposible: a media cuadra de la calle Unión. Nadie se perdía al llegar por primera vez. Bastaba con mencionar el pino inclinado que atravesaba el cableado de los postes eléctricos. Fue cortado en 2004, cuando sus raíces levantaron la acera y amenazaban con salir a la superficie. La decisión final vino, como siempre, de Gerania, nuestra generala. Primos, esta familia fue matriarcal por necesidad desde que el abuelo Camilo decidió abandonar a Gerania y a ocho hijos para irse de su hogar por atender a otras señoras tan cargadas de hijos y de necesidades como lo estaba nuestra abuela. Se le subió a los sesos el éxito como mediano agricultor. Le sucedió lo mismo que a tanto hombre casado: otras mujeres le parecieron más atractivas y merecedoras de su compañía y su dinero. Lo recuerdo siempre locuaz y de gestos exagerados, mascando chimó de vez en cuando, de guayabera y sombrero de pajilla. Era la época en que Maracaibo, a pesar de las altas temperaturas de siempre, no alcanzaba las sensaciones térmicas cercanas a cincuenta grados que padecen sus habitantes actuales. Camilo llegaba de visita una vez por semana con un saco de plátanos que traía del sector Los Plataneros. Me daba la bendición y me decía que abriera mis manos para dejar en ellas unos caramelos de coco. Me preguntaba si había comido, cómo me iba en la escuela y si me estaba portando bien. Me extrañaba mucho su curiosidad sobre las visitas que recibía Gerania. Hoy entiendo que la vocación protectora de los exmaridos buenos no puede ser suprimida por una sentencia de divorcio. Me temo que para muchos de ustedes, adorados primos, Camilo siempre será un personaje referencial, mitificado por las anécdotas de los mayores en el caserón. Esa misma ausencia de detalles y su presencia en nuestras conversaciones lo mantienen vigente. Es inexorable la fuerza del lazo que nos une a aquellos seres de cuya vida depende la nuestra, y que siguen dejando oír sus ecos para acompañarnos a sol y sombra. Nunca dejamos de pertenecer a una tribu: nos lo confirma cada huella reconocida de un antecesor.

Lee también en Letralia: reseña de Las verdades cuadradas, de Heberto José Borjas, por Alberto Hernández.

El abuelo siempre me cayó bien. Además de sus demostraciones de cariño, mi abuela jamás se refirió a él en términos despectivos a pesar de la separación y su ausencia en los momentos en que más se le necesitó. Le agradezco a Gerania que jamás haya referido ningún comentario tóxico sobre el exesposo. Es una cualidad que tanto mi madre como yo heredamos de mi abuela, una congénita nobleza que se manifiesta en respeto hacia quienes nos hieren, un Síndrome de Estocolmo, quizás. Maldita sea.

Gerania Angelina Sarmiento Muñoz, nació en Calamar, un pueblito en el departamento de Bolívar, al norte de Colombia. A los catorce años se fue a Barranquilla a vivir con unos tíos maternos mientras cursaba el bachillerato y a los diecisiete decidió formalizar el amor de vecinos que mantuvo con Camilo desde los quince. Se casó de velo blanco y ramillete en mano. Pocos recuerdos tan detallados narra Gerania como los de la parranda de dos días con que se celebró el casorio. Escuchar de su voz cada escena me transporta hasta la fiesta misma. Me imagino de carajita, trajeada de tafetán y lazo de organdí, hartándome de butifarras a escondidas de los mayores, bailando porros y cumbias, escuchando los chismes de aquellos personajes que mi abuela resucita sin que nadie se lo pida. Es un bálsamo que me hace soportar los puñetazos que propina la vida urbana. Hoy me obligo a buscar ratos felices por encima de todo. Ejemplos como el de Gerania dan bríos a mi ánimo inconstante. Hacen que a ratos amaine el pesimismo que me hace creer que la generación de mi madre y la mía están malditas de infortunio. ¿Por qué lo afirmo? Porque la mala vibra existe. Las maldiciones son tan reales como los óvalos pintados en el espacio que deja el movimiento de traslación de la Tierra. Por algo afirma el vulgo de que vuelan, vuelan. Tonto quien lo niegue. Cada quien responde por cómo le fue en el camino que tomó ante la encrucijada. Es justo. Pero una racha interminable de impases empieza a convencerme de que hay una constante indescifrable en la razón de nuestros actos, algo que traspasa el lindero de la razón. Y como un deseo que lleva a la plenitud, lleva también a un laberinto. O peor, a un abismo.

Todos tenemos un angelito y un diablito parados en cada hombro susurrándonos lo que deberíamos hacer. Uno oye a quien quiere. Mi madre y yo nos hemos dado a la tarea de escuchar demasiado al diablito. “Los problemas no son problemas sino oportunidades para crecer”, me han dicho por allí o he leído en libros de autoayuda. Dudo siempre al filosofar sobre esta sentencia. Me cuesta creer que el ser humano sea incapaz de evitar o prever desgracias, desde decir una mentira hasta participar en una guerra. ¿Quién quiere una existencia sin gracia o, aun teniéndola, ser indiferente o connivente para no mejorarla? Nada hay más parecido a estar muerta en vida que rumiar a cada momento los embates de la mala suerte. Ese, y que el cielo me perdone si blasfemo, parece ser el destino de Anaís.

Siendo la segunda de ocho hermanos, trigueña, con un lunar de sangre en la baja espalda, de ojazos ocres, nació mamá el tres de marzo de 1957. Era una bebita preciosa, según recuerda Gerania. Lloraba poco. Su silencio caía como anillo al dedo al sueño de sus padres. Parecía augurar una vida repleta de virtudes. Desde entonces, cada dos años, Gerania pariría hasta completar ocho retoños. Por si lo olvidaron, primos, les recuerdo el orden de nacimientos: Bernardo, Anaís, Nuria, Silverio, Sófocles, Ernesto, Libia y Zobeida. Nombres de gente seria, afirmaba Camilo. Desde mucho antes de empezar a menstruar y de tener las caderas anchas, ya mi madre criaba pelaos, como les decía Gerania a los hijos menores. En las épocas de mayor estrechez económica los varones y las hembras le heredaban al siguiente el uniforme, los zapatos y los libros para ir a la escuela, la ropa de salir a pasear y hasta las gorras para jugar pelotica de goma en la calle. Mamá fue forzada a aprender a cocinar, a zurcir medias, a barrer y a trapear el piso, a distinguir la apariencia del cilantro y del perejil en los mercados de verduras. Se sabía el precio de cuanta cosa podía comprarse en un abasto. Los Cuadrado, hechos los pendejos, somos malagradecidos por naturaleza. Nadie agradeció ni elogió a Anaís. La familia mantuvo la costumbre de exigir más mientras ella demostraba que podía cumplir con cada tarea asignada.

Gerania delegó toda la crianza de sus hijos en mi madre. Anaís aceptó sumisa el rol de hermana mayor, segunda madre, alcahueta y sirvienta del caserón. Casi nunca se quejó, no levantó la voz ni contravino una orden de la madre, aunque le hubiese gustado salir a jugar con sus hermanas en el patio trasero o recibir a las vecinas de la cuadra para jugar a las escondidas. Sierra Maestra no estaba tan extendida como hoy. Era un sector con pocas rutas de transporte público, caminantes en las aceras a cualquier hora, y una radio encendida con ritmos tropicales a todo volumen. En cada cuadra un vecino compartía sus gustos y musicalizaba la vida. En sus calles se respiraba la alegría de la normalidad. Hoy todo se ha trastornado.

 

En tertulias con Blue Label puede planearse hasta la destrucción de la humanidad sin que nada trascienda cuando retroceda la resaca al día siguiente.

(Suficiente para una primera sesión de escritura. Necesito una pausa. Ya me duelen los nudillos entumecidos por el frío. Gerania me va a querer jalar las greñas cuando lea estas memorias, y ni hablar de Anaís. Aún dudo si usar nombres ficticios o los de la vida real. La familia me atacará. No me importa.

Enciendo el televisor, más que nada, para sentir una compañía. Repito de memoria las cuñas de los canales nacionales. Quiero seguir escribiendo, pero tengo sueño. Son las 2 am. Igual me puedo trasnochar sin remordimientos y llegar mañana al negocio a la hora que quiera. Hace cinco años nadie lo hubiera creído.

En un gabinete de la cocina busco una bolsa de café. Quiero beber un tinto cargado. Coño, está vacía, y el Carulla de la esquina seguro ya está cerrado.)

 

Bernardo se graduó de licenciado en Historia en la Universidad Central de Venezuela en 1980. Organizó una fiesta repleta de camaradas izquierdosos que se echaron el viaje de Caracas a Maracaibo en bus. Según la versión de Gerania, el agasajo por la graduación era más una excusa para conspirar contra el presidente Herrera Campins que para celebrar a un par de nuevos profesionales de la república. En tertulias con Blue Label puede planearse hasta la destrucción de la humanidad sin que nada trascienda cuando retroceda la resaca al día siguiente. Los borrachos en su mayoría son, por lo menos, habladores incontinentes. Se congregaron poetas, dirigentes estudiantiles, profesores comunistas, y hasta se rumoreaba que en cualquier momento llegaría con su cuatro en la mano Alí Primera, llamado con justicia El cantor del pueblo, para amenizar la velada con sus letras, amén de sus chistes políticos. Todos estaban ansiosos de escucharle su recurrente chiste sobre el expresidente Rómulo Betancourt. Lo imagino contándolo con serio semblante:

¿Saben cómo llaman al chofer de Betancourt? Peo, porque detrás viene la mierda.

Debió de ser un privilegio ver cara a cara a semejante personaje interpretando en vivo Techos de cartón, Yo no sé filosofar o Abrebrecha. Lo cierto es que jamás se apareció, y en su lugar pusieron en el picó algunos de sus discos, que se vendían en aquella década por miles sin necesidad de publicidad. Alí sonaba en la radio porque cantaba lo que una inmensa cantidad de gente sentía. Dudo que alguien haya vendido en el país más discos que él sin un mercadeo agresivo ni apariciones en televisión. Afirmaba que su arte no estaba hecho para aumentar la sintonía de Venevisión, el canal de los Cisneros.

Anaís acompañó a su hermano mayor en la fiesta. Ya era hora, decía él, de que otro miembro de la familia se interesara en los asuntos políticos de la patria, sobre los que tanto discutía su grupo de conjuradores sin gloria. No hay peor lástima política que la que despiertan aquellos intelectuales bien intencionados, pero sin carisma, que pierden comicios una y otra vez. A pesar de no contar con notoria presencia en las instancias de decisión, ni Bernardo ni sus condiscípulos se resignaban a que la cofradía corrupta de Acción Democrática y Copei se perpetuara en el Palacio de Miraflores como si fuese veneno sin antídoto en las venas de la nación. Aún eran los tiempos en que la izquierda era ridiculizada en el Congreso Nacional por su exigua representación. El Partido Comunista jamás había llegado a tener los diputados necesarios como para bloquear mociones de leyes o vigilar las cuentas de gastos del Poder Ejecutivo. Hasta le quitaban porcentaje en las elecciones cuando, para cerrar el conteo manual de votos, los miembros de las mesas electorales se los sumaban a los adecos o copeyanos alegando que aquello no cambiaría el resultado final. Anaís aceptó a regañadientes la invitación, más por un deseo de complacer a su hermano que por compartir las ideas de aquellos fanáticos frustrados que se dejaban crecer la barba solo porque aquel había sido el estilo del Che Guevara. Así aprovechaba una oportunidad de soltar la escoba y los calderos de la cocina para emperifollarse y conocer gente.

Cuando Anaís se maquilla hoy con colorete en las mejillas, ya de sesenta y dos años, apenas logra tapar esa tristeza que la acompaña siempre y que parece más vieja que ella misma, como si los sufrimientos de la Gerania veinteañera se hubiesen propagado de vientre a vientre durante la gestación. Por supuesto que la he visto reír, mas tengo siempre la disyuntiva sobre la espontaneidad de esa risa. Quizás sea solo una concesión a la jocosidad del momento. Ahora, gorda, mustia, sin un macho que le recuerde su lado más femenino, sin dinero, entiendo su soledad y su decepción por creer que le fue mal en casi todo lo que emprendió. Apenas el apoyo de la familia y mi título de abogada son logros que sirven de alicientes para su desánimo, una vocación que se exterioriza en su ceño fruncido y las groserías que dispara en voz alta cuando alguien en el caserón le lleva la contraria.

Si hay un atributo que nuestro país no tiene, familia, es el del apego al socialismo.

Aquella noche de finales de febrero de 1980 mi madre pavoneó su belleza con altanería. Helena de Troya de nalgas turgentes capaz de provocar un rapto. Isis trigueña que incita a su hermano al incesto. Era la mujer más bella del mundo. He visto fotos de la velada. No había nada que reprocharle a su apariencia: pantalón blanco de bota campana, blusa de seda que dejaba los hombros a la vista, la cabellera azabache, silueta de concurso de belleza. Por un instante paralizó las conversaciones cuando la vieron llegar del brazo de Bernardo. De inmediato la testosterona de los varones hizo efecto y Anaís recibió invitaciones a bailar. Las rechazó todas. No cualquiera se levantaría a aquella morenaza que resistía con garbo las miradas lujuriosas que despertaba. Dejó pasar las canciones del disco Siembra de Rubén Blades con Willie Colón, Pedro Navaja, Ojos, María Lionza y, sobre todo, Plástico: Ella era una chica plástica / de esas que veo por ahí/ de esas que cuando se agitan / sudan “Channel Nº 3” / Que sueñan casarse con un doctor/ pues él puede mantenerlas mejor / no le hablan a nadie si no es su igual / a menos que sea “fulano de tal” / Son lindas, delgadas, de buen vestir, / de mirada esquiva y falso reír…, un himno para Bernardo y demás jóvenes socialistas de la época, una oda al gentilicio latino y al rechazo por la influencia americana.

Por aquellos días era innegable la alienación gringa en las carteleras de los cines, en los estilos de vestuario, en las marcas de consumo, en las expresiones coloquiales, consecuencia de ser un país con mucho petróleo, pero maleable identidad. Y no ha cambiado al día de hoy. Si hay un atributo que nuestro país no tiene, familia, es el del apego al socialismo, por mucho que la tiranía sature sus discursos con esa palabra. Nos gusta un perfume caro, la ropa de marca, el whisky de dieciocho años, alardear de nuestras vacaciones en la playa.

De entre los invitados, el único que logró entablar una conversación con Anaís fue el coronel de la Guardia Nacional Joaquín Robles, mi padre. Para la muchacha impresionable que era mamá, la estampa varonil y el uniforme de una pulcritud inverosímil debieron de seducirla al extremo. No dudó en aceptarle un trago de ginebra. Fue el principio del idilio que me dio origen. Imagino la charla inicial, esa introducción recíproca, que no es más que una vitrina de lo mejor que cada quien tiene que mostrar, con algo de picardía, de enigma:

Él: Oye, linda, ¿Cómo te parece que está la fiesta? Ella: Bien. Estoy muy orgullosa de la graduación de Bernardo. ¿De dónde se conocen ustedes dos? Él: Coincidimos en una reunión del partido. Hablamos de política y empezamos a ser camaradas. Ella: ¿Entonces usted también es de izquierda? Él: Así como las mujeres bellas se atreven a conversar con extraños, algunos militares nos atrevemos a disentir del sistema para el cual estamos obligados a servir. Ella: Por lo que escucho, en sagacidad está bien entrenado, coronel. ¿Así es en la guerra también? Él: Sobre todo en la guerra del amor. Ella: Caramba, ¿será que usted está apuntando con su mejor ametralladora? Él: Y siempre he tenido buena puntería.

Heberto José Borjas
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