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Diario de una mala escritora, de Niria Suárez Arroyo
Primeras páginas

sábado 3 de julio de 2021
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Una mujer se plantea el propósito de convertirse en escritora y se apunta a un taller literario. A partir de las asignaciones que recibe de la docente, escribirá sobre el exilio, el pasado propio y el de su familia, la nostalgia por su país, su relación con su vecindario, su relación con sus hijos y el aprendizaje mismo del oficio. Hoy ofrecemos a nuestros lectores un fragmento de Diario de una mala escritora, de la venezolana Niria Suárez Arroyo, cuarto título de la alianza editorial Letralia/FBLibros.

Julio 26

Hoy tendría que recibir al técnico para revisar el aire acondicionado. Es la tercera cita que cancelamos por su insistencia en venir a las 2 de la tarde; no he podido convencerle de que venga a otra hora. No me gusta procrastinar y menos cuando involucra a terceros, me pone mal hacerlo, y aunque me quedo en casa todo el día, dispongo las tareas de manera que nada impida mi cita diaria. Estar disponible a las 2 de la tarde viene ocupando mi pensamiento toda esta semana, a tal punto que he reorganizado mis labores, que repito cada día en orden monástico para tener esos quince minutos libres, sin nada pendiente, y poder sentarme frente a la ventana de la cocina que da a las escalinatas laterales, por donde se accede al edificio desde el estacionamiento. Estar en una planta baja me da la posibilidad de ver hacia fuera desde muy cerca y las persianas esmeriladas de las ventanas impiden la visión desde el exterior, de manera que puedo sentirme como una simple observadora que mira con naturalidad sin acechos. Digamos que una suerte de voyerismo ingenuo y benévolo.

“Diario de una mala escritora”, de Niria Suárez Arroyo
Diario de una mala escritora, de Niria Suárez Arroyo (Letralia-FBLibros, 2021). Disponible en Amazon

Diario de una mala escritora
Niria Suárez Arroyo
Narrativa
Letralia/FBLibros
Caracas, 2021
ISBN: 979-8514178834
72 páginas

Llegan puntuales. La joven pareja camina con sigilo, tomados de la mano compartiendo miradas y sonrisas cómplices; se apresuran a sentarse en el escalón que da paso al descansillo, sombreado por la inclinación del arbusto de pino que los cobija y aromatiza el ambiente. Siempre visten la misma indumentaria, el uniforme de secundaria; sus cuerpos son delgados, ágiles y, aunque no dejan de mostrar cierto desgarbo, emanan un no sé qué, cierto morbo tambaleante de adolescencia desbordada:

Es un verdadero ritual de entrega sensorial, sin estridencia pero sí con urgencia; se tocan, se miran, se huelen con tanta enjundia y prolijidad que más bien parece el ensayo de una obra de teatro negro. Entrelazados en movimientos y gestos muy cuidados, hacen una cortísima pausa para tomar aire e intercambiar miradas. La escena se inicia acariciándose sus espléndidas cabelleras; castaña clara la de ella con hilos color miel muy brillantes, negra y sedosa la de él. El muchacho forma un cazo con sus manos, uniendo las palmas a nivel de la muñeca, ella hunde dócilmente allí su barbilla, lo atrae hacia sí rodeando con sus brazos la espalda de él, acoplan sus cuerpos por unos instantes; luego entrecruzan sus piernas, él atraviesa su pierna derecha por el puente que ella, escorada, deja abierto al posar su pierna derecha encima de la rodilla izquierda de él y que mantiene doblada; al principio exploran sus lenguas lentamente para luego pasar a un frenético intercambio salival cuya intensidad se hace visible cuando sus bocas se abren y cierran al ritmo de succiones prolongadas. Se dan una pausa para cambiar posturas y reiniciar la búsqueda urgente de sus lenguas, como si en ese momento el mundo dejara de existir, no hay espacio ni tiempo terrenal, solo un oleaje lingual y dos figuras que, cómodamente entrelazadas, permanecen sentadas en el limbo de un helecho terso y suave; bajan al abismo oceánico para luego salir expelidos al cielo brillante y luminoso. Es la imagen que dejan ver a juzgar por las ondulaciones en las hendiduras de sus mejillas. Ya no existe el ruido en el mundo, solo lejanas sinfonías de fondo que anuncian las pequeñas muertes. Agotados y felices acercan sus mejillas hasta quedar en reposo, hablándose quedo al oído; quizás compartan en susurros promesas y juramentos, retrasando la vuelta a sus vidas. Con pasmosa lentitud recogen sus mochilas, se levantan acusando una expresión de pesar, ella echa a correr hacia la vereda y él sube cabizbajo los escalones de ida, quién sabe si deseando que el mundo se detenga.

Vuelvo a la realidad. Ya casi dan las 3 de la tarde y siento que mi día no ha comenzado y ya está por terminar, así que corro a enviar a Nora el texto que me ha sugerido antes de que me arrepienta. Luego me tumbo en el sofá intentando retener las imágenes recientes, pero las que acuden al llamado son de otro tipo de belleza. Lo que viene a mí es un paisaje alucinante e imposible, un bosque de alcornoques desnudos recién descorchados bajo la inquietante luz de un eclipse lunar.

 

Mientras abro el correo electrónico voy pensando la respuesta que daría a las observaciones de la instructora del taller de redacción.

Julio 27

Desperté a las 8 de la mañana después de una mala noche. Tuve un sueño intranquilo; he despertado y vuelto a dormir al menos tres veces en medio de un calor sofocante, cosa que no me sorprende pues abandoné el reemplazo hormonal. Me quedo sentada en el filo de la cama e intento hacer estiramientos; siento una enorme pesadez. Voy al baño y noto que orino bien, una inquietud menos; me planto frente al lavamanos con la idea de no mirar el espejo para no preocuparme por mi aspecto pero no me aguanto, alzo la vista y no veo nada fuera de mi aspecto habitual, mis ojos de panda de toda la vida. Hago los acostumbrados enjuagues y duchas y me apresuro a la cocina a prepararme un café; de pronto noto que tengo mucha sed, como de resaca, aunque ayer tomé lo habitual de entre semana, un vermut bien frío y cáscaras de naranja antes del almuerzo, y para la cena una copa de Pinot Grigio. Abro la nevera a ver qué me apetece; de paso hago inventario de lo que ya debo reponer, anoto en la lista pegada en la puerta, me tomo un vaso de agua a la que he puesto chía la noche anterior y me preparo el desayuno. Esta vez no me provoca la comida proteica que consumo a diario y me decido por un yogur griego al que le añadí unas fresas y frutos secos.

Con el café en la mano voy al salón para sentarme a desayunar frente al ventanal que da al jardín de la entrada principal del edificio. Descorro la cortina y de pronto advierto que no había escuchado el zureo de las palomas que tantas veces ha intentado expulsar el conserje del edificio, cosa que no ha logrado por el obstinado sabotaje de la anciana del edificio de enfrente, quien insiste en darles de comer; tampoco escucho la eterna discusión entre ambos sobre si es conveniente o no seguir protegiendo a las palomas, lo que me impele a volver a la cocina y mirar por la ventana, y me doy cuenta de que finalmente la anciana había mudado el sitio de regarles las semillas, pero yo sé que lo hace para ahuyentar a la pareja de las 2 de la tarde, porque en dos ocasiones ya me había comentado que había que tomar medidas para impedir la visita de la vergüenza.

En efecto, ahí estaba, con el poco cabello canoso revuelto, vestida con una bata de andar por casa, raída y manchada, elevando al viento puñados de semillas e imitando el zureo de las palomas, justo en el terreno adosado a la escalinata donde suelen sentarse los amantes furtivos. Me senté en el mesón de la cocina a observar el ostensible regocijo que reflejaba el rostro de la anciana, quizás imaginándose desde ya la frustración que sentirían los jóvenes amantes al ver su refugio invadido por palomas impertinentes, incontinentes y bullosas.

Ahora estoy aquí sentada frente al computador. Mientras abro el correo electrónico voy pensando la respuesta que daría a las observaciones de la instructora del taller de redacción, y de pronto me vino una sensación de alivio; quizás tendría que ir cambiando el discreto objeto de observación.

Niria Suárez Arroyo
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